Breaking Bad: ¿rompiendo con el estereotipo?

Dostoyevsky tuvo la intención de escribir en El Idiota una idea que le parecía poco explorada en la literatura de Occidente: la de un hombre perfecto y hermoso. En varias cartas dirigidas a su amigo poeta Apollon Maikov y a su sobrina Sofya Ivanova, antes de esbozar la novela, explica un poco las dificultades de confrontar esta tarea. En la carta a Maikov: “Nada en mi opinión puede ser más difícil que eso, especialmente en nuestro tiempo”. Y en la carta a su sobrina: “La idea principal de la novela es retratar a un hombre extremadamente bello… Todos los escritores, no solamente nosotros [los rusos], sino también todos los escritores europeos que han intentado hacer el retrato de un hombre extremadamente bello, siempre han desistido porque la tarea es inconmensurable. Lo hermoso es ideal, pero este ideal, así sea nuestro o de la civilizada Europa, está lejos de poder ser llevado a cabo. Solamente hay una persona perfectamente bella, Cristo, por lo que la apariencia de esta inconmensurable e infinitamente bella persona es, claro está, un milagro infinito”. Sin embargo, Dostoyevsky reconoce que ha habido algunos intentos convincentes, como don Quijote, pero su belleza es al mismo tiempo ridícula, causa ternura por su comicidad, la cual anula y sobrepasa su carácter ideal. “La compasión”, le dice a Sofya, “aparece cuando la belleza es ridiculizada y se pierde su efecto mismo; de esta forma, la simpatía nace en el lector… No se me ocurre algo similar a ellos, en verdad no tengo nada en mente, y por eso tengo un miedo terrible de que sea un completo fracaso”.

“El arte está siempre un paso adelante y no hay nada en los medios y en la industria cultural que no tenga un antecedente en las páginas de una buena novela”

Quisiera hacer un juicio —muy general— de esta anécdota: la maldad es lo más redituable de escribir en nuestro tiempo. Nos fascinan los laberintos oscuros del crimen y gozamos ver cómo la corrupción carcome todos los ámbitos de nuestra vida privada y pública. El escritor puede narrar la peor de las catástrofes humanas, hacer la crónica del apocalipsis detalladamente, pero como dice Dostoyevsky, le cuesta trabajo imaginar lo contrario. La maldad es nuestra forma de imaginar en las novelas y en el cine y en la televisión, desde la “alta cocina del arte” hasta los medios más predecibles. Breaking Bad, la serie que tuvo a medio mundo pendiente, desde el intelectual hasta el televidente promedio, entra directamente en esta tradición.

Su tema es viejo en la literatura: el clásico hombre blanco de clase media que tiene una doble vida, un doctor Jekyll (según algunos) de doble jornada que por la mañana deambula por la calle con máscara de buen padre, buen esposo y buen ciudadano y por la tarde produce metanfetaminas y además planea cómo liquidar a sus competidores. La trama también es fácil: la conversión de este hombre blanco de clase media en un ser malvado y calculador, en un kingpin del hampa en el triste escenario de una Alburquerque asediada por la crisis económica y la drogadicción. Lo relevante de esta serie es que se enfoca en el proceso de esta conversión, en las capas psicológicas y sociales que llevan a Walter White, el protagonista, a ser el monstruo que hoy, en la quinta y última temporada, vimos en acción. Asimismo, pone sobre la mesa los temas más candentes de la política en Estados Unidos: la actual recesión económica, la despenalización de algunas drogas más consumidas y los deficientes sistemas de salud y vivienda están poniendo en crisis los valores de toda la sociedad, no solamente de las minorías más endebles, sino también de los mismos anglosajones, quienes deben modificar sus creencias éticas para poder sobrevivir en el nuevo orden de una economía que ya no permite los lujos a los que estaban acostumbrados.

