Entrevista con John Darnielle

John Darnielle es el hombre detrás de The Mountain Goats, una de las bandas folk más importantes. Durante toda  la década de 1990 hasta entrado el nuevo siglo, Darnielle grabó sus canciones al estilo de Daniel Johnston, sin duda una de las influencias más palpables en los años noventa: en una grabadora portátil. Del producto de ese trabajo casero basado en composiciones al hilo e improvisaciones, salió su disco mejor logrado, más enigmático de su carrera y asimismo el último en ser grabado en casetera : All Hail West Texas (2002). Como lo explica en la portada del álbum, son “catorce canciones sobre siete personas, dos casas, una motocicleta y una prisión para adolescentes en rehabilitación” que no rebasan los dos minutos de duración. Este año Merge Records rescató All Hail West Texas con una edición conmemorativa y, con motivo de este suceso, les traducimos fragmentos de esta entrevista para NPR con Darnielle, donde habla de su ciclo creativo con grabadora.

¿Cuáles son los pros y contras de grabar de esta manera? Hay artistas que pasan meses y a veces años editando, regrabando y separando las pistas. ¿Cuál es el beneficio de sentarte solo con tu guitarra y una grabadora y presionar el botón de grabar?

Bueno… se escucha muy bien, eso es lo importante.  Cuando la gente habla de fidelidad [del sonido], pienso que se imaginan que existe alguna manera de grabar que los llevará a una condición de total claridad. Yo lo veo más como veo a la comida: no puedes decir que existe un “mejor tipo comida”. Los sabores son diferentes y algunos de ellos te parecerán mejores. Esa máquina [la casetera], en ese sentido, ya tenía nueve años y  su desgaste se hacía sentir, pero agregó un buen toque.

La otra ventaja es que cuando vas a grabar una canción que escribiste hace meses —a menos que tengas un espíritu guía o entres en algún tipo de trance, y aun así—, no creo que realmente puedas acceder a lo que sentías durante el proceso de composición de esa canción cuando fue recién creada.

Es por ello que la música improvisada y la comedia son tan inspiradoras: en ellas se observa algo que está naciendo y no existe substituto para esa energía. Esas canciones, la mayoría de ellas, si las escuchas, duran aproximadamente un minuto. Apenas había terminado de componerlas, presionaba el botón de grabar. Las grababa dos o tres veces y, ya sabes, sentía algo como “eso no funcionó”, usualmente sin escucharlas de nuevo. Sin embargo, se puede escuchar lo refrescantes que son. Lo que escuchas son cosas recién llegadas al mundo.

Y la naturaleza de la improvisación es usualmente un acierto o un total desacierto, ¿verdad? ¿Alguna vez te resultó mal?

Oh, sí. Tenía una canción acerca de un chico en un laboratorio que cultivaba ejotes híbridos y esa canción no vio la luz del día porque no era nada buena. Siempre te puedes dar cuenta de eso cuando estás escribiendo. En ese aspecto este proceso implica menos riesgo que la comedia: cuando estás improvisando en vivo, sales de una zona segura y llegas al límite con el riesgo de no ser bueno frente a  la gente. Pero en mi caso, era solo yo, dos gatos y algunos ratones egipcios que corrían en círculos en una caja de vidrio.

Otra cosa que no se hace en un estudio: si la canción baja de ritmo, si va en picada en algún punto, tratas de arreglar eso porque quieres que la canción tenga por lo menos la misma calidad de principio a fin. En cambio, con algo que haces en vivo, si la canción baja o sube de intensidad, puede funcionar en su beneficio. Hay un segundo verso y, cuando piensas que las cosas salieron bien, alguien se adelanta en el tercer verso y la canción de pronto es mejor con el error.

Esto pasa con grabaciones caseras en vivo. Piensas, “voy disminuir el ritmo aquí y solo tengo que subirlo un poco acá para el clímax”, mientras que en el estudio solamente lo arreglas. Creo que nos hemos vuelto muy buenos para conservar la sensación de espontaneidad en el estudio, pero tenemos que estar alerta.

Uno de los cortes adicionales [“Midland”] tiene una línea sobre un aire acondicionado. Cuando la escuché la primera vez pensé “esa letra es terrible, para nada buena”.

Déjame la leo para ti: “I’ve got a Kenmore single-room window-unit air conditioner / Cools down the place in the full heat of day.”

Para mí, es la reliquia de un tipo diferente de composición que he estado haciendo desde dos o más años atrás, cuando me interesaba más en detalles físicos mínimos y específicos. Y casi puedo verme dándome cuenta ahora, mientras leo esa línea, que he superado ese estilo y mi entusiasmo disminuye. Creo que probablemente comencé a decirme a mí mismo: “bueno, esto puede que sea o no sea suficientemente bueno para los demás”. Pero cuando tienes libertad, si no te preocupa que nadie pueda escucharte, puedes dejar que las cosas vayan hacia un lugar diferente y más interesante que si trataras de impresionar a todo el mundo.

¿Todavía conservas la radiograbadora?

Esta es una respuesta terrible: no lo sé. Está en el sótano o sólo Dios sabe dónde. 

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