“Mambo”

El siguiente texto es el capítulo cinco de la novela Nuestra Señora de la Sangre (2013) de Ricardo Vigueras. Pueden leer esta entrevista con el autor aquí y por acá está el primer capítulo que publicamos como avance. Está disponible en Amazon y la próxima semana regalaremos dos ejemplares para los que quieren leer más de esta novela negra.


Cuando la edad de las ilusiones se extinguió, la vida fue mambo. En noches como aquella, entrampada su conciencia en el alcohol que llegaba con el crepúsculo, Abdul Alire Khlayel buscaba a ciegas el hilo mental de su propia vida. Ensimismado por el estruendo de la orquesta en la cantina de Irí, intentaba encontrar el momento en que el error o la fatalidad convirtieron su vida en un fatigoso simulacro de supervivencia, en un trasiego penitente de substancias y de destrucción.

Era martes, pero eso no tenía importancia. Podía haber sido lunes, o viernes, era del todo lo mismo. Había cerrado la diminuta fonda alrededor de las siete y se había dirigido directo a la cantina de Irí para tomar unos tragos. Cuando llegaba a esa hora, apenas comenzaban a congregarse algunos parroquianos que sólo buscaban beber un par de cervezas y enseguida se marchaban a casa para cenar, a sentarse junto a la esposa, a conversar con los hijos sobre la escuela y mirar televisión hasta la hora de conciliar el sueño, de reponer fuerzas para una nueva jornada de sumisión.

Mientras los miraba, Abdul Alire Khlayel se decía que este mundo era como una vasta plantación sin alambradas donde casi todos eran esclavos, en apariencia libres de acción, pero no lo suficiente para cambiar su destino: sobreviviendo a duras penas en oficios mal pagados; con las mujeres en casa empapándose de telenovelas y las voces roncas de tanto pedirle a vírgenes sordas el milagro de llegar a fin de mes; esclavos cuyo único hálito de libertad era, muy de tiempo en tiempo, el fragor húmedo entre el boscaje de unas piernas nuevas donde sacudir —vientre contra vientre y con torpeza, como al azotar una vieja alfombra para sacudir el polvo— un detritus de virutas de sueños y astillas de galeones hundidos. Te aseguran, se repetía Abdul, que puedes ir adonde quieras, levantar una existencia a tu medida, viajar y probar fortuna; pero es falso, porque la esclavitud lo abarca todo, lo comprende todo, acorrala a los seres humanos y los vuelve suyos en la encrucijada de sus necesidades, debilidades y vicios.

Recordaba Abdul que, mientras se es joven, se piensa que el tiempo es una estancia infinita; pero un día el tiempo se agota, y con él las ilusiones. Cuando casi todo el tiempo ha transcurrido, un hombre tiene canas y los sueños de la juventud son como vidrios de botellas rotas, y entonces se da cuenta de que tiene frío, una especie de frío interior que nada puede abrigar, un frío de vida que al instalarse en el centro del alma ya no se marcha nunca.

Alrededor de las nueve, Abdul había desestimado las cervezas y consumía brandy nacional acompañado de unos cigarrillos de marca popular. Los primeros clientes, algunos más pintorescos que otros, comenzaban a llegar dispuestos para el baile. A esa hora Abdul ya había ocupado la mesa donde siempre se sentaba y desde la cual visionaba toda la pista. Los músicos, cuatro vividores con veinticinco años en cada pata, se habían  posicionado en sus puestos de combate, y las primeras mujeres de la noche, desvalidas y seráficas, emprendían sus labores saturninas. Ellas lo conocían, sabían que no merecía la pena acercársele a menos que él no tomase la iniciativa.

