La belleza o la gravitación universal: Beauty of the Husband de Anne Carson

Los lectores de “Ode on a Grecian Urn” (1819), de John Keats, seguro recuerdan la perplejidad causada por las líneas “’Beauty is truth, truth beauty’, – that is all/ Ye know on earth, and all ye need to know” con las que cierra el poema. Como todas las afirmaciones categóricas, esta no escapó a las intentonas de los críticos por encontrarle el sentido definitivo o por rascarle en busca de referencias ocultas; incluso T.S Eliot, menos sutil o considerado, la juzgó un capricho que dio al traste con el que pudo haber sido un gran poema. Devota de Keats, Anne Carson se deslinda del cuestionamiento —originario de 1820—  sobre la pertinencia o el infortunio de los versos de marras, tomándolos como la premisa fundamental para su libro The Beauty of the Husband. A Fictional Essay in 29 Tangos (2001).

Desde 1986, Anne Carson (Toronto, 1950) ha publicado 18 libros que desafían la clasificación tradicional de los géneros literarios. ¿Son ensayos? ¿Poemas en prosa? ¿Textos anfibios? Anne Carson escribe y sus libros llegan a los lectores aunque muchas veces —como sucedió con su obra debut Eros the Bittersweet, clasificada como ensayo por la editorial Vintage— tanto críticos como libreros no saben cómo ubicarlos. The Beauty of the Husband nos advierte que se trata de un ensayo de ficción en 29 tangos. Son textos en los que predomina el verso libre que pueden leerse de manera independiente sin ningún problema, pero cuya finalidad es integrar un solo ensayo sobre un tema recurrente en la obra de Carson: la tensión entre intelecto y pasión, lógica y deseo. ¿El punto de partida? La belleza, como mencioné más arriba, es la premisa y el motor que desencadena tanto las acciones como la reflexión.

Si bien en los libros de Anne Carson es fácil aprehender tanto las premisas básicas como las líneas generales de los temas que se desarrollan, no sucede así con sus vericuetos, escisiones y desencadenamientos en líneas de sentido complementarias. Se trata de una libre asociación de argumentaciones y razonamientos más que de ideas e imágenes que resulta en una compleja red que termina por atrapar al lector. Tejidas también a partir de esa red, las anotaciones siguientes son una reflexión personal sobre diversas tramas de sentido que se entrelazan en The Beauty of the Husband.

 

La luz delatora

No se puede ocultar una herida, “A wound gives off its own light/ surgeons say”, porque será señalada por la misma luz que emite. ¿Cómo ver la historia de un matrimonio bajo esta luz? La herida no puede ignorarse: su evidencia es tan fuerte que ilumina el pasado y los contornos de las preguntas y las interpretaciones que surgen a partir de unos acontecimientos que se repasan una y otra vez con la urgencia de encontrarles otro sentido, para sobrellevarlo, o simplemente para comprobar que lo vivido fue real.

Recordarlo, contarlo. Entre otras decisiones paradójicas que surgen cuando parece que el pasado no quedó atrás sino que espera a la vuelta de la esquina, está la de ficcionalizar, recrear una serie de eventos para procurar poseerlos, o al menos tener la sensación de que están al alcance de la mano. ¿Lugar común? No cuando lo narrado se ilumina con la distancia de la ironía: Carson analiza con precisión de cirujano no solamente los hechos, sino las interpretaciones, e incluso el melodrama inherente a todo lo anterior. Sobre todo en la capacidad para distanciarse del sentimentalismo y el apasionamiento sin restarles un ápice de su peso en la historia —y reconociéndoles el lugar preponderante que tuvieron—; ahí es donde reside la tensión y la gracia de este libro.

El análisis de este objeto de estudio tan difícil de aprehender, el matrimonio fallido, se apoya en dos constantes: la herida y la belleza del marido (“Beauty is truth”). Si bien tal vez no funcionen para atravesar las corrientes del sentido, al menos se puede recurrir a ellas como amparos transitorios para no sucumbir… pero también ahí es precisamente donde la mujer que nos cuenta la historia encalla y se rompe la cabeza. El dolor y el imperio de la belleza inconquistable son las únicas dos agujas de la verdad en medio de un pajar de situaciones ambiguas que parecen ocurrir entre varios mundos, simultáneamente, y revolviéndolos de paso.

