Soñé en Madrid con Kenneth Anger

En 1996 estuve a punto de conocer al cineasta experimental Kenneth Anger. Fue en un viaje a Madrid. Mi amigo Stanislav Miranda estaba organizando un Festival de Cine Estructuralista y Conceptual. Había invitado a varios directores importantes. Yo era el único representante de mi país y el más novel de todos. Me sorprendió. Solamente había realizado una película con un pequeño apoyo gubernamental que se llamaba Camino al Segundo Cuerpo. Nunca se proyectó en las salas comerciales, ni en los foros alternativos, nadie estaba interesado en ella: había sido un fracaso total. Alguna vez le envié la cinta a Stanislav y al parecer le había cautivado. Era el primero que me daba argumentos positivos, le dio razón y motivo, algo que ni siquiera yo le había podido otorgar. Vislumbró en el contenido materia activa.

Stanislav llevaba viviendo en Madrid diez años. Era un tipo sincero, circundante y crítico. Tenía una Galería de Arte en Fuencarral y se había logrado el respeto de ciertos gestores y artistas. También llevaba tiempo apoyando cine artístico emergente. Para mí, era muy serio que alguien como Stanislav estuviera complacido con mi película, después de que mis profesores la destruyeran y la actriz principal me demandara, esto era un gran logro.

Estuvimos hablando varias veces por teléfono, cada vez las llamadas eran más largas. Algunas veces, mientras lo escuchaba, sentía que hablaba de otra cinta, que la paquetería se había equivocado y le había llegado una película misteriosa y brillante que no era la mía. Sin embargo, lograba referencias obvias y, algo que yo había descalificado u odiado, Stanislav lo convertía en belleza y teorías.  Su retórica era de hipnotistas profesionales. Los argumentos de Stanislav eran los de un adicto enajenado con la estética. Tenía las palabras correctas para las imágenes más ensartadas. La cinta duraba una hora con veintidós minutos. Todo era un ejercicio del cuerpo. Un espasmo místico, escabroso y abrupto. En algún momento, una sirena, desesperada por no saber dónde estaba su Segundo Cuerpo, se suicidaba con un arpón, emulando al bestiario infinito. Nadie la había comprendido, ni yo mismo en algún punto de la realización. Se presentó en un par de festivales en Latinoamérica y la crítica la hizo pedazos. Algunos fanzines y suplementos publicaron reseñas destruyéndola y tachándome de pretencioso, absurdo y pornográfico. Stanislav sabía esto, y aún así, se sentía embriagado por los efectos de la “serotonina visual” que, según él, era lo que había sentido la tercera vez que miró la película.

Pasaron algunos meses, yo me encontraba escribiendo mi nuevo proyecto “Acercamientos a una realidad imaginaria e impalpable”, estaba a punto de firmar con la editorial y Stanislav me llamó para terminar de convencerme. Solo queda un mes, dijo con acento. Estaba aferrado para que asistiera a su festival de cine. Le dije que no consideraba mi cinta ni estructuralista ni conceptual. Argumentó que si algo tenía la película era la maestría con la que la reducción de propiedades generaba un materialismo descompuesto. No entendí muy bien de lo que estaba hablando, pero me pareció suficiente como para ir a Madrid, gratis, conocer otros directores y ver a Stanislav que hacía varios años no veía. Retrasé mi proyecto en K. y tomé un vuelo directo.

No tenía idea de que el nivel del festival organizado por Stanislav fuera de una calidad tan abrumadora. Tan solo al llegar y ver el programa me sentí miserable y solo. Arribé a Madrid un martes y mi cinta se estrenaba el viernes. Ya no quería estar ahí. Imaginé a todos esos creadores murmurando a desparpajo sobre mi trabajo en formación. Me sentía intimidado y enfadado. Todo era culpa de Stanislav. Él había dicho todas esas mentiras sobre mi película y ahora me encontraba en un nido de artistas hambriento e incontenible.

Asistí a ver algunas de las cintas que se proyectaban y quedé impresionado. El trabajo de los otros directores era bello y elegante. Casi no dormí y comí muy poco. Un día antes del estreno llamé a Stanislav para citarlo en un café de Lavapiés. Le dije que no quería que la cinta se mostrara, que me sentía hundido y miserable, que había dejado de creer en mí. Incluso le conté sobre aquel día en urgencias.

