Terry Eagleton nos enseña a leer

Si ustedes son de los que piensan que Harold Bloom es el crítico literario vivo más importante, podrían estar equivocados. O al menos, podrían discutirlo con Terry Eagleton, un crítico que no se anda por las ramas, que acusa y excusa a diestra y siniestra la cultura y la literatura contemporánea desde una perspectiva marxista. De origen británico, es autor de títulos básicos en el estudio de la literatura, como Literary Theory: And Introduction, Marxism and Literary Criticism y Why Marx Was Right.  En su nuevo libro, How to Read Literature, aborda uno de los temas más candentes en la academia: ¿cómo debemos leer?, ¿qué expectativas debemos tener de una obra literaria? y ¿qué significa leer en este momento de la historia? Aquí una breve reseña del libro escrita por Steven Poole para The Guardian donde evalúa las fallas y los aciertos del libro.


Como es usual en el Eagleton de los últimos años, sus libros son muchas veces graciosos y este último intenta serlo un poco más y, de hecho, las mejores bromas funcionan a la vez como observaciones críticas. Por ejemplo, que el Otelo de Shakespeare “es un hombre que parece curiosamente al tanto de hablar en verso blanco shakesperiano”. El libro es una vigorizante crítica a la modernidad y Eagleton señala la fuente de las concepciones erróneas más comunes acerca de lo que la literatura debe hacer y cómo debemos leerla; por ejemplo, “la doctrina de la literatura como expresión personal”, misma que desarticula con un delicioso sarcasmo, y las panaceas no examinadas de lo que él llama, según el caso, “una sociedad individualista “, “el individualismo moderno” o “un orden social fuertemente individualista”.

Eagleton tiene muchas cosas interesantes que decir —por mencionar algunas— sobre Conra y Milton en una serie de capítulos temáticos