La tragedia de Walter White es que es un maestro que se enferma de cáncer: esto no solamente pone en peligro su vida, sino el futuro de toda su familia, porque sin la figura masculina proveedora, su esposa y su hijo discapacitado no podrán pagar las mensualidades de la casa ni mucho menos podrán acceder a la universidad. El norteamericano promedio ahora debe decidir entre someterse a una intervención quirúrgica para salvar su vida o vender su casa, entre condenarse a una vida miserable y enferma o quedar en la calle y vivir de la subvención del gobierno. Walter White descubre una tercera opción: capitalizar el uso de las drogas más consumidas en el país. Y esto es algo relevante del programa: apuesta por la explicación social directa y evita los lugares comunes del personaje más concurrido de la cultura anglosajona: el criminal psycho, el enfermo mental que amenaza el orden y no necesita de una motivación interna o externa para que entendamos su comportamiento. Su éxito estriba precisamente en esa nueva imagen que ofrece de la sociedad, en la simpatía que Walter White y Jesse Pinkman —el drogadicto que se ve en las paradas de autobuses de cualquier urbe estadounidense— despiertan en el televidente, quien desea que a pesar de todas las atrocidades cometidas por ambos —robos, asesinatos, traiciones— triunfen. El triunfo de Walter y Jesse implica no solo vencer las vetustas leyes políticas, sino también las leyes morales de una sociedad que, por muy avanzada que sea en cuestiones tecnológicas o industriales, le falta mucho camino por recorrer en materia de derechos humanos básicos como la salud y la vivienda.

Pero no todo es bueno en Breaking Bad. No me interesa caer en lo que la mayoría de los fans y reseñistas han hecho con la serie, no quiero discursar, como dije en Twitter, sobre ella como si tratara de explicar la teoría de la ética en Kant —y la serie de hecho tiene mucho de ella. Ya Alfonso Reyes nos advertía sobre la diferencia entre lo popular como tema y lo popular como contenido, una cosa es hablar de los fenómenos culturales de la industria cultural de forma crítica y otra analizarlos como si se tratara de una revelación inédita. Todos hemos optado por lo segundo, por eso existen libros como Los Simpsons y la filosofía, South Park y la filosofía y por eso tenemos textos que dicen cosas como estas:

Si Homero, Shakespeare, Cervantes, Dickens o Dumas vivieran hoy en día, seguramente serían los creadores de las más exitosas y adictivas series de televisión que hemos disfrutado en las últimas décadas, pues ninguno encontraría una mejor manera de conectar con las grandes audiencias de todo el planeta sus épicas y cautivadoras historias cargadas de valor, drama, suspenso, heroísmo, envidia, comedia, erotismo, coraje, celos, corrupción, horror… La condición humana en todo su esplendor.

Para empezar, ninguno de esos artistas fue cineasta y compararlos con los creadores de televisión queda totalmente fuera de lugar. La comparación hubiera sido más prudente si al menos hubiera citado a Hitchcock, a Lynch o a Kubrick, quienes se mueven en el mismo campo semiótico, el de la imagen. Otra cosa disparatada es que el autor parece ignorar el proceso de producción de una serie: Cervantes escribió solo, sin ayuda de nadie, El Quijote, lo mismo Shakespeare y Dickens y Dostoyevsky, quienes eran capaces de manipular muchos personajes en su obra sin ayuda de un editor, de un productor, sin la ayuda de un guionista, vaya. La literatura es un compromiso individual (que engloba lo social), mientras que la televisión está comprometida con la sociedad, no puede defraudar su gusto, a diferencia de la primera que puede noquear nuestras creencias cuantas veces se le antoje. El arte está siempre un paso más adelante y no hay nada en los medios y en la industria cultural que no tenga un antecedente en las páginas de una buena novela o en una película clásica. Ya Adorno y Horkheimer lo señalaron en su Dialéctica de la Ilustración hace setenta años: “La moralidad de los mass media es la forma barata de los libros antiguos para niños”. Y con esto me parece que explico el comienzo de esta reflexión: cualquier serie de televisión responde a una demanda, apela al consenso de un público consumidor, mientras que la creación artística, como vemos en el caso de Dostoyevsky o de Lynch, implica un riesgo y compromiso ético con la sociedad.

