Usted, ¿no conoce su tierra?

Los apellidos, como las matrículas de los coches, nos dicen de donde vienen, pero no a dónde van. Es el caso que Lina Meruane (Santiago de Chile, 1970) relata en su crónica Volverse palestina (Literal Publishing/Conaculta, 2013). Para la autora, su patronímico le indicaba que, como casi 800 mil chilenos, es hija o nieta de emigrantes de un país de origen milenario a orillas del Mediterráneo y que hoy ya no existe: Palestina.

No existe de la misma manera que Troya, enterrada bajo el olvido y los escombros hasta el siglo XIX; tampoco no existe a la manera de Hiroshima a las 8:16 AM del 6 de agosto de 1945; Palestina no existe como Estado y, con tal condición, los 12 millones de palestinos del mundo (7 millones en territorios palestinos y 5 millones en una diáspora global) están en una constante vulneración de su identidad a pesar de ser un derecho humano fundamental : “Todos los que se han ido reciben el nombre de palestinos refugiados […] y mantienen un estatuto intermedio: no pueden adquirir ciudadanía extranjera sin perder su derecho a regresar, pero si regresan, estarán para siempre en un limbo, un limbo de pobreza y represión donde cunden las promesas de libertad a cambio de violencia” describe la autora.

A pesar del panorama de violencia y represión, Lina Meruane decide viajar a Palestina a buscar su pasado, para encontrarse con la tierra de sus abuelos que le ayudaran a completar su identidad y acallar ese “rumor de fondo […] para salvar un origen compartido de la extinción”. Dicho rumor de fondo palestino lo ha encontrado como una especie de espejo inevitable entre quienes la identifican y estigmatizan por su apellido, Meruane, y le señalan que algo de ella es  diferente, extranjera e irreconocible, tanto en su Chile natal como en Nueva York, donde actualmente reside.

Pero en el caso de Lina buscar ese eslabón perdido no es un retorno exótico como el de muchos latinos nacidos en Estados Unidos o, si me apuran, el de muchos catalanes de hijos andaluces que cada verano bajaban a la tierra de sus abuelos —también la de García Lorca, Bécquer o Juan Ramón Jiménez— y la miraban con el mismo exotismo de Washington Irving. No, el retorno de Lina es más profundo, también más doloroso y visceral porque no se trata de emigración sino de destierro, de expulsión amparada en el poder de los cañones y los bombarderos: el exilio.

Ante la negativa de su padre para contarle sobre su pasado, la autora va tejiendo como pachtwork la historia familiar mientras prepara su viaje. Se apoya en sus tías, quienes le ofrecen pequeños retazos de casualidades y huellas casi desfiguradas, huellas que se le aparecen incluso en desconocidos, como aquel día en que un taxista palestino residente en Estados Unidos puso el dedo en la llaga: “Usted es una palestina, usted es una exiliada, ¿usted no conoce su tierra? Me dice sin recriminación”. A partir de ahí, el “rumor de fondo” se convierte en un asunto de trascendencia: volver a donde nunca fue. Volver como una responsabilidad con su abuelo, con su padre y con ella misma.

Volverse PalestinaTras las casualidades o la búsqueda de las mismas para justificar su viaje, Lina Meruane nos introduce de lleno en su conversión y/o construcción-deconstrucción de la identidad guardada: esa violencia psicológica del extenso interrogatorio aeroportuario, donde confiesa de manera implícita lo que podría parecer un síndrome de Estocolmo: “La verdad podría complicarse aún más y se complica cuando respondo por el barrio donde voy a alojarme. Empezando a saberme culpable respondo que me quedaré en Jaffa”. El interrogatorio se convierte en el verdadero bautizo palestino como bien asevera la primera anfitriona árabe al recibir a Lina y conocer ese pasaje de su viaje: “Muy bien, felicitaciones, te reconocieron; ya eres una verdadera palestina”.

Aunque como lector hubiera preferido una tensión narrativa que rozara en el género de la novela, me recuerdo que este libro es una crónica personal, y en vez de escoger el camino de la metáfora, usa el rigor del testimonio que le permite aportar al libro honestidad, una especie de transparencia y sinceridad de Meruane como ser humano, una crónica íntima, personal.

En este sentido, el aporte de Volverse palestina es, lo que a mi parecer, hace falta a muchos escritores en este siglo XXI: compromiso intelectual con los que no tienen voz y necesitan altavoz, no dejar a la historia sin el crisol de realidades.

La forma en que la autora se aferra a las pequeñas piezas que conforman una especie de rompecabezas de su visión, se representa bien cuando describe la región de Hebrón, que entre rezos y calles sacadas de distopías o de conflictos bélicos, hay “edificios protegidos por alambres, cámaras, banderas y ejército”. No hay más de eso, quizá no se necesite saber más.

¿Hasta qué momento la sencillez y sobriedad en las descripciones deja con ansia de saber más de Palestina? ¿Qué partes, qué historias se guardó la autora para procesarlas y adherirlas a su vida, en qué momento se le puede exigir una visión del día a día del pueblo palestino? ¿Qué parte del viaje y de su transformación/renacimiento histórico nos ha dejado sin saber? Sólo ella lo sabe: Meruane volvió, y así lo cuenta, a la comodidad de su casa para revisar el nuevo rompecabezas familiar y personal, a reconstruirse, a ser chilena pero también palestina, porque una vez que se muerde la manzana del conocimiento, no hay vuelta atrás.

Nacho Bengoetxea


 

Nacho G. Bengoetxea (1984) estudió periodismo en la Universidad de Sevilla (España) y en la Hochschule der Medien (Stuttgart). Tiene experiencia en radio, prensa y medios digitales en España y México.

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