Cefalea

Tienes dolor de cabeza.

Facebook te pregunta “X, ¿qué sucede?” y entonces publicas un post maldiciendo a todas las jaquecas de la historia. Tus amigos comienzan a likear tu comentario y te dan consejos que ignoras: ya has probado todo: las pastillas, el café, la cocacola fría, el agua con hielos. Bufas con los albures que te recomiendan chupar limón. Aprietas los ojos y sientes cómo el dolor te taladra en un punto indeterminado detrás de ellos.

Twitter también quiere saber y pregunta: “¿Qué está pasando?” y avientas un tuit. El dolor no te da para pensar en los 140 caracteres de rigor: das apenas 53 golpes al teclado. Tus seguidores —muchos de ellos amigos tuyos en la otra red social y que, por lo tanto, ya saben de tu dolor— hacen lo propio: unos dan retuit, otros se conforman con favear. Los más proactivos retuitean, favean y responden el tuit: las respuestas son prácticamente las mismas que ya leíste en tu muro: pastillas, café, cocacola, agua, hielos, albures. Una punzada te comienza en la sien derecha y sientes cómo se va extendiendo: ya no sabes dónde está el dolor: o mejor dicho, sí lo sabes: está en toda la cabeza.

Aprietas los ojos.

Es uno de los lugares comunes más trillados, y por eso es más molesto sorprenderte dando vueltas alrededor de él: en situaciones como ésta el tiempo avanza más lentamente. Ves el reloj de pared, el de la esquina de tu monitor, el de tu muñeca, el de tu móvil. Todos marcan la misma hora, los mismos minutos, los mismos segundos. Y no se mueven.

El altero de pendientes atiborra tu escritorio y desborda tu cabeza.

Ahora el dolor ataca por ambos lados y se cuela hacia el centro. (Ni siquiera sabes si esta descripción es exacta, pero no encuentras la manera de describir los movimientos y punzadas que sientes en el cráneo.) Quieres romperle la madre a alguien o, por lo menos, darle un puñetazo al monitor donde los likes, comentarios, favs y retuits se siguen acumulando. Te contienes sólo porque a alrededor priva el orden: apenas se escucha el ruido de los teclados. Un teléfono suena. Alguien recorre los pasillos. En teoría reina el silencio, pero sólo para los demás: en tu cabeza todos los ruidos se atiborran, se enciman, se amplifican. Van a parar a la nuca y desde ahí retumban.

El

re

loj

se

nie

ga

a

a

van

zar

Los segundos se enciman uno sobre otro. Se convierten en minutos que, pesados, avanzan lentamente hasta alcanzar a su compañero de enfrente. Timbra una y otra vez el teléfono que nadie contesta porque ya va a ser hora de salida y los segundos se siguen encimando y todos hablan al mismo tiempo y los segundos hechos bola se convierten en minutos y la computadora se traba y los minutos se enciman uno sobre otro sobre otro sobre otro y la punzada en la cabeza vuelve a crecer desde la sien hasta cubrir todo el cráneo y cierras los ojos y aprietas la quijada y te sobas la nuca y el dolor sigue creciendo hasta que llega, por fin, la hora de salida.

Apagas la computadora, guardas tus cosas, te vas sin despedirte. En la calle, un rayo de sol entra por tu ojo derecho y te cala en lo más profundo de un hemisferio del cerebro. Para equilibrar las cosas, otro rayo hace lo propio con el otro ojo y el otro hemisferio. Entrecierras los ojos y comienzas a caminar rumbo al camión. Son apenas un par de cuadras, pero cada paso alimenta el dolor y lo amplifica. Apenas si te das cuentas cuando llegas a la parada del camión. Te colocas la mano izquierda sobre la frente: te cubres del Sol, te frotas la cabeza. Quieres sacar el dolor como sea. Si fuera posible, jalarías uno por uno los cabellos para ver si así en cada folículo se va un poco de dolor hasta que desaparezca por completo. Pero no: no es posible: sólo sobas y sobas y sobas y sobas la frente y la nuca  y la frente y la nuca hasta que te subes al camión y ocupas un lugar junto a una señora que no para de hablar por teléfono, ni siquiera cuando deja caer el trasero sobre el asiento echándote encima una de las bolsas que carga.

Los ruidos son más que en la oficina. Gritos, bocinazos, arrancones, un helicóptero, las campanas del templo, el pitido del semáforo para invidentes. Y son peores, porque se combinan con otra cosa: los olores: hasta tu lugar alcanza a llegar el humo del cigarro del chofer, que maldice y volantea y frena y arranca sin dejar de fumar. El humo del cigarro se mezcla con los restos de lo que en la mañana fueron perfumes y ahora, doce horas después, se combinan con los humores propios de la jornada laboral. El humo del cigarro y los restos de perfume se revuelven con el olor a sudor rancio del cantautor que, para no robar y ganarse de la vida honradamente, hace equilibrio en medio del pasillo mientras rasga su guitarra desafinada. El humo del cigarro y los restos de perfume y el sudor rancio se combinan con la halitosis de la mujer que no deja de hablar por teléfono a tu lado. El humo del cigarro y los restos del perfume y el sudor rancio y la halitosis se concentran en la boca del estómago y el dolor de cabeza crece y crece y crece y se transforma en náusea que apenas puedes contener mientras te abres paso entre la gente y tocas el timbre y el camión se amarra y la puerta se abre y bajas y comienzas a andar.

Ya en casa, te encierras en tu habitación. Cierras las cortinas. Tapas cualquier resquicio de luz. Intentas dormir. Pero no puedes. El dolor acompaña cada giro que da tu cabeza en la almohada. Cierras los ojos y te saluda, te sonríe, te dice qué bien se está aquí dentro. Entreabres los ojos y ves las cosas que hay en tu habitación: la computadora, los libros, la vieja guitarra que ya nunca tocas, ropa regada por todas partes.

Y entonces la ves.

Y de pronto, de algún rincón adolorido al fondo de tu cabeza, traes el recuerdo del tuit que tantos retuits y favs y respuestas tuvo:

Un Usuario  ‏@UnUsuario

Una guillotina como paliativo para el dolor de cabeza.

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15:04 – 1 feb2013 Detalles

En un principio, al tuitearlo, fue apenas un desahogo. A los seguidores incluso les hizo gracia. Pero ahora que el dolor no cede luce como una idea grandiosa. A fin de cuentas, si ya probaste tantas cosas, ¿por qué no una más?

Una parte de ti hace preguntas. Pero no las atiendes porque el dolor no te permite escuchar nada. Te acercas lentamente a la guillotina nueva, que apenas ha cortado algunos paquetes de hojas. Calculas: tu cuello es delgado y la navaja, larga y curva, está perfectamente afilada. Hay espacio suficiente, sólo es necesario acomodar el aparato en la orilla del escritorio. La parte que se empeña en hacer preguntas queda apenas como un ruido de fondo. Un ruido más. En tanto, el dolor golpea las sienes, perfora detrás de los ojos, satura los oídos, hace más pesada la nuca. Si de todos modos va a estallar, que estalle de una vez, piensas.

La cosa dura apenas un segundo.

El golpe suena seco y contundente.

La navaja se abre paso limpiamente.

La piel y los tendones ceden.

La garganta se quiebra.

La sangre brota.

Tu cuerpo por fin descansa. Tirado en el suelo, se relaja y se olvida lentamente de ese malestar que lo venía incordiando desde hace días. Los nervios se distienden, la espalda se relaja. Ya era hora.

Sin embargo, la cosa no marcha para tu cabeza: el dolor sigue ahí: en los ojos, en los oídos, en la nuca, en las sienes.

Entonces te preguntas: ¿Qué salió mal? ¿Por qué carajos no se va este dolor de cabeza si…

Cierras los ojos cuando te interrumpe la obviedad de la respuesta:

Tienes dolor de cabeza.

Édgar Velasco

(Clic aquí para ver las demás publicaciones del autor.)

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