La frontera violenta de James Carlos Blake

No hace mucho, en una librería española, descubrí una novela gráfica (no entraremos en disquisiciones sobre el término) que llamó mi atención: Los amigos de Pancho Villa, de Léonard Chemineau y James Carlos Blake. Me gustó la portada: la archiconocida Catrina charra fumaba un largo y grueso habano. Resultaba enormemente atractiva, y no por las conocidas razones por las que agradaría a los fanáticos del lobby anti-tabaco, sino por sus indudables virtudes plásticas. Interesado como estoy en la proyección de México en el extranjero, comencé a hojear el volumen y me gustaron los dibujos (recordemos que la historieta primero cautiva por la imagen, pero sólo se reafirma como arte por su escritura). Pronto descubrí que el artista gráfico era el joven talento francés Chemineau (nacido en 1982), y el autor de la novela (que no del guión ni de la adaptación al cómic) un para mí desconocido James Carlos Blake, de quien se afirmaba en la solapa haber nacido en 1947 en Tampico, crecido en el norte de México, y haber escrito, sobre los episodios más oscuros de la historia de este país, novelas por las cuales ha sido aclamado por la crítica de Estados Unidos. Nunca había oído hablar sobre este interesante autor nacido en México, pero mi curiosidad infatigable, y el buen trabajo gráfico de Chemineau, me impulsaron a comprar el volumen.

Carlos Blake es más fronterizo que ninguno, ya que sus temáticas se hunden en la mitología de la frontera y sus historias realzan cuanto de territorio mestizo y bastardo tiene la frontera

Pocos episodios de la historia de México fascinan tanto en Europa como la Revolución. Quizá, y a tenor de tiempos recientes, sólo el contexto de la llamada narco-cultura ha devuelto a México a los territorios del espacio mítico: tenemos derivados novelísticos (2666, de Roberto Bolaño, sobre los feminicidios; la novela de Élmer Mendoza), crónica periodística (Huesos en el desierto, de Sergio González Rodríguez; Juárez bajo la sombra del narcotráfico, de Judith Torrea), películas (El infierno, de Luis Estrada) y series de televisión (Breaking Bad, de Vince Gilligan). Estos acontecimientos han calado tan hondo en el imaginario colectivo mundial como la Revolución Mexicana, con sus personajes titánicos como Pancho Villa y Emiliano Zapata, líderes de una revolución inconclusa como todas y pronto manipulada oficialmente por gobiernos sucesivos. Incluso la llamada “conquista” de México, tan propicia para la fantasía novelesca de todos los tiempos, palidece ante esta recreación de la realidad: recordemos la novela La hija de Moctezuma, de Rider Haggard, en 1893; un cómic como Quetzalcóatl, de Mitton; películas como La otra conquista (Salvador Carrasco, 1998), y hasta herencias del terror mexicano de serie Z como La momia azteca (Ramón Gay, 1957), todas estas aportaciones se minimizan ante el cataclismo de la moderna narco-cultura y la evocación del pasado mítico de la frontera entre México y Estados Unidos. La Revolución Mexicana es mítica por sí misma y también por constituir el último episodio del espacio y tiempo míticos por excelencia del mundo moderno: la mitología del western. Tenemos, pues, que la conflictiva frontera entre México y Estados Unidos, ese territorio político y cultural un tanto fantasmagórico que muchos llaman Mexamérica, es un espacio mítico en sí mismo que ha generado y genera una mitología consistente.

Desde este punto de vista, Los amigos de Pancho Villa, que fue en principio una novela de James Carlos Blake publicada en Estados Unidos por la editorial Berkley en 1996, viene a adscribirse a una larga tradición de cómic europeo, y más en concreto bande desinée francesa, que transcurre en el espacio de la frontera y en el tiempo concreto de la Revolución. No es la única industria europea que ha prestado atención a este periodo, pues en Italia y en España hay también ejemplos representativos a lo largo de una multitud de westerns de diversa factura. En Francia, volviendo al ejemplo de la bande dessinée, tenemos como gran clásico Los gringos, escrita por Jean-Michel Charlier y dibujada por el español Víctor de la Fuente, quienes, a lo largo de seis álbumes publicados entre 1979 y 1996, abarcaron la Revolución mexicana con abundante documentación gráfica sobre el periodo. En tiempos más recientes, como curiosidad que mezcla la mitología prehispánica con la Revolución, podría citar Le sixième soleil (escrita por Laurent Möenard y dibujada por Nicolas Otéro, 2008-2011), trilogía cuyo segundo álbum dedica a Villa su título y su portada, Viva Pancho Villa! Además, los títulos aislados sobre México son abundantes, pero he querido consignar aquí dos colecciones representativas. Por supuesto, no cito aquellas otras obras en que la Revolución aparece de manera tangencial o como simple telón de fondo, que son una multitud de títulos debido al éxito que el western todavía tiene en Europa.

