Lo que empieza y termina en el Kentucky Club: charla con Alire Sáenz

Tenemos grandes huecos en el terreno de la traducción de otros idiomas al español, pocas editoriales nacionales (y cuando digo nacionales me refiero a las que ofrecen libros a precio moderado y bien traducidos, o sea que no vienen de España o de Argentina) se dan a la tarea de ampliar el campo de nuestra influencia. Y de eso poco que nos llega, la mayoría es de autores anglosajones; algunos escritores mexicanos se sienten cómodos con esa influencia y están atentos al próximo autor de la gran novela underground/experimental/olvidada de un nuevo autor (necesariamente hombre) radicado en Brooklyn o en San Francisco. Sin embargo, es un interés tajado, porque no se pone atención a lo que escritores norteamericanos, no siendo anglos, producen en inglés. Tal es el caso de algunos nombres como James Carlos Blake, Óscar Zeta Acosta (cuya novela The Autobiography of a Brown Buffalo, en mi opinión, es la última gran obra beat, y hasta donde sé sí está traducida al español, pero la hojean solamente algunos académicos) o Benjamín Alire Sáenz, de quien voy a hablar en esta ocasión.

Alire Sáenz (1954) es un escritor que algunos considerarían chicano, pero yo prefiero llamarlo fronterizo: pertenece a ese territorio híbrido no por elección, sino por selección natural. Nació en Nuevo México, estudió letras en Stanford, fue sacerdote por algunos años en El Paso, Texas, se declaró gay pasados sus 50 años y ahora se dedica a la escritura y a la enseñanza en la Universidad de Texas en el Paso (UTEP). Su obra es amplia: poesía, cuento, novela y también es autor de libros para niños y jóvenes. Pero no fue sino hasta Carry Me Like Water (1995) que llamó la atención de la crítica y los lectores en Estados Unidos; después de ese título, Alire Sáenz cosechó otros buenos libros como In Perfect Light y The Book of What Remains. Este año, su libro de cuentos Everything Begins and Ends at the Kentucky Club (2012) lo hizo acreedor al  PEN/Faulkner Award of Fiction, uno de los más importantes de Estados Unidos, y ahora su nombre figura al lado del de Philip Roth, Richard Ford, Don DeLillo y Annie Proulx, entre otros importantes escritores.

Everything Begins and Ends at the Kentucky Club es una colección de siete cuentos cuya única singularidad es la cantina histórica y mítica, situada a unas calles del Puente Internacional Santa Fe, en Ciudad Juárez, llamada Kentucky Club. El bar que acostumbraba visitar Hemingway y en el que, según la leyenda, se inventó la margarita durante la época de la prohibición del alcohol en Estados Unidos. Uno de esos lugares de tradición que ha sobrevivido durante varias generaciones. El libro de Alire Sáenz nos lleva por varias de esas historias que, de alguna manera, o comienzan o terminan en esa cantina: biografías trágicas, amores no correspondidos, rebeldes que ven a Juárez como la aventura sin límites, el lugar de cruces y pérdidas más emblemático de los últimos años grises de la frontera. En esta entrevista, Benjamín me habló de algunos de los detalles más importantes de su libro y de algunos motivos que hay tras de su obra.

“una cultura que se rehúsa a aceptar a los gays y a las mujeres crea una cultura de violencia”

En este libro de cuentos, la mayoría de tus personajes viven en El Paso, pero una parte de ellos parece estar en Juárez y deben cruzar la frontera para buscar algo perdido o como para confirmar algo. ¿Qué piensas de esto?

Creo que diste con un aspecto muy importante de la experiencia fronteriza, e incluso más importante en la psicología fronteriza de muchos de los que residimos aquí. Es como si algunos de nosotros, los pochos, estuviéramos buscando algo que se nos perdió en México, como si nuestros ancestros nos hubieran dejado allá la pista de nuestra existencia. Y, estás en lo correcto, incluso si no lo sabemos, regresamos, y en una parte profunda de nuestro ser esperamos encontrar algo dejado en el camino por error, algo que es necesario entender no solamente para nosotros, sino para todo el mundo.

Hay gente que no considera a Juárez como el México “real”. Esa narrativa siempre tiene esta lógica: las ciudades fronterizas no representan lo que México y los mexicanos son. Yo no creo en esa mentira. Juárez es México y esa amada ciudad (amada para mí de cierta manera) representa las fallas y las promesas de México. El Paso está en la misma situación en cuanto a cómo Estados Unidos nos ve. Ambas ciudades, Juárez y El Paso, son consideradas al margen de sus respectivos países. La verdad es que nosotros somos el futuro y, si nuestras ciudades no prosperan cultural, política y económicamente, el error apuntara tanto a Washington como a la Ciudad de México.

