Tarde de té negro con Carl Sagan

Quisiera comenzar esta crónica —que acoge el mismo título del libro escrito por el maestro místico G.I. Gurdjieff— relatando, a modo de anécdota trascendental, una bella tarde que pasé con Carl Sagan en Seattle. Fue en mayo de 1994, dos años antes de su muerte y unas semanas después de que Kurt Cobain se disparara en la cabeza. Mis razones para estar en Seattle en ese momento eran diversas. La muerte de Kurt me había impactado profundamente y quería encender una veladora afuera de la residencia donde se había suicidado. También quería leer frente a sus fans un poema de William Carlos Williams que de alguna manera me recordaba mucho el espíritu desparramado de Nirvana. Sentía empatía con el grunge, en aquellas épocas me consideraba un tipo depresivo; pero nunca tuve el valor de ponerme una bala en el cráneo. Consideraba admirable (bajo cuestiones puramente literarias y aferrado al caos) lo que Cobain había hecho. Por otra parte, una radiodifusora local llamada The End se enteró, no sé cómo, de que probablemente iría a su ciudad. Me extendieron una amable invitación para hablar del neonidesmo y de mi último libro: una novela juvenil que según había marcado a una generación de perdedores. No me iban a pagar nada, querían “aprovechar” mi estancia en Seattle. Me explicaron amablemente que la estación era alternativa y universitaria y sin fondos; según ellos, una gran cantidad de sus jóvenes radioescuchas también eran mis lectores. Si eso es verdad, pensé, todos esos chicos deben estar muy confundidos.

No me sentía en mi mejor momento y estuve cerca de cancelar el viaje, sin embargo, recordé entre insomnios, que un año atrás, Isaac, el buen Isaac, me había presentado a Carl Sagan en la Feria del Libro de Frankfurt. Fue una presentación muy sosa y ambigua, en medio de una multitud de científicos voraces y adolescentes alemanes con pelo graso. Hablamos pocas cosas por culpa del ajetreo, algo acerca de la Alemania Oriental, ciencia ficción y vuelos transatlánticos. Me dio su tarjeta y dijo que cuando fuera a Seattle no dudara en pasar a visitarlo.

—Los amigos de Isaac son bienvenidos —dijo acercándose a mi oído para que la turba no lo escuchara.

Guardé la tarjeta entre las páginas de su libro Un punto azul pálido: una visión del futuro humano en el espacio que recién acababa de comprar para que me escribiera una dedicatoria.

Conocía poco de la obra de Sagan, solo había leído Los Dragones del Edén cuando tenía 17 años y no recordaba casi nada, había visto algunos capítulos de su serie en la televisión de mi tía Mirla, aunque en esas épocas me aburría. El libro que compré en Frankfurt para que me firmara nunca lo leí. Mi admiración por él estaba en otras cosas: en su querella por encontrar vida extraterrestre, su conocimiento amplio acerca de la historia de la humanidad, quería recaudar varios datos para mi siguiente novela, sobre todo cuando trabajó en 2001: Una odisea en el espacio y el fenómeno OVNI. Le llamé un día antes de volar hacia Washington y respondió su máquina contestadora, dejé un mensaje breve con el número del hotel donde me iba a hospedar.

Al llegar a Seattle sentí un profundo vacío en el estómago, todo lo que estaba dentro de mí se deshidrató de pronto. Mi entrevista en la radio era esa misma tarde y, si Carl no me llamaba, al día siguiente iría temprano a postrarme frente al altar improvisado a Cobain. En el hotel dormí un poco y al despertar pedí un taxi que me llevó a The End. Llegando me recibieron dos chicos de cabello largo que olían a sudor. Hacían todo tipo de preguntas: sobre Nirvana, la política exterior, el declive de los medios de comunicación, el petróleo y la poesía contemporánea. Me sorprendió que supieran tanto sobre todo tipo de temas. Parecían conocerlo todo y saberlo todo. Si esta es la generación que lee mis libros, pensé mirando sus espinillas, entonces no está tan mal. Me presentaron con entusiasmo al locutor del programa, un tipo de baja estatura con perforaciones en la nariz, los lóbulos y dos argollas en la ceja izquierda. Parecía simpático y elocuente. Me dijo que tenía quince minutos para hablar y que él haría algunas preguntas simples. Nada sobre Cobain y Nirvana, le dije con seriedad.

