Poeta en la cuerda floja

Hace algunos días veía en la televisión Man on wire, la película que narra la extraordinaria aventura de Phillipe Petit, el hombre que hace 39 años caminó sobre un cable tendido entre las Torres Gemelas. A los 17 años, en algún punto de la década del 60 y en la sala de espera de un consultorio dental, Phillipe leyó una noticia sobre la futura construcción de los malogrados rascacielos neoyorquinos, y desde ese instante comenzó a soñar con su proeza. Así, el entonces joven clown erigió el más ambicioso proyecto de su vida artística sobre el movedizo terreno de lo improbable, en las inestables arenas de lo incierto:

“Normalmente, el objeto de tu deseo es tangible —afirma Petit al principio del documental—. Por quimérico que fuere, está allí, confrontándote, abofeteándote. Pero, en mi caso, el objeto de mi deseo ni siquiera existía.”

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Francisco Hernández, Obra suspendida. Antología personal 1997-2012. Posdata Editores, Monterrey, 2013.

¿Y no es ese también me pregunté en ese instante, el deseo de la poesía, su inasequible objeto, su grial inexistente?

Termina la película. Estiro el brazo y cojo un libro del buró: una nueva antología de la obra de Francisco Hernández. Apenas abrirlo, leo esta declaración del autor: “Cualquier libro, sobre todo si es de poemas, cuelga de un hilo.” ¡Eureka!: como aquel peatón de las alturas, peripatética del aire, la poesía se sostiene en un equilibrio precario: entre el laconismo de un lenguaje hiperconcentrado y su alocado e incontenible desbordamiento verbal, tiende su resbaladizo alambre; de la invisible torre de lo omitido a la improbable cima del sentido, las palabras transitan con la temeridad —y a veces la gracia— del funámbulo. A sus pies se abre el vacío, el imantado vértigo del silencio que es en el fondo la aspiración, el inasible objeto deseado de toda poesía consciente de sí, el callado deseo al que de cualquier modo habrá de sobreponerse.

“[…] suspendido en cuerdas. La obsesión de reflejar lo interno” escribe Hernández en la tercera de las “Cinco melismas” que abren esta antología, y al hacerlo revela —es decir, desenmascara— una intención. Si para el pequeño equilibrista francés el “sueño no era conquistar el universo sino, a la manera de los poetas, conquistar bellos escenarios”, en el sentido de intervenirlos y apropiarse de ellos al transitar por el aire que separa una construcción de otra, para Hernández la conquista radica, de manera análoga, en tender una cuerda entre sus paisajes interiores y la realidad para, al ir y volver de una a otros, de éstos a aquéllos, superponerlos hasta proyectar las imágenes nacidas de ese tránsito: “El mapa de la Isla abre los ojos,/ se desenvuelve con calma por la casa/ y ante la imposibilidad de perderse, inicia/ su trayectoria por el mundo real.”

Sostenida en ese tenso equilibrio entre lo real y lo intangible, entre la revelación y el enmascaramiento, la poesía de Francisco Hernández constituye en sí misma un panorama vasto, magnético, vertiginosamente estático de la lírica contemporánea. Si algunos críticos, no sin cierta pedantería, se han empeñado antes en restarle méritos acusándolo de repetitivo por haber hecho de una estrategia poética un estilo personal, tendrían que leer atentamente este volumen y atender a la variedad, si no de registros, sí de modulaciones de uno de nuestros poetas mayores: de los nueve libros de los que seleccionó poemas para esta antología ninguno es semejante a otro,* aunque en cada uno sea posible reconocer, por razones obvias, al sujeto Francisco Hernández. En todo caso, se trata de nueve libros de madurez —no todos necesariamente maduros, diversos entre sí y, me atrevo a decir, hasta desiguales— en que, una vez hallados su temperatura, su temple y su temperamento, el poeta reconoce y nombra sus dominios. Acaso sea por eso que varios de estos libros podrían ser vistos ahora, en retrospectiva, como obras experimentales, exploraciones, tanteos ulteriores a Moneda de tres caras, el más célebre de sus títulos previos al periodo que abarca esta selección. En cada uno de ellos es posible hallar, no obstante, cimas de elevadísima altura poética, grandes momentos de la poesía contemporánea en lengua española. De entre esos nueve libros, hay al menos un par que considero pequeñas maravillas,  dos breves obras maestras, libros redondos de esos para los que un poeta trabaja toda su vida, las Twin Towers a las que aspiraría todo equilibrista: La isla de las breves ausencias y el Diario sin fechas de Charles B. Waite, además de varios de los “autorretratos” incluidos en Población de la máscara.

Como la de cualquier gran autor, la  poesía de Hernández no constituye un terreno homogéneo, plano y sin accidentes, se trata de una cuerda tirante tendida sobre el abismo, agitada de arriba abajo por ventiscas emocionales y ventarrones de humor contradictorio. Por eso, no parece haber un mejor título para una selección de su poesía como el que a él mismo se le reveló en el letrero de una construcción oaxaqueña: “Obra suspendida”. El término tiene significados múltiples: lo mismo sugiere una pausa o una latencia que aquella precaria ecuanimidad del alambrista ante el precipicio: aunque no cae, podría. Quizá, también, pudiera alzar el vuelo.

En una escena de Man on wire, el otrora joven Phillipe Petit practica su caminata sobre un cable tendido a algunos metros de altura. Sujeta de sus hombros, camina detrás de él la novia de su mocedad. Avanzan despacio, suavemente, los pies como imantados al alambre. Debajo de ellos se extiende el vacío. Pero no caen. Juntos lo atraviesan y llegan al final. Pienso en la poesía de Francisco Hernández, en esta obra suspendida, como el cable finísimo por el que él mismo nos conduce, paso a paso, sujetos de sus hombros mientras nos susurra: “No se muevan. Pero caminen por la cuerda floja”. 

Víctor Cabrera


* Los nueve títulos antologados en este volumen son: Mascarón de prosa, Soledad al cubo, Óptica la ilusión, Imán para fantasmas, Palabras más, palabras menos, Diario sin fechas de Charles B. Waite, Mi vida con la perra, La isla de las breves ausencias, Población de la máscara, más el poema “Recitación por la muerte de Guillermo Fernández”, publicado originalmente en la revista Luvina, de la Universidad de Guadalajara.


photoVíctor Cabrera (Arriaga, Chiapas, 1973) es autor de dos plaquettes y un par de libros de poemas, así como de un título de fábulas y prositas. En 2010, coordinó el volumen Una raya más. Ensayos sobre Eduardo Lizalde, publicado por el Fondo Editorial Tierra Adentro. Es miembro del SNCA y, desde hace varios años, trabaja como editor en la Dirección de Literatura de la UNAM. Lava y plancha en http://asuntosdomesticos.blogspot.com. (Fotografía del autor por Barry Domínguez.)

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