Con Sonic Youth invoqué al espíritu del bosque

Estaba pasando por un extraño periodo. Lo que normalmente no sucedía. Llevaba algunos días sintiéndome como abducido y no había podido terminar la segunda entrega de mi ensayo sobre la metaficción. Me resultaba imposible sentarme a escribir y repasar los apuntes. Gente de la editorial presionaba y no me interesaba hablar con ellos. Mi amigo Pat Yunevzki, yo era de los pocos que conocía su apellido, se ofreció a dejarme su cabaña por unos meses, saldría de gira por Europa con su banda de post-punk The Bull Lee, y no tenía inconveniente en que me quedara ahí.

El cambio de la ciudad fue duro. En el campo me sentía como un intruso y mi personalidad era muy inconstante. No sé en qué película o libro, dicen, que lo mejor para espabilarse, es alejarse unos meses y dedicarse nada más a leer y a reflexionar. Eso eso es mentira, por lo menos para mí. En la cabaña de Pat, lo primero que percibí fue una falla en el  tiempo, era como cuando una llave se queda olvidada en un cajón, nadie sabe qué puerta abre o cierra esa llave cubierta de herrumbre. Por las noches, los ruidos de la naturaleza eran espectrales y arrinconados. Ubico más el sonido de una secadora de cabello que el de una cigarra. Todo esto fue en el invierno de 1997, no había internet y la telefonía celular era una mierda. Estaba solo. El siglo se terminaba. Únicamente había llevado dos libros conmigo: La diferencia de Jean-François Lyotard y De la seducción de Jean Baudrillard. Dos franceses. Dos catástrofes.

El pueblo más cercano se encontraba a veinte minutos en auto. Normalmente iba una vez a la semana y compraba lo suficiente como para no volver. No había escrito nada y sentía cómo la máquina de escribir todo el tiempo latía. Anotaba algunas ideas en mi libreta mientras me fijaba en los árboles que se movían sometidos por un aire ofensivo. Ofensivo para mí por su pureza. Mi mente había entrado en un estado de inconsistencia, lo que yo creía un rasgo de lo impalpable, donde precisamente la naturaleza comienza a apoderarse de nosotros, sentía que me atrancaba en una red electrificada.

Encontré en uno de los armarios de Pat un discman y un estuche de piel negra con algunos discos. Todos los cedes que estaban dentro eran de Sonic Youth. Siete discos de Sonic Youth. Probé las baterías y quedaban las tres rayitas. El primer disco que puse fue el Daydream Nation.

Imaginé a Pat escuchando esto mientras en su cabeza el bosque y sus espíritus se desintegraban. Era una intervención informal a los estados básicos de la naturaleza. Las leyes sonoras de lo salvaje en una evidente confrontación. Estaba seguro que Pat utilizaba esta música para escapar de la masa invisible que había allá afuera, una masa de hojas y sonidos prehistóricos, una masa de energía inmensa susurrando versos primitivos. Lenguajes que no conozco y me atemorizan. ¿Qué hacía alguien como Pat viviendo en el campo?

Escuché todos los discos, varias veces, descubrí en la música una inmersión que, precisamente, funcionaba como escudo de aquella energía producida en el follaje de los árboles encendidos. Tenía miedo. Recuerdo esa época en la cabaña de Pat como una simbiosis entre mi psique y el núcleo de lava. Entiendo que a algunos hombres les afecte más el campo que a otros. La ciudad en sus errores ha nutrido a la rata y a la cucaracha, les ha dado lo que necesitan, las ha arropado en sus mantos de concreto y conviven entre sangre y muerte. Todo el salvajismo que habitaba en mí se vio marcado para siempre. No había espacio para la filosofía.

En esos de días decidí abandonar la segunda entrega del libro y comenzaría a hacer cine. Era lo mejor que podía hacerle a la maldita naturaleza, filtrarla y manipularla, ya no le pertenecía, ya no le pertenezco. Una tarde apareció Pat en su cabaña. Me encontró dormido con los audífonos puestos. Tardé en reconocerlo. Esa tarde nos quedamos fumando hierba y escuchando los discos de Sonic Youth, me platicó de Francia y las francesas, también habló de un poeta alemán y sonidos de la Europa del este. Cuando comenzó a amanecer vimos una criatura de luz celeste abriéndose paso entre las ramas y los árboles seniles y gigantes. Había neblina. Un portal borroso se perdía entre las refracciones suaves. Simplemente lo contemplamos. El tiempo era indescifrable. La criatura tenía cuernos brillantes.

Al año siguiente, Pat me llamó a mi departamento en la ciudad para avisarme que iba de visita. The Bull Lee iban a ser los teloneros de Sonic Youth. El concierto era en el Pabellón Austria. Tengo un gafete para ti, dijo Pat con entusiasmo, con la misma voz de cuando era niño.

Llegué en un taxi al Pabellón Austria, me encontré con Pat en una puerta trasera y me entregó mi gafete. Antes de eso nos dimos un gran abrazo. Un abrazo de verdad. En el backstage había mucho movimiento y prefería evitarlo. Llegamos a unos camerinos en donde estaban todos los miembros de The Bull Lee. Los conocía a todos: buenos tipos, olvidados, urbanos y tristes. Comenzamos a beber. Estaba al pendiente de si me topaba con alguno de los integrantes de Sonic Youth; pero nada. De pronto pasaban, con cigarros en la boca, apurados, miembros de su staff. No quise preguntar porque no quería que pensaran que era una especie de grupi. Algunos sabían de mi condición de académico. No quería entrar en detalles.

