La revista literaria como fugacidad

La rebeldía espiritual no es más que la crítica. Y el conocimiento crítico del mundo —sin que sepamos si es el cardo o es la flor de la vida— es como las yerbas de Mitrídates, que vuelven inmunes a los fuertes y envenenan a los mezquinos.

Alfonso Reyes, “El criticón”

Imaginemos que hoy en día exista la revista Contemporáneos (1928-1931): ¿qué temas abordaría, cuáles autores publicaría, quién la dirigiría, cómo se financiaría? Estoy seguro que las preguntas, mucho más que cualquier respuesta que podamos formular, están fuera de lugar. Al menos para mí sí, especialmente cuando veo la situación actual de las revistas literarias en México, la cual pasa por dos etapas: la de la permanencia de la tradición y la de la obesidad informativa. Propongo lanzar la primera carta de esta discusión como un ejercicio de reflexión, no de diatriba; tampoco espero que mis ideas se tomen como una forma de generalización (las cuales a veces son inevitables), sino más bien como meras sugerencias que permitan abrir un debate.

“entre tantos problemas que agobian al mundo, el lector y el periodista cultural se interesan por descubrir si el escritor es una persona ‘normal’”

¿Qué, si aun encontráramos el último número en las tiendas o en el internet de La Révolution Surrealiste (1924-1929)? ¿Tendría la misma vigencia, causaría el mismo impacto que conmovió a todo el mundo artístico de principios de siglo xx? Lo dudo: las revistas literarias son hijas de su tiempo y de su contexto, son un nervio, una reacción y un impulso de la realidad histórica que las produce y las archiva. Las revistas conjugan las visiones y divergencias de un grupo de escritores, es decir, son una interpretación y un manifiesto estético que cumplen con una función muy sencilla: dan testimonio de un momento especial de la literatura en un país determinado, ayudan a saber los intereses y curiosidades de una generación, sus influencias, su ideología, sus temas y sus preocupaciones. Propongo otro ejemplo: Amauta de José Carlos Mariátegui, y en donde publicó César Vallejo, en su momento fue una revista pertinente porque en sus páginas criticó y propuso ideas políticas y poéticas de vanguardia sobre la realidad del Perú y el continente hispano; sin embargo, hoy sería una publicación anacrónica y conservadora.

¿Qué pasa cuando una revista pierde vigencia o, por ponerlo de otra manera, cómo es que pierde su efecto estético? Categóricamente, al obstinarse a su existencia, cuando coopta miembros e impide, hasta cierto punto, el desarrollo de otra forma de concebir la literatura y no ofrece una nueva estética que corresponda con lo nuevo —por eso se llama revista, es una revisión, un resumen de la actualidad en interacción con el pasado—. Si una revista literaria se convierte en una forma de lucro o en una institución, se desvía de su propósito y de su origen más importante, que es el estético. De lo contrario, deviene en una empresa, en un negocio que en vez de proponer debates humanísticos, estéticos e intelectuales que vayan de acuerdo a las necesidades de los lectores contemporáneos, se politiza, promulga y polemiza sobre sus gastos, sus fondos y sus relaciones políticas. Cuando se preocupa por justificar su existencia y no por revisar la realidad o, en resumidas cuentas, cuando los miembros deciden mirarse el ombligo y predicar una verdad neutral e impoluta de cualquier interés ideológico y político.

Cuando Breton convirtió la revista surrealista en un panfleto y publicó su Segundo Manifiesto en 1929, el cual parece más una libelo en contra de Bataille, Artaud y todo aquel que no comulgaba con su ideología, le cambió el nombre a Le surrealisme au service de la révolution, lo cual, ahora lo sabemos, fue devastador para el surrealismo. Podría decir que allí es donde la vanguardia llega a su fin para convertirse en panfleto. Lo mismo sucedió con la revista que manejaba Mayakovsky llamada LEF (Left Front of the Art por su título en inglés y cuya historia cuento aquí), en donde reunió a los más talentosos críticos y poetas futuristas, y que luego, optimista de la revolución, Mayakovsky la convirtió en REF (Revolutionary Front for the Arts) mandándola al diablo: sus amigos se dispersaron y poco después el poeta ruso se suicidó.