Animado por la lectura de esta adaptación de Los amigos…, quise saltar a la producción literaria de Blake, pero descubrí que no hay prácticamente nada traducido a nuestro idioma, salvo su obra más importante, In the Rogue Blood, que en 2003 fue publicada por Ediciones B con el título de Sangre maldita. Debió pasar sin pena ni gloria porque, diez años después, nada más ha sido vertido de James Carlos Blake a nuestro idioma. Y es una pena. James Carlos Blake, desconocido prácticamente a este lado del Río Bravo (y desconocido del otro lado del charco atlántico) es uno de los escritores más interesantes vinculados con la frontera entre México y Estados Unidos. Llamada Mexamérica por algunos, la frontera no es una línea, sino un ancho cinturón donde dos culturas se funden y se explican una en contradicción con la otra. James Carlos Blake es, en mayor medida que otros novelistas de un lado y de otro, un hombre que encarna en sí mismo los conceptos de frontera y, en concreto, los vagos fantasmas de esta frontera que la vuelven espacio encantado y territorio mítico, como bien expresa él mismo en el primer relato, el más autobiográfico, de su libro Borderlands (p. 2):

“A lo largo de esta frontera las afueras de dos países se juntan para formar una provincia culturalmente soberana. Es un región casi totalmente desierta, inhóspita y privada de sombra, escasa en piedad, y, salvo unas cuantas y, en general, diseminadas excepciones,  pobremente habitada. Desde los matorrales del Sur de Texas y Coahuila y las salvajes depresiones y cordilleras del Big Bend y Chihuahua, hasta las dunas del desierto de Arizona y Sonora, su gente es, en su mayor parte, de una naturaleza menos del todo mexicana o americana que una amalgama de ambas, una naturaleza tan marcada, remota y aislada como los mismos límites fronterizos.”

Hijo de mexicanos (él, ingeniero civil y ella ama de casa) y nacido en Tampico en 1947, es, a pesar de sus orígenes, un escritor norteamericano, pues escribe en inglés y su producción se dirige en primera instancia hacia el mercado norteamericano. Si bien su primer idioma fue el español, así como sus años de educación primaria transcurrieron en México, durante su adolescencia ya está asentado con su familia en Brownsville, Texas, estado de donde él realmente se considera oriundo. James Carlos Blake es, por tales razones, un ejemplo de simbiosis entre lo mexicano y lo norteamericano donde, a pesar de la obstinación en negarse durante su adolescencia, acaba por predominar la cultura anglosajona sobre la mexicana. Esta es principalmente, creo yo, la razón de su desconocimiento en México y en el mundo hispanoamericano: no pertenece a lo que en el mundo latinoamericano se considera, desde criterios nacionalistas de estimación de la literatura, un “intelectual de la frontera”. Sin embargo, es más fronterizo que ninguno, ya que sus temáticas se hunden en la mitología de la frontera y sus historias realzan cuanto de territorio mestizo y bastardo tiene la frontera, como él afirma en el ya citado primer relato de Borderlands (p. 17):

“Llegué a entender que una frontera es tanto una región del espíritu como un sitio físico, que algunos de nosotros nacimos en ella, llegamos a conocerla bien en la niñez, y a partir de entonces la hemos habitado para siempre, no importa dónde nos encontremos en el mapa. Llegué a entender que, aunque difícilmente carezca de vínculos con el mundo, siempre siento lo contrario”.

Borderlands compone una miscelánea de su obra breve publicada en revistas en Estados Unidos. La mayoría de los relatos plantea las problemáticas de la moderna frontera, la cual acusa los conflictos de varios siglos y presenta la característica fundamental de la obra de Blake y de la vida en estos territorios, tanto ayer como hoy: la violencia. El relato más extenso es una nouvelle de gran emotividad titulada Texas Woman Blues, que cierra el volumen como obra maestra del mismo. Constituye no sólo el final de un volumen atractivo y de extensión y temáticas variadas, sino una pequeña obra maestra de la literatura fronteriza por su fatum trágico y el intimismo con que se desarrolla.

La gran temática, la gran pulsión interna de James Carlos Blake, es la violencia, que para él es inherente a las personas, inherente a la vida en la frontera. Como otros autores del otro lado del Bravo, como Eduardo Antonio Parra (pero con otras temáticas, tendencias e influencias literarias), la frontera fascina a Blake por constituirse en gran escenario de las pasiones, mezquindades, ambiciones del Animal Humano. Como escenario mítico que es de ayer y hoy, es el escenario ideal para levantar un teatro de carácter naturalista, pesimista en cuanto a los grandes logros morales del hombre. Así se expresaba en una entrevista concedida a Stayton Bonner en 2012:

“La violencia es la verdad más elemental de la vida. Es la diseñadora principal de la historia, la que determina que A o B van a elegir su camino. Cuando se la empuja al límite —tanto como haga falta— todas las consideraciones morales saltan por la ventana y todo se reduce a ver quién será el último en quedar en pie. La idea de que hemos realizado un gran progreso moral, que la especie es ahora menos violenta, está en contradicción con nuestra enorme capacidad de destrucción, nuestro poderío militar, fuerzas policíacas tan bien armadas como soldados. Si no estuviera detrás la amenaza de una fuerza tan violenta, ninguna ley tendría sentido. Yo prefiero las historias que nos recuerdan eso”.

En once novelas publicadas hasta ahora ―entre las que destacan The Pistoleer (1995), The Friends of Pancho Villa (1996) y In the Rogue Blood (1997)― sólo una transcurre en nuestros días, y es muy reciente: Country of the Bad Wolfes, publicada en El Paso en 2012 por Cinco Puntos Press. Hasta ahora, el gran escenario épico de James Carlos Blake ha sido el pasado mítico de la frontera, en particular aquel que se vincula con el universo del western, que es la particular llanura troyana desarrollada durante el siglo XX como gran fenómeno mitológico construido a partir del cine y, según André Bazin, importante teórico francés del medio siglo XX e impulsor de la teoría de los autores, el género cinematográfico por excelencia. En esto, Blake no tiene correspondencia del otro lado del río. Desde luego, donde el Grande se vuelve Bravo, no existen cultores que, con recurrencia y ―lo que es más importante― solvencia literaria, recreen el universo del western en la literatura. Porque, como bien sabe cualquiera que haya transitado un poco por el cine clásico mexicano de los 60 y 70, existió también un western mexicano que asoma de vez en cuando por canales de cable. El western no interesa hoy en México, no interesa sobre todo en la cercanía del Río Bravo, es visto como subgénero populachero, prejuicio que redunda en el olvido de numerosas historietas mexicanas que desarrollaron las características propias de lo que podríamos llamar western mexicano, historietas como Águila solitaria, hoy profundamente olvidadas, no sólo como obras de arte (arte discutible, si se quiere, pero arte pop), sino desde un punto de vista sociológico. Esto demuestra una enajenación cultural sin parangón, creo, en el resto del mundo, donde la historieta ha ascendido a los altares de la cultura como Noveno Arte y es intensamente estudiada.

Una pequeña investigación por la reciente literatura norteamericana de género arroja la sorpresa de que el western no ha sido olvidado. Si bien no goza de la popularidad masiva que tuvo durante la primera mitad del siglo XX, siguen publicándose novelas nuevas en la estela de aquellos legendarios Zane Grey, James O. Curwood, Louis L’Amour, Ernest Haycox y otros. El escenario temporal favorito de Blake es el del tiempo mítico del western, donde nuestro autor nacido en Tampico abreba de cierta tradición “dura” o “desmitificadora” que nace en literatura a partir de la segunda mitad del siglo XX de la mano de autores como Elmore Leonard (fallecido en recientes días), del cine de Budd Boetticher y epígonos de éste como Sam Peckinpah, Sergio Leone y otros, incluyendo, por qué no, al padre John Ford, que supo a lo largo de su carrera, si no reconvertirse en cuanto a propuestas estéticas, sí ahondar en la complejidad pictórica, sentimental y filosófica de un género que él contribuyó a sacar de los cines de barrio con Stagecoach (1939).