Breaking Bad tiene relevancia solamente dentro de cierto contexto, en este sentido el drama de la televisión norteamericana que alimenta las nuevas exigencias de su público. En un país como México sería ridículo un programa como ese; nosotros tenemos el narco, tenemos las noticias, la calle, el vecino o familiar que vende droga, no nos hace falta humanizar al criminal porque vivimos al lado de él. Nosotros no necesitamos un Walter White porque tenemos a un Chapo, no necesitamos a un Jessee Pinkman porque tenemos a los sicarios adolescentes: son padres, son hijos, son nuestra realidad diaria. No así para los estadounidenses: nadie se espantaría de que un hombre negro se vuelva el kingpin del barrio —de hecho es un estereotipo que se ha tratado inútilmente de derribar en los mass media, mas no así en la realidad social: en Estados Unidos molesta más la imagen en la pantalla de un hombre negro pandillero que la realidad del mismo hombre ahora condenado en la cárcel—, pero la cosa cambia cuando se trata de un hombre blanco, padre de familia y maestro, the good guy.

Otra observación que me gustaría señalar es la siguiente: ¿cómo es posible que los personajes de origen hispano en la serie hablaran tan mal español? Viví en el sur de Nuevo México por casi dos años y he visitado Albuquerque y Santa Fe, sus dos urbes más importantes, un par de veces; he conocido personas de casi todos los pueblos de ese estado, uno de los más pobres en todos los rubros, el educativo, el ingreso per capita y cuenta con uno de los peores servicios de salud en Estados Unidos. La población total de Nuevo México está compuesta por 50% de hispanos de origen mexicano, aunque algunos de ellos, sobre todo en el norte del estado, no se consideran mexicanos sino españoles. Su dialecto ha sido encapsulado por el tiempo porque su acento igual al de España y algunas de sus palabras son tan viejas que datan de la época colonial. La lengua se respira en la arquitectura y en las personas de cada condado de ese estado y sin embargo vemos que esta tradición está muy mal aprovechada en Breaking Bad. Tal vez no haya sido una de las prioridades del creador, Vince Gilligan —quien a final de cuentas es originario de la east coast, de Virginia—, y no podemos culparlo del todo. Lo que hay que reconocer es que la serie ha reactivado la economía de Albuquerque debido a la ola internacional de turistas que llegan a conocer las locaciones en donde sucede la historia. No obstante, este dato es razón suficiente para considerar a Breaking Bad como una serie dirigida para un grupo social que pretende sacudir la consciencia moral de ese grupo en específico.

Sí, me gustó mucho la serie. Soy fan, pero no por esto menos crítico. Vi cada capítulo con fruición y desvelo; goce de la intriga, de la venganza, de la cobardía y osadía de Walt y Jessee. Hubo episodios en que odiaba a la esposa de Walt, Skyler, pero otros en que la comprendía enteramente. Saul Goodman, el abogado corrupto, tal vez fue el personaje más fino y honesto de la historia. No sabría decir si acaso vivimos una tercera época de oro de la televisión, porque hay que recordar que la industria cultural cultiva una memoria precoz. Lo que hay que reconocer es que ha evolucionado más que Hollywood en cuanto a temas e intriga. Por lo pronto, yo ya extraño a cada uno de esos personajes y mis domingos ya no serán lo mismo.

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4 Responses to “Breaking Bad: ¿rompiendo con el estereotipo?”

  1. luis mtz

    creo que se te olvida el origen de todo,y que nadie en sus opiniones a tomado en cuenta,walter tenia el poder por que gano
    un premio NOBEL! y sabia que todo su conocimiento simplemente a esta sociedad no le importa.

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  2. Axel C.

    Aplaudo enormemente tu crítica. Dista mucho de los clichés escritos en estos últimos días.
    Mis domingos tampoco serán los mismos.