Cuando un grupo de escritores se desperdiga por causa de divergencias ideológicas sucede lo más sano y predecible: deciden forjar camino por otros medios, el más común es la creación de otra revista. Georges Bataille por ejemplo, al separarse del surrealismo, fundó Documents (1930) como una burla contra Breton, pero consciente de que una revista no puede sustentarse en una disputa, en 1936 comenzó Acéphale, en donde abrió sus páginas a André Masson, Michel Leiris, Pierre Klossowski y Roger Caillois, autores ahora importantísimos que posiblemente Breton no hubiera aceptado en su revista debido a las diferencias políticas.

Desde una perspectiva histórica, más que teórica, las revistas más influyentes y más admiradas por su cercanía temporal fueron fundadas en la época de la vanguardia, por lo que las leemos como el manifiesto de una generación —al menos como un concepto que nos ayuda a entender el espíritu de una moda literaria, sin olvidar que siempre hay excepciones—. En México esta dinámica generacional se ha adormecido: cuando se crea una revista, se hace con vistas a institucionalizarse, a convertirse en una empresa con un perfil económico. Lo cual no está mal, las revistas deben gozar de independencia y ser sustentables; el pago de las colaboraciones, por lo demás, debe ser una de las principales preocupaciones —recordemos también que las revistas nombradas aquí se mantenían por medio de donaciones o padrinos—. Sin embargo, en los últimos años, no ha surgido una revista literaria que realmente sacuda el ambiente intelectual, que proponga nuevas voces disidentes y haga un corte definitivo o crítico con las generaciones anteriores. (No ha sucedido así con las editoriales de libros, las cuales han sido más propositivas que las publicaciones periódicas y merecen otra opinión más elaborada.)

Y esto nos lleva a los dos posibles caminos de los que hablé al principio. El primero es que las revistas de mayor tradición acogen a los nuevos autores —y se agradece la apertura—, convirtiéndose así en una especie de archivo o diccionario que, no obstante, conlleva una forma de domesticación, promueve una comodidad y no oferta algo diferente a los lectores porque los confunde ideológicamente. El escritor joven, en vez de aspirar a una independencia editorial, sueña con unirse al grupo del consenso. Una situación simpática y común en este caso es que podemos ver a un escritor simpatizante de movimientos sociales en las páginas de una revista anquilosada y dirigida por una geriatría adversa. La segunda opción es lo contrario: las nuevas publicaciones invitan a publicar a autores que crecieron en otro grupo y en otra visión, ya sea para generar interés o ganar prestigio, pero sin ofrecer una lectura crítica de los predecesores. Ejemplos de este tipo hay muchos en las revistas de internet actuales que buscan sus cinco minutos de fama.

No fue lo mismo Taller que Vuelta aunque tuvieran un mismo fundador: fueron producto de una situación especial cada una —Plural estaría en medio de ambas revistas, pero esa publicación, más que un proyecto personal, pertenecía al periódico Excélsior y el mismo Paz recalcó en una entrevista que no existía una idea de grupo o generación en sus páginas—. Octavio Paz, hasta cierto punto heredero de esa tradición que más o menos he esbozado con los ejemplos anteriores, supo entender la dinámica de cómo funciona y cuál es la tarea de una revista. En el manifiesto —porque eran manifiestos, no editoriales; eran poetas y escritores, no empresarios culturales, no periodistas culturales, no comunicólogos— del primer número de Taller, en 1938, Paz lo dijo claramente: “la herencia no es un sillón, sino un hacha para abrirse paso”. Y Letras Libres, al surgir bajo la venia de Paz, pareciera que heredó las posturas políticas —aunque no todos sus colaboradores caben esa línea—, mas no sus riesgos estéticos —los cuales en un principio fueron admirables, pero que ahora han generado una mala recepción y un cuestionamiento político debido a los temas que trata en sus páginas. Los debates más candentes que han generado últimamente no tienen nada que ver con el arte ni la literatura, sino con la política, con sus fondos y con sus próceres ideológicos. Revisemos sus anestesiadas páginas: para algunos, llegar a Letras Libres es como llegar al ojo del huracán cultural.

