Palabras de este mundo

Lo que más me llama la atención de los textos de Avelina Lésper son los comentarios de los lectores. La mayoría coincide con su postura de forma iracunda e irracional, pero también hay muchos mensajes como este: “Usted expresa a la perfección lo que yo venía sintiendo en relación con el arte pero no sabía exactamente qué era. Gracias.” Me pregunto en qué medida seremos responsables de que una figura como Lésper sea tan popular. Es relativamente fácil señalar las carencias de sus textos: le exige al arte contemporáneo valores decimonónicos que no se corresponden con lo que tiene en frente, confunde argumentación con rabia e indignación, y no se preocupa por analizar las imágenes que critica. Pero lo importante no son sus textos sino que buena parte de los espectadores mexicanos (incluidos varios de nuestros intelectuales) están de acuerdo con ella y se sienten estafados en museos y galerías. Hace más de un siglo que las disciplinas artísticas se están transformando, pero al parecer el público sigue siendo el mismo desde el XIX: son pocos los que están dispuestos a entender por qué un urinario de cabeza (para no ir muy lejos) puede ser una obra de arte. Felipe Ehrenberg le escribió a Lésper una carta abierta que resulta iluminadora en ese sentido: “[el] público, en su perplejidad ante el inexplicable —e inaceptable— hermetismo en el que ha caído el llamado ‘arte contemporáneo’ (y ante los altísimos precios que comanda), se siente representado por lo que dice usted.” Y es que Lésper es, en última instancia, tan sólo un síntoma, la cuestión de fondo es ese inexplicable e inaceptable hermetismo.

 ¿Por qué produce tanta animadversión el arte contemporáneo? La única forma de contestar a tal cuestionamiento es empezar con un profundo ejercicio de autocrítica. Esta es una tarea impostergable para todos los que trabajamos con imágenes, incluso a esa figura abstracta llamada público no le vendría mal un pequeño esfuerzo. Esbozaré aquí solamente un ejemplo que le hace contrapeso a lo anterior, aunque habría que extender la reflexión a todos los ámbitos: quienes apreciamos el arte contemporáneo estamos de acuerdo en los desatinos de los textos de Lésper, pero, ¿qué pasa en los textos curatoriales? La comparación que se ha hecho entre el trabajo del editor y el del curador es atinada pero no del todo correcta. Ambos tienen, entre otras, la labor de investigar, conceptualizar, seleccionar e incluso redondear, pero los curadores son expertos en imágenes y los editores son expertos en textos. Y es justo ahí donde empieza el problema: los curadores necesitan verdaderos editores. Hace falta que un equipo de redacción (a la manera de las editoriales) esté detrás de los textos de cada muestra. Está claro que el curador no tiene que “explicar” la obra pero, sin duda, tampoco debe oscurecerla más con aquello que Luigi Amara llamó “mareos conceptuales”. Hay que reconocer que los textos curatoriales suelen mirar mucho más hacia la teoría que hacia la imagen e, incluso, olvidan al lector. Este es un asunto bastante grave. Es común que los textos en exposiciones y catálogos linden con lo incomprensible y disfracen de barroca complejidad cosas que pueden explicarse de forma sencilla: a veces pierden piso por ambición –“[la exposición] invita al espectador a repensar la genealogía entera del pensamiento contemporáneo”–, generalizan y banalizan lo que debería ser una verdadera écfrasis –“su obra es compleja, multiforme y experimental”–, o apelmazan conceptos uno tras otro volviéndolos extremadamente confusos –“un ejercicio de exploración de alternativas sociales que se mantiene a distancia segura del autoritarismo disfrazado de utopismo que frecuentemente plaga la imaginación política del arte”–. Insisto, el problema no son tanto las curadurías como los textos aparatosos y ambiguos que las acompañan en paredes y catálogos.

En 2011 se abrió en la UNAM la primera maestría en estudios curatoriales en México. El programa incluye teoría de la imagen y filosofía, iconología, museografía, catalogación, historiografía, etc., pero no considera ni un solo taller de escritura. Si la curaduría es a la vez creación y mediación (entre obras, artistas y públicos), y accedemos a dicha mediación en buena medida a través de textos, valdría la pena que los curadores ensayaran más sus párrafos y sometieran sus textos a una revisión que trascienda las comas y los acentos. Es un ejercicio de humildad y crítica constructiva que les permitiría, creo yo, regresar a las imágenes para tejerlas con palabras de este mundo. Solamente así podremos hacerle justicia al enorme trabajo de conceptualización y creatividad que hay detrás de cada exposición; solamente así los espectadores tendrán verdaderas herramientas para tomar una postura frente a la fascinación que a algunos nos produce un salto al vacío o a una lata de mierda.