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  3. adelapineda@yahoo.com

    En realidad no estoy de acuerdo con el comentario, sobre todo con eso de los lugares comunes de la serie desde nuestra mirada mexicana (porque los narcos son parte de nuestra vida cotidiana) y de que los hispanos no hablen español.
    Lo que hace a Breaking Bad tan excepcional son las sutilezas cinematográficas y narrativas, tal vez de ese viejo tema literario (doctor Jekyll) en el contexto de la cultura norteamericana actual. Esas sutilezas incluyen, respecto al manejo de la cámara, una representación descarnada pero poco espectacular de la violencia, y un manejo tremendamente irónico de las convenciones instauradas por el estilo clásico de Hollywood (sobre todo la comodidad del espectador respecto al punto de vista presentado por esa cámara); respecto a la narrativa, la serie es genial porque al igual que las viejas trama novelísticas decimonónicas, (las publicadas por entregas, como Los misterios de París) presenta personajes que cambian y, por ello, personajes que posibilitan rumbos inesperados para la trama; y aquí no hablo de White, sino de Jesse (el niño cínico y decadente del suburbio que acaba por encontrar fortaleza en sus convicciones) y de la mujer de White (la típica ama de casa que no rompe un plato y acaba por mostrar su profunda mezquindad). Por estas razones, la serie no tiene miramientos con los valores establecidos del consenso norteamericano “politically correct”: esa “culpa liberal”, de la que habla White en el último episodio, o el de la sagrada familia. Me parece bastante irrelevante que los hispanos no hablen bien español. Sin embargo, me parece genial que el director y escritor de la serie hayan sido capaces de presentar las diferencias de clase y raza sin caer en los estereotipos del viejo Hollywood (el feo, el bueno y el malo); por ejemplo: la hispana refinada ilustra la gran extensión de los confines del narco, que imperan, sobre todo, en las buenas conciencias latinoamericanas de la “high class”. Me parece muy acertado que la serie presente la liminalidad de clases en la narco-cultura global; por ejemplo Jesse, un típico “suburban kid”, un “high school drop out”, la oveja negra de una familia burguesa, tal vez judía, encuentra afinidad afectiva con una chicana pobre y su hijo (sin que la serie nos de la concesión hollywoodense de “se casaron y fueron muy felices” para satisfacer nuestra “culpa liberal”). Me parece también muy acertada la crítica que la serie hace a la radicalización de la extrema derecha entre las clases pobres de USA, puesto que hace converger ese sector con la narco-cultura (algo muy atípico en la ideología gringa, porque en las series y filmes, los narcos siempre son mexicanos) . Aquí pienso en los neo-nazis que White victima al final de la serie, White, quien, finalmente, no es tan monstruoso, sino una especie de conciencia irreverente. Como el narrador de La Virgen de los sicarios, White incomoda a las buenas familias norteamericanas con su desparpajo amoral y su perfecta racionalidad. La serie es buena porque revitaliza un viejo género norteamericano, el Western, un género que habla de los mitos de identidad gringos. El final de la serie no deja de evocar el suicidio colectivo de La pandilla salvaje (Peckinpah) o la amistad de Butch Cassidy & the Sundance Kid. Y finalmente como el mismo Francisco Serratos acepta, lo más padre de Breaking Bad es que, como toda buena historia, no nos dejó dormir por mucho tiempo.

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  4. Francisco Serratos

    Hola, quisiera solamente aclarar algunos puntos que creo que no contradicen lo que usted menciona:
    1. Jamás dije que la serie sea un lugar común en México; dije que sería ridículo explorar esas situación porque nuestra realidad es diferente en relación con las drogas
    2. Que no le importe o le parezca irrelevante que en la serie se hable MAL (jamás dije que “no” se habla) español, es lo de menos. Estoy seguro que a millones de hispanos que viven en NM y en EU SÍ les importa. Le puedo presentar a algunas personas.
    3. Seguir comparando la serie con casos literarios, como también dije en el texto, me parece un error de lectura grave. Recurrí a la comparación para explicar la diferencia entre televisión y arte (que a final de cuentas no tienen por qué estar peleados.) Novela: producto de un escritor (cuyo resultado e intención puede cuestionarse); televisión: equipo de trabajadores que producen una mercancía para vender (que esa mercancía sea de mucha calidad es otra cosa).
    4. Jamás dije tampoco que la serie siga lineamientos políticamente correctos. Dije que está dirigida a un sector blanco de la sociedad en EU. Estoy seguro que a un hispano o negro no le impacta en nada que se narre la entrada de un hombre blanco con las características de Walt en el mundo del crimen. Ver Ranciere en este sentido: el realismo como consenso de un grupo social en específico que valida “la realidad” de ese realismo.
    5. La serie no se preocupa por mostrar la narcocultura global, sino en los efectos que esa cultura acarrea en la sociedad norteamericana, en este sentido, el de una familia del suburbio blanco. Todo lo demás es, aunque bien presentado, mero detalle; prueba: no les importó que el español de los personajes de origen hispano (el enemigo de Walt ¡es de Chile!) no hablen bien español.
    6. En cuanto a la crítica de la derecha radical, estoy de acuerdo. Vivo en Arizona y eso se hace sentir grotescamente.
    Saludos y gracias por la lectura.

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