La danza del pelícano azul (y sus pequeños poemas en Prozac)

“Los alucinados serán los capitanes de las naves del futuro”

Augurio de un indigente poblano

 

Todo comenzó hace unos diez años cuando se tragó un grillo. “Crí-Crí-Crí, el grillo no dejaba de incordiar”. Al día siguiente, en un acceso de “furia gigantesca”, el protagonista de la novela destruye la casa de sus padres. El ataque fue tan violento y sorpresivo que es internado en una institución psiquiátrica. De este espacio, un aparente encierro, entra y sale de su mente dando paso a personajes imaginarios como Rimbaud y Baudelaire, con los que mantiene inquietantes conversaciones entre dosis de Litrisan, Benzetazil, cocaína y mariguana.

Mientras escribo esto me doy cuenta que el sonido que emiten los grillos se parece a un coro bien entrenado. Aunque parece una locura, eso fue lo que descubrió el compositor Jim Wilson cuando grabó por más de una hora en el patio trasero de su casa el grillar emitido por los insectos.

Al llevar la grabación a su estudio, Jim comenzó a jugar con ella, bajando la velocidad con que se reproduce el sonido; así, hasta que de pronto se empezó a escuchar algo parecido a un coro lejano y armonioso, ininteligible pero que apela de algún modo a una mística musical. Tal como el ritmo de la escritura de Rodrigo de Souza Leão (1965) en Todos los perros son azules (pueden leer un adelanto del libro aquí), magníficamente traducida por Juan Pablo Villalobos.

Sexto Piso, 2013.

De Souza Leão relentiza la voz del grillo que funge como la conciencia, esa que no deja de incordiar, como un tinitus maldito que viene y va, como las olas “siempre batiendo en las piedras de la enfermedad. El mar verde Lexotan 6. El cielo azul Haldol 5. El Rivotril blanco de las nubes”.

Y así, como un anticipo del infierno, pasan los días de encierro en el manicomio, entre fármacos y pacientes mentales de índole diversa; doctoras de amplias caderas, enfermeros, amigos y enemigos imaginarios con quienes confabula el protagonista tratando de sortear la culpa por la muerte misteriosa de “Terrible Loco”, el enfermo más temible del pabellón.

Y es que, desde que se tragó un grillo, el personaje vive inquieto —por decir lo menos—, seguro de que la CIA y la DEA le implantaron un chip para seguirlo y saber lo que piensa y así atormentarlo. No quieren que escriba sobre el manicomio, porque “todo mundo tiene un manicomio cerca. O su bolsa es un manicomio. O su casa. O incluso la cartera de dinero. No hablo de desorganización, hablo de manicomios de veras”.

Así, entre estados de alucinación y saudade se intercalan —sin previo aviso— las voces narrativas, que no los personajes. Quizá por ello el nombre del protagonista no es revelado, porque es Legión; en él habitan el padre frustrado, el amigo Baudelaire, el insidioso Rimbaud, la madre atenta a las necesidades del loco lúcido, aquel enclavado en la mejor tradición del elogio a la estulticia, a través del cual se enumeran verdades puntillosas, llenas de ironía que recrean, con ternura, el concierto de los insectos.

Javier A. Martín

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