Andrés Neuman y el fin de la lectura de personajes convencionales

Basta con poner su nombre en cualquier buscador de internet y podemos percatarnos de que a Andrés Neuman le gustan las palabras: ya sea de forma oral o escrita, Andrés siempre se está comunicando. Tiene una respuesta y una pregunta para todo, lo que permite que los encuentros con él sean grandes conversaciones.

Finalista del Premio Herralde con la novela Bariloche (1999) y ganador del Premio Alfaguara con El viajero del siglo (2009), entre otros premios, Andrés Neuman es reconocido como uno de los escritores más prolíficos de Hispanoamérica. El amplio bagaje cultural que posee enriquece todo lo que hace en su literatura, se nota la influencia de sus lecturas y de sus vivencias, así como el perfeccionismo técnico en todo lo que escribe. Se le puede criticar, pero nunca nos es indiferente.

En Blog Indieo, tenemos la suerte de traer para nuestros lectores un poquito de su mundo íntimo y literario que, a decir verdad, muchas veces parece el mismo gracias a su capacidad narrativa y la manera en que relata ambos mundos.

“hay un enigma estético donde hay algo asimétrico”

Cuando escribes ¿qué te mueve corporalmente, qué te cambia, qué te tranquiliza?

¿Corporalmente? ¿Debo tomar literal esa pregunta? Me encanta la pregunta, suena muy bien pero no sé bien qué significa. Es una pregunta poética.

Reformulo… Empiezas a escribir y habrá algo, no sé, el estómago, la mente, los nervios, algo que te exalte…

¿Qué me moviliza cuando estoy escribiendo, qué me sobresalta, qué me sobrecoge? Bueno, muchas cosas, diría que la escritura es un permanente sobresalto, incluyendo el físico.  Me euforiza, me siento momentáneamente realizado cuando descubro una contradicción en el personaje; ahí siento que el personaje se convierte en persona y esto no siempre se puede planear. Uno puede tomar notas, sobre todo si es una novela, y se le puede ir descubriendo claroscuros, pero otras veces esa contradicción surge en el acto de escritura y el personaje realmente defrauda tus expectativas o las refuta y en ese momento yo digo: “para esto estaba escribiendo”.

Otros momentos más pequeños es cuando, por ejemplo, uno tiene esta sensación de “lo tengo en la punta de la lengua”, esta frase hecha me gusta tomarla literalmente; yo me imagino que hay una serie de vocablos que están en el fondo del paladar y que, como la Lolita de Nabokov, cuando pronuncia Lo-li-ta, cuando dice que la lengua va subiendo los escalones del paladar hasta  llegar a la punta de los dientes, ese primer párrafo de Lolita es hermoso; y con el adjetivo pasa lo mismo, sobre todo porque es lo más delicado y lo más falible de la escritura, cuando uno está buscando el adjetivo y empieza a enumerar mentalmente una serie de posibilidades y no se da con el que se busca, hasta que de pronto la punta de la lengua toca el diente y sale el adjetivo que querías, es una sensación mini orgásmica, extraordinaria, tanto con la mente como con el cuerpo. El orgasmo de decir lo que querías decir y de averiguar lo que querías decir.

Y después, en términos más físicos —tu pregunta es muy rara y mi respuesta ha de ser rara también—  me gusta mucho que me duela el cuerpo después de haber escrito, pero no es un momento, sino un proceso. Me gusta la parte como proletaria del escritor porque siempre se insiste mucho, y está muy bien, en que consultamos diccionarios de etimología, ejercitamos nuestras facultades intelectuales, aprovechamos nuestro conocimiento filosófico, y todo eso es muy bonito, pero a mí me gusta que me duela la mano, que me duela el cuello, que me duela la espalda —es algo que me pasa permanentemente—  y entonces me acuesto con la sensación de que he trabajado. Me gustan los problemas físicos que te genera la escritura, o por lo menos, si no me gustan, me siento orgulloso de ellos, entonces, no me gusta levantarme de la silla si no me duele algo, porque ese dolor es síntoma de que el lenguaje trabajó bien.

