Tryno Maldonado, un torrente contra el patriarcado, las becas y los malos escritores.

Existen escritores que se presentan por sí solos, Tryno Maldonado (Zacatecas 1977) es uno de ellos. Sus opiniones dividen a quienes lo leen, pero lo que es cierto es que no pasa desapercibido. No quise quedarme con las ganas de platicar con él y compartir con los lectores de Blog Indieo sus respuestas.

“A los políticos les viene de maravilla no sólo tener intelectuales orgánicos amordazados, sino además mantenerlos entretenidos peleándose por un triste hueso”

Lo primero que supe de Tryno Maldonado es que escribió un artículo de cómo cogerse a un escritor mexicano que, a pesar de que ya pasaron dos años de ello, justo la semana pasada un amigo me pidió el link para leerlo. ¿Por qué y para qué lo escribiste?

Lo escribí para mi blog. Por diversión. Y porque me causan urticaria todas las poses de los escritores y aspirantes a escritores; sobre todo los del centro del país. Va con dedicatoria a todos ellos. No tenía ninguna segunda intención o finalidad. Sólo divertirme y reírme de paso de mí mismo. Como muchas de las cosas que escribo. ¿Me sirvió de algo? Sí. Para que al menos una docena de escritores mexicanos y lectores me insultaran y me bloquearan en Twitter y en Facebook. Es decir, todo un alivio.

Luego de este texto que fue viral en las redes sociales, se empezó a hablar de tu participación en el Premio Herralde como una forma de denostación o de burla: “¿Quién se toma en serio a este loco cuando un rumor así lo persigue?”, leí por ahí. Después de tanto tiempo del “sonado” rumor, ¿qué dirías al respecto?

Mis libros hablan y se defienden por sí solos. Por otra parte, mi novela Temporada de caza para el león negro fue finalista del Premio Herralde en el 2008. De eso han pasado cinco años. A Jorge Herralde y a Enrique Vila-Matas, que formaba parte del jurado, les gustó mucho la novela y confiaron en ella. Así me lo hicieron saber y para mí fue suficiente. Además, fue un privilegio trabajar con Herralde como editor. Y la novela encontró muchos lectores. No tengo ya mucho que decir de un libro que escribí a los veintitantos años. Ahora tengo 36 y estoy en otro canal.

Cuando me acerqué a ti para hacerte esta entrevista te lo dije: eres polémico, o te odian o te aman. ¿Te gusta, te da lo mismo, te sirve para que te lean, cómo aprovechas esto?

Honestamente no lo sé. Vivo hace siete años en Oaxaca, muy lejos de todo el mundito literario. Y antes de eso viví toda mi vida en Zacatecas, un pueblo de 120 mil habitantes. No tengo la mínima idea de quiénes sean todas esas personas que me trolean en Facebook, en Twitter y en mi columna. Mis amigos son ingenieros en sistemas, matemáticos, músicos… No frecuento escritores ni gente que se dedique a la literatura de otro modo. Así que no tengo muy clara la opinión que tenga la gente de ese mundito sobre mí. Y, ¿te digo algo? Me importa una mierda.

¿Qué pasó con Letras Libres, cómo fue que se rompió la relación? Hace poco León Krauze te decía por Twitter que parecía que tenías una fijación con su familia…

Nuca hubo tal relación. Publiqué en esa revista un par de textos en la década pasada por invitación personal de Álvaro Enrigue, que era por entonces jefe de redacción de la revista y cuya obra me gusta. Así que accedí mientras él estuvo allí. A la familia Krauze ni siquiera la conozco. Ellos viven en un México diametralmente distinto a en el que yo vivo y en el que me crié. No los conozco más que por televisión y revistas y programas del corazón. Jamás leo Letras Libres. Me parece un modelo de revista obsoleto y no comparto ninguna de las ideas vertidas allí. Hay públicos para todo, supongo.

Tus artículos sobre la generación inexistente hicieron eco, incluso Yépez se volvió un interlocutor. ¿Por qué crees que se fijaron más en la forma que en el fondo? Parece que tus comentarios sobre la sociedad en que vivimos eran menos importantes que el hecho de que no los incluyeras en tu lista. ¿Fue así?

Heriberto es un crítico muy agudo y alguien con quien se puede dialogar; concuerdo con muchas de sus ideas desde que lo conozco. Su lectura de mi texto enriqueció la conversación y me ayudó a reconsiderar la que hasta entonces yo tenía como noción fija del concepto de “generación”. Es impensable, en efecto, concebir la idea de generación sin tomar en cuenta los nexos de poder que influyen en la manera de leernos, de hacer crítica, de hacer listas… Tenemos tan acendradas estas prácticas de poder que claro que muchos respingan cuando se sienten excluidos. Justo por eso vale repensar la forma en que nos leemos y por qué elegimos y excluimos lo que leemos. A fin de cuentas la idea tradicional de generación es eso: las prácticas, las alianzas de poder y exclusiones que un grupo de élite le transmite a otro grupo más joven. En el centro del país parece haber gente que aún cree en ese modelo anquilosado y se cuidan mucho las espaldas entre ellos. ¿Qué tipo de literatura puede surgir de allí? Yo paso de todo eso.

También tienes tu historia con el FONCA y sus criterios de selección. ¿Volviste a solicitar beca, cómo ves ese episodio ahora?

Sostengo lo que dije entonces. Las políticas culturales de corte neoliberal promueven la competencia y el individualismo entre la comunidad. Divide y vencerás. A los políticos les viene de maravilla no sólo tener intelectuales orgánicos amordazados, sino además mantenerlos entretenidos peleándose por un triste hueso. Y ahora que volvió el PRI, la pelea se les volvió más encarnizada por el recorte del 50% a las becas asistencialistas a creadores, como todos nos dimos cuenta desde afuera del redil. Quiero ver qué pasará ahora que Peña Nieto pretende un recorte del 25% al presupuesto asignado a la cultura. ¿Existe un medio más eficaz de (auto) censura que ése?