En esta línea, la obra más celebrada de Blake es In the Rogue Blood (traducida al español, ya dijimos, como Sangre maldita), ganadora del premio Los Angeles Times Book Prize. Celebrada, digo, ya que esta novela ha sido comparada por la crítica norteamericana con Meridiano de sangre (Blood Meridian, 1985), de Cormac McCarthy, título que, a mi entender, es la gran catedral novelística de la frontera como tiempo y espacio mítico de la segunda mitad del siglo XX. Una obra sin parangón, de un barroquismo absolutamente gongorino en cuanto a figuras poéticas e imágenes literarias, que nos narra la incursión de un grupo de perdedores del Ejército Confederado en territorio mexicano pagados por el gobernador de Chihuahua Ángel Trías para asesinar apaches. Argumento, por cierto, basado en hechos históricos. La comparación de In the Rogue Blood con Blood Meridian resulta acertada desde el título (se incide en la importancia, no baladí, de la sangre) y, por supuesto, son muy similares desde el punto de vista de la violencia, pues cabría hablar de una “épica de la sangre” en la línea del canto XXII de la Odisea y de Peckinpah antes que en la estela de los circenses Sergio Leone o Quentin Tarantino. Una variante de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, y su adaptación cinematográfica Apocalypse Now, la cual quizá estuviera más presente en la memoria sentimental de McCarthy, un gran escritor que extrae buena parte de su grandeza en saber mezclar con sabiduría y exquisito temple literario las características de la novela de género de su país (la novela negra en Hijo de hombre; la novela del oeste en Blood Meridian; la ciencia-ficción en La carretera…) con las técnicas literarias más sofisticadas de la “alta cocina literaria”.

In the Rogue Blood es la historia de dos hermanos, Edward y John Little, hijos de una familia marcada por el desarraigo y la descomposición moral que vomitará, una vez destruida a sí misma, a estos dos caballeros andantes de la oscuridad por un territorio violento, sucio y fantasmal escribiendo su propio destino. Dividida en siete partes de capítulos breves e intensos, donde la lengua de Blake se expresa con rudeza y plasticidad, prolongan el universo nihilista de Meridiano de sangre. Ambas novelas tienen en común la violencia como máximo grado de expresión de la humanidad en el entorno de la frontera, pero el estilo de Blake no alcanza el delirio poético de McCarthy. El mismo Blake fue interpelado por su familiaridad con la obra de McCarthy, de quien reconoció no haber leído Meridiano de sangre hasta llevar muy avanzada su propia novela. Pueden parecer hermanos de letras, espíritus afines que apuntan a los elementos míticos de la frontera, que reconocen los “mitemas” correspondientes (mitemas en el sentido de Levi-Strauss: unidades mínimas de contenido mítico) como parte de una lectura de ciclos míticos que arrojan coincidencias morales, éticas y argumentales: mitemas que recorren todas las fabulaciones que han surgido a propósito de esta frontera.

Es muy posible que muchos intelectuales mexicanos abominen de este “perjuro” que resulta ser James Carlos Blake, un mexicano “renegado” que obtuvo la nacionalidad estadounidense el mismo día en que J.F. Kennedy tomó posesión de su cargo. Quizá esta pueda ser una razón para el desconocimiento que existe sobre su obra. James Carlos Blake es un autor muy interesante, no sólo por su buen pulso literario, sino porque demuestra que la frontera entre México y Estados Unidos, esa Mexamérica antes mencionada, es un espacio no sólo real, sino simbólico, que arroja productos tan diversos como puedan serlo los habitantes de la misma, pero siempre incidiendo en el imaginario fronterizo: chicanos que intentan recuperar su idioma y sus tradiciones, que escriben tanto en inglés como en español, norteamericanos que escriben en inglés, mexicanos que escriben en español, mexicanos de origen que escriben en inglés, e incluso (rizando un rizo beckettiano, pero sólo en el ámbito de la universidad) norteamericanos que escriben en español. Por no hablar de los “turistas” de la literatura mexamericana que han contribuido con su obra a retratar la frontera en inglés o español (Jack Kerouac, Howard Fast, Roberto Bolaño, etc.).

Entre tanta confusión sólo puede apuntarse una verdad: no existe, no puede existir un canon monolítico de la literatura fronteriza porque la realidad fronteriza está siempre en continuo estado de transición y de reinvención, pero siempre recreando un mismo universo épico y argumental con señas de identidad que proceden, al menos, desde los tiempos del tratado de Guadalupe Hidalgo. La literatura fronteriza, desvinculada de centros de poder donde se dicta qué debe ser la literatura mexicana o la literatura norteamericana, es, como bien realza Carlos Blake en sus textos tanto como en sus opiniones, una realidad supranacional y supracultural donde no sólo casi todo cabe, sino donde todo puede caber en este mismo presente o en el futuro. Es a partir del campo de la literatura comparada, que atiende antes a temáticas que a épocas o nacionalismos, donde la literatura fronteriza debe ser interpretada.

Ricardo Vigueras

(Para ver los demás artículos de Ricardo Vigueras, clic aquí.)

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