Basta revisar esa carta dirigida a Enrique Krauze y publicada en enero de 1999, en el primer número de la revista, para darnos cuenta de la visión de Paz, en donde el interés estético pasa a segundo plano y destaca el programa político (un análisis de esa carta explicaría varios misterios de la vida cultural en México): “hemos cumplido un ciclo”, dice Paz después de recalcar que la política es ya su principal interés, “y que es necesario un cambio en la revista, en consonancia con las transformaciones que han sufrido el mundo y nuestro país”. Y se pregunta: “¿Debemos prolongar la vida de Vuelta, a pesar de que se han cumplido esencialmente nuestros propósitos?” No, responde: “Otra solución sería suprimir Vuelta y crear una nueva revista. Creo que eso último sería lo más cuerdo. Ambas soluciones exigen un cambio: nuevas ideas y objetivos distintos, en relación con la cambiada realidad de México y del mundo”. Y llega a la propuesta de este ensayo: “Las revistas nacen y mueren, como todo lo humano”.

El segundo punto que dejé pendiente acerca de la explotación de medios literarios en el internet estriba en el cambio de interacción de los escritores —digo poco porque realmente esos medios son muy efímeros, no se han consumado, y algunos son de mala calidad en cuanto a cuestiones editoriales, como calidad textual, edición y diseño. La oferta de revistas digitales tiene desventajas debido a que son parte del ruido y la interferencia informática a la que estamos expuestos diariamente frente a la pantalla. Tenemos una revista por cada estado, por cada ciudad del país y de ninguna hacemos una sola. Además de ello, existen los suplementos literarios de los periódicos, los cuales son dirigidos por comunicólogos, columnistas, reseñistas, muchos de ellos sólo lectores de afición y obligación, pero con suficiente poder en los medios como para impulsar cierto tipo de libros y autores.

Jorge Volpi, en su estrellado libro El insomnio de Bolívar (2009), dice una cosa muy cierta: el internet, lejos de crear una revista continental —como Orígenes, Sur o Vuelta… es increíble la forma en que los escritores antes, sin necesidad de herramientas tecnológicas avanzadas, estaban al tanto de todo lo que sucedían—, ha levantado un muro entre los países de habla hispana, no ha logrado conectarnos en una publicación que llegue a las principales urbes —por supuesto, seguir pensando en la manida panhispanidad resulta chocante— y cada vez sabemos menos unos de otros si no fuera por las editoriales españolas que distribuyen sus libros —no todos— en algunos países. Diría que esto también sucede a nivel nacional: sólo las revistas con más presupuesto y edad son las más consultadas, mientras que decenas de blogs o revistas pasan desapercibidos aunque su propuesta sea fresca y retadora.

Una tendencia que he notado en las temáticas de las revistas literarias que leemos hoy es la trivialidad con que se aborda al autor y a la obra. Roland Barthes ya sospechaba de esto desde hace varias décadas en “L’écrivain en vancances” (en sus Mythologies), donde dice que las revistas intentan probar que “los escritores, que también los especialistas del alma humana, están sometidos a la situación general del trabajo contemporáneo” y “es una manera de convencer a nuestros lectores burgueses de que [los escritores] están adecuados a su tiempo”. Se busca el retrato del escritor en vacaciones, desganado, simpático, con una copa de vino en la mano, sentado en su escritorio frente a la computadora, acariciando a su gato, se le reduce a una especie de starlet: joven —vivimos en la época donde ser escritor joven es una categoría estética y ser una “promesa” es sinónimo de “consagrado”—, seductor(a), ganador(a) de premios, y con un par de novelas bajo el brazo esperando ser editadas. Y las entrevistas, lejos de ser un diálogo provocador, son conversaciones de cantina o de cafés, confunden lo anecdótico de la charla con lo que se dice en ella. “¿A qué hora duerme?” “¿Bebe vino?” “¿Cómo es un día normal en su vida?” De entre tantos problemas que agobian a México y en el mundo, el lector y el periodista cultural se interesan por descubrir si el escritor es una persona “normal”.

