Una cena con los Jodorowsky

En una de mis visitas a París, en los años noventa, creo que fue el 91, Alejandro me llamó para invitarme a cenar en su casa. Sus hijos aún vivían con él y me pareció una excelente idea. Hacía tiempo que no lo veía y habían sucedido muchas cosas desde entonces. La última vez que nos habíamos encontrado había sido unos seis años atrás. Él vino a K. por asuntos teatrales y psicomágicos y se dio tiempo para pasar a saludar por la Casa Neónida. Aquella noche húmeda, que recuerdo bastante bien, tuvimos una excelente velada en compañía de varios colegas. Alejandro nos leyó el Tarot, nos habló apasionadamente de Gurdjieff, orinó en la fuente decimonónica que reposaba en el patio central; también nos dio algunos sabios consejos acerca del ominoso sexo y las bebidas alcohólicas. Alcohol Sagrado. Para Alex todo parecía tener carácter sagrado, en cambio nosotros estábamos acostumbrados a desacralizar todo lo que se nos atravesara. Los manoteos y las voces de navegante ebrio no se hicieron esperar. A lo largo de la madrugada bailamos y cantamos algunas canciones de origen turco. La pasamos de maravilla. Alejandro estaba joven y fuerte. Se le veía apasionado y preparado para escribir los libros que unos años después lo harían triunfar. En algún momento del jubileo, me miró con sus ojos llenos de absenta con marihuana y me dijo:

—Un discípulo le dice al Buda: “Yo quiero felicidad”. El Buda le responde: “Retira el yo, y luego retira el quiero, y la obtendrás”.

Como muchas otras cosas que dice Alejandro, algunas se pueden perder fácilmente en la llanura mental, y esta vez no fue una excepción.

Me dio mucho gusto que me llamara a mi hotel recién llegué a París. Me encontraba allí para presentar un libro de cine, era un catálogo sobre directores de cine yugoslavo. Tema que llevaba estudiando desde hacía tiempo. La editorial me pidió que me limitara a hablar de algunas experiencias cinematográficas y luego se proyectarían unos trailers de la nueva ola de cine yugoslavo. Tenía mucho tiempo libre en la ciudad y me venía de maravilla encontrarme con el místico.

La casa de los Jodorowsky era un encantador chalet a las afueras de París. Tenían un jardín, privilegio europeo. Jardín Sagrado. Una bella escultura de Picasso se alzaba entre algunas plantas de origen y color extraño para el clima francés. Al entrar en la casa, se podía apreciar un enorme librero que abarcaba todo el salón. Libros Sagrados. En un pasillo que conectaba a la cocina había unos afiches de las películas que alguna vez hicieron famoso a Alejandro. Cine Sagrado. De inmediato me recibió con un mate, sonriente, más arrugado, y me pasó a su estudio: un escritorio lleno de papeles y objetos extravagantes se perdía en la gran habitación. Alejandro se notaba ansioso. Me habló de su próximo libro y estuvimos largo rato poniéndonos al tanto. Parecía tener tantas ideas y conocimientos que una cefalea me atacó de pronto, como si las palabras del sabio me enfermaran. Enfermedad Sagrada. Un ama de llaves entró y nos anunció que la cena estaba lista. Antes de acercarnos al comedor, Alejandro me sujetó del hombro y me dijo:

—Así somos: dos peces rojos giran en una pecera. Uno dice: “¿Qué hacemos para las vacaciones?” El otro: “Giremos en sentido contrario”.

Cuando llegamos a la mesa del comedor sus hijos Brontis y Adán nos esperaban sentados. Cenaríamos los cuatro juntos, eso me entusiasmó, ya que no los veía desde que eran pequeños e iban desnudos por cualquier parte. Niños Sagrados. Brontis se apresuró a saludarme y con una solemnidad teatral se me acercó susurrando:

—Dedicarse al conocimiento de sí mismo es fundamental en la vida, pero sin nunca hacer nada por los demás es una tontera absoluta.

Adán se quedó sentado, me dio un buen apretón de manos y dirigiéndose a su padre levantó una pierna de pavo y anunció:

—¡El corazón adoptado que late, pobre huérfano!

