“Sinceramente no creo que el arte ayude a solucionar nada”: Fernanda Melchor

Aunque es colaboradora de Blog Indieo, esta entrevista no es un chayotazo, por el contrario, es una muestra de la inteligencia y calidez de una escritora que sus lectores nos merecíamos desde hace tiempo. Fernanda Melchor le hace guiños a la literatura mexicana y el tiempo se lo ha recompensado con la consolidación de una carrera que va creciendo de forma positiva y que sin duda alguna se merece.

“En general, creo que el mexicano desconoce el concepto de dignidad humana, y eso le da una gran capacidad para sufrir injusticias y para cometerlas”

¿De qué manera te encuentra la literatura y cuándo decides agarrar el toro por los cuernos y dedicarte a escribir?

Cuando me preguntaban, de morrita, por lo que quería ser de grande, siempre respondía que “artista”, un concepto que, yo pensaba entonces, era algo como una combinación de cantante pop y pintora. Y como nunca cursé artes plásticas y como el baile sólo se me da bien de las rodillas para arriba, supongo que después cambié a escritora.

De pequeña me gustaba mucho leer; me gustaban las historias, las novelas, las tiras cómicas, las enciclopedias, lo que fuera. Era divertido y también una forma de conocer el mundo. De adolescente empecé a imitar a los autores que me gustaban, casi todos de terror, pero no terminé más que un par de historias. La página en blanco me aterraba. Quería escribir una novela pero no tenía idea de cómo llenar tantas páginas. En la universidad hice mucho periodismo, o algo extraño entre periodismo y literatura, lo que los maestros llamaban crónica y describían de forma oscura, como si fuera un proceso alquímico de lo que ellos mismos no estaban seguros. A fuerza de relatar hechos y de leer, y con la ayuda de amigos excepcionales, fui fortaleciendo el músculo narrativo y en el 2011 lo dejé todo por escribir una novela, la que sale este año. Es la primera.

¿Desde dónde escribes, la mente, las entrañas, el sexo…?

Esta pregunta nunca nadie me la había hecho… Estoy segura de que escribo desde adentro, pero no sé desde qué parte. Si me obligaras a responder, diría que desde algún lugar en el pecho, cerca de la garganta. Hay algo como roto ahí a lo que siempre vuelvo. Escribir es como sacar cosas de ahí, fragmentos, y empatarlos unos con otros hasta que aparece una forma, algo, una cosa. Esta forma nunca es perfecta y la cosa nunca es exactamente igual a lo que se siente adentro, pero qué bueno, de ser así no tendría caso seguir escribiendo, no tendría caso seguir buscando maneras de componer lo roto.

 ¿Te llegan esos  momentos en el que dices “al carajo todo, mejor hubiera sido ingeniera o algo así?

Claro, pero también me pasa con todo: la escuela, los trabajos, las relaciones, la vida, y a veces quisiera caer en una zanja y que me echaran tierra encima. Pero al mismo tiempo no me imagino haciendo otra cosa, aunque sí, tengo muchas inseguridades y eso hace que de repente pierda la fe en los proyectos. Pero no los dejo. Con la novela me pasó así; estuve años masticando una idea, una historia pero buscando siempre las excusas más retorcidas para no escribir. Yo creo que la empecé de cero en tres o cuatro ocasiones, a lo largo de diez años, hasta que dije: o escribo esto o reviento. Renuncié a mi trabajo, rompí con todo el mundo, me encerré y salió, terminé. Pero eso es con las novelas, con los cuentos, con la ficción; no puedo escribir otra cosa si estoy trabajando en un texto así. Con los artículos y las crónicas, en cambio, puedo llevar una vida, digamos normal, productiva, ir a la escuela, tener un trabajo.

Esa es la relación que tengo con la escritura: para mí es algo vital, algo que me permite ser y que me permite rectificarme. Voy a sonar muy ñoña, pero creo que cada libro es una gran aventura.

En tu libro Aquí no es Miami se nota una fuerte influencia de la violencia, ¿por qué o para qué retratarla?

Aquí no es MiamiLa violencia es sólo una herramienta de la literatura, al igual que el amor, la guerra, la amistad, el vicio; todos estas pasiones humanas son como motores; son temas que nos preocupan y por eso contamos historias acerca de ellos. Pero la violencia de la literatura es una cosa ideal, y no siempre se parece, o pretende parecerse, a la violencia real, la de todos los días, las pequeñas y las grandes, contra los demás y contra uno mismo.