Al aire hablamos sobre los personajes de la novela, la realidad y la ficción, el neonidesmo latinoamericano, y le envíe saludos a una tal Ashley de Maine. La única parte relevante de la sesión fue cuando el locutor, Chris D., creo, me preguntó si me reuniría pronto con Carl Sagan. De nuevo me impresionaban los universitarios de la radio en Seattle. Lo sabían todo. No entré en detalles, únicamente le dije que estaba esperando su llamada. Me despedí de ellos afuera de la estación con un abrazo, noté que no estaban acostumbrados a los abrazos, inclusive me miraron como si fuera un excéntrico. Afuera el clima era frío y un viento gélido me quemó el rostro descubierto. No me dieron ganas de conocer la ciudad y regresé al hotel. Al llegar, me dijeron en recepción que tenía un mensaje, era de Carl, Carl Sagan, me esperaba en su casa al día siguiente, su esposa saldría todo el día y le parecía fenomenal que platicáramos. Esa noche, mi primera noche en Seattle, dormí profundamente y soñé con Kurt Cobain, todavía estaba vivo, pero en estado vegetal.

Salí puntual a mi cita con el astrónomo. El día estaba nublado y llovía un poco. La casa de Carl estaba a las afueras de Seattle, como a 35 minutos de mi hotel. El taxista me preguntó de dónde era y le inventé un país. Subimos por una cuesta y vi la ciudad de lejos, La Aguja Espacial brillaba desde la punta. Tal vez por eso Sagan vive en Seattle, medité en eso todo el camino.

La casa era grande, de dos pisos. La entrada se cubría por un porche victoriano mandando a hacer y un espléndido jardín que en la parte de atrás tenía construido un techo en donde reposaban tres enormes telescopios apuntando hacia distintas partes del cielo. Antes de tocar la puerta, me pregunté por qué me había citado en su casa, tal vez habría sido más prudente vernos en un café del centro o algo así. En realidad, el Dr. Sagan no me conocía, y si había leído alguna de mis novelas, seguro se imaginaba que yo era un pervertido, o peor aún, un católico. Me recibió con una sonrisa y sin preguntarme me sirvió un té negro. Pasamos por su salón donde tenía todos los ejemplares de la revista Icarus y varias esculturas que parecían del neolítico. De la pared colgaban algunas fotos de él con trajes de la NASA y otras con su esposa en la playa. Los cosmólogos toman el sol, pensé mientras le daba un sorbo a mi té. Seguimos de largo hasta el jardín trasero y pasamos por una terraza de cristales; al fondo, resguardados de la lluvia por el ciclópeo cubo transparente, se encontraban unos muebles blancos para jardín. ¿Dónde compran sus muebles los agnósticos? Nos sentamos, y lo primero que me preguntó fue de dónde conocía a Isaac. Le dije que había sido mi maestro en la universidad y que gracias a él me dedicaba a las letras. Estuvimos hablando largo rato de eso hasta que le pregunté acerca de los telescopios de su jardín.