En la presentación de tu libro en la ciudad de México te escuché decir “me chocan las fotografías con Photoshop de Playboy” y preguntabas, “¿por qué no un close-up de las estrías?

No es que me choquen, al contrario, el problema es que no me chocan. Dijimos Playboy pero puede ser cualquiera de ese tipo. La iconografía del erotismo estándar y el porno oficial, digamos, que consiste en igualar, ecualizar… Ese erotismo es como un mal personaje porque un buen personaje es el que tiene contradicciones. Que un señor atractivo tenga una barriga o poco pelo, o que una chica tenga mucho pecho y poca nalga, o viceversa, ahí hay un enigma estético, donde hay algo asimétrico, y un cuerpo imperfecto necesita ser releído. Lo que hace Photoshop es eliminar la curiosidad; uno ve un cuerpo perfecto y dice: “ya sé lo que es y ya lo he visto”, pero cuando hay un cuerpo donde parece haber un problema dices: “esto qué es, a ver…” Ahí es donde se produce la verdadera atracción, la de la segunda vuelta. Entonces, no es que me choquen esas fotos con Photoshop, al contrario me parecen profundamente aburridas. Menos mal que pertenecemos a esa generación del porno casero con el que me identifico absolutamente.

Eres un escritor con una perspectiva de género que no puedes evitar. ¿Cómo llegaste a eso?

Sí, es cierto. Me importa mucho, me interesa mucho esa cuestión desde hace muchos años, no sólo como ciudadano o como hombre occidental, sino como escritor, como herramienta también para escribir.

Mi pensamiento de género, ¿de dónde surgió eso? No estoy muy seguro, tendríamos que ponernos medio freudianos y no tenemos tiempo, sobre todo coraje… Pero, probablemente, tenga qué ver con mi madre, tuve cierto tipo de madre que era una mujer muy independiente, muy carismática, y en mi casa la que hablaba de sexo era mi madre… Mi padre, que es un señor al que quiero mucho, porque tiene un cierto pudor para hablar de esos temas, siempre fue un poco más “señorita” que mi madre; y aunque mi padre siempre trabajó, digamos que los ingresos económicos y profesionales en mi casa siempre estaban más garantizados por el lado materno que por el paterno, porque mi padre siempre ha sido más inquieto y ha cambiado de trabajos, siempre relacionados con la música, pero la que tenía un puesto fijo era mi madre.

De algún modo en mi casa había una cierta anomalía, una cierta inversión de roles en algunas cosas, no en todas, tampoco te voy a decir que éramos una familia revolucionaria porque la verdad es que no lo era, pero habían algunos funcionamientos que no coincidían con lo que a mí se me explicaba que era una familia o una relación hombre-mujer. Si uno se pone baratamente freudiano, digamos que la perspectiva de género tiene que ver con mi complejo de Edipo, pero en realidad, el verdadero interés más teórico surgió durante la universidad; tuve una etapa de lecturas muy marxistas y, sin embargo, cuando empecé a leer teoría de género pensé: aquí hay una revolución que no se intentó y a diferencia de otras revoluciones —que han salido mal y que se convirtieron en pesadilla—, me parece que es el único gran discurso emancipador, occidental, que no ha sido llevado políticamente a la práctica todavía. Y parecería además ser una revolución pacífica o, por lo menos, menos violenta que muchas otras que hemos intentado; es muy extraño que todavía no hayamos programado esa revolución cuando hemos intentando tantas otras por la izquierda y la derecha.