El papel de la literatura es, quizás, ponerle nombre a todas esas violencias, pacificarlas, mostrar caminos. Cuando escribí buena parte de las crónicas que Aquí no es Miami quería contar un montón de cosas que estaban pasando y de las que nadie hablaba en voz alta en Veracruz. Esto coincidió con el recrudecimiento de la violencia en el estado. En el puerto este se sintió como un mazazo: los jarochos nunca pensamos que en tan poco tiempo la ciudad se convertiría en un campo de batalla; solíamos pensar que la violencia del narco, a ese grado, con esa saña, se daba sólo en el norte, y que el norte quedaba muy lejos del puerto. Así que había un montón de historias sobre las balaceras, la extorsión, el secuestro pero nadie escribía sobre ellas, y pensé que sería bueno contarlas.

Noté que hay más crónicas en los que los protagonistas son hombres, ¿a qué crees que se deba, qué pasa con las mujeres en esa realidad, qué historias nos contarías sobre ellas?

No lo había siquiera pensado, ni había reflexionado en lo que eso quizás signifique. Es verdad, hay pocas historias en Aquí no es Miami donde las mujeres son las protagonistas.

Quizás sucede que me es más difícil mantener una relación de periodista-informante con las mujeres, o al menos con ciertas mujeres.

Una vez, por ahí del 2009, entrevisté a una chava que estuvo secuestrada una semana. Yo la conocía poco, pero sabía de su historia y la anduve “cazando” para que me la contara. Ella tenía muchas ganas de hablar, de desahogarse, y aceptó… Pero me citó justo en la casa en donde la secuestraron a punta de rifle. Me dijo: “Tienes que saltarte la barda porque esos cabrones” ¾un grupo de zetas¾  “le pusieron candado. Nos están dando permiso de quedarnos en lo que les firmamos las escrituras”. Recuerdo que tragué duro y que acepté verla; que el día de la entrevista (era sábado) le di antes varias vueltas a la manzana esperando que no hubiera sicarios apostados afuera; que salté la barda para entrar en la casa como vil ladrona, que no le dije nada a mi pareja de entonces para que no se preocupara. Al final la chava me contó la historia: su marido vendía drogas de forma independiente, sobre todo mota y tachas a los chavos de las universidades. Los zetas se enteraron de que el negocio iba bien y los secuestraron; a ella querían convencerla de que se “cambiara de bando”, le decían que su vato ya estaba muerto, que lo habían “guisado”, pero ella no les creyó. “Tú sabes que no, tú sientes, dentro de ti, que todavía está vivo”, me dijo, lo recuerdo. Al final, los soltaron a cambio de las escrituras de la casa, la misma a donde fui a entrevistarla. La escuché y tomé notas y miré los cuartos desvalijados, el jergón sobre el suelo donde dormían ella y su chico, que tuvo que pasar una semana acostado boca arriba debido a la tabliza que le pusieron los zetas. No tuvieron nada para comer hasta que en uno de los libros que les dejaron encontraron una planilla de LSD, y con eso pudieron conseguir un poco de dinero.

Cuando esta chava acabó de hablar, le pregunté si quería ver el texto de la crónica antes de que lo entregara, y ella, toda sacada de onda, me dijo que no le importaba. Me sentí como zopilote. Y yo creo que fue por eso que nunca pude sentarme a escribir esta crónica. No pude olvidar la cara de decepción que puso la chava cuando le hablé de escribir algo, aunque ella aceptó la entrevista. Luego entendí que a ella no le importaban las revistas o los periódicos, ni que leyeran su historia, no pedía justicia ni castigo para sus vejadores. No le había contado su historia a una reportera, cómo pasó días enteros hincada en un rincón, con la cabeza tapada con una funda; cómo, después de que la soltaron, no podía soportar el ruido que hacen los desodorantes en aerosol, porque mientras estuvo cautiva los sicarios llegaban a la casa de seguridad varias veces al día a bañarse y a rociarse para quitarse el hedor de la pólvora. Me lo contó porque necesitaba sacárselo de encima; porque nadie quería hablar de lo que le había pasado, porque estaba harta de guardar silencio. Y una cosa es explotar a los informantes y otra, traicionar la vulnerabilidad de alguien que se aferra a uno como a un clavo ardiente. Supongo que con los hombres no tengo tantos escrúpulos.

“El arte pacifica, domestica las grandes preocupaciones”

¿Para qué sirve la crónica literaria además de contar y registrar una realidad? 

Para lo mismo que la literatura: para entretener a la gente. La crónica te proporciona información y contexto, pero lo hace de una manera literaria. La crónica que está bien hecha y que no es tímida a la hora de usar los recursos narrativos estimula la imaginación. En ese sentido, es igual que la literatura: tan divertido como ir al cine dentro de tu cabeza.

Aquí en México, no es Miami, pero ¿qué es, cómo nos describirías como sociedad?

