Cuento fantástico mexicano

Esta lectura que recomiendo debe verse acompañada de una actitud

más activa hacia el texto: no es necesario para ello escribir ni pintar:

basta tener una actitud creativa ante el mundo.

Emiliano González

Cuento fantástico mexicano.

Si dices en voz alta o publicas en las redes sociales estas tres palabras, te ganarás el repudio de los escritores “serios”. Es una maldición. Una piedra enorme que tenemos que empujar cuesta arriba todos aquellos que nos aferramos al género fantástico (sí, género, no subgénero).

¿Será por “mexicano”? Tibio, tibio. Me parece que hablar de malinchismo en estos tiempos ya es obsoleto, sin embargo no se puede descartar.

¿Será por “cuento”? Caliente, caliente. Para algunos el cuento no es más que un ejercicio, un escalón para llegar a la novela. ¿Cuántas veces no hemos escuchado decir a amigos y familiares (cuando alguno de nuestros cuentos fue de su agrado, claro): “Ya estás listo para una novela”? Sí, hemos sido víctimas de la “novelización”, donde las grandes editoriales (y los propios autores) nos han inculcado que entre mayor número de páginas tenga un libro, mayor será la calidad y el rendimiento de nuestro dinero. Pero no culpemos únicamente a las editoriales. El verdadero problema es nuestra falta de memoria (no sólo en lo literario). ¿Qué pasó con esa rica y vasta tradición de leyendas precursoras del cuento? La calle de don Juan Manuel de José Gómez de la Cortina o La mulata de Córdoba y la historia de un peso de José Bernardo Couto han quedado en el olvido. No vayamos tan lejos: ¿Por qué ya no mencionamos a Arreola, Torri o Valadés (con su hermoso proyecto El cuento? Por supuesto que esto lo podemos remediar visitando librerías de viejo o tomando Sukrol.

¿Será por “fantástico”? Hirviendo, hirviendo. He aquí el meollo del asunto, el verdadero culpable. Muchos han tratado de definir lo fantástico (Caillois, Castex, Vax, Todorov, entre otros), pero me quedo con la definición que Flora Botton Burlá propone en Los juegos fantásticos:

La literatura fantástica es un género que ejerce una fascinación especial. Inquieta, intriga, y se resiste a las clasificaciones y codificaciones. El escritor fantástico, en ejercicio de su libertad suprema, propone otros mundos, diferentes tipos de respuestas frente a la realidad, y el lector, también en ejercicio de su libertad, puede aceptarlos o rechazarlos, pero se ve forzado a tomarlos en cuenta, siquiera por un momento. De esta manera ejercita su imaginación y satisface, aunque sólo sea parcialmente, cierta sed de aventuras que existe, creo, en todos los seres humanos. La lectura de obras fantásticas pide un espíritu abierto, dispuesto a aceptar la posibilidad de diferentes alternativas, pero pide, sobre todo, una voluntad de juego. Quien no está dispuesto a jugar (y a permitir que se juegue con él), quien no quiere arriesgarse, por poco que sea, no se adentra con gusto en la literatura fantástica.

O sea, como bien apuntó Emiliano González en Historia mágica de la literatura I, la literatura fantástica necesita de lectores creativos. Grave problema en un país donde todo y todos conspiran para que suceda lo contrario.

Hace algunas semanas, en una plática de ciencia ficción en la FIL del Zócalo (2013), dos autores españoles (disculpen si no apunto sus nombres: se terminó mi suministro de Sukrol) mencionaron que el menosprecio por lo fantástico se debía a Tolkien, pues muchos creyeron que lo fantástico tenía que ser como El señor de los anillos (que es una rama de lo fantástico, llamada fantasía), incitando a que una horda de escritores se pusiera a escribir este tipo de historias. ¿En realidad fue culpa de Tolkien o de los propios escritores que copiaron su fórmula? También mencionaron que las editoriales habían puesto su granito de arena etiquetando las obras. Recordemos que esto es un negocio. Las editoriales tienen que vender libros, independientemente de su género y calidad, y las etiquetas sirven para facilitarle la compra al lector. ¿Por qué no aceptar la etiqueta y preocuparnos realmente por escribir obras significativas, como bien lo hicieron Amparo Dávila, Inés Arredondo, Guadalupe Dueñas, Francisco Tario, Emiliano González…?

Afortunadamente, no todo está perdido.

Editoriales como Ficticia, que siempre le ha apostado al cuento, cada vez se posiciona mejor en las librerías. Lo mismo sucede con Resistencia, una bocanada de aire fresco. Y qué decir de Almadía, que está publicando una tras otra antologías de cuento fantástico.

Sin embargo, la verdadera luz al final de túnel proviene de los proyectos electrónicos, pues además de exponer a una enorme cantidad de autores promueven la creación literaria a través de sus convocatorias. Y su distribución es infinitamente superior al tiraje normal de un libro. Por ejemplo, en Penumbria, revista fantástica para leer en el ocaso, un proyecto pequeño de apenas año y medio de vida dedicado exclusivamente al cuento fantástico, promediamos 15,000 lecturas por número.

Así que olvidémonos de las insulsas rencillas de realistas vs fantásticos, de novelistas vs cuentistas. Hay lectores para todos. A final de cuentas, sólo hay dos tipos de literatura: la buena y la mala.

Miguel Lupián


yo-cobraMiguel Antonio Lupián (Ciudad de México, 1977) es ex alumno de la Universidad de Miskatonic. Sus cuentos han sido publicados en diversas antologías. Es autor de Efímera (Samsara, 2011), Mortinatos (Zona Literatura, 2012), Trilogía Cthulhu (Penumbria/KGB, 2013) y La muerte chiquita (Ediciones del Cruciforme, 2013). Esposo de Ana, padre de tres gatos y director de Penumbria, revista fantástica para leer en el ocaso. Contacto: http://mortinatos.blogspot.mx, @mortinatos.

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