Y, luego ya, finalmente como escritor, que es lo que nos trae aquí, era la construcción del personaje femenino; osea, yo me daba cuenta de que cuando empezaba a escribir me salían personajes femeninos que a mí mismo me repugnaban ideológicamente. Es decir, había una contradicción, entre lo que yo opinaba sobre las mujeres y sobre lo que yo escribía. Que creo que esa es una contradicción muy masculina, porque te sale la princesita, te sale la bruja o te sale la puta, o uno de esos arquetipos que han sido destinados a las mujeres. Yo veía una limitación ahí; me sentía torpe para escribir personajes femeninos y, a la vez, leía libros, veía películas que me irritaban casi todo el tiempo, pero no me ofendían sólo en tanto feminista, me ofendían en tanto lector-espectador, porque yo decía: “este personaje es estúpido”. Yo quiero un personaje que me desafíe y no la enésima mujer que quiera casarse o la mala mujer que engaña al hombre… basta, quiero una mujer que sea algo que no haya visto antes; y claro, no podía solo con esa empresa, era  una cuestión más ideológica y entonces traté de educarme, o reeducarme, leyendo yo qué sé… A Rose Marie Muraro o a Judith Butler, obviamente a Virginia Woolf, que fue con quien empezó todo, bueno no, empezó todo con Mary Wollstonecraft, y empecé a leerlas a todas y a las teóricas del feminismo como una manera de tratar de convertirme en un aceptable narrador de personajes femeninos. Lo que estaba haciendo era que me estaba aprovechando de ellas, porque esto no era un ejercicio desinteresado para nada, es más, no creo en las ideologías desinteresadas; y a la vez era una manera de ayudarme a mí como hombre porque el patriarcado también te oprime como hombre, el patriarcado es un sistema que oprime de manera evidente a la mujer y de manera secreta al hombre, entonces a mí me pareció como muy liberador.

Parte del problema es que todavía hay gente que cree que el asunto es hombres por un lado y mujeres por el otro, y que el feminismo es un asunto de mujeres nada más, y por desgracia los hombres también han colaborado al creer eso, al no entender que era un asunto que nos concernía o peor, que era algo amenazante para todos. Y las mujeres por decir: “esta revolución es nuestra, váyanse de aquí, fuera”. Y eso es un grave error estratégico, porque el mundo no se puede cambiar sin contar con el género hegemónico, no se puede. Además, no olvidemos que las grandes transmisoras del patriarcado son las malas madres.

Esta creación de personajes no tradicionales se refleja en tu cuento “Alumbramiento”,  que aparece en este nuevo libro El fin de la lectura. Cuéntame sobre tu proceso de creación, ¿cómo lo concebiste?

Nunca mejor dicho eso de concebir, ¿no? Bueno, francamente no me acuerdo, la primera idea no sé de dónde salió, pero sí que recuerdo que lo escribí en pleno furor de investigación de estas cuestiones de género, cuando entendí que el pensamiento de género podía ayudarme no solamente como hombre, sino como narrador masculino… Qué bueno que preguntas esto, porque olvidé mencionar que la teoría de género no sólo me ayudó para construir personajes femeninos, sino también para construir otra clase de personajes masculinos, porque no todo va a ser Clint Eastwood… No te hablo de hombres blandos o metrosexuales necesariamente, te hablo de hombres que no tengan ganas de ser héroes, que tengan la valentía suficiente de cagarse en el heroísmo. Es decir, que ese bandido, ese Robin Hood, que empieza a robar a los ricos para dárselo a los pobres, de repente deja de creer y dice: “esto yo lo hago por mí, para que me adore la multitud, yo siempre me he sentido un miserable y lo he sido y estoy tratando de compensar”, y el personaje masculino empieza a darse cuenta de lo egoísta que es mientras hace el “bien”. O por ejemplo, también el boxeador que está en esta antología de cuentos, es un boxeador que pega por puro miedo a que le peguen… es caer un poco en las contradicciones del héroe masculino.

