Traquinias: dos destinos en uno

Existe en el ser humano una necesidad de trascendencia que le impulsa, casi le obliga, a vincularse con ideas diversas sobre dioses y héroes. Al margen de una creencia en dioses (cuestión que cada vez debe pertenecer más al ámbito de lo privado) la misma creencia humana en dioses es necesaria, pues ésta implica una trascendencia de la realidad con todas sus percepciones medibles y cuantificables. Sin esa idea de trascendencia de la realidad no existiría la literatura, pues también la literatura es una trascendencia espiritual de la realidad. Sin la idea de los dioses (Woody Allen llamó a Dios “obra maestra de la ciencia ficción”) sería imposible la lengua literaria, no podríamos incurrir en la frecuentación de la metáfora. No podríamos decir, por ejemplo, que las estrellas remotas son piñones helados, o que los labios son espadas, pues estas percepciones espirituales de la realidad sólo dejan de ser absurdas en un plano de trascendencia que, por lo general, sólo permitimos que nos desborde en el reino de la fantasía.

También el héroe, humanización terrena de la figura divina, es fundamental en nuestra civilización. Nuestra civilización principia con héroes cuando asumimos a Homero como nuestro primer autor y la Iliada como la primera obra literaria. Volvemos recurrentemente a aquella llanura de Troya que nunca ha estado vacía, sino llena de almas concurrentes de quienes la visitan por medio de las letras. Curiosamente, entre tantos héroes (vocablo griego que quiere decir semidiós) como Odiseo, Aquiles o Héctor y muchos otros, estaba ausente el héroe por antonomasia, aquel Alcides capaz de estrangular a una serpiente en la cuna y que, tras su fallecimiento, fue acogido en el Olimpo como un dios para gloria de Hera, razón por la cual pasó a llamarse Heracles. Hércules para los latinos.

Poco interesa al razonamiento mítico la contradicción de que en los textos griegos se le llame Heracles antes de ser glorificado por Hera, quien, como solía ser su costumbre con vástagos ilegítimos de su cónyuge, le hizo la vida imposible mientras pudo. Hera glorificó a su hijastro al acogerle entre las deidades olímpicas. La mitología permite, entre otras maravillas, que las contradicciones y sinsentidos no importen, la cual resulta ser la maravilla suprema de todas.

Heracles, a quien los comediógrafos gustaban de representar como compulsivo amante y comedor, es de todos aquellos héroes quien tiene un mayor tirón popular. Incluso los herederos del emporio Walt Disney se rindieron a sus méritos, aunque los maquillasen para la tonta corrección política estadounidense. En los años 90 una serie de televisión celebraba sus viajes maravillosos. En Francia, recientemente, una bande desinée lo ha convertido en blanco de la sátira de Sócrates, un perro semidiós y por ello mismo semiperro (un can-héroe capaz de hablar y de filosofar sobre lo divino y humano).

La cultura popular siempre ha querido a Heracles. Aunque hoy nos cueste verla así, una de las obras cumbres de la cultura popular universal, la tragedia griega, también tomó a Heracles como objetivo de catarsis de masas. Catarsis, vocablo complicado de explicar que por ello mismo no se traduce nunca, era el objetivo final de la tragedia, una sensación de liberación emocional o purificación que los espectadores sentían al exponerse al terror y a la compasión.

En Traquinias, obra de Sófocles, el trágico nos contaba su muerte y apoteosis, su transformación en dios. Lo convertía así en objeto de horror y compasión masiva. Heracles regresa al hogar familiar tras quince meses de ausencia. Pero lo hace acompañado de una doncella llamada Yole, con quien planea amancebarse. Su esposa Deyanira pasa de la alegría al temor al conocer a la grácil Yole. Evoca entonces la muerte del centauro Neso, y cómo éste le aseguró, casi con el último aliento, que su túnica ensangrentada sería el mejor talismán para conservar el corazón de Heracles: “Si tomas en tus manos sangre coagulada de mis heridas, en donde la hidra de Lerna bañó sus flechas envenenadas de negra hiel, tendrás en ello un hechizo para el corazón de Heracles, de modo que aquél no amará más que a ti a ninguna mujer que vea”. Deyanira, confiada ciegamente en las palabras del centauro que con mala fe busca la muerte del semidiós por el contacto con semejante veneno, envía a su marido la túnica emponzoñada, y el gran héroe inicia así su doloroso camino hacia la muerte, pero también la divinización.

La candidez y dulzura de Deyanira, que hoy le recriminaríamos con los ojos de la modernidad, conducen al héroe a emprender el camino del fin, pero también, una vez que descubre que está siendo artífice de la muerte del ser amado, la empujan al suicidio. Por eso se habla de dos destinos en uno. Deyanira es inocente, casi boba en su deseo desesperado de retener por medio de hechicerías al hombre que la relega. Sin embargo, quien ama es fácilmente susceptible de creer en cualquier cosa con tal de conservar su amor.

La ingenuidad de razonamientos de Deyanira ante la amenaza de Yole contrastan severamente con la heroína de otra tragedia clásica puesta en tesitura semejante: Clitemnestra, ante el retorno de Agamenón al hogar con su concubina Casandra, se relame al meditar una manifiesta venganza contra ambos. No hay en la Clitemnestra de Esquilo asomo de dulzura o amor conyugal. Tampoco de celos. Su ya larga infidelidad con Egisto y, sobre todo, el gozo inmenso que ejercer el poder le ha causado en ausencia del marido, son suficientes para determinarse a conducir fríamente el crimen. Nos resulta más fácil comprender los motivos de Clitemnestra que la inocente dulzura de Deyanira. Clitemnestra, con sus claroscuros, es más nuestra contemporánea que Deyanira.

Algunos han querido desdeñar Traquinias como una obra fallida de Sófocles. La datación del drama es incierta y en él se nota manifiestamente la influencia de Eurípides, pero, ¿hasta qué punto? La brevedad de los coros, la preponderancia del personaje de Deyanira durante la primera parte de la obra y la presencia de un actor mudo que interpreta a Yole son características euripideas. Falta en Deyanira la pasión desmedida, a veces irracional, que Eurípides dibujó tan bien en algunas de sus obras. La Deyanira de Traquinias es casi pasiva, su timidez a veces nos incomoda. El Heracles de Sófocles, que al final inunda la escena para llegar a morir, despierta sobre todo nuestra antipatía cuando impone a su hijo Hilo el matrimonio con una Yole que él ya no podrá gozar, y lo hace con estas palabras: “Que ningún otro de los hombres que no seas tú la reciba nunca, a ella, que se ha acostado junto a mí”. La mujer pasa del uno al otro como patrimonio de la cama del varón; Deyanira, expulsada del reino de su cama, sólo contaba con un trapo viejo y una sangre emponzoñada para recuperar lo perdido. Es el amargo destino de la mujer que sólo puede cifrar su relevancia en la felicidad de su lecho. Al menos Clitemnestra murió matando, dominando, gozando.

Ricardo Vigueras

Anuncios

Comenta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Basic HTML is allowed. Your email address will not be published.

Subscribe to this comment feed via RSS

A %d blogueros les gusta esto: