Mario Muchnik busca trabajo

Uno de los grandes editores de nuestra lengua, Mario Muchnik, busca trabajo. Después de fundar una de las editoriales más destacadas de nuestra tradición, el también físico dice que tiene 83 años y se encuentra desempleado. Su empresa Muchnik Editores tradujo e introdujo a nombres como Elias Canetti, Tolstoi, Sontag, Kafka e Isaiah Berlin, pero ahora está en completa bancarrota: ““Las cosas se pusieron mal para el mundo y para mí en 2008”, dice en una entrevista para El Confidencial.

Su condición se debe, asegura, a que el mercado editorial de la literatura se ha quedado sin la literatura y vive para vender solamente: “¿Qué echo en falta en la edición? La discriminación entre lo que es basura y lo que es menos basura. Lo bueno es muy escaso. No he leído ni leeré a Roberto Bolaño. Sí, ya sé, dicen que es muy bueno. ¡Pero es uno! Si Herralde publica 80 al año, ¿qué hacemos con el resto?”

Les dejamos aquí algunos fragmentos de la entrevista para que lo conozcan más, y por acá pueden leer otra entrevista con Muchnik, quien cumplió este año más de cuarenta año como editor.

Está en paro. Necesita trabajar. Busca piso. Abandona el apartamento donde ha leído la mayor parte de su vida, en la parte noble de Madrid. Allí comieron los escritores latinoamericanos que hicieron boomQuiere legar su inmensa biblioteca a quien no la olvide en un trastero. Entiende ahora, con muchos años de retraso, lo que le pedía aquel traductor del Ulises. “Mario, dame trabajo, dame algo para traducir”. Necesitaba ingresos. Era su drama, el mismo por el que atraviesa Mario en estos momentos, como si de un cuento de Dickens se tratara. Él, Mario Muchnik, uno de los grandes editores independientes de este país, con su editorial varada desde 2008 por un pago inesperado. Una operación delicada, un hospital muy caro. La vida o la muerte; eligió la muerte del editor y la vida del hombre. Qué remedio.

La culpa es de los editores que publican demasiado, repite como leitmotiv desde que llegó al mundo de la edición por tradición familiar, con los Seix, a los que se había asociado su padre, Jacobo Muchnik. Ahora llegaremos a esa parte de su memoria. Antes aclara que cuando habla de “editores” se refiere a los dueños de las grandes empresas. Esos monstruos que no quieren apearse de sus beneficios aunque el mercado caiga en picado cada año. Los editores que trabajan para ese monstruo “están condenados”. Así, sin más. En esos términos, en esas grandes empresas, el editor no es más que una especie en extinción. Un elemento superfluo, avasallado por el marketing.

Mario es un editor pyme. Un tamaño que publica sólo lo que le permite leer y descubrir, ser y estar cerca de los pasos de un nuevo escritor. Un editor que nunca ha encajado en los planes de los grandes, ni con los Seix ni con Anaya. ¿Era un ingenuo por creer que la artesanía puede hacerse en cadena y no salir malherido?

Los traspiés aparecen cuando menos lo esperas. Una reunión con los distribuidores de los libros de la gran editorial. El gerente interrumpe con prisas. Le pregunta si tiene el libro de un albanés. Se refería a Ismail Kadaré. “Sí. Está previsto para después del verano”. “¿Y no podríamos sacarlo la semana que viene?”. “Hay que traducirlo”. “¿Y no se puede hacer de aquí a la semana que viene?”. Eran “bestias”.

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