Tal vez mi crítica caiga un poco en lo anacrónico, sin embargo me parece que hay que reflexionar en la realidad de nuestra cultura impresa y electrónica de la misma manera que en los autores que leemos, porque a fin de cuentas esos medios son los que deciden qué se publica y qué no, deciden cuáles autores son importantes y a cuáles denostar. Lejos de ser esta una crítica específica a Letras Libres —la tomé como ejemplo al ser la revista con más tradición en México, hasta cierto punto un modelo—, me interesaba hablar de ella como fenómeno cultural. Lo que me llama la atención es precisamente este adormecimiento que vivimos hoy en día como un síntoma más de la indiferencia que gobierna la vida social de México, en donde cualquier postura política es denostada y los intelectuales se colocan en una “neutralidad humanista”: ni de izquierda ni de derecha, las etiquetas sólo para mis enemigos. ¿En verdad es eso todo lo que ambicionan los escritores jóvenes, aparecer y publicar en todos los medios posibles, tomarse la foto, ser reseñado, entrevistado con un cerveza en la mano, aparentar ser simpático, agudo e irónico con sus comentarios, y luego pretender que todo eso (revistas, premios, becas) no tiene nada que ver con la política?

Concluyo con esta pregunta: ¿se imaginan que S.NOB, dirigida por Salvador Elizondo en los años 60, siguiera viéndose en el estanquillo o en el internet? Tan sólo imaginarlo me horroriza, porque el valor de esa revista, como la de cualquier otra, radica en su preciosa fugacidad.

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3 Responses to “La revista literaria como fugacidad”

  1. Arturo Alvar

    Francisco, estoy de acuerdo contigo cuando criticas la verdad neutral que predican algunas revistas (de inmediato pensé en “Letras Libres”), pero más arriba pones como negativo el hecho que se politicen ¿Cómo evitar la politización de una revista? Incluso cuando algunas proponen ideas poéticas, conlleva un trasfondo de lucha por un espacio de reconocimiento, una condición política. Por lo demás, creo que una revista pierde vigencia cuando deja de ser autocrítica y no quiere cambiar su propia estructura. Disfruté mucho tu texto, también considero pertinente reflexionar sobre la cultura escrita, las revistas en particular, aunque quizá parezca anacrónico, no lo veo así, más cuando es preciso el análisis con toda su dimensión política, sin descuidar por eso la estética particular de cada publicación. Con respecto a lo que esperan los jóvenes escritores, espero que tu retrato no sea el de una generalidad, un desastre generacional, sino el de una anomia que es necesario criticar. Imagino que en algún lugar, alguien como tú o como yo, más escritores que quizá todavía no conozcamos, estemos dando la batalla. Saludos.

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  2. cruzarzabal

    Buenos puntos para discutir en torno de las revistas actuales, especialmente lo relacionado con el financiamiento, la vitalidad de los contenidos y la centralidad de lo literario frente a lo político.

    Sin embargo, más que generalizaciones, veo varios cabos sueltos, sobre todo lo de la fugacidad (que en realidad no elaboras, pero que es tu título y cierre); no veo por qué todas las revistas habrían de ser fugaces, o quizá habría que pensar en que la longevidad le da a las revistas un perfil distinto de la revistas “pensadas” para durar poco; en este sentido, estaríamos comparando dos elementos semejantes pero no iguales del sistema literario que responden a dinámicas distintas y tienes pesos distintos en la configuración de ese sistema.

    Saludos.

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  3. Francisco Serratos

    Hola, Arturo, no se puede evitar la politización de una revista, el problema, creo yo, es pretender que no, como lo hacen en Letras Libres. Saludos y abrazo.
    Gracias por tu comentario, Roberto. Sé que s eme fueron varios puntos, pero no pude extenderme tanto. El problema de la duración de una revista es precisamente ese, que el fuego que las forjó se va palideciendo. Saludos.
    Gracias por leerme a ambos.

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