Respecto a los patriarcas literarios, ¿vislumbras que algún autor contemporáneo se convertirá en patriarca para los escritores que se están formando? ¿Alguna matriarca?

No, en absoluto. Un orden patriarcal no puede engendrar más que literatura canónica, sometida y cauterizada desde su concepción. Cualquier orden patriarcal hegemónico debería desaparecer. Eso lo creo cada vez más del Estado, por ejemplo, la más sofisticada construcción patriarcal de la historia.

Dices que ya no se aspira a hacer “la gran novela”. ¿A qué aspiran las y los escritores actuales, a qué aspiras tú?

A arreglármelas para contar historias honestas lo mejor que puedo, con todo y mi imposibilidad para abarcar el lenguaje y lo poco que conozco de las personas y del mundo en el que vivo.

Leí que consideras que las y los escritores no tienden a verse como un gremio que piense en lo comunitario, en el caso de que hubiera una intención de ver más allá de una competencia para publicar o ganar premios, ¿qué sería bueno que se hiciera?

Buena literatura. No nos caería mal que alguien comenzara por allí.

De qué sirve ser escritor en una sociedad que no tiene como necesidad primaria leer?

Dice el crítico inglés James Wood que alguna vez un jefe de policía de Iztapalapa puso a leer novelas de Juan Rulfo y García Márquez a su cuerpo policial. La finalidad, según él, era que los polis se volvieran menos corruptos, más responsables… En fin, buenas personas. Lo que James Wood satiriza es el hecho de que, en efecto, la literatura no te vuelve una mejor persona. Puedes ser un gran escritor o un erudito y al mismo tiempo ser un violador de niños o un sátrapa. Ser escritor en este país, en fin, es pura necedad.

“Es bastante sano no depender económicamente de tus libros para no convertirte en un Maná de la literatura (un libro por año idéntico al anterior)”

¿De dónde te viene la evidente perspectiva de género en tus textos?

No es perspectiva de género. Eso sería como limitarse a una visión institucionalizada y edulcorada del feminismo que concede el patriarcado dominante. Creo en el feminismo. Como aproximación estética el feminismo ha enriquecido enormidades mi óptica desde mi primera novela. Supongo que lo que mencionas son reflejos en mis libros y artículos de la herencia de lecturas de una de las feministas que más admiro y respeto, mi amiga Francesca Gargallo. Ésa –volviendo a una de tus preguntas anteriores– es una de las cosas que muchos de los lectores y escritores varones (he incluso críticos) detestan de mi trabajo y con la que sencillamente no pueden lidiar: las ideas feministas insinuadas o explícitas en mis textos. Les resulta muy incómodo pensar y lidiar con algo que se escape del orden androcéntrico y heteronormativo, sobre todo viniendo de otro varón. Un comentario mío en Facebook, por ejemplo, desató hace poco una oleada de respuestas homofóbicas y machistas. El comentario era el siguiente: “Todo lo bueno que sé lo aprendí de las mujeres, de los hombres sólo violencia”. De allí la idea de un texto que escribí luego para The Buenos Aires Review por encargo de Pola Oloixarac.

Te noto un conocimiento sobre la utilización del lenguaje no sexista, ¿qué piensas de esta polémica entre la RAE y académicos y académicas?

No estoy al tanto de dicha polémica. Sencillamente estoy consciente de que lo que no se nombra se vuelve invisible, no existe. Y estoy consciente de que el lenguaje es una construcción patriarcal que por norma destierra o subordina todo lo femenino y reconoce sólo a lo masculino como universal. Así que procuro hacer lo contrario: nombrar lo innombrable, forzar el lenguaje y la realidad representada en mis textos. Es el tipo de literatura que me interesa, y no sólo a nivel de lenguaje.

¿Sirven de algo los premios y los concursos literarios?

Deben servir para lavar dinero de alguien o deducir montones impuestos. Eso seguro. Y para pagar la renta y muchas cervezas de algún afortunado. En lo literario, no lo creo. Te reto a que revises las listas de todos los ganadores de premios estatales por todo el país y que me digas uno solo que, después de cobrar sus 100 mil o 300 mil pesos, haya escrito un libro valga la pena. ¡Suerte!

¿Escribir novelas debería de considerarse una actividad económica o es mejor dejarla en esta creencia de que es un trabajo que sólo viene y se va con las musas?

Desafortunadamente no he tenido noticia de que las musas le hayan ayudado a alguien a pagar la renta, el gas ni la luz. Es bastante sano no depender económicamente de tus libros para no convertirte en un Maná de la literatura (un libro por año idéntico al anterior). Lo que es lamentable es que existan tirajes de apenas 2 mil ejemplares en un país de casi 120 millones de habitantes. ¿Quién en su sano juicio piensa que se puede vivir de eso? Tampoco el Estado y las políticas culturales de CONACULTA están medianamente interesados en generar nuevos públicos: no se necesitan más becas asistencialistas para creadores, ¡lo que urgen son nuevos lectores! Vivimos en un sistema que excluye y estigmatiza ciertas profesiones; en México, si eres profesor o artista, por ejemplo, no es nada raro que te digan “Bola de güevones, pónganse a trabajar”.

¿En qué estás trabajando ahora, ya viene la novela anarquista que alguna vez comentaste que escribías?

A inicios de 2014 saldrá un nuevo libro en Alfaguara. Por lo pronto esa novela se sigue cocinando. No tengo prisa.

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