The Bull Lee salió a tocar frente a un auditorio lleno y que además iba a ver a otro grupo. No era algo fácil y sin embargo les fue bastante bien. Las chicas amaban a Pat, sus ojos delineados, el paquete marcado sobre el pantalón negro, su voz de perro rabioso. Había nacido para el escenario. Eso pasa. Lo he visto varias veces. Unos minutos después vimos a los chicos de Sonic Youth salir por un pasillo y dirigirse al escenario. Tocaron. Abstraídos y sudados sintieron que el público era voraz. Cerraron su sesión tocando “Schizophrenia” y tuve un momento de transición: el escenario se convertía en un bosque, aparecían troncos a través de los músicos y dejaban hojas por todo el suelo. Una luz tenue serpenteaba por entre los árboles, era brillante y celeste, era la masa, la criatura de cuernos brillantes, el cuerpo había llegado a la urbanidad, la naturaleza nos miente para destruirnos. Un pánico masivo que únicamente entienden los salvajes de antigüedad. Sentí ganas de sujetar a la criatura y arrojarme con ella sobre la multitud. Probablemente quemaba.

Cuando terminó el concierto, esperamos en los camerinos y seguimos bebiendo y después bailamos. Me trepé a una silla para recitar un poema de Ginsberg. Me aplaudieron. Era obvio que los miembros de Sonic Youth no se aparecerían. Estaba vencido y ebrio y fumado. Le dije a Pat que partía y se enfadó. Apenas vienen las chicas, y hay un chingo de coca, no mames, me dijo con su vodka en la mano y el delineador corrido.

A pesar de la insistencia de Pat salí a coger un taxi y me sorprendió encontrar afuera a Thurston Moore. Estaba fumándose un cigarro. Me acerqué de inmediato a saludarlo. Resultó ser un tipo comprensivo y vislumbró mi estado de navegante etílico. Hablamos un poco del concierto, y desde aquí hay un blanco en el relato. Esto es lo que recuerdo:

Nos quedamos charlando por largo rato. Conocía mis teorías gracias a un joven traductor de Columbia. Fumamos cigarros. Aparecieron cervezas. Regresamos con Pat y su banda y las chicas ya estaban allí. Vodka. Hierba. Bailé algo de David Bowie con una bellísima de cabello largo. Y de nuevo me encuentro con Thurston, y aquí es mi momento más lúcido, donde le platico todo lo que sucedió en la cabaña, donde le explico cómo los discos de su banda Sonic Youth me protegieron del mal, de la naturaleza del mal, estoy seguro que respiré profundamente, le digo que hay una fuerza luminosa que vive allá en el campo, en sus bosques, y que me recuerda a un espíritu japonés, con cuernos como los del diablo, el chamuco, que esa misma noche lo había visto sobre el escenario mientras ellos tocaban, que estaba convencido de que quería devorarse las melodías que producían sus instrumentos y sus radios y sus altavoces. El hombre me miraba muy atento, percibió, estiró sus largas piernas y las cruzó con delicadeza. Debes escribir la segunda entrega de tu libro, me dijo sin voltear a mirarme, y si me permites, quisiera leerlo antes que nadie. Compartimos números de teléfono. Más vodka. William Burroughs. Pat derriba una mesa, se mea en los tapetes. Beso a la bellísima de cabello largo. Coca. Un bosque, el sonido, el cuerpo, la bestia. Estoy despertando.

La resaca fue épica, no recordaba cómo había llegado a mi departamento la noche anterior. Estaba desnudo. Poco a poco, con un café y un kebab, me fui reincorporando a la realidad. Me fumé un porro enorme y sentí profundas ganas de escribir.

El texto lo terminé en tan solo un mes, se lo envié a Thurston antes que a nadie, como habíamos pactado.

Fue mi peor libro en ventas, al parecer los lectores se habían sentido ofendidos por mis revelaciones acerca de la naturaleza y el diablo salvaje. Se sentían repugnantes. Un crítico argumentó que seguramente estaba pasando por una etapa de post-carroñero satanista. Otro dijo que dejara la mota y mejor me pusiera a rayar mis discos de Joy Division. No comprendí a qué se refería, pero me gustó.

Sonic Youth también sacó nuevo disco ese año. Lo fui a comprar y cuando le quité el celofán transparente, todavía en la plaza comercial, me percaté de que todos los títulos de las canciones eran fragmentos de mi ensayo. Thurston no me había llamado de vuelta, todo el tiempo estuve pensado que él también había odiado el libro. La música era un plus.

Yänko Erwin


*Janko Erwin abandonó sus estudios en filosofía. Escribió algunos ensayos, pero se le recuerda por las cuatro películas que dirigió y desafortunadamente se quemaron en el gran incendio de 1999. Su inesperado retiro ha generado distintas hipótesis sobre su paradero, algunos dicen que se fue a vivir a los desiertos del Krotnia, otros hablan de una isla italiana; sin embargo, un par de estudiantes de letras de la UNAM descubrieron hace poco que vive solo en un depa de Copilco. 

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4 Responses to “Con Sonic Youth invoqué al espíritu del bosque”

  1. Edgar Pantoja

    ey super chido el blog, de verdad que muy interesante es una buena forma de pasar unos minutos. Sigan escribiendo la verdad muy chido

    Responder
  2. androide

    como siempre es un placer leer los textos de Yänko Erwin, no logro recordar algún trabajo de Yänko Erwin que no fuera un excito, desde sus películas hasta sus textos! gracias por seguir llenándonos de esas maravillosas historias

    Responder
  3. Atlas Quinto

    Acá en Hermes City (Kashkar), Jänko Erwin fue nuestro Ryszard Kapuściński pero en drogas y alcohólico. Hasta ahora recuperan sus magníficas crónicas. Felicidades.

    Responder

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