Decálogo del joven actor

Si estudias o estudiaste actuación es probable que te identifiques con algún punto del siguiente listado de actitudes, creencias, costumbres, supersticiones y prejuicios —en mi opinión— ampliamente diseminados en nuestro medio.

Esta enumeración no obedece a ningún tipo de jerarquía; es más bien un compendio que intenta revelar —en cierta medida— la psique del joven actor mexicano.

Empiezo por reconocer que —en más de una ocasión— me he descubierto enarbolando el discurso de cada uno de los siguientes apartados.

1) ¡Es mi proceso, déjame en paz!

A diferencia de los procedimientos científicos donde se conoce el paso exacto o aproximado del experimento a realizar, el “proceso” del joven actor es una suerte de territorio nimbado por ideas confusas e imágenes mayormente arbitrarias. “Cada actor tiene su proceso”, “Mi proceso ha sido distinto”, “¡No quiero violentar mi proceso”: la palabrita se ha convertido en muleta, pretexto y estandarte, y se emplea como paliativo para sanear nuestras frustraciones narcisistas y —de paso— para darle un toque alquímico a nuestra pobreza discursiva.

La fascinación por hablar de nuestros procesos —profundamente kafkiana— forma parte de la inmensa capacidad que tenemos los actores para ensanchar los pantanos de la ambigüedad, en donde chapoteamos felizmente.

2) ¡Yo quiero hacer mi propio teatro!

Tras una racha de hastío y desencanto el estudiante de arte dramático se rebela y anuncia sus impulsos antisistema: basta ya de teatro aristotélico, convencional y complaciente. Lo suyo será la subversión, la crítica y la exploración libre, sin ataduras ni compromisos de ningún tipo. Es más, ¿por qué hablar de teatro? Él hará ensayos, búsquedas y reescrituras, siempre al margen de la tradición, jugando entre los límites de realidad y representación. Este actor alcanza el orgasmo con la declaración autoafirmativa: “yo hago teatro postdramático”.

El ejemplar revolucionario tiene su antípoda, igualmente ingenuo y recalcitrante: el actor en lucha con la vorágine posmoderna. Indignado por la ligereza creativa de sus enemigos, él se formará como Actor, montará Obras de Teatro, estudiará cabalmente los géneros dramáticos y sufrirá desde el silencio cada performance, cada muestra multidisciplinar y cada aplauso cosechado por la vanguardia. Su Teatro será el de Sófocles, Shakespeare y Henrik Ibsen, y su conciencia descansará tranquila en el camposanto de los poetas inmortales.

3) ¡El teatro me ha dado todo!

Luce el emblema #miracuántosufro y aprovecha cada oportunidad para prender su veladora a los santones del teatro mexicano: “El maestro X dio función el día que fallecieron sus padres”, “la maestra tal llega siempre 6 horas antes de función para prepararse”, “El maestro solía decir que la actuación era una profesión de vida o muerte”, etcétera.

Mártires de nuestro teatro, suelen llevar el aura de los iluminados y confían ciegamente en la disciplina castrense y en la autoexigencia. Cuando pasan la barrera de los 30 años se erotizan interpretando papeles de villano en las pruebas de admisión de las distintas escuelas. Los varones viven a medio camino entre sus recuerdos de full metal-jacket y el sueño guajiro de convertirse en G.I. Joes; las chicas dan la impresión de tener una pésima vida sexual, un resentimiento por los individuos del sexo opuesto y —en su mayoría— son de una cursilería desbordante.

¡Ojo! Si eres de los que acostumbran sermonear y armar conciliábulos de emergencia, probablemente estás inoculado del virus “¡El teatro me ha dado todo!”

4) ¡Siento que acabo de nacer!

Crees que el suspiro de alivio tiene un poder equivalente a ciertos barbitúricos y psicotrópicos.

5) ¡Ya ni tengo tiempo para el féisbuc!

El estudiante de actuación suele ventilar regularmente sus emociones en féisbuc y —tarde o temprano— hace el esfuerzo de sincerarse con la comunidad virtual.

Compartimos fotos de nuestras mascotas, citas célebres y de hondo calado filosófico, poemas, videoclips y —de cuando en cuando— reflexiones de cepa personal y nuestros propios arrebatos líricos. Puede ser a través de Instagram, Twitter o Tumblr, en cualquier caso solo hay 3 posibles subtextos: a) mírame, soy una persona muy sensible; b) mírame, soy una persona muy inteligente; y c) mírame, soy un tipo sensible, inteligente y —además— muy gracioso.

Dentro de este inciso existe la tendencia a exhibir nuestra indignación política. Links a la Jornada, peticiones de firmas y muestras de solidarización con los desfavorecidos. El punto culminante de la actividad política virtual se consigue —generalmente— con un video pedorro de yutuv donde los actores ponen cara de pocos amigos y declaran que: ¡No van a tolerar más atropellos!