Me escuchó con calma mientras prendía cientos de cigarros. Era evidente que me encontraba desesperado. Insistió en que la cinta era fuerte y merecía ser vista. Aseguró que mi trabajo era del mismo nivel que el de los otros directores y que por alguna razón me había invitando a su Festival. Que aceptara mi condición de creativo. Tampoco te vayas a creer que eres un puto genio, dijo señalándome con su larguísimo dedo índice, necesitas seguridad y medicamentos.

En algún momento mientras escuchaba con la miraba baja a Stanislav dejé de temblar. Mi cuerpo se reincorporaba a su temperatura. Prendimos otro cigarro y comencé a sentirme más tranquilo. Después de un silencio me preguntó si había leído alguna vez algo de Aleister Crowley, le dije que sí, que había intentado con un tomo muy selecto llamado El libro de la ley. Después de varias páginas, lo dejé abandonado porque comencé a sentirme oscuro y diminuto. No me sentí mal por abandonar el libro. Sabía que no era el momento de leerlo. Stanislav me dijo que conocía a su amigo e invitado de honor en el festival Kenneth Anger. Yo ya llevaba tiempo leyendo y observando todo lo que el director satanista había creado. Un año atrás, en una muestra de cortometrajes, me topé con su gran película Invocation of my Demon Brother. Me había dejado perplejo y pensativo. Si tuvieras el conocimiento que yo he adquirido no estarías sufriendo de esta manera, dijo Stanislav arrojando el humo sobre mi rostro.

En ese instante no me importó. Él conocía a mucha gente y no me resultaba extraño que conociera  a alguien de esa categoría. Después mencionó que Anger mostraría su filme en el Festival justo antes que el mío. Era extraño y emocionante. Pensé en intentar leer de nuevo aquel tomo salvaje que había abandonado. No había duda para mí que si el señor Kenneth Anger mostraba su cinta antes que la mía, era porque Stanislav le confería más importancia a mi trabajo. Un halago escondido que me pareció noble y fraternal. Me acompañó hasta la puerta del hotel y nos despedimos afuera. Duerme bien, tómate las pastillas y no hagas locuras, me dijo mientras me cogía el rostro con sus enormes manos frías.

Aún me sentía algo nervioso y aquella noche no pude dormir. Salí a caminar por largo rato. Le compré a un pakistaní un poco de hash y lo fumé en Plaza Santa Ana. Seguí hasta Callao y me dieron nauseas. Vomité en tres esquinas antes de regresar al hotel. Al final pude dormir un par de horas; pero soñé con Kenneth Anger: no lo conocía físicamente y sin embargo era idéntico a lo que podía ser un Lucifer. Con los bigotes apuntando al espacio y la calva brillante y sagrada. Estábamos filmando una película en el espacio, vestidos de astronautas. Pasábamos por varios agujeros negros, aferrándonos a nuestra dimensión, como si estuviéramos en una misión única y nuestra supervivencia fuera elemental. En algún punto del cosmos contemplé un contraluz reflejado en el casco de Anger y me acerqué flotando lentamente hasta tocarlo. Le quité el casco con delicadeza y una luz cristalina me cegó por completo. Me sentía realmente acogido por él. Un calor sofocante se fundía en mi rostro. Lloraba. Sabía que éramos nosotros, pero en nuestros segundos cuerpos.

Desperté abrumado y aún no amanecía en Madrid. Mis orejas estaban rojas y calientes. Tomé un baño y hasta largo rato después recordé que ese mismo día era el estreno de mi cinta. El nervio había desaparecido. Buscaba señales y códigos que me ayudaran a descifrar aquel sueño. Estaba realmente intrigado por el personaje. Esa mañana me comencé a sentir fantástico. Había sol en Gran Vía y tomé un espresso. Llamé a Stanislav para confirmar mi asistencia y le conté sobre el sueño. Soltó una risa muy discreta y me dijo que llegara temprano para que me pudiera presentar al cineasta místico. Seguramente él también se sentirá satisfecho, dijo con énfasis, como si estuviera ridiculizando.