Ritardando

En los poemas épicos, retardar la historia mediante toda clase de digresiones, alargarla con detalles, aventuras y analogías para interrumpir su curso principal no es sólo la jugada maestra para mantener la tensión que se resolverá en las conclusiones, sino que también es consecuencia de una prolongada maduración de los motivos y las anécdotas, las historias y los mitos que, por ser tan cercanos al cantor y los oyentes, necesitan de la analogía y de un ritmo más lento para ser vistos con mayor extensión y profundidad (“Fair reader I offer merely an analogy.// A delay”).

Cuando algo se ha rumiado el tiempo suficiente puede comprimirse a sus elementos esenciales y sintetizarse en una conclusión que raye en lo arquetípico, pero también se puede expandir su carácter singular y exultar cada detalle, ensayar interpretaciones sobre los hechos más triviales para construirles —o descubrir— puentes retorcidos que hagan olvidar, eventualmente, los puntos que unen. Otra vez: los puntos de apoyo, las certidumbres, son la belleza llevada al punto de la deificación del otro y el dolor. Pero todos los detalles de esta historia, cómo se conocieron los amantes, se casaron, se traicionaron, se alejaban para estar cerca, regresaban, se inventaban historias el uno al otro se identifican con estos puentes porque se evita, de manera compulsiva, identificarlos con hechos aislados, comunes, que se pudieran desgastar poco a poco. Y aquí el desgarramiento —sobre todo en la reflexión— creó tangos y necesita puentes, giros, bailar la cadencia sutil del retorcimiento necesario. Y retardarse ahí, precisamente, en las figuras donde el bailarín puede caer.

Las muchas caras del mito y la cara única de la belleza

“All myth is an enriched pattern,/ a two-faced proposition,/ allowing its operator to say one thing and mean another, to lead a double life.”Como el mar en peces abundoso, el mito cría sentidos en sus profundidades: algunas especies desaparecen y otras son avistadas para volver a esconderse o son sacadas a la superficie desde millares de kilómetros de profundidad para explotar fuera del océano. El mito se parece a la mentira en que puede ser una verdad anticipada o que se confiesa cuando ya no es cierta (y espera para volver a serlo). En todo caso, es contradictorio y por ello puede abarcarlo todo, integrando el devenir, el cambio y la oposición. Es irónico por excelencia, la fatalidad muchas veces lleva al héroe a oponerse a la corriente y remontarla, a cambiar los significados para reordenar el caos. Y es bajo estas capas de ironía que se encuentra la no menos equívoca verdad: “Poets (be generous) prefer to conceal the truth beneath strata of irony/ because this is the look of the truth: layered and elusive.”

En The Beauty of the Husband, Anne Carson tiende puentes entre la historia que cuenta y ciertos episodios de la historia universal y acontecimientos míticos. El rapto de Perséfone, por ejemplo, sucede en una preparatoria y la madre se empeña en tratar de abolir la seducción una vez que su hija ha comido de la granada del inframundo: “From my mother/ emanated a fragrance, fear./ And from me/ (I knew by her face at the table)/ smell of sweet seed.” Y el marido, tiempo después del divorcio, se propone escribir una carta para tratar de reencontrarse con su exesposa, inspirado en la batalla de Epipolai: “In his mind/ he is composing a letter/ to explain to her (again)/ about the fog of war and need for endurance and splendor/ they will come to in the end”.

El libro, como ya se ha mencionado, está dedicado a Keats en honor a su rendición a la belleza. El poeta le presta un epígrafe a cada uno de los 29 tangos y sus versos dialogan —a veces fuera de su contexto original, pero siempre sujetos a las intenciones de Carson— con cada uno de los personajes incluso en los momentos más contradictorios y ambiguos. Keats no es el único que admite rendirse ante lo bello, la esposa también confiesa: “…So why did I love him from early girlhood to late middle age (…)?/ Beauty. No great secret. Not ashamed to say I loved him for his beauty. (…) Beauty convinces. (…) Beauty makes sex sex”. La belleza es la categoría incuestionable de esta historia, la que no admite dudas ni interpretaciones, mucho menos descripciones. Si el personaje del esposo se nos presentara a los sentidos, podríamos cuestionarlo, someterlo a interpretaciones o relativizar el poder que ejerce desde un principio. Es por ello que no hay ninguna descripción física del personaje del marido en The Beauty of the Husband: se trata, simplemente, de la encarnación de la belleza.

