Sasha Grey y el erotismo de la experiencia

Sasha Grey (California, 1988), la porn-star más controvertida e intelectual de la última década, se ha puesto a trabajar duro para forjarse una carrera lejos de la industria porno y más cerca del arte. Ha sido invitada a programas de debates y a revistas para discutir cualquier tema de la misma forma que cualquier intelectual mediático; ella habla de cine, de libros, de política y de cuanto se le antoje, pero eso sí, con conocimiento de causa. Sasha no es la clásica actriz porno retirada por motivos religiosos ni matrimoniales, al contrario, ha usado su fama como un trampolín para impulsar sus experimentos artísticos.

Tal vez su proyecto más sonado sea The Girlfriend Experience (2009), filme de Soderbergh, en donde interpretó a una prostituta de lujo que se enamora de uno de sus clientes mientras su relación amorosa con un entrenador deportivo se va destruyendo. Ahora, Grey vuelve con una novela bajo el brazo titulada The Juliette Society. En ella, Catherine, una joven católica vive en un mundo de fantasía sexual, y entra en una sociedad secreta dominada por viejos ricos que buscan satisfacer sus perversiones. La novela, dijo Grey, la escribió en 10 meses, y además de describir escenas de contenido sexual, también se permite filosofar sobre la relación de poder y erotismo en la sociedad estadounidense.

En las primeras páginas de la novela Grey deja en claro su influencia principal, el Marqués de Sade, y dice que Las 120 jornada de Sodoma es el libro con más violencia y perversión después de la Biblia. Asimismo, el personaje principal le permitió a la autora explorar una etapa difícil de su vida:

“Mi madre fue muy católica”, expresó en una entrevista, “mientras que mi padre no lo era para nada; eso me contrariaba porque la idea del matrimonio que mi mamá me inculcaba tenía que ver con el matrimonio, pero por otro lado mi papá me decía la cruda verdad: ‘No creas en lo que te dicen los hombres, lo único que quieren es bajarte los calzones’. Una vez, recuerdo, le pregunté a mi mamá si alguna vez la habían penetrado analmente y se puso histérica: ‘Oh, por Dios, ¿por qué me preguntas eso?’ A las mujeres no se les enseña a sentirse orgullosas o confiadas con su sexualidad porque se les etiqueta como ‘locas’ o ‘putas’, lo que es bueno y malo al mismo tiempo debido a que una chica de 14 años no debería ir por la calle diciendo ‘voy a cogerme a ese’, sin embargo eso tampoco debe ser demonizado. Yo aprendí por mí misma que la primera vez que tuviera sexo no lo quería hacer con alguien de quien estaba enamorada porque veía que mis amigas se enamoraban de un chico y después cogían, y dos meses más tarde rompían la relación. Sabía que no quería a un hombre manipulándome. Una vez que perdí la virginidad y me volví activa sexualmente, toda esa pena y culpa se desvaneció, y fue mi experiencia física la que le dijo a mis emociones que todo estaba bien”.

Si les interesa más, aquí pueden leer un fragmento de la novela.

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