Estaba inmerso en estás teorías de género y se me ocurrió hacer un cuento que funcionara en dos planos simultáneos: el literal y el metafórico. El metafórico era un hombre que quería convertirse en otro tipo de hombre, un hombre que diera a luz a otro tipo de hombre distinto que, por lo tanto, fuera un hombre pariendo a otro y que a la vez pensara cómo había sido educado; es un hombre que ha pensado en su padre y piensa en su hijo, en cómo lo han educado a él y cómo él quiere educar a su hijo. Esa era la línea más alegórica, un cuento sobre la educación y la autoeducación masculina.

Y, en la línea literal, para que el cuento no fuese un abstracto o un panfleto, yo necesitaba que me funcionara el parto de manera física; traté de describir urológicamente el parto, con su partera, con su médico, su señora… y que viéramos a los genitales masculinos haciendo lo que los femeninos hacen cuando están pariendo, como al borde de la muerte, o mejor dicho, del límite entre agonizar para dar vida. Y eso me planteaba problemas descriptivos a la hora de escribir, pero luego estaba la sintaxis: tenía que ser una especie de sintaxis que no pudiera encontrar su punto y seguido. Es una sintaxis con un punto, una coma, una sintaxis jadeada, que está al borde de desfallecer por falta de aire y de fuerza, y esto me llevó a puntuar de una forma agónica, como un parto, y resultó una oración de ocho páginas. Fue un trabajo que me costó, pero me divirtió mucho. Fue un ejercicio emocionante.

“quien pone la mortalidad en el centro de sus preocupaciones empieza a tomar decisiones drásticas que pueden ser subversivas”

Te escuché decir una frase que me gustó mucho: “Pensar en la muerte como un acto político”, ayúdame a entender un poco más esta idea…

La supuesta sociedad del bienestar, la salud y la felicidad que en teoría parece ser una sociedad hedonista que te dice: “Disfrute usted de la vida”, “No piense usted en la parte negativa, ya cuando muramos nos ocuparemos, mientras tanto, usted disfrute”, tiene un lado oscuro que es profundamente capitalista que dice: “para que yo te pueda oprimir, para que yo te pueda explotar, me hace falta que creas que eres inmortal”, porque alguien que piensa que se va a morir mañana, a lo mejor tiene más reparos, seguro piensa que bastante poco le queda como para que le exploten. Es decir, que el ciudadano medio es potencialmente más peligroso sabiéndose inmortal que viviendo en una especie de inopia en la cual vagamente sabe que va a morir porque la mortalidad no está en el centro de sus preocupaciones; quien pone la mortalidad en el centro de sus preocupaciones empieza a tomar decisiones drásticas y estas decisiones pueden ser subversivas. Entonces, en ese sentido, a mí no me resulta deprimente pensar en la mortalidad de todos nosotros, sino que me resulta muy estimulante porque no hay tiempo que perder, que lo mismo vale para escribir, para coger, para hacer una revolución o para lo que sea. Por otro lado,  el abandono o por lo menos la omisión del lado sórdido y siniestro de la enfermedad, del cuidado de los enfermos, de la muerte y todo eso, tiene una especie de función anestésica y por lo tanto de sumisión, por eso escribo muy frecuentemente acerca de personajes que saben que se van a morir y que tienen una especie de reacción vital desesperada, como en la novela Hablar solos.

Precisamente en la novela Hablar solos tratas el tema de ser cuidado y cuidar, lo vivimos junto al personaje de Elena. ¿Tú crees que exista la posibilidad de que alguien decida no ser cuidador, de decir: “yo no quiero cuidar, yo no quiero enfrentarme a ello”?