La cena apenas comenzaba. Yo estaba hambriento y, todavía con un poco de jetlag, ataqué lo que nos iban sirviendo a varios tiempos. Después de explicarle a los Jodorowsky lo que hacía en París y en K, comenzaron a balbucear entre ellos. Una charla que me pareció cálida como en cualquier otra mesa de familia. Mesa Sagrada. Brontis ya se encontraba en el postre y comenzó a divagar en un aparente flujo de conciencia, mirando la cuchara que sostenía un trozo de crème brûlée y, de nuevo susurrando, como para no alterar el rito de la conversación:

—Sí, ya nos sabemos la historia; pero cuando es bella, ¡qué placer escucharla de nuevo! —amenazó Brontis comiendo el último bocado de su postre crujiente.

—No pierdas tu tiempo, ¿de qué te sirve ofrecerle ayuda a un muerto? —sentenció Adán con el bocado en la boca.

—¡No hay consuelo! ¡No hay consuelo! ¡No hay consuelo! ¡Tu ausencia es ahora y para siempre eje del mundo! —dijo Alejandro dando un golpe en la mesa con su puño cerrado—. Algún día el tiempo cesará de racionar nuestros pasos y se nos enroscará en el dedo como un anillo de bodas —continuó—. Ten cuidado con los que rezan mucho, eso no les impide ser ladrones.

—Le pedí a mi sombra que en vez de seguirme me abriera camino —susurró Brontis para sí mismo. Sentí un poco de lástima por él, lo vi como si fuera un niño asustado por el monstruo del clóset.

—¡Hoy gané un centímetro! ¡Mi adolescencia acaba de terminar esta noche! ¡Ya soy un hombre! —gritó Adán levantándose de la mesa y retirándose abstraído.

Alejandro me miró orgulloso de sus creaciones. Brontis se despidió dando las buenas noches y nos quedamos bebiendo. Vino Sagrado. Nos prometimos juntarnos de nuevo, me dijo que iría pronto a K. Bebimos hasta entrado el amanecer. Le conté de manera solemne sobre el Neónida muerto. Recitamos poesía. Sacó dos Arcanos Mayores y los puso sobre la mesa. Estás a punto de recibir noticias alarmantes, me dijo Alex con una soltura antigua y seria. En ese instante no me preocupé. Confiaba en él lo suficiente como para no dejarme arrastrar por su voz de hipnotista ebrio.

Al otro día, tuve que dar una charla en la Soborna acerca del trabajo de Vera Chitilová hundido en una resaca espiritual que me hizo sentir desahuciado. Resaca Sagrada. Alejandro seguramente seguía dormido. Noticias alarmantes, retumbaron en mí sus palabras y los Arcanos como si mi destino acabara de ser sentenciado por la sabiduría del cosmos. Cosmos Sagrado.

No veo a los Jodorowsky desde aquella noche en París. Los sigo por tuiter, los  leo, y a veces, me parece que seguimos sentados en la mesa, intentando descifrar los orígenes del camino y el caos humano. Una buena familia. Familia Sagrada.


Yänko Erwin estudia el Cuarto Camino. Sus investigaciones lo han llevado a estimular la psique a través del cine experimental, donde según él está el carácter más sagrado de la memoria humana. Sus libros y artículos han sido criticados con dureza por sus declaraciones estéticas. Sigue buscando la sanación.

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3 Responses to “Una cena con los Jodorowsky”

  1. Lorenzo

    Felicidades a Yanko por estas memorables columnas, acá en Hermes lo queremos vasto

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  2. Luis Andrés Miranda Mendoza

    Acabo de leerlo. Muy bien escrito, pero no me gustó. Termina muy pronto para todas las palabras e ideas místicas que pone, y el final no te dice nada. Eso sí, no estoy muy seguro de haber leído algo que trataba de ser un cuento… Buen día.

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  3. Adrián Carrera

    No sé qué tanto mérito pueda tener caricaturizar algo que ya es una caricatura por sí mismo. De cualquier forma, fue una lectura divertida.

    Responder

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