Sexo al medio día

No hay nada en el refrigerador, salvo leche y una bolsa de cereal. Ya sé que el cereal no se refrigera. Tampoco hay nada en la alacena, quizá dos latas de atún en aceite, pero si quieres comer ahí hay pepitas de girasol con sal o nueces. Ya sé que te las comes todas de un jalón, pero déjame tantitas, son la colación que me tengo qué comer a media tarde de acuerdo a la dieta de la luna.

Tampoco he lavado la ropa. Es que me da flojera bajar la lavadora y luego subirla a su lugar. Te lo dije cuando rentamos este departamento, que iba a ser una lata subir y bajar, subir y bajar. Además, no sé, me da no sé qué andar lavando el piso del baño, debimos de haber rentado un depa con zotehuela.

Ah, es verdad. Tampoco tendí la cama. Es que todas las noches la destendemos, es una lucha que he dado por perdida. No te enojes, ni hagas esa cara, antes de irte a trabajar podrías tenderla tú. Ya sé que me dirás, que no lo haces porque estoy dormida, pero si tuvieras la intención, ya sabes, me darías un beso, me hablarías bonito, quizá hasta me darían ganas de levantarme.

Ni siquiera se te ocurra voltear al armario. No he levantado la ropa, ni acomodado los zapatos, como te dije que lo haría. ¿Qué quieres que te diga? No tengo nada qué decir, pero mira, si cierras bien las puertas, ni se ve el regadero, ni dejas salir a los mosquitos para que no te piquen en la noche, acuérdate el otro día cuando no pudiste dormir y te levantaste en la madrugada a matar moscos sin éxito.

De las sillas, ni hablar. No las mandé arreglar porque te pedí que me dieras el teléfono del señor ese que dices que arregla sillas, pero, lo único que hiciste es darme tu teléfono móvil y yo me pierdo entre tantas aplicaciones. Además, nunca estás, ¿cómo para qué quieres arreglar unas sillas que nunca usas? Me parece que quieres pelear sin razón alguna.

Ya, ya te vi, ¡pero si te estoy viendo ahora mismo! Lo de siempre, oye, te quitas la chamarra, haces que no pasa nada, enciendes tu computadora —que tampoco has limpiado, no soy la única que no hace lo que dice que va a hacer—, te preparas café, te pones a escuchar música y haces como que tienes qué terminar no sé qué de tu novela. Ni digas que no, que por eso te has detenido y ahora estás sentado ahí, moviendo tus dedos inquietos para que deje de analizarte.

Y hablando de café. ¿Has notado que la casa está inclinada? La cafetera siempre se chorrea. Estuve viéndola en la mañana que te estabas bañando. No tiene nada, está bien, es la casa que está inclinada hacia la derecha y se cae el agua. El asunto acá es que no te fijas, ni te importa. Nada más sirves el café, lo echas al termo, haces como que limpias y te vas sin despedirte. Al principio creí que era porque no querías que te riñera, que reclamara que descompusiste la cafetera que me regaló Paola, pero ya descubrí que es más bien que te viene valiendo madre.

Ahora, que si lo que quieres es hablar, hablemos de la taza del baño. ¿Cuándo fue la última vez que tú la lavaste? Ah, pues yo sí me acuerdo. Nunca. Porque si a lavar te refieres a nada más pasar por encimita el cepillo sin echarle cloro, ni jabón y dejar que actúe el destapacaños y arrancasarro, pues no, que te lo digo ahora y para siempre. Eso no es lavar.

También hablemos de la basura, ¿Has visto que se separa? Porque para que te lo sepas, van varias veces que los del camión de la basura me ven feo porque la mezclamos. Sí, te lo digo porque ha pasado, si no me crees es tu problema. No tengo qué andar inventando pretextos para no hacer las cosas. Y ahora que lo menciono, ya sé, ya sé que tú crees que no busco trabajo, pero, ¿qué hago? Yo no tengo la culpa de que en este país las filólogas no seamos bien valoradas. Yo se los pongo: titulada, doctorada, leída, culta, administradora de una casa y nada.  No me vayas a echar la culpa a mí, que mucho hago con estar todo el día en esta casa, esperando que llegues, yendo a comprarte la comida que no te comes y yo termino comiendo como sobras al otro día. Mucho hago en acomodar los libros, lo has visto, por tamaño, por color, por tipografía, por género, por autor, por tema, por peso para que no se caigan con la inclinación de la casa. Acomodo los papeles, tu pasaporte, el mío, actas de nacimiento, papeles importantes, todo en orden, por alfabeto, por tamaño, con tu nombre, con el mío. Nunca sabemos cuándo habrá un terremoto y tengamos que salir corriendo con esa mochila que he puesto en medio de la sala de estar. No me ocuparé de las grandes cosas, pero de lo importante sí, te digo que sí, eres tú el que no atiende a mis necesidades, a mis formas, por quedar bien, por la relación, pues…

Como ahora, que vienes sin avisar, sin mandar un mensaje o una llamada, de mínimo una llamada, un tuit —porque tengo activada la alarma para cuando me lleguen tuits— para decir que vienes y no me encuentres en estas condiciones. Que sí, que lo acepto, que le estoy haciendo sexo oral a mediodía a alguien que no eres tú, pero, qué te digo, tú no avisaste y además, como te lo acabo de decir, hay mucho de qué hablar.

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8 Responses to “Sexo al medio día”

  1. Ángel Fierro

    ¡Caray! El engaño es tremendamente insólito, yo pensando en un desenlace muy muy violento y resultó ser una bofetada de un claro cinismo sin arrepentimiento ni culpa.

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  2. Odette Alonso

    Me río, me pongo seria y me vuelvo a reír… ¡Que hay prioridades!

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  3. omarvelz

    Yo pensando que ha estos dos los mantenía unidos el sexo y vaya final… me ha gustado.

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  4. Rodrigo Ciprián

    ¿No puedes encontrar un teléfono de un señor pero sí puedes poner alarma para tuits? ¡Qué conveniente analfabetismo tecnológico! 😛

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