Verónica Gerber Bicecci


photoVerónica Gerber Bicecci (México, D.F., 1981). Artista visual que escribe. Hace piezas que son textos y textos que son piezas. Sus proyectos exploran el rastro infinitesimal que dejan las cosas sin decir y las que no se pueden ver. Su libro Mudanza (2010, Ed. Auieo – Taller Ditoria) narra la transformación de cinco escritores en artistas visuales. Para conocer más visita: www.veronicagerberbicecci.net o búscala en Twitter: @ambliopia.

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7 Responses to “Palabras de este mundo”

  1. jorxepinedajorxe

    Muy buen texto al igual de los muchos que existen en contra de Lesper, pero me inquieta que el grupo de artistas contemporáneos en el cual no me incluyo por que no cumplo con los requisitos de hacer manualidades con discursos metafísicos, y personas que escriban sobre ellos se cuelguen siempre de Duchamp, si analizamos un poco la historia de este artista nos daremos cuenta que antes de hacer mingitorios, era una gran maestro de la pintura, y creo que esta es la principal molestia de muchos hacia el arte contemporáneo, hacen cosas que cualquiera puede hacer, pero detrás de ellos no hay nada, o en muchos casos como lo dice esta artista visual que escribe, hay mierda.

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  2. Fernando Gallo

    Durante días he visto a tirios y troyanos —amigos entrañables algunos— enfrentarse y empuñar espadas y escudos en una batalla campal en torno a la naturaleza y supremacía del arte de la pintura versus el arte posconceptual; hasta el insulto y la degradación de la inteligencia, ambos bandos atribuyen y reclaman como argumento «ontológico» de estos géneros artísticos, la cualidad exclusiva y trascendente del hecho artístico y su dimensión poiética (creadora). Debate motivado, entre otras cosas, también por la puesta en escena de Avelina Lésper y su visión del arte vertida a través del consorcio mediático Milenio. En lo que a mí respecta, el debate y la crítica son imprescindibles en la vida, no se diga en el arte, su concepto y su praxis. La crítica siempre enriquece —pienso aquí en la crítica como actitud generadora de procesos de pensamiento, no como profesión—, sin embargo, el grito descomunal y la falta de respeto al adversario en nada contribuyen a un «diagnóstico profundo» del status contemporáneo de la obra de arte. Adorno escribió en su brillante Teoría Estética publicada en 1970: «La definición de lo que el arte es siempre está marcada por lo que el arte fue, pero sólo se legitima mediante lo que el arte ha llegado a ser y la apertura a lo que el arte quiere (y tal vez puede) llegar a ser. (…) El arte se define en relación con lo que el arte no es. (…) El arte sólo es en relación con su otro; el arte es litigio con su otro. (…) Con el propio concepto de arte está mezclado el fermento que lo suprime.» Hasta aquí las citas.

    En efecto, la visión de Avelina Lésper carece para mí de la sapiencia necesaria que requiere la búsqueda de todo conocimiento —que no de la verdad— y su periplo ante la creación de conceptos. Reconocer la trascendencia de la pintura como expresión artística no anula la posibilidad del arte de manifestarse idea y proceso creativo del objeto, motivo o móvil per se; además de estrategia y traslación que eliminen las divisas o políticas caducas del objeto establecido, continente estático, institucionalizado y mercantil que conlleva la imago del arte. El concepto —lo conceptual desde el punto de vista del arte como idea— está presente ya en los maravillosos tratados que sobre arquitectura, escultura y pintura fueron concebidos en pleno Renacimiento: la voz «designare» define en latín trazar y delinear, y al mismo tiempo, designar, ordenar y disponer, como bien ha planteado Eduardo Subirats en El final de las vanguardias. Negar la creación y aportación de John Cage al arte en nada enaltece al mismísimo Mozart. Argumentar que los museos literalmente están llenos de camiones de basura, implica un total olvido de que la mayor parte de la pintura «realmente existente», al igual que la mayor parte del arte posconceptual, deviene mediocre e intrascendente. La divergencia de Avelina Lésper saca a la luz ciertos rasgos pequeño burgueses, otrora victorianos, que aún perduran en el arte. «Ars longa, vita brevis».

    Fernando Gallo_Puiblicado en facebook el 4 de abril de 2013.

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