Es curioso que todos los personajes tienen problemas con sus padres, sobre todo con la figura paterna. ¿Refleja esto una experiencia personal o lo pensaste como una relación entre las historias?

Bueno, en “The Art of Translation” [uno de los cuentos del libro], el protagonista tiene un muy buen padre, pero sí, tienes razón, muchos de los personajes tienen relaciones problemáticas con sus padres. Supongo que es un reflejo de mi propia relación complicada con mi padre. Los hombres de mi generación fueron criados por hombres que no sabían como hablar de lo que sentían ellos mismos. Parecía que se sentían cómodos solamente expresando una sola emoción: ira. Mi padre no sabía cómo decir “te amo” o “lo siento”. No creo que se haya diferenciado de cualquier otro mexicano-americano de su generación.  Creo que el personaje más parecido en temperamento a mi padre es el de “Rule Maker”, en ese cuento (narrado desde la perspectiva de un joven que creció en Juárez) el padre es como un misterio o un enigma, un hombre distante y marcial; y, sin embargo, ese hombre se compromete consigo mismo para educar a su hijo de la mejor manera posible. Al final, ese padre es incapaz de salvarse a sí mismo, pero sí es capaz de salvar a su hijo. Creo que esa es la esencia de un buen padre.

No podemos medir el amor de un padre por su hijo por su habilidad para mostrar afecto. Hay otras formas. Si lo piensas, millones de mexicanos vienen a los Estados Unidos para poder alimentar a sus familias. Muchos de esos hombres son pobres y poco elocuentes. No son hombres de letras, pero son muy valientes y a veces esa valentía no la tienen los hijos, por lo que su coraje y sacrificio nunca es reconocido.

¿Cómo fue tu relación con Juárez, en específico durante la época dorada de la vida nocturna? ¿Qué cantinas o bares visitabas? ¿Qué ves diferente?

Comencé a ir a Juárez desde niño. Cuando vivíamos en una granja en las afueras de Mesilla [Nuevo México], mi padre solía llevarme a mí y a mis hermanos a cortarnos el cabello a Juárez. Me encantaba ir cuando era niño, era muy emocionante. Las calles estaban llenas de vendedores y eran ruidosas, me encantaba caminar en sus calles. Mi padre nos permitía vagar por las calles siempre y cuando no nos alejáramos mucho de la barbería que estaba justo cruzando el puente Santa Fe, a la izquierda de la Avenida Juárez. Me gustaban los olores, todo me parecía lleno de vida.

Cuando cruzábamos el Puente Santa Fe, mi padre siempre me daba un penique para aventárselo a los niños que estaban debajo del puente cachando monedas con conos hechos de papel periódico. Me sentía terrible porque eran muy pobres. Y, aun así, me tocó vivir en una casa sin plomería y con letrina, así que no sé de dónde sacaba la idea que yo era un niño rico. Sin embargo, me preguntaba cómo era la vida de un niño que cacha monedas para sobrevivir. Mi madre jamás me hubiera permitido hacer eso. Me agradaban mucho esos niños, me parecía que eran libres y más animados que yo. Ellos sabían muchas cosas del mundo y yo quería saber lo que ellos sabían.

Cuando estaba en la preparatoria, solía ir a Juárez con mis amigos. En aquellos días la Avenida Juárez se llenaba de soldados estadounidenses que iban a ponerse borrachos o para desahogarse. Estoy seguro que también iban a encontrarse con alguna mexicana. Nunca me gustó la manera en que los soldados se portaban, caminaban en las calles como si Juárez les perteneciera. Me avergonzaba la superioridad con que comportaban los gringos. Tomé mi primer trago en el bar Kentucky, tal vez por eso recuerdo con cariño ese lugar. La Cueva, el Hawaian. Siempre compraba cigarros y tacos al carbón antes de regresar a El Paso. Todavía tengo por ahí una foto mía y de mi hermana con otros amigos tomando licor en un coco. El escenario de fondo era tan diferente a lo que es hoy. No me imagino una infancia ni adolescencia sin Juárez; creo que representaba la oportunidad que mi país no podía darme. Es interesante, Juárez era en muchos aspectos (y quizá todavía lo sea) más civilizado que El Paso.

Un par de historias en el libro hablan de la violencia que se vivió recientemente, ¿fue difícil escribir sobre el tema? ¿Dejaste de visitar el bar Kentucky durante ese periodo?

