Baños Roma, Mantequilla Nápoles y Ciudad Juárez

Jorge A. Vargas (dramaturgo y director) presenta en Baños Roma una propuesta dramatúrgica basada en la búsqueda de la leyenda del boxeo, José Ángel “Mantequilla” Nápoles, con un soporte fuerte en elementos audiovisuales. Es una pieza que pone sobre el tablado a ocho personas que durante todo el espectáculo se mantienen ahí. Sin embargo, hay dos que no actúan, se encargan, más bien, de efectos sobre el material audiovisual. En un cuadro se suman un trío norteño y dos percusionistas: timbal y congas.

“Es el cuento para dormir, la canción de cuna cruda, impactante pero remanso al fin para el alma que enfrenta caras mucho más temibles”

El tiempo escénico es de una hora y media en el cual el texto dramático se desdobla y cobra espacio y tiempo junto al palimpsesto formado por notas periodísticas sobre el boxeador, así como fragmentos textuales de Julio Cortázar, una fotonovela y secuencias de video sobre el hallazgo de los baños. El ejercicio metateatral lleva a hablar de la puesta en escena que como espectadores experimentamos, pero también la especie de documental que se presenta inserto en la obra.

Hay un ejercicio de teatro documental bien logrado. Y a pesar de que Herbert Linderberger señala que los dramas documentales pueden perder fuerza histórica o no verse la dimensión del impacto de lo inmediato, en este caso se tocan temáticas que en Ciudad Juárez no han sido resueltas desde hace décadas. Entonces, bien puede vincularse esta propuesta con puntos pendientes de una agenda política, económica y social que deben atenderse, es decir, la obra fungiría como impulsora de acción social de la comunidad fronteriza.

Ahora, en cuanto al tiempo diegético, se trata de la representación de más de nueve meses de trabajo de investigación en la ciudad, más el dedicado a organizar los materiales y convertirlos en ficción teatral.

Por otra parte, la colisión dramática, de la que escribe Luckács, está representada por la decadencia del Mantequilla Nápoles y es ella la que tira de todo lo mencionado anteriormente así como de las diferentes temáticas que arroja el dramaturgo: Ciudad Juárez, su militarización, el abuso policial, los perros muertos, los feminicidios y la absurda proliferación de tables dances, la vida nocturna venida a menos, el auge de las fiestas en casas y kareokes y la mala planeación urbana.

En una conciencia clara sobre la historia, según Hayden White, Vargas da sentido y construye su drama sobre la leyenda boxística y su lamentable vida adulta en una lamentable época de esta ciudad que se convertió en asilo de este cubano naturalizado mexicano, como otros migrantes que llegan a Ciudad Juárez con esperanzas y proyectos de vida que si no caen en algún bache, quedan desgarrados por los alambres de púas fronterizos.

Por esa razón, inicia la obra con un prólogo a la manera clásica y organiza de esa forma la caótica realidad de la vida en momentos críticos. Es el cuento para dormir, la canción de cuna cruda, impactante pero remanso al fin para el alma que enfrenta caras mucho más temibles como las encapuchados, los cuerpos en bolsas negras, las luces cegadoras, las ráfagas que rompen la atmósfera, los ladridos que se reproducen hasta animalizar toda comunicación.

Asimismo, la representación espacial es uno de los grandes aciertos de esta pieza ya que reta al espectador a estar atento a las acciones de los actores, de los elementos de la escenografía como los costales, las danzas en pareja y en solitario, la proyección en lo alto, las básculas, la cámara que al mismo tiempo enfoca y produce un efecto de extrañamiento, el segundero que marca cada round como si la vida fuera un constante pleito contra un contrincante del que se conoce apenas su peso pero no sus fortalezas ni debilidades y mucho menos la sospecha de una dimensión humana detrás.

Y al hablar de los signos teatrales inherentes al actor, como los mencionados sobre el movimiento, combinados con los gestos, comunican una apropiación del espacio muy fuerte. Cada movimiento al subir a las básculas, al danzar, le dan volumen a la pieza. Forman ese cúmulo complejo de sonidos, palabras e imágenes con una dimensión de profundidad que exige adentrarse en esa atmósfera densa que trata de mostrar la obra sobre Ciudad Juárez.

La danza como liberadora de energía, el desplazamiento seductor de los sentidos, el ritual extático para el alma. En medio del caos está el principio ordenador a manera de movimientos armónicos, las manos sobre las manos, la mano sobre el talle, los giros, el intrincamiento y desenredo de las piernas. La suspensión aérea sobre los costales como el embriagador cáliz de la victoria, maravilloso, envidiable pero efímero.

Además del rompimiento de la cuarta pared al interactuar con el público, una de las formas más sutiles y envolventes en la atmósfera boxística es el aserrín que jala la conciencia y la memoria hacia los gimnasios, a los talleres, al contacto con la naturaleza ya intervenida, el olor de la madera derramada, un roble hecho trizas como el campeón imbatible, ahora desparramado en la noche que lo cubre todo, tras el humo de los puros, fragmentos de la grandeza que recuerdan el bosque al que pertenecía y nunca más volverá.

Otro signo teatral importantísimo es el tono. Y es que el tono junto a los otros elementos mencionados subraya la tensión o distensión del drama. El tono del prólogo es el del inicio de una tragedia; el de los monólogos frente a la cámara es el tono de lo íntimo, el lugar más reducido, donde se hallan los personajes más vulnerables, sobre todo en su encuentro con la policía.

Otros dos momentos importantes sobre el tono son, por un lado, el de la discusión marital donde el tono de la mujer es exaltado e inquisitivo, mientras que el de “Mantequilla” es uno despreocupado, tranquilo, enajenado. Esto representado como una serie de rounds de box donde siempre gana el campeón, no por ser boxeador sino porque es hombre.

Por otra parte, está el tono desgarbado, de una comicidad facilona que relaja la tensión del drama, pero que se presenta como plataforma para que vaya in crescendo la acción dramática y culmine con la muerte de la mujer boxeadora que yace bajo una luz que como péndulo se pasea sobre su cuerpo. Es decir, se logra un pico dramático gracias al tono previo de la charla sobre la cerveza entre los boxeadores.

Por último, en el tema de la visión, sin duda es importante el lugar que se ocupe en el Teatro Experimental Octavio Trías (en Ciudad Juárez), dentro del complejo Paso del Norte. Y esto es así porque se adaptó para poder verse desde tres lados y tres niveles: por ambos lados y al frente, y desde a ras de suelo hasta unos tres metros hacia abajo. Mi experiencia fue desde una perspectiva más común: de frente y sin mucha elevación. Sin embargo, no deja de generar curiosidad cómo pudo apreciarlo el espectador que estuviese por la derecha y arriba, o en las butacas contiguas al escenario.

Baños Roma es una obra muy rica en elementos y posibilidades de análisis y se disfruta la experiencia teatral de una forma completa. Quizá lo único que no comprendí es la necesidad de que dos técnicos audiovisuales estuvieran en el escenario. Si no aparecen no pierde fuerza el drama e incluso podría agilizarse más.

Marlon Martínez Vela

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