Cada uno señala en dirección distinta, dijo tomándose la barbilla y mirándolos atentamente a lo lejos, como si estuviera acostumbrado a apreciar lo que se encuentra muy lejos. Uno apunta hacia la sonda espacial SETI, que ahora está orbitando cerca de Neptuno y busca vida extraterrestre; el más alto, apunta hacia la atmósfera de Venus, lleva 27 años apuntando hacia el mismo lugar; y el tercero, el de lente más ancho, mira constantemente una galaxia llamada NGC 221 (M32), allí siempre hay cosas que desconocemos. Debajo de la mesa había una pequeña caja, sacó mariguana y comenzó a forjar un porro. Estaba fuerte. Carl Sagan fumaba mariguana de la fuerte. Cuando el ambiente empezó a ponerse más amistoso, emprendimos una conversación pautada y suave, con otra voz, con una soltura delicadísima, parecíamos perder gravedad. Hablamos de la familia, las mujeres, Ezra Pound, de instituciones y de nuestros países de origen. Yo quería hablar de ciencia, astronomía, extraterrestres, Stanley Kubrick y la cosmólogas sexys; pero al parecer Sagan era un hombre sensato, tranquilo y sabio. La tarde estaba cayendo, le pregunté si conocía a Kurt Cobain y me dijo que no. Comprendí que allí estaba el científico, el hombre ocupado en el universo y en las estrellas, pero no las estrellas de rock. Antes de irme me regaló un libro, no es literatura, advirtió, es la vida. Entonces también me di cuenta que no había leído ninguna de mis novelas.

Afuera llovía y estaba cayendo la noche en Seattle. Pude ver desde el taxi la casa de Carl Sagan alejándose en la oscuridad y perdiéndose en las gotas de agua. En el hotel tomé un baño y al salir de la regadera me miré en el espejo húmedo: era un espectro, un espectro deshidratado y patético. Me quedé despierto toda la noche decidiendo si iba a ir al altar de Cobain en su mansión desertada. ¿A qué iba? Ni siquiera está allí el cuerpo. ¿Qué le importa al universo si voy o no? ¿Qué haría Carl Sagan si muriera una de sus estrellas?

Al amanecer, salí directo del hotel a lo que podía ser el funeral perecedero e improvisado de Kurt Cobain. Tomé un autobús eterno que me dejó a dos cuadras de la residencia y caminé disperso hasta la entrada principal. Dos patrullas cuidaban los alrededores, gente se congregaba en las banquetas y los árboles. Sobre la gran barda de la casa había cientos de flores, velas, canciones escritas en hojas de papel, instrumentos, fotografías y hasta ropa. Yo no llevaba nada, ni la veladora que quería encender ni el poema que quería recitar. Me alejé un poco del barullo y me quedé de pie largo rato junto a unas chicas que tenían el cabello verde o azul y lloraban esporádicamente. Comencé a analizar la propiedad y desde la esquina se alcanzaba a ver una habitación que bien podría haber sido un antiguo ático. Era lo más alto de la construcción, tenía una ventana grande con gruesos marcos de color blanco. Sentí de nuevo mis entrañas deshidratadas. Claramente vi que desde adentro del cuarto un telescopio apuntaba hacia arriba. Hacia las alturas. Estaba señalando lo más alto y lo más lejano. Recordé el telescopio de Carl, el que llevaba apuntando al mismo lugar desde hacía 27 años. Sentí mucha tristeza. La atmósfera de Venus.

Jänko Erwin


Jänko Erwin es novelista y periodista. Estuvo desaparecido por diez años y cuando regresó a su país de origen nadie lo reconoció. Su mayor deseo es hacer un montaje teatral del escrito de Gottfried Leibniz, Nouveaux essais sur l’entendement humain. Nunca ha tenido una beca.

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2 Responses to “Tarde de té negro con Carl Sagan”

  1. Luis Andrés Miranda Mendoza

    Me quito el sombrero ante este texto. Es extraordinario, fluído, casi perfecto… Se siente real y falso, y no importa. Es mejor que la realidad y la falsedad de la literatura. Es hermoso y tiene momentos increíbles. No deja de ser coherente. Lo que no entiendo es que dé un libro y de ahí saque que no hay leído ningún libro del otro. Y la marihuana es lo máximo. Felicidades y suerte. Ojalá pueda leer más de este señor.

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