Una danza compartida

Al bailar, la complicidad con el otro es engañosa: nada garantiza que continúe después del baile. Pero a la vez hay danzas que se vuelven tan necesarias como el diario sustento y esa complicidad ha de ser recurrente porque, entonces, bailar es existir. Así sucede en estos 29 tangos. A través de cartas, discusiones, reconciliaciones, mentiras, devaneos, la pareja sigue bailando porque el uno sin el otro no encuentra la razón de estar en el mundo. Como en el cuento de las zapatillas rojas, es imposible detener la danza frenética. Cuando en los tangos xxv, xxvi y xxvii los personajes están separados y no mantienen comunicación alguna, se encuentran inmóviles, como fuera del tiempo. No participan del devenir, sino que rememoran el pasado y se limitan a observar, sin hacerse presentes. La esposa se dedica durante un año a llevar la bitácora, desde su ventana, de una rama del jardín a través de las estaciones, y así pasa la vida, como el tiempo sobre la rama. El esposo, por su parte, rememora junto con su mejor amigo el fracaso de su matrimonio y cómo planea recuperarlo; viaja a casa de su abuelo para encontrarse a sí mismo y lo que halla es el desencuentro con el que ha sido, su identidad se quiebra. No hay danza en solitario, para bailar un tango se necesitan dos. Y estos dos se vuelven tristes cuando no bailan, se desconocen.

La belleza: el punto de apoyo para lo trágico

El tango vi es la exposición más clara de la corriente trágica que fluye por debajo de todo el libro. Se trata del recuerdo de la visita a una granja en la temporada de la cosecha de uva. ¿Acaso pudo escogerse un mejor escenario? Es octubre y la pareja brinca y baila sobre las uvas para extraer el mosto; Dionisio en el aroma del jugo, la tierra, los arbustos fríos, la noche que poco a poco llega; Dionisio en la embriaguez; Dionisio cuando el abuelo del entonces novio le advierte a la protagonista: “(…) that I should under no circumstances marry his grandson/ whom he called tragikos a country word meaning either tragic or goat”.

Pero la protagonista desafió las advertencias. ¿Por qué? En el tango xi tenemos las respuestas. La primera, el cliché de la fatalidad trágica: “—don’t call it my choice,/ I was ventured:/ by some pure gravity of existence itself, conspiracy of being!” Pero no se trata de cualquier fatalidad, por supuesto, es la fatalidad del imperio de la belleza —que, siguiendo a Keats, es la verdad tanto como la verdad es la belleza—: “Existence will not stop/ until it gets to beauty and then there follow all the consequences that lead to the end”.

No hay que leer The Beauty of the Husband como una historia, aunque se trate de la narración de un noviazgo, un matrimonio y un divorcio. O, al menos, no sólo como una historia. Lo sé, está de más hacer esta recomendación, y es extraña tratándose de un libro de poemas. Sin embargo, la destreza narrativa deja la puerta abierta para que el lector abrace las anécdotas, sea seducido por el dinamismo de los diálogos, se tropiece en los cabos sueltos y respire aliviado cuando las peripecias los unan de nuevo, tanto que podría dejar de lado la lectura más lenta que requiere la poesía. Y cuando la poesía, además de narrativa, ensaya con argumentaciones sólidas y delicadas líneas de sentido secundarias que se urden a la trama principal de los acontecimientos y las imágenes, la lectura ha de ser tres veces más lenta. Así como para bailar un tango se requiere mucha concentración y un cierto tempo para insistir un paso tras otro en el mismo espacio, en estos 29 el lector habrá de ser puntual y generoso con su tiempo para demorarse en cada uno lo que sea necesario.

Nadia Escalante


SONY DSCNadia Escalante nació en Mérida, Yucatán, hace treinta años. Disfruta de (y se dedica a) la literatura, la comida y la danza, entre otras cosas. Adentro no se abre el silencio (colección La Ceibita, FETA, 2010) es su primer trabajo publicado y está disponible en línea. Actualmente es becaria del FONCA en el área de poesía.

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