Buena pregunta, ¿incluso cuidador de tus propios parientes, de tu propia gente? ¿Renunciar al rol que atávicamente la tribu te ha atribuido y qué parece irrenunciable, como es cuidar de quién te ha engendrado o has engendrado o a la sangre de tu sangre? Se puede renunciar teóricamente, pero en la práctica me parece muy improbable, no sólo por razones de imposición externa, sino que no es fácil liberarse de ciertas servidumbres o ataduras familiares, aunque en Hablar solos es una pareja, la función principal del cuidador no es la conyugal. Entonces, digamos que me parece que en el fondo hemos interiorizado tanto la culpa judeo-cristiana que no creo que una persona que renuncie a sus obligaciones de cuidador pudiera perdonarse; desde ese punto de vista creo que podríamos huir de nuestros enfermos, pero no podríamos huir de nuestra culpa y en ese sentido tampoco resultaría práctico. Me parece que habría de ser alguien de una configuración ideológica casi única, muy solitaria para negarse a cuidar y además no arrepentirse, porque en el fondo no sólo es una decisión valiente, sino que también es muy desapegada porque también implicaría que no queremos cuidar y no ser amados. Por ejemplo, yo he cuidado a mi padre y a mi madre y he amado a los dos y, más allá de que fue una pesadilla cuidarlos, no creo que hubiera sido más feliz huyendo de ellos, porque al amarlos y cuidarlos hay una gratitud, una retribución y también hay una despedida.

En este caso, me parece más interesante y más probable también, plantearse:  ¿cuidar, cómo? Y para mí el problema más recurrente en estas cuestiones es que hay una especie de conspiración general para omitir la importancia y el rol del cuidador.

Por un lado, los Estados, los gobiernos, no tienen prevista una asistencia real y sistemática a quienes pasan buena parte de su vida cuidando a sus seres queridos y debería haber algún tipo de cobertura social porque muchas veces las cuidadoras resuelven lo que la sanidad pública no, puesto que hay una transacción económica ahí y porque además de cuidar al ser querido, está cumpliendo un rol económico-sanitario que el Estado no está asumiendo como responsabilidad. Eso no hay que perderlo de vista.

Bajando en la escala de las responsabilidades, muchas veces el enfermo mismo puede ser despótico y no dejar lugar a la tragedia de su cuidador y, si se sigue hasta el final de la enfermedad, que era lo que me interesaba a mí en la novela de Hablar solos, vemos al cuidador que no se otorga a sí mismo el derecho de sufrir y mucho menos de contar su historia. El cuidador, de nuevo, judeo-cristianamente, se asume como el acompañante del sufridor, porque se dice a sí mismo  que no tiene derecho a quejarse porque su sufrimiento no es nada comparado con el otro y entonces viene una especie de represión del dolor. Eso, aparte de ser una tortura permanente, es lo que dificulta muchísimo el duelo, porque durante el duelo está la culpa de haber sobrevivido, la duda si uno tiene derecho a gozar y ser feliz o intentarlo por lo menos, especialmente si la otra persona ha muerto… Esa cadena de autorepresiones o autocensuras sigue tanto si el cuidado se resuelve o no se resuelve. Entonces a mí me interesaba hacer una novela que más que plantear una cuidadora que deserta —en el caso de  Elena, la protagonista—, vemos a una cuidadora que se atreve a decir todo lo que los cuidadores hemos pensado o sentido, y no le habíamos confesado a nadie y que ni siquiera nos habíamos confesado a nosotros mismos.

A mí Elena me sirvió de pronto para descubrir horrorizado todo lo que yo tenía no formulado en mi propia experiencia como cuidador, y le estoy muy agradecido —aunque le tuve mucho miedo a esa mujer porque es brutal—, porque yo, en primera persona —ni masculina, ni femenina—, en mi propio nombre, yo no me hubiera atrevido a decir lo que dice ese personaje de ficción.

