Hayao Miyazaki en las fiestas de la Cruz

Punk-Dadá & Relaciones Exteriores

En 1999 Hayao Miyazaki vino a México. Mi querido amigo Gianfranco Conca trabajaba en Relaciones Exteriores como Asesor Cultural, también tocaba en una banda de post-punk, o como ellos le decían: punk-dadaísta. Un viernes vino de visita a Querétaro, era invierno, me acuerdo porque estaba el árbol de Navidad en Plaza Constitución. Me dijo que, desde hacía varios años, la Embajada de Japón organizaba encuentros internacionales con países latinoamericanos, y que había un proyecto en puerta de traer a México una especie de fusión-aperitivo japonés, y que México sería algo así como el país anfitrión.

Confesó que en el fondo era una reunión de negocios, cuestión de zonas industriales y autos del futuro.

El punto es que me asignaron al invitado de honor para mostrarle un poco de nuestra cultura y nuestras raíces, dijo Gianfranco igual que en las películas de misterio. ¿Y sabes quién es el invitado de honor? No, respondí intrigado. Hayao Miyazaki.

Toquín en el Pervertido de la Cloaca

Gianfranco quería traer al señor Miyazaki a las fiestas de la Cruz, las fechas coincidían, dijo que los concheros lo iban a impresionar, que la música y el baile lo mandarían al demonio. Era una gran oportunidad.

Llegaron en una camioneta blanca, los recibí en Plaza de Armas, venía con ellos un traductor japonés, joven, de poca estatura. Saludé con reverencia al Sr. Miyazaki y sonriente me dijo, a través del traductor (que a partir de aquí funcionara como en automático), “bella ciudad en el bajo México”.

Gianfranco tenía resaca, una noche antes había tocado con su banda en el Pervertido de la Cloaca y la fiesta se había puesto tan buena que el baterista arrojó la tarola a la cabeza de una chica que había ido desde Satélite. Quería dormir un poco, me pidió que paseara al señor Miyazaki mientras él descansaba. Me dijo que en el camino casi se guacareó sobre los pantalones impecables del traductor. Una pesadilla.

Ninguno de los dos sospechó que me toparía con Saul Galo vestido de conchero alfa.

Tonacacihuatl

Llevé a Hayao Miyazaki a comer unas enchiladas queretanas y mantecado, paseamos por Santa Rosa de Viterbo y muchas otras iglesias, plazas y mercados, todo en el centro. Siempre tenía una reflexión y una duda, su facilidad de contemplación me dejó fascinado, parecía un maestro espiritual; en realidad, para mí ya lo era.

Hablamos de literatura. Resultó que el traductor era también un gran lector, magnífico estudioso de Lev Tolstoi y Boris Vian, una locura. Miyazaki reía, se le veía contento. Yo quería hablar sobre sus películas, naturaleza y mitología. Pero todavía no era momento.

Habíamos quedado con Gianfranco de vernos en el hotel para subir al Templo de la Cruz y ver el ritual.

Subimos por el Andador Libertad y un grupo de concheros pasó a nuestro lado con sus penachos coloridos, asombrosos, sonando de arriba a abajo; morenos, relucientes. Pude ver el rostro del señor Miyazaki lleno de asombro, fue trascendental. Pensé en su Princesa Mononoke y los jabalíes.

“¡Janko!”, me gritaron de pronto. Era Galo, con un penacho de 600 plumas, maquillaje blanco y negro, líneas de tiempo, vestuario sagrado completo, imponente. Le presenté a Hayao. “Es mi mejor amigo”, le dije al traductor; ambos japoneses hicieron reverencia, al presenciar eso me sentí extasiado. Orientales rendidos ante el gran Tonacacihuatl. Un bello instante que todavía guardo como el pan de muerto.

Huele a carne quemada

Galo nos arrastró entre humo de incienso, mujeres enormes, plumas de aves fénix, brebajes y sonidos enigmáticos. “¡Abran paso a mis amigos del Japón!”, gritaba en todo momento entre risas y bailes. Llegamos al círculo donde él bailaría justo enfrente de la iglesia del Calvarito. El señor Miyazaki estaba hipnotizado con todo lo que veía a su alrededor. Un conchero pasó a su lado con una cabeza de coyote colgada del penacho, una mujer de piernas largas y brillantes se movía con éxtasis muy cerca del traductor. Hablaban entre ellos, murmuraban, no reían, los vi más serios que nunca.

