El lenguaje del rayo: un acercamiento a la poética de Ramsés Salanueva

George Steiner afirma en Los logócratas que el hombre no es dueño del lenguaje, sino sólo su sirviente. Esto cobra sentido si, como dicen las Escrituras, el Verbo se hizo hombre. El lenguaje, como todos saben, lo mismo se liga a los más rudimentarios actos de la expresión que a lo sublime y, en ese camino trazado, la extrañeza y la revelación en su sentido más místico pueden emerger de distintas formas. La poesía, el discurso metafísico y el religioso no resultan del gobierno del lenguaje, sino, como lo menciona Steiner, de una “servidumbre privilegiada; de la infrecuente capacidad que poseen el rapsoda, el pensador o el visionario de ‘oír lo que dice el lenguaje’”.

Una prueba de lo anterior se verifica en el hecho de que al poeta “le lleguen” —por inspiración o ardua labor— las palabras con una incandescente exactitud, similar a la que se experimenta “cuando una palabra olvidada, buscada por mucho tiempo, ‘centellea’ en el umbral de la conciencia”, según Steiner.

No es el poeta el que habla: el poeta es hablado, le es dada una revelación que no ha sido buscada. De ahí que poetas como Ramsés Salanueva (1972) puedan ser considerados “voceros de lo divino”, una labor opuesta a la que ejerce como periodista.

El hecho de que Salanueva no haya publicado libros no significa que no los tenga inéditos, tal es el caso del Libro de agua, Poemas y sonetos de extremaunción y el Cuaderno para estudiar el viaje, que trata sobre su visita a Oslo, Noruega, hasta donde llegó siguiendo los pasos de su conterráneo Efrén Rebolledo, cuyo festival en su honor ha organizado al menos en seis ocasiones.

Siendo adolescente, presenció el suicidio de un querido amigo. Este hecho lo marcaría. Desde entonces carga con un fardo. La melancolía, como una bruma, suele colarse por los recovecos de sus letras mientras canta a la vida y a la muerte. Quienes lo han leído y lo conocen saben que en torno a él orbita un aura de poeta maldito y de excesos que alimentaron la leyenda del enfant terrible del pueblo, y de la que no pretendo ocuparme.

En La conjetura de la tarde (Pachuco Press, 2012), el lector asiste a las mudanzas terrenales, mutaciones y asentamientos interiores: el itinerario de un sueño nutrido por el fruto más delicado de la memoria. Múltiples motivos resaltan la importancia de la aparición de este libro de bolsillo. Por ejemplo, lo escaso de las publicaciones literarias de Ramsés Salanueva, que imprimen a las mismas casi un toque como de colección dada la calidad con la que se fraguan los 13 poemas que integran La conjetura de la tarde.

Bien se sabe en el estado de Hidalgo que el actopense no hace vida literaria. Ajeno a la tertulia, mira en solitud el abismo que invita al precipicio y no duda en arrojarse, como atraído por fuerzas que ejercen polos de atracción hacia senderos que se bifurcan.

Guardián de esa morada de buena vivienda donde habita “algo más” que la léxica y la lógica inherente a la gramática, Ramsés comprueba lo que Octavio Paz afirma en El arco y la lira sobre la imagen poética como “un haz de sentidos rebeldes a la explicación”. Es decir, qué diablos dice el poeta cuando escribe:

Yo,

frente a la conspiración de la tarde,

determinada a ocultar

toda evidencia de luz,

me pregunto:

¿Es la quietud quien la desprende?

o bien,

¿Existen árboles contemplativos,

cuyo trance supera el ensimismamiento del espacio?

Inútil buscar razones a este fervor sombrío. La significación del poema a través de su recitación es irreductible al razonamiento lógico y, sin embargo, poeta y lector comulgan con aquello ajeno que les es extraño, pero a la vez familiar; ambos se vuelcan al imaginar; se revelan a sí mismos como la parte oscura que permanecía oculta, agazapada en el rincón del ser.

Quienes conocen a Ramsés y lo han leído podrían pensar, habituados, que en esta publicación encontrarán una poética1167973_10151856763338384_431965844_n del conjuro, que se invoca desde la concentración de las tinieblas. En un apunte a propósito de la “genealogía infernal de la poeta Adriana Tafoaya” (del que la misma autora ha renegado por considerar que ella no es satánica), Salanueva hablaba de una alquimia que refleja “la veneración por los malos hábitos a la vez que alcanza un exquisito refinamiento de las perversidades que opacan el espíritu humano”.

Contrario a eso, en su obra observamos al naturalista asombrado por las verdes espigas y praderas solares; la abstinencia de los pájaros y los árboles que crecen a cuestas, de cuyos ramales penden cadáveres; los pastores que juntan hatos de estrellas al tiempo que las brillantes cenizas se desgajan de la corteza de los árboles.

Y, sin embargo, la cosmogonía del poeta no es inocente, pero tampoco perversa, como han querido creer algunos; en todo caso es fulminante, como el lenguaje del rayo. Basta con leer el poema de la página 11 para darnos cuenta de lo anterior:

Meto mis manos al fuego.

Con mis palmas encendidas

Subo al monte del pacto.

Permanezco ahí,

hasta igualarme

con el destello más mínimo

del arrebol.

Tras la aparición del relámpago retumba el estruendo. El poeta contempla el misterio y se funde en él. La revelación como arquetipo, contenido en lo más profundo del ser, emerge a manera de comunión con la totalidad. Moisés asciende el Horeb y presencia la llama de fuego en medio de la zarza que no se consume.

Javier A. Martin

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