Vuelve el soldado poeta

Guerra y poesía son polos opuestos del ser humano: la devastación física y mental frente a la creación y la libertad. Pero los extremos se tocan y hay quienes, tras haber empuñado el fusil, supieron tener su catarsis y transformar todo ese trauma y experiencia bélica en poesía, como el heleno Esquilo o Robert Graves. Existen hasta ejemplos inversos: Miguel Hernández, el escritor de Orihuela que utilizó su poesía para insuflar ánimos en los campos republicanos de la Guerra Civil española y que acabó como voluntario en el V Regimiento sin dejar de escribir versos como los de Canción de el esposo soldado: “Escríbeme a la lucha, siéntate en la trinchera: / aquí con el fusil de tu nombre evoco y fijo / y defiendo tu vientre de pobre que me espera, / y defiendo tu hijo”.

Kevin Powers recoge esta tradición y se convierte en uno de los primeros soldados poetas de este siglo XXI. Primero con su obra poética (Letter Composed During a Lull in the Fighting) y luego con Los pájaros amarillos (Editorial Sexto Piso, 2012) que, aunque es estrictamente una novela, respira  poesía desde su frase inicial: “La guerra intentó matarnos la primavera”. Powers afirma que la poesía le ayudó a encontrar un orden en el mundo, y con ello pretende en esta su opera prima conseguir un lugar en el Olimpo de la prosa bélica, temática tan popular en Estados Unidos y que copa los estantes de las librerías, tanto como las narco-novelas lo hacen en México.

En el caso norteamericano hay bastante variedad contextual: las I y II Guerra Mundial, Saigón, Corea, Vietnam, Iraq, Yugoslavia o Afganistán. Lo que ha cambiado es la identidad de las víctimas; los civiles son solo daños colaterales a los que a veces ni se les registra, incluso si forman parte oficiosamente de los ejércitos, como Malik, traductor iraquí en Los pájaros amarillos y primer muerto del libro. Sin embargo, el sinsentido y la esquizofrenia de las guerras siguen siendo los mismos.

Las víctimas para la producción cultural de Occidente son los soldados norteamericanos. En los años 70s y 80s hubo un auge por esta causa a través del cine con The Dirty Dozen (a finales de los 60), Platoon, Apocalypse Now, Full Metal Jacket o The Deer Hunter. La obra de Kevin Powers, con la sólida historia de dos soldados, Murph y Bartle —voz narrativa de toda la historia— y el  teniente Sterling, se une a esta lista de narrativas escritas y audiovisuales que penetran en el soldado y sus traumas durante la guerra y tras el conflicto. Las consecuencias, más que las causas.

Powers nos sumerge en la idea de que tal vez morir sea el mejor destino cuando un soldado va a la guerra, pues vivirla es una eterna locura donde la mayoría de las veces sucede todo porque no sucede nada, y esto es lo que resalta: la nada que transcurre mientras no puedes dejar de tener el dedo agarrotado en el gatillo, con los ojos mirando el mismo inquebrantable paisaje del desierto. Esperar no se sabe bien qué.  La nueva guerra, donde las armas a larga distancia tienen gran protagonismo, rompen la actividad de los soldados, los desgasta mentalmente y no deja que crezca la tradicional camaradería que provoca la lucha cuerpo a cuerpo, el sentirse unidos y protegerse mutuamente. Frente a la guerra que viven Bartle y Murph, donde nadie sabe a quién mata y los cuerpos sin vida parecen un atrezzo de cine, la muerte es colectiva, se es un pájaro amarillo.

El resto de los que morían en Al Tafar eran parte del paisaje, como si alguien hubiera sembrado semillas de las que brotaban cadáveres en el polvo o el asfalto, como flores después de una helada, secas y agostadas bajo un sol brillante y frío.

La ausencia de acción bélica la aprovecha Kevin Powers para ahondar en el discurso individual de los soldados. El enemigo, para el soldado que vuelve, está en casa. Sin embargo, las reflexiones —interesantes— no dejan de ser ideas y conceptos que hemos visto en otros lugares. Quizá porque la guerra es intrínseca al ser humano, y porque soldados poetas y testigos de las guerras han existido desde tiempos prehelénicos, es difícil poder contar algo nuevo.

El gran atino de Los pájaros amarillos es el tacto con que Kevin Powers envuelve el conflicto, el poder de la belleza de las palabras para presentar el horror. En este sentido, el autor presume un talento tallado pero que aún debe de pulir. Habrá que esperar si se confirma el buen punto de arranque como escritor cuando ahonde en conflictos más complejos y menos maniqueistas como es el tema de una guerra donde es muy fácil caer en los extremos y en la polarización.

Nacho Bengoetxea

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