Galo se acercó a Miyazaki y le dijo: “Todo esto es como en sus películas, aquí también las vemos. Hoy pago una manda que le hice a la Virgen y voy a bailar hasta el amanecer”.

Y comenzaron los tambores, las flautas, el fuego, la tarde prendida. Unas mujeres con taparrabos color rosa ácido se le acercaron al traductor y le dieron un chorro de pulque que escupió, después le ofrecieron mezcal y parecía que sus ojos se volvían salvajes a cada trago.

“Huele a carne quemada”, dijo el señor Miyazaki.

Aquí se está llevando a cabo un rito, no molestar

No había forma de llegar con Gianfranco, supuse que se preocuparía y nos iría a buscar a mi casa en Villa Oporto. Llegamos esquivando concheros exorcizados y puestos de fritangas. Por la noche iban a encender el tradicional castillo. La música no frenaría, los cuetes seguirían tronando. Saul Galo se había comprometido a bailar con el grupo de San Francisquito Apatzinguán (Los Tlacuaches), su penacho, taparrabos y esquirlas secas de sonido ancestral atadas a los tobillos, eran prestadas.

Nos resultaba extraño tener que pugnar con él. Su extrema flacura lo hacía parecer un fantasma prehispánico, sabio y peligroso; no era el guerrero sangriento ni mucho menos el sacerdote distante, era algo así como un semidios psicótico del Sangremal: experto en mujeres morenas y elementos del cosmos contemporáneo.

Su peregrinaje por los pasillos de Villa Oporto ocasionaba un eco antiguo y místico. Estaba agotado de tanto bailar. Se le notaba abstraído y mentalmente apaciguado. Miyazaki y el traductor habían tenido el detalle de comprar cervezas y ron. La fiesta en Villa Oporto apenas comenzaba, la fiesta en el Barrio de la Cruz apenas comenzaba, Santiago Apóstol de los niños héroes apenas se levantaba con su espada de fuego.

Nosotros, los testigos, tomamos la evidencia y dejamos que nos inundara con sus calores etílicos. Afuera, los concheros bebían pulque, comían peyote y fumaban tabaco oscuro para espabilar la debilidad. Eran épocas de gloria y fertilidad. Poco a poco Saul Galo y el señor Miyazaki se adaptaron a la noche. Regresaban de sus respectivos trances, se situaban de nuevo en la tierra baldía de nuestro cerro americano.

En un despliegue pop, Galo le puso al traductor, que ya llevaba varios mezcales, el gran penacho sobre su cabeza, el pequeño japonés simuló un baile similar a los que había visto en estas extrañas tierras, después hizo una danza japonesa tradicional que todos aplaudimos con placer y alegría porque había sido hermosa.

El traductor volvió a ser joven. Saul Galo tomó el penacho y lo colgó a la entrada de Villa Oporto. Marcando territorio sagrado.

Aquí se está llevando a cabo un rito, no molestar.

Apenas el cielo mostraba las primeras equivalencias y mientras el ron y la cerveza y el mezcal circulaban, algunos de nosotros guardábamos silencio para vislumbrar un poco de esto y un poco de aquello. Como insectos sin bautizar.

Éramos nuevos en esto del mundo y sus hechizos, éramos nuevos en básicamente todo. Lo único que queríamos era ejercitar la memoria y el deleite. La presencia de Hayao nos llenaba de vida.

Los cuetes mártires retumbaban en toda la manzana como señales de guerra. Y es que también había una guerra, nos quedaba lejos, pero la gente moría. Todo esto nos atiborraba de resignación, las fuerzas invisibles que se invocaban en esos momentos nos daban el poder que necesitábamos para asimilar el presente.

Las calles y sus habitantes bucólicos navegaban en blancos ríos de pulque. Se podía oler cómo se fermentaban, y entonces alguien sacó los instrumentos y comenzó la música, la poesía, los corales, la ceguera temporal. Todos los testigos nos sentíamos limpios, radiantes, Saul Galo también, Hayao Miyazako también, Gianfranco Conca también, el traductor también, las plantas y los indóciles también.