Muchas veces uno, para ser sincero, necesita la ficción para hablar de verdad, en carne propia, necesitas al personaje, y esto reactiva un poco el prejuicio que se suscita en tiempos de crisis respecto al sentido de la ficción, esta pregunta que a veces oigo y que me irrita mucho que dice: “Bueno, cuando hay un problema social o agudo, ¿no sería mejor recurrir a la crónica?” Y se dice que la crónica puede servir mejor que la ficción, o ¿qué sentido tiene inventar historias o historietitas cuando hay tantos problemas en el mundo? Y para mí eso es no entender la naturaleza de la ficción, porque la única manera de nombrar un tabú es a través de la ficción, porque si hablamos en una voz “real”, si hablamos en nuestro propio nombre, está operando nuestra autocensura, nuestros propios tabúes, nuestra autoimagen… ¿qué quiero yo decir en mi nombre y qué es lo que no? Y entonces un personaje nuestro puede ser mucho más sincero que nosotros. Desde este punto de vista, la ficción es más real que la realidad.

andres neuman bi 1

He visto que has retuiteado algunos artículos interesantes sobre lo que está pasando en el mundo editorial, el caso de Amazon, los derechos laborales. ¿Cuál es tu postura frente a internet contra libro impreso desde el punto de vista como autor?

No estoy precisamente angustiado por ello como autor. Me preocupan los libreros y la función social de las librerías. De verdad, que dentro de la reconfiguración dentro del mapa editorial, con toda sinceridad no me siento precisamente amenazado. No siento que mi trabajo esté en peligro y tampoco —sin que eso quiera decir que celebre la piratería—  es una preocupación diaria porque creo que el fetichismo del objeto no es una cosa que vaya a suprimirse por las descargas. Son necesidades distintas, las descargas cumplen la necesidad del “quiero verlo ahora”, todos tenemos esa necesidad y lo otro tiene que ver con la relación mágica que se tiene con el objeto. No olvidemos que seguimos siendo una tribu, es decir, tenemos Internet pero no hemos perdido nuestra capacidad mítica y llena de supersticiones… es más, la tecnología es una de ellas. Entonces, nunca he pensado que la descarga del libro electrónico alcance la perfección y la inmediatez y, si sucediera el improbabilísimo caso de que puedas descargar todos los libros del mundo, no perderíamos el deseo de poseer el libro-objeto-impreso.

Aparte, hay todo un desarrollo legal de los derechos de autor respecto a las descargas, al menos en las legales. De cualquier modo antes existían las fotocopias, es decir, siempre se pudo piratear; que ahora es más fácil, sí, pero es cuestión de objetivos: el que quiera piratear, que piratee. ¿Ahora es más fácil? Sí, pero no se inventó la necesidad de la piratería con lo digital. Ahora habrá quién elija la descarga legal o quien elija pirateárselo por diferentes motivos, a veces económicos y a veces caprichosos, porque mucha gente que se descarga ilegalmente quizá podría pagarlo pero no quiere; mejor aceptemos esas dos decisiones como el ejercicio de la libertad individual, al fin y al cabo estamos violando la ley todo el tiempo. En esa configuración, la descarga legal está regulada por contratos, los autores estamos percibiendo más o menos el 25% de la descarga, igual que percibimos el 10% del libro impreso y ese 25 y ese 10 hacen más o menos la misma cifra en términos redondos.

Ahora, lo que sí me preocupa es que la inmediatez de “tengo lo que quiero” pueda abolir o dañar el mecanismo del “no sé lo que quiero, quiero averiguarlo”, que es otro tipo de consumo, y ese consumo que tiene que ver con la curiosidad, con la conversación, con el asesoramiento de otra persona. Eso sucede en las librerías físicas y eso sí me preocupa, me preocupa el oficio de los libreros y la función social y cultural de las librerías, que suelen ser lugares hermosos.

Entonces, nunca me ha preocupado este debate porque los escritores tenemos distintos tipos de ingresos y los derechos de autor, que son la parte más hermosa, aunque no sea la más grande, pero sí es la más maravillosa, y  que te paguen por algo que has escrito durante 5 años está bien, pero los escritores también escriben en prensa, damos clases, damos conferencias, etc. Entonces, no es tanto mi supervivencia como autor como la de las librerías,  porque además, Amazon es una multinacional, igual que Google, igual que esos recipientes de supuesta libertad individual, que en el fondo esconden la concentración del capital y la acumulación del poder en pocas manos, y eso sí es lo contrario a la libertad —hay una paradoja ahí— y, en este sentido, creo que el usuario que invoca la libertad debería replantearse y no cerrar la discusión en el planteamiento de “yo me descargo lo que quiera” porque yo diría: O.K., te descargas lo que quieres con el internet de cuál empresa, gracias a cuál software y en cuál aparato, fabricado por quién, que paga o no paga impuestos, dónde, porque si no, lo que estás haciendo es cerrar los ojos y estás llamando libertad a una falta de perspectiva.

Entonces, ¿qué va a pasar con el mundo, la crisis, el neoliberalismo…?

¿De qué sirven las profecías? Hablamos del anestésico del bienestar, la salud, la felicidad, etc. Creo que la profecía si no es un anestésico, por lo menos es una maniobra de distracción. ¿Qué va a pasar? No, ¿qué está pasando? El futuro no me importa en absoluto, o mejor dicho, lo que me pueda importar del futuro, no solamente está fuera de mi alcance, sino también fuera de mi biología. El futuro es que estaré muerto y tú también. Entonces, me parece que la actualidad que se está empezando a configurar públicamente como un ejercicio profético acerca del futuro lo que está siendo en el fondo es una desatención del presente, o en otras palabras: la actualidad está conspirando en nombre del futuro para desatender el presente y en el presente lo que está habiendo es un saqueo generalizado de derechos, hay una involución en la conquista de ciertas libertades de lo que podemos entender por socialdemocracia, porque en el mejor de los casos, la socialdemocracia había conquistado una serie de derechos que eran muy antiguos y que en realidad sólo era el puto plan de la Revolución Francesa, es decir una cosa muy antigua y muy básica… Y es que se ha anunciado tanto el fin del capitalismo y no, el capitalismo es una cucaracha, el capitalismo puede acabar con sus clientes, pero no consigo mismo. Al contrario, me parece que el capitalismo financiero está saliendo reforzado, o sea, creo que el capitalismo ha progresado según sus propios intereses, se está volviendo perfecto, porque ahora hemos conseguido que los gobiernos recorten servicios públicos para salvarle el culo a las entidades financieras privadas mientras convence a su ciudadanía de que es por su bien. ¡Es genial! Como novela de terror es perfecta. Me parece tan urgente lo que está pasando ahora y todo esto te lo digo desde un punto de vista político pero también te lo podría aplicar a un nivel íntimo, porque no quiero que parezca que lo que más me importa es la política, porque lo cierto es que no…

A un nivel íntimo te diría lo mismo: cuando piensas o te preguntan qué va a pasar con tu jubilación, cuando los hijos salgan de casa, o cuando te piden que te visualices dentro de diez años para comprar una vivienda, lo que yo veo es que así vivieron mis padres y mi madre murió joven, mi madre que ahorró para cuando estuviera muerta, mira tú la ironía; entonces, me parece que trabajar para el futuro utópico o fantástico en el fondo es un ejercicio de negligencia ante lo urgente. El corto plazo y lo inmediato me parecen una batalla más humana y, por eso precisa, que no casualmente, nos convencen de que hay que hablar y pensar para después.

                                                                                             Fotografía dela autor cortesía Idalia Ríos Lara.

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10 Responses to “Andrés Neuman y el fin de la lectura de personajes convencionales”

  1. Leovan Landazuri (@LeovanLandazuri)

    Una mujer de cumbres afiladas e inabarcables acantilados. De senos pronunciados (aunque diminutos pezones) y nalgas caídas como dos lágrimas. El Everest de todo Alquimista: Inconquistable. De pies fríos y pequeños, de labios gruesos y lengua brava. Mirada cálida y tabique desviado. Con fuerte inclinación a escuchar a Schubert y esgrimir la poesía de Sor Juana.

    azulroyer13@hotmail.com

    Responder
  2. Luis Andrés Miranda Mendoza

    Me quito el sombrero ante esta entrevista. Tiene partes e ideas que son únicas. Felicidades y suerte.