6) ¡Vive en el aquí y en el ahora! ¡Pon tu mente en blanco y no futurices!

El imperativo a vivir el presente ha llevado a un sinnúmero de actores a asumir esta premisa en su literalidad. Los grupos más radicales renuncian a sus facultades intelectivas y se entregan a la arbitrariedad del instante y el sentimiento; de ahí la sonada expresión: “¡es una bestia en el escenario!” Lamentablemente, son muchos los histriones que juzgan oportuno sacar a pasear sus pulsiones más primitivas en cada momento de la vida cotidiana.

La orden de “vivir el aquí y el ahora” nos tiene a medio camino entre la espontaneidad creativa y el retraso mental.

7) ¡Este fin no puedo, tengo llamado!

Tras escuchar esta declaración uno pensaría que el joven actor tiene una cita pendiente con alguna de las grandes figuras del cine nacional. Tal vez un casting con Cuarón, González Iñárritu o Carlos Reygadas. Desafortunadamente, el mayor porcentaje de estos “llamados” son para participar como extras en anuncios de refrescos, de compañías telefónicas o de automóviles.

El verdadero llamado del actor es a ser un títere de los publicistas o —en el mejor de los casos— a protagonizar el videoclip de una banda indie (emergente) de la Capital. De cualquier manera, el joven actor se deleita al declarar: “esta vez te fallo, ya sabes, me salió un llamado”.

A diferencia de otros oficios donde el practicante solicita y busca sus espacios de trabajo, la lógica del actor contradice esta norma: los llamados tocarán a su puerta. Su talento bastará para despuntar entre los grandes.

La mentis albus (del latín: mente en blanco) del joven actor, sueña cada noche con su próximo llamado. Esta vez un cortometraje sin pago con los chavos del CUEC, mañana la última serie del Canal 11, más tarde las pantallas del Cine Nacional y finalmente ¡Hollywood!, el lugar de donde proviene aquel llamado perentorio que nos dará la fama y el estrellato.

8) ¿Quién eres? ¡Tú no eres nadie! ¿A ti quién te conoce? 

Ya que el joven actor mexicano generalmente proyecta su carrera profesional como un largo y sufrido via crucis, durante el cual se someterá humildemente a las órdenes y exigencias de varios directores, no habrá objeto que estime más que su propio currículum y su tabla de méritos profesionales.

Esta “experiencia profesional” le sirve al joven actor para apaciguar sus temores al fracaso y al anonimato. Nuestro entendimiento dicta: si has trabajado con el director X, el director Y y el director Z, no hay forma de que seas un mediocre.

Tristemente tasamos el talento en una relación directamente proporcional con nuestro nivel de exhibición.

9) ¡Es una pinche zorra!

El celo profesional entre actrices consigue su punto más álgido con esta hiriente declaración. La envidia, la frustración personal y la inclinación mezquina de los seres humanos a recelar los triunfos ajenos, orillan a las actrices a tildarse de putas, zorras, cabronas y chismosas, entre un amplio abanico de elegantes calificativos.

Nadie ignora los poderes del vaginal net (como define el escritor norteamericano Tom Robbins al manejo utilitario de los encantos femeninos), y es del dominio público que —una cifra considerable de actrices— se sirve del comercio carnal con cineastas/productores/escritores/maestros/ad infinitum, para subir un par de escalafones en los tabloides del prestigio y de la reputación.

No tengo la menor intención de moralizar ni de condenar dichas prácticas; solo me confunde el espíritu pragmático del vaginal net, que contradice tajantemente la premisa del inciso número seis: ¡vive en el aquí y en el ahora!

10) ¡Es un pendejo y un egomaníaco!

Lo mismo que en el inciso número nueve, pero dirigido a la población masculina. Los jóvenes actores estamos obsesionados con el asunto del ego y, al descubrir que un vecino nos rebasa, no demoramos en diagnosticarle un conflicto grueso con su manejo del ego y de la autoestima.

En ocasiones la demanda neuronal que supone el esbozo de un dictamen psicoanalítico nos deja incapacitados para disparar una crítica más elaborada. Y aprovechando el decreto de la mente en blanco y el asunto del “aquí y el ahora”, soltamos en automático nuestro insulto predilecto: ¡ese güey es un pendejo!

José Velasco


JoseJosé Manuel Velasco (1986) estudió literatura latinoamericana en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México y actuación en el Centro Universitario de Teatro (CUT). En 2010 trabajó como editor de la sección de teatro de la revista Chilango. Junto a Horacio Lozano y Antonio Tamez forma parte del proyecto multidisciplinario Laboratorio Murciélago. Actualmente es profesor de literatura y filosofía a nivel bachillerato. Le encantaría salir en un comercial de jugos Arizona.

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