El resplandor del castillo en llamas llegó hasta los pasillos de Villa Oporto. Pólvora quemada y destellos nebulosos se alzaban hacia el cielo como serpientes, Señor Quetzalcóatl, entre aullidos y aplausos de la multitud dilatada. Más tarde, el cielo se despejó y el espacio hizo una meticulosa lectura acerca de nosotros. Nos leyó a todos, uno por uno, y terminamos agotados. Iluminados. Entre amigos.

Ponte una película de Miyazaki

Al día siguiente los restos de botellas y plumas reposaban como caídos de una batalla. Galo había sido el último en dormirse, casi al amanecer, un canto final lo arrastró al sueño. Gianfranco y los japoneses habían desaparecido en algún momento de la madrugada. Las calles estaban en silencio, el Sangremal sudaba su resaca, necesitábamos recuperarnos.

Hierba y pan de dulce.

Los penachos se habían quedado atrás, las castañas, los tatuajes, el seppuku, Totoro. Habíamos vuelto al lado humano y nos apaleaba con fuerza en la psique y en los músculos. Muchos de los testigos desaparecieron, se esfumaron entre la pólvora humeante y los charcos de caguama tibia. Villa Oporto parecía un réquiem mexica, el sol vibraba y nuestros cuerpos se sentían como fláccidos espejismos en un desierto del bajío. Los sobrevivientes éramos tres: Galo, por supuesto, A.C (habitante de Villa Oporto y coleccionista) y un servidor-testigo.

Nos fuimos salvando con carnitas, cueritos, coca-colas y algodones de azúcar. Recogimos el desastre de la noche anterior. Nos recostamos en el sofá y Galo me dijo: “ponte una de Miyazaki”.

La Princesa Mononoke

Este apartado no es para contar la película, ni mucho menos para reflexionar acerca de ella. Esto es un post-párrafo. En donde los testigos se conmueven pensando en Hayao Miyazaki. Japón en el Barrio de la Cruz. Miyazaki está muy cerca.

¿La película les quitó la cruda? Sí. ¿La historia los conmovió hasta las lágrimas? Sí. ¿Sintieron nostalgia y profunda tristeza? Sí. ¿Pero fue tristeza de la buena? Sí.

Los bosques del Calvarito

Todo en Villa Oporto se fue aclarando. Los ancestros parecían estar reflejados en cada piedra y en cada grieta. El tiempo transcurrido vibraba lentamente en los hemisferios como si aquí y allá fueran lo equivalente. Todo y todas la cosas al mismo tiempo. Nadie aguanta, ni los concheros, ni los japoneses, ni los bosques del Calvarito, ni los bosques de Kioto, ni los bosques que están entre nosotros.

 Hoy, seguimos siendo el ciervo azul, lobos blancos y gigantes y jabalíes vengativos con el hombre. También guerreros. Saul Galo y Hayao Miyazaki y el traductor dejaron Villa Oporto, pero el penacho sigue colgado en la entrada.

Jänko Erwin


Jänko Erwin es antropólogo y naturalista. No ha tenido apoyos del gobierno, ni becas, ni publicaciones, ni ha aparecido en antologías o fanzines. Nunca ha ganado un premio, nunca ha recibido algún reconocimiento. Casi nadie lo conoce. Pero no se siente solo.

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4 Responses to “Hayao Miyazaki en las fiestas de la Cruz”

  1. johnny bamboo

    Excelente cuento realmente me introdujo a la historia!! Gran escritor ese
    Janko Erwin!!! Sigue asi janko!!!

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  2. ALVARO

    QUE MARAVILLA!! CARNE DE LOS DIOSES, DANZA COSMICA DE RENACER, ARTE ORIENTAL, PRINCESAS AZTECAS EN EL SIGLO 21 Y MIS QUERIDOS CUATES O CUETES PARA CELEBRAR… QUE SIGA LA FIESTA AJJJUUUAAAAA!!!!!!!

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  3. Dani

    Hayao Miyazaki es un genio en su género, sin duda sus película influenciaron a generaciones, todas con fantásticas historias, acabo de ver por hbo go online Arriety, que me parece es la última o penúltima de sus películas, una maravilla.

    Responder

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