Es muy complicado escribir sobre la violencia y lo que ha pasado en Juárez en los últimos tres años sin caer en la explotación o en el sensacionalismo. Muchas personas han sido asesinadas y creo que los juarenses pudieran llenar el Río Bravo con sus lágrimas. Intento ser bastante respetuoso cuando toco el tema de la violencia en Juárez porque yo escribo desde un lugar cómodo. Y, aún así, vivo en la frontera y parte de esta experiencia es estar consciente de que El Paso no es nada sin Juárez. Ambas ciudades están ligadas fuertemente. No puedo y ni podría ignorar la violencia del otro lado, así que intento humanizar la situación.

En efecto, dejé de ir a Juárez, aunque no por mucho tiempo. En los años recientes todavía solía cruzar para participar en algunas marchas, y no es que crea que las marchas resuelvan algo, pero de cualquier forma, lo importante es hacerse escuchar, ¿no? Nada puede silenciar la voz de los mexicanos. Tengo también amigos que tienen bibliotecas para niños y jóvenes (como Palabras de Arena) a las que he ido a leer y a dar talleres. Tenía uno de mis mejores amigos viviendo en Juárez, pero se mudó, así que ahora son menos frecuentes mis visitas. Esta tarde, de hecho, iré a ver a un amigo en el Kentucky Club.

¿Qué escritores son importantes para ti?

Los que te puedes imaginar: Rulfo, García Márquez, García Lorca, Cortázar, Faulkner, Hemingway, Baldwin, Richard Wright, Toni Morrison, Denise Levertov, Adrienne Rich, Neruda, Mistral, Poniatowska, Flannery O’Conner. Algunos de mis libros favoritos: Amor en los tiempos del cólera, Absalom! Absalom!, Las uvas de la ira, El gran Gatbsy, Pedro Páramo, The Sun Also Rises, To Kill a Mockingbird, Ballad of the Sad Café, Winesburg, Ohio.

Me gustan los escritores que me hagan sentir, que me hagan darme cuenta que el mundo es peligroso, pero también que es más bello de lo que cualquiera de nosotros pudiera imaginarse. Me gustan también aquellos que me recuerdan la posibilidades del lenguaje y cómo éste  puede ser usado para el bien.

Hay personajes gay en el libro, algunos son de origen mexicano que viven en Estados Unidos desde hace mucho tiempo, pero persisten muchos prejuicios. La violencia de género en Juárez se enfoca en la cuestión de las mujeres, pero se sabe poco sobre la violencia contra la comunidad gay. ¿Cómo es la vida gay en la frontera y qué aspectos te propones narrar en tus libros?

No estoy muy enterado del ambiente gay en Juárez. Sé que muchos hombres de allá vienen a El Paso a visitar bares. Me atrevo a decir que muchos gays de Juárez siguen en el clóset tanto como los gays latinos de este lado porque todavía se sienten inseguros viviendo su vida abiertamente. Entiendo esto mejor que nadie. Y también pienso que una cultura que se rehúsa a aceptar a los gays y a las mujeres crea una cultura de violencia. ¿No es eso lo que pasa ahora mismo en el caso de las mujeres? Muchas mujeres siguen desapareciendo en Juárez, pero no se hace público. Esto significa que hay algunos hombres que creen que está bien tratar a las mujeres como les plazca, como prescindibles y desechables. La verdad no me sentiría seguro viviendo como gay en Juárez.

Hace como diez años, tal vez un poco más, fui a Juárez con el artista James Drake. Él estaba trabajando en una serie fotográfica con un grupo de travestis. Fue muy revelador. La mayoría de las “chicas” venían de pueblos de todo el norte de México. Estaban en Juárez porque sentían que al vivir en una ciudad grande serían capaces de vivir su vida como las mujeres que se sentían ser. Sin embargo, la realidad es que muchos de estos hombres o mujeres sufren mucha violencia en manos de sus parejas. Aunado a eso, la drogadicción en el caso de los travestis es muy, muy común. Antes de que James comenzara la sesión de fotos, una trabajadora social del DIF que estaba allí les dio una charla sobre cómo protegerse de la violencia. Escribí un largo poema en prosa ese día titulado “The Word Transvestite Will not Appear In this Poem” (“La palabra travesti no aparecerá en este poema”).

Y volviendo a mi libro: los personajes gay en los cuentos son simplemente hombres. Mis historias no tratan del ser gay. Podrías decir que normalizo a los gays, pero son simplemente hombres. Hombres que luchan más o menos por una vida ordinaria y que hacen lo mejor que pueden para vivir su vida. Y, como todos los hombres, no siempre son honestos consigo mismos o entre ellos mismos. Y también quieren ser amados: ¿acaso no es lo que quieren todos los hombres, ser amados?

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