Abdul Alire Khlayel bebía mientras consumía cigarrillo tras cigarrillo, y en las volutas de humo barato se disolvía su tiempo noche a noche. Aquella vez recordaba al viejo Mosa, el curandero de las barriadas del fin de su ciudad, un anciano todavía vigoroso que hacía vida solitaria en una casucha destartalada. Su nariz hinchada le habría dado un aspecto cómico a cualquier otra persona, pero no al viejo Mosa. Aquella deformidad retorcida y rojiza bajo sus punzantes ojos grises y la barba hirsuta alrededor de la desdentada boca causaban en los habitantes de las barriadas una inquietud notoria. Abdul había acudido una tarde a consultarle su futuro. Eran los tiempos de la militancia política, de los sueños juveniles de contestación, de los meandros de la izquierda y de todo aquello que ahora sabía tan olvidado. Incluso Abdul había soñado con cambiar, si no el mundo, sí el suyo propio, ese de miseria y cobardía que le rodeaba. Recordó que, con aquella ingenuidad de la juventud  tan proclive al ensueño sobre uno mismo, visitó al viejo Mosa en su propia casa, le entregó un magro estipendio y compartió con él una copa de aguardiente y los fragmentos de una conversación donde había sido cercenada la cordura. El viejo Mosa tomó su mano mientras mascullaba conceptos ininteligibles y examinaba las líneas de la palma a la luz vespertina de un solitario ventanuco cuando comenzó a reír. Primero poco a poco, como si tirase de aquel futuro como del hilo de una caña de pescar aguardando la sabrosa pieza, y al final, con las cejas arqueadas y un estertor compulsivo, como si hubiese descubierto que, prendido al anzuelo, sólo había una bota vieja llena de barro y caracolas rotas. Asustado, el joven Abdul liberó su mano y abandonó con miedo y asco la chabola del viejo loco con objeto de reencontrarse con su alto destino. Ahora, en la cárdena burbuja de la cantina de Irí, rodeado de hombres y mujeres empapados en sudor, Abdul sabía que el viejo Mosa se había burlado de él al descubrirle tras lomita de los años. Ahora, cuando ya era tarde, tenía muy claro que hubiese debido reprimir su orgullo y prestar atención a los signos, a los ecos del futuro. Sin embargo, fue a contárselo a Queta.

No la recordaba con mucha frecuencia, eso era cierto. No lo hacía como hábito constante, pero cuando Abdul Alire Khlayel decidía que entonces sí, desempolvaba el recuerdo de Enriqueta y gozaba cada centímetro de aquella nostalgia provocada. Enriqueta. Queta. Quince años la última vez que la vio: el pecho redondo y firme, los labios carnosos, su amor frutal perfumándolo todo. Su pelo, una cascada morena; su cuerpo querendón y adolescente se transformaba por puro amor en relicario de su simiente bronca. Cuántos besos y amapuches durante las escondidas en el patio de casa de sus padres, mientras las nubes hurtaban a la luna su protagonismo; cuántos poemas y canciones en reuniones clandestinas donde a todos se les llenaba la boca de consignas y de jeroglíficos. Queta con la que iba a cambiar el mundo. Abdul Alire Khlayel la recordaba sólo de vez en cuando, y entonces se entregaba a su recuerdo con fruición, y a veces, incluso, a él, hombre estriado y reseco por la vida, lo agredía en los ojos como un resabio de lágrimas.

doc0002Quince años tenía la última vez que se miró en sus ojos. Había llegado hasta ella corriendo como un forajido, con la lengua fuera y lleno de heridas, y en el oscuro jardín frente a su casa le rogó que lo abandonase todo y se marchara con él. En la penumbra llena de humo de la cantina de Irí, Abdul Alire Khlayel sonrió comprensivo cuando volvió a recordar aquellos ojos, el miedo a lo desconocido en un fulgor, impreciso y débil, que duró sólo un instante, el abatimiento temeroso de sus hombros que no soportarían semejante carga, y la voz de la autoridad paterna llamándola desde el interior del hogar. Abdul Alire Khlayel bebió un poco más de brandy, y entonces, con el efluvio de aquel licor se confundió el aroma de Queta al abrazarla por última vez, antes de desandar el camino que conducía a su casa sin querer mirar atrás. Durante un pastoso amanecer hacía un par de meses, creyó abotargado por el alcohol distinguir aquel mismo perfume en la estancia donde dormía: aroma salino y terroso de hembra joven.

Y la cantina de Irí, tan llena a las once como todos los martes —pero el día no tenía importancia, podía haber sido lunes, o viernes—, lucía una pista iluminada con resplandores rojos donde las parejas hacían girar el planeta bajo sus pies. Se rió por lo bajo al distinguir a un hombre mientras se acercaba a una fichera que se había quedado dormida en su silla. La rudeza con que la despertó, al aferrarse a su cintura para sacarla al baile, la hizo gritar del susto. No era sino por el efecto del humo y de la iluminación, cárdena y furiosa, que Abdul Alire Khlayel esperaba cada noche que uno de los muros de la cantina se desmoronase para permitir que se abrieran allí mismo las puertas del Infierno.

Entonces la distinguió sentada frente a una de las pequeñas mesas. Al principio le recordó a Yadira, por eso se la quedó viendo, pero al acercarse se percató de su error. Ella lo esperaba, aunque no a él con certeza, sino a uno cualquiera, y en ese momento, difuminada su voluntad por el alcohol, ya no tuvo el valor de dar marcha atrás y regresar a su silla, a su mesa y sus recuerdos. De una remota distancia, de una profunda oquedad femenil, le llegó entonces su voz entrenada:

  —¿Te me vas a quedar mirando sin invitarme a una copa?