    Responder
  3. Fernando

    Algunas de las características generales que tendría una mujer para aparecer en una de las ficciones de Neuman son:

    1. Ser una chica “Dove”
    2. Desenfadada.
    3. Feminista en su sentido más contemporaneo.
    4. Lista y realizada en su trabajo.

    jaja

    ferlfobia27@hotmail.com

    Responder
  4. nirka (@nirkaa)

    Imagino a una mujer que sea la mujer que quiera ser, que se le escape de las manos al escribir.
    Que no tenga obligación de “romper el molde” ni tampoco de mantenerse en el, que sea exitosa y libre bajo sus propios términos y no los que nos han hecho creer.
    Que pueda decir: “me gusta el rosa, no soy una princesa, me gusta el sexo y que me regalen flores, me gusta usar tacones y no peinarme, en fin, hago lo quiero, cuando quiero, con quien quiero y cuando no, no”; sin que eso impida una conciencia de realidad social o caiga en el individualismo mal entendido.

    Me encanto la entrevista, sería genial una conversación de contradicciones con este hombre (:

    ¡Saludos!

    (nirka.bm@gmail.com)

    Responder
  5. Luis Marín

    No voy a cansar más con teorías feministas. Al igual que él, no creo en las ideologías desinteresadas. Después de leer la entrevista, pensé que a Neuman le sucede lo que a mí, así que describiré cuáles son las características que tendría una mujer para aparecer en una de las ficciones de Neuman, porque creo que serían muy parecidas a las características que me gustaría que tuviera una mujer para aparecer en mi vida:

    Poniéndome también baratamente freudiano diré que nos gusta la histeria, el coqueteo —una histérica seduce, excita y huye, en ese orden—, y la soltura, el valemadrismo, y la seguridad con que proceden. No me agradan las feministas, pero me gustan las mujeres con perspectiva de género: que no hagan mucho escándalo, mucha bulla, a partir de la queja y el reclamo. Prefiero las mujeres que hacen algo, sin decirlo. Hoy en día proliferan las personas que hacen sin pensar; también están los que piensan sin hacer. Creo que una característica para la mujer de Neuman, y la mía, sería que pensara y que hiciera al mismo tiempo, sin la necesidad tácita de protagonismo, o reconocimiento estereotipado. Por último, y en resumen, creo que la mujer de las ficciones de Neuma es un poco como la que yo imagino para mi vida, por el simple hecho de que es imposible. Poniéndome ahora baratamente lacaniano diré que buscamos a la mujer “a minúscula”, la que siempre escapa, la que nunca es bastante, y ni siquiera “suficiente”, con la que nunca estamos completos, a quien siempre renunciamos y terminamos por volver: el retorno al objeto causa de deseo.

    (l.a.marin92@gmail.com)

    Por cierto: la entrevista, como muchos han dicho, es maravillosa.

    Responder
  6. Alberto Preciado

    Una mujer que sea voz y no tema.
    Me explico, una mujer que sea protagonista en todo el sentido de la palabra, que ella sea la que hable, no que sea el reflejo de lo que otro personaje de la historia percibe de ella, tiene que ser un personaje distinto a las mujeres que normalmente estamos acostumbrados a leer, una mujer que sea más que la puta, la mujer malvada, la buena, o todos esos personajes que nos hemos encontrado en infinidad de ocasiones. El personaje de la mujer tendría que ser tal, que cuando la leyéramos, de inmediato nos percatemos de que esta hablando ella, o sea, que su lingüística sea natural.

    alberto.p11@hotmail.com

    Responder

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