La fila india al precipicio

He leído reseñas en donde aseveran que la última novela de Antonio Ortuño, La fila india (2013), dice lo que nadie se atreve en México. Yo corrijo: dice lo que nadie acepta. Dice lo que muchos, incluso, ignoran. Que el racismo es parte de nuestra identidad nacional, que como nación nacimos de una ruptura y un choque racial y que —uno de los casos insólitos de la historia— nuestro sistema de castas fue uno de los más rigurosos y perversos que se hayan visto. La historia moderna sin embargo se ha encargado de empolvarlo debido a que los mexicanos ahora nos concebimos como una nación abusada y explotada, como víctimas y no verdugos. Somos los buenos de la historia: víctimas primero de los españoles, después de los vecinos anglosajones del norte.

¿Somos los mexicanos racistas?

“No, el racismo es contra nosotros”. Podría responder la consciencia nacional que ensalza el gran espíritu humanista, noble y amigable del mexicano —y del latinoamericano desde el Ariel de Rodo, pues ha sido un tema de la ensayística hispana desde Reyes hasta cualquier izquierdista trasnochado, y el cual nos ha inyectado un poco de soberbia: nuestra América es el hálito de la tradición cultural, mientras que la otra América, la del norte, es la materialidad burda—.

Esta sobrevaloración del discurso del oprimido tuerce la mirada hacia el ombligo; denuncia su sufrimiento, pero es incapaz de señalar su propios pecados. El tema de La fila india es precisamente ese, el del victimario victimizado, el del mexicano oprimido que oprime, con rabia y ganas, al que está debajo de él. Por siglos los indígenas han sido el blanco directo de este revanchismo, pero en los últimos años nuestro abanico se ha extendido a otras clases sociales y razas y naciones. Por ejemplo, los centroamericanos que necesitan, para llegar a los Estados Unidos, cruzar primero la cruel y cuarteada geografía de un país hundido en la injusticia y la violencia social. Migrantes que deben atravesar los círculos del infierno, como dice Joel Luna—el periodista que investiga los casos de migrantes asesinados en Santa Rita, ciudad imaginaria—: “incluso si consigues escapar de todos los depredadores y no mueres de hambre o de sed, incluso si nadie te viola o te golpea o amenaza o secuestra, tortura, tirotea y arroja a una zanja, aun debes planear la manera en que entrarás a Estados Unidos, porque los mismos mexicanos que han sembrado de espanto tu camino controlan todas las rutas de acceso. Una vez allá, felicidades. Respira hondo: el horror ya corre por cuenta de los gringos”.

La novela de Ortuño es un mosaico de nuestro resentimiento, pero también de nuestra frustración. En ella seguimos a Irma, o la “Negra”, una empleada de la Comisión Nacional de Migración —una de esas secretarías que el Gobierno crea para tapar bocas, simular la impartición de justicia y, antes que nada y sobre todo, emitir comunicados—, quien se muda junto con su hija a Santa Rita, ciudad del sureste, para trabajar con un grupo de migrantes centroamericanos que son cazados y asesinados sin siquiera conmover una consciencia.

Después está su exmarido, “el Biempensante”, un maestro de preparatoria resentido por su situación sentimental y social, odia su trabajo, odia a su conyugue y odia a un colega con quien tiene discusiones sobre política y en las que siempre pierde. El típico clasemediero que sueña con ir a Disneyland y le estorba la miseria de los demás cuando, en un mal día, se le aparece en la puerta de su casa pidiendo una monedas o en las planas de los periódicos clamando justicia. “Biempensante” es práctico —permítanme esta suculenta y larga cita: “No somos gringos, pues. Pero tampoco somos como ellos, como los centroamericanos. Que levanten la mano quienes se consideran dignos de ser confundidos con hondureños… No llegamos a enterarnos que son centroamericanos más que cuando abren la boca. Nadie se acerca lo suficiente para que abran la boca. Pero mira que quienes los joden más son los que se le parecen, los policías, los soldados, los del sureste… Por eso la policía les pide, a quienes encuentra por la calle, que canten el himno nacional, que reciten el nombre de los niños héroes. Porque luego no es tan sencillo distinguir a un pendejo que vino en tren de San Salvador de uno que nació en Tuxtla”.

Lo destacado de este fragmento es que muestra cómo hemos adoptado las mismas medidas de lo que en inglés se conoce como racial profiling, que son los rasgos físicos o culturales —el color de piel, el acento, la ropa— en que se basan la border patrol y la policía en algunos estados como Arizona para detener ilegalmente a migrantes en las calles. Pero, lejos de ser esta una historia maniquea —mexicanos malos vs migrantes buenos—, La fila india es una bomba para la moralidad mexicana porque más que poner el dedo en la llaga, pone ácido y luego, con un escalpelo, escarba. Está escrita no con ironía, sino con sorna, mina y astilla todas las posibles causas de un problema que a nadie le importa, ni al mexicano promedio ni mucho menos al gobierno, quien apenas y puede lidiar con la muerte de miles de compatriotas en una guerra infructuosa contra el narco: quién castigará la muerte de extranjeros, gente sin papeles, seres, como asevera Bauman, residuales, sin redes sociales que reclamen su desaparición.

La fila india no se refiere a los migrantes, sino a nosotros mismos; era una forma de procesión migratoria de algunos grupos indígenas en el continente hispano que seguía una jerarquía: el líder a la cabeza y los demás miembros del grupo tras de él, del más grande al más pequeño. Ortuño hace de esta imagen una parodia pertinente: “¿Has visto avanzar un grupo de funcionarios, digamos, entre el punto a y el b?” Y líneas más abajo: “No, nunca debes haberlo visto ni reflexionado sobre los motivos que obligan a los integrantes de esa parvada a desplegarse, flotilla de aves, obedeciendo a una jerarquía que les ha sido remarcada a hierro y fuego en traseros y lomos”. Vamos en fila india al precipicio, dirigidos al matadero por los políticos y funcionarios, sin embargo afortunadamente escritores como Ortuño se hacen a un lado del camino y nos lo advierten.

Desde El buscador de cabezas, Ortuño no tiene concesiones de ningún tipo al momento de escribir. Hay poca piedad en su estilo. Le gusta crear personajes que caen en los extremos, a veces llevados por su cinismo o por las circunstancias, y basta abrir las páginas de cualquiera de sus libros para ver que el jalisciense no le tiene miedo a la realidad, la aborda con soltura y profundidad, deja de lado el estilo que exige del lector una interpretación alegórica o tipológica que coloca al escritor en un pedestal: “interprétenme”. No: sus personajes son personas como nosotros, pero más humanos porque saben que al caer en la pluma de Ortuño no les queda otra cosa más expulsar con honestidad su patetismo. Más que confirmar la madurez o el estilo —términos flacos de la (dizque) crítica actual— de Ortuño, La fila india confirma y otorga a su obra el estatus que una gran obra puede llegar a alcanzar: una pieza del rompecabezas que nos ayuda a completar y entender la realidad.

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