Me encontraba listo para partir, pasaría un coche a recogerme al hotel y llegaría a tiempo al Cine Rex. Estaba en el lobby esperando y de pronto me dio un ataque de ansiedad fulminante. Las manos me comenzaron a sudar y sentía la espalda fría. Me quité el saco y un mareó casi me tumbó. Un par de hombres me preguntaron si me hallaba bien. Subí con dificultad a mi habitación para recostarme y perdí el conocimiento.

En la alucinación, me encontré de nuevo con Kenneth Anger, pero esta vez me encomendaba a un grupo de demiurgos cubiertos con capas hasta la cabeza. Le preguntaba si eran los luceros, y señalaba que sí, moviendo un largo y fino dedo índice. Intentaba escucharlos pero solo emitían murmullos, rezos desconocidos, elegías astrales. Lenguaje imposible para los mortales. Alguien posaba sobre mi hombro su brazo y me arrojaba al centro de los encapuchados. Mulaj Nassr Eddin, escuchaba entre voces y chiflones. Ors, Ors, Ors, Ors… y sentía como si me golpearan el pecho. Los golpes incrementaron y una luz púrpura me abría paso hacia la realidad. ¿El Segundo Cuerpo? Cuando lograron abrir la puerta de mi habitación al fin pude, poco a poco, recuperar la conciencia.

Una ambulancia me llevó al hospital de Santa Catalina en Embajadores. Stanislav se encontraba muy preocupado. Una vez que estaba más estable y en una habitación recibiendo suero, me platicó que estuvo esperándome durante horas. Nadie sabía nada de mí, no contestaba el teléfono del cuarto y cuando la película estaba casi por comenzar, le dieron unas ganas irrefrenables de matarme por haberlo dejado plantado. También me confesó que por un momento se imaginó que me había suicidado.

Cuando el estreno terminó insistió por teléfono al personal del hotel para que entraran en el cuarto en lo que él llegaba. Fue cuando me encontraron tumbado en la cama, invadido por un desmayo fulminante y transitorio. Le pregunté cómo había salido todo en las funciones. Dijo que la cinta había sido todo un éxito y que querían proyectarla en Berlín. Todavía me sentía muy débil como para regocijarme. Le pregunté por Kenneth Anger y negó con la cabeza. No le fue nada bien, más de la mitad de la sala se salió, dijo levantándose de la silla para despedirse. Ya no le platiqué sobre lo que había alucinado mientras estaba inconsciente.

Salí del hospital al otro día. Mi desfallecimiento lo debieron a la mala alimentación, los cigarros y el estrés. Stanislav me llevó al aeropuerto y nos despedimos con un fuerte abrazo. Es un pena que no hayas estado en el estreno de tu película, me dijo condescendiente.  Bajamos las maletas de su auto y le dije que no me importaba, que de hecho una de las condiciones para mi siguiente proyecto es que se estrene después de mi muerte.

Dejé de ver a Stanislav por tres años. Llegamos a hablar pocas veces. Una tarde me sorprendió una llamada suya invitándome de nuevo a Madrid. Esta vez estaba organizando el Primer Festival Internacional de Cine Postsurrealista y Épico. Le dije, riendo, que no había hecho ninguna cinta desde Camino al Segundo Cuerpo, que ahora únicamente me dedicaba a escribir. Balbuceó que no había problema, que de hecho esa película era perfecta para el programa que estaba armando. Dijo con seriedad que la percepción cognitiva es desafiada, la influencia de Jung y el budismo zen son elementos clarísimos del desarrollo. Ahí hay mucho conocimiento esotérico y complejas estructuras míticas que equiparan la dialéctica de la conciencia individual. Me pareció suficiente, y le dije que tal vez ahora sí podría conocer a Kenneth Anger. Mi tono sardónico no le causó gracia.

Nos despedimos con la promesa de vernos pronto en Madrid. Después de colgar el teléfono me quedé muy intrigado. No le pude decir acerca de los sueños que había tenido desde entonces con Kenneth Anger, y Aleister Crowley, y Lucifer. Sentí un petróleo inundando mi boca.

Jänko Erwin


Yanko Erwin es poeta y cineasta experimental. Todas sus películas han fracasado en los gremios comerciales. Su culto se minimiza a círculos de satanismo, misticismo y esoterismo. Viajó por el sur de Serbia y desde entonces busca de forma insaciable su Segundo Cuerpo, igual que Jesús, igual que Pavic.

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