Abdul Alire Khlayel asintió con torpeza y se dirigió con pesadez hacia la barra, donde el barman le sirvió el refresco de menta que ella había pedido. Cuando regresó, hablaron hasta que Abdul sintió que deseaba bailar con ella, y entonces bailaron, y recordó cuánto tiempo hacía que no pasaba la noche con otra mujer que no fuera aquella pobre Esperanza, y entonces sintió el encabritado galope del deseo en sus venas.

Abandonaron la cantina de Irí con destino a un hostal cercano. Él la traía asida por la cintura y ella jugaba, coqueta, a esquivar sus besos cuando una sombra se interpuso frente a ellos con una pistola. A la muchacha no le costó zafarse del borracho mientras la sombra adquiría relieves sólidos.

Al sentir el primer golpe, Abdul Alire Khlayel comenzó a proferir toda clase de insultos que fueron acallados por dos culatazos simples en la sien. Al recobrar la conciencia, con un costado de la camisa empapado en sangre, tenía todas las estrellas de Puntaloba clavadas en su cerebro. Desorientado, esquivando los coches mientras cruzaba las oscuras calles, no pudo alcanzar su casa hasta las tres de la madrugada.

Llegó tambaleante y pesado, apestando a alcohol y a sudor y a humo de cigarro. Se plantó en el pequeño recibidor con las ideas temblorosas como las hojas de un olmo azotado por el viento. Extrajo de un mueble una botella de aguardiente y se sirvió un vaso antes de sentarse frente a la tosca mesa de madera hinchada por el tiempo. A pesar del dolor de su cabeza, a pesar de la molesta humedad de la sangre, todavía podía sentir una carga de antojo y resentimiento entre sus piernas, y recordó a la harpía de la cantina de Irí. Tropezando con los muebles y volcando alguna que otra silla, consiguió llegar hasta la habitación de Yadira, oprimió el pomo de la puerta y la abrió con lentitud. Dentro, y a través de la ventana, la luna desparramaba toda su leche sobre el cuerpo de Yadira cuando abrió los ojos como si ella, y no su madre, hubiese pasado la noche esperándolo.

—¿Qué viniste a buscar, Abdul? —preguntó con recelo al verlo, antes de cubrirse con la sábana y voltear hacia el pequeño despertador de mesilla— ¿Qué no sabes qué hora es?

No pudo decir más. La mano izquierda cayó sobre su boca como una ventosa que se aprestó a enmudecer todo sonido, mientras la mano derecha comenzó sudorosa a recorrer su cuerpo achocolatado hasta quedar hundida entre las piernas. Yadira se agitó bajo el peso enorme de Abdul, y sin dejarle proferir ni un solo gemido, él la agarró del cuello y comenzó a oprimírselo cada vez más, para asfixiarla y hacerle perder el conocimiento, confiado como estaba en lograrlo sin ahogarla. Durante el forcejeo, la herida en la sien se abrió de nuevo y el sudor del hombre entremezclado con sangre tejió para Yadira una túnica traslúcida y obscena hasta que Abdul sintió una punzada profunda y cortante en la espalda. Fue una, y enseguida gimió sin saber a qué se debía. Miró por encima del hombro, y entonces llegó una segunda punzada, y luego otra, y otra más, y la mano izquierda abandonó el cuello de Yadira para buscar apoyo sobre el colchón, pero fue en vano. Los ojos se le nublaron cuando un chorro de sangre brotó de su boca, se derrumbó sobre el rostro de Yadira y sus labios buscaron quizá el beso del fin; pero entonces ya no estaba allí mismo, sino que había regresado al chiribitil del viejo Mosa, del viejo Mosa que se reía con insistencia de su destino. Se le vino a la poca conciencia que le quedaba una representación tabernaria y banal para un momento tan significativo. Como fichas de dominó que hacen caer la primera a la segunda hasta derrumbar toda la hilera, así vio pasar su tiempo dentro de sus ojos mientras escuchaba la risa del viejo Mosa, el tiempo que cruzaba dilatando su pupila en forma de fichas de dominó, y en cada ficha que se derrumbaba sobre otra había una cara de alguien conocido, o había un recuerdo o un lugar, y esa ficha tiraba a la siguiente, y ésta a la otra, y mientras su tiempo se derrumbaba sin dilación ni piedad, sintió alegría o dolor ante los rostros y paisajes que captaba su conciencia, desmoronándose con velocidad implacable hasta que, al fin, la última ficha cayó casi sin sonido, dulce, acompasada con el desplome de sus párpados. Quizá lo supo, o no lo supo entonces, pero como quiera que fuese, para Abdul Alire Khlayel su tiempo había terminado.

Ricardo Vigueras

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2 Responses to ““Mambo””

  1. Marga

    ¡Maravilloso capítulo!, y es mucho mejor leído por el propio autor.

    Responder

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