Como sociedad estamos todos bien pendejos. En general, creo que el mexicano desconoce el concepto de dignidad humana, y eso le da una gran capacidad para sufrir injusticias y para cometerlas, sin siquiera interrogarse por qué las cosas deben ser así.  Pero no soy socióloga y esta una percepción muy personal, y seguramente errónea.

¿Crees que el arte ayuda, en ejemplos concretos, a detener la violencia?

Sinceramente no creo que el arte ayude a solucionar nada. El arte pacifica, domestica las grandes preocupaciones. Es una válvula de escape a algo que los seres humano hacemos porque podemos. Pero siempre es un exceso. Es algo que no podemos evitar hacer aunque no sea necesario.

¿De qué trata la novela que está a punto de salir?

La novela se llama Falsa liebre y trata de cuatro morros cuya única esperanza y consuelo es el placer inmediato de la violencia, del sexo, del vicio. Son morros que no tienen nada delante ni detrás de ellos, están como atrapados en esta especie de cornisa que para muchos de nosotros es el fin de la infancia: un futuro detenido. Yo lo que quise hacer fue contar las historias de estos cuatro chavos, lo que les pasa en un día, en una especie de cruce de caminos. La novela no sucede en el Veracruz verdadero, sino en una especie de Veracruz fantasmal, destilado, mi puerto personal.

¿Qué sigue para Fernanda en las letras, en qué proyectos andas?

Falsa liebre sale en un par de meses. Tengo por ahí material para un libro de historias, novelas cortas. Creo que el trópico seguirá siendo una obsesión hasta que quiera probar algo nuevo. Ahora vivo en un pueblo en el Altiplano; quizás después de un tiempo me sienta lo bastante segura como para poder usarlo como escenario.

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8 Responses to ““Sinceramente no creo que el arte ayude a solucionar nada”: Fernanda Melchor”

  1. tribulator

    Que “escritora” mas corta de criterio y de visión” no ve mas aya de lo que ve en un espejo, y su próximo libro suena a una estupidez, infantil. no lo voy a leer de todas formas.

    Sobre el Título de este artículo: ¿Que acaso la literatura no forma parte de las bellas artes? acaso la literatura no genera ideales que han llegado a ser revoluciones? ¿cómo que el arte no ayuda a cambiar nada? si esta escritora solo vive el presente tal vez si veamos, que apenas esta escritora se de cuenta de que vive en un mundo pobre de conciencia, el cual, no siempre fue así, tenemos historia, aunque suene trillado, el sistema que vivimos hoy en todo el mundo es el que pacifica las grandes preocupaciones, ( nos da televisión , entretenimiento, espectáculos, seudo-arte , perdida de tiempo, productos light, amor light, placer, morbo) el placer por el placer que vende este sistema en el que vivimos es el que empobrece el espíritu, y si lo vives entonces escribes basura, y entonces a lo que hoy llaman arte contemporáneo resulta ser una basura. me imagino que es justo de lo que va a hablar su pinche libro, un libro pro-antivalor, seguro es toda una cuestión personal la que le inspiró a escribirlo. Quien lo lea que lo compruebe.
    Pero el arte que habla y es razonable, ha cambiado al mundo.

    Responder
    • F. Melchor

      Tenemos opiniones distintas sobre el arte y su papel en la historia, supongo; todos dignos de respeto. Saludos.

      Responder
      • Blanca

        Querida Fernanda hay un escritor laureado, Lobo Antunes, que alguna vez le hicieron la misma pregunta y en una Portugal paupérrima también finalizó con esta frase “Si tengo hambre, que me importa leer Madame Bovary”… yo también creo que el Arte no es exclusivo para ayudar, que para eso está la política, sigue escribiendo por sacar lo que hay adentro, como le pasó a la chica de tu crónica, que si a tu alrededor politizan las letras, eso ya no es tu bronca; que con el tiempo se ve que la literatura o el arte ayude a componer o no la estructura social, tampoco dependerá de lo que se escribe, besos mi guapa y nos vemos en Acapulco.

  2. Richard Burton

    La mejor definición de Arte que he leído en mi vida decía: “El Arte no sirve para nada”. Yo comulgo con ella.
    Además podría ahora mismo improvisar un discurso mejor y más elaborado, pero no resultaría artístico ya que lo plagiarías y eso no te haría más rica, pero sí más famosa.
    Si buscas el Arte, ánimo, porque aunque no lo consigas nunca, habrás dado un gran salto adelante para alejarte más de todos aquellos que no bajaron de un árbol, sino que se cayeron y se empecinan en encontrar la manera de regresar mientras se golpean unos a otros con las ramas que encuentran a su paso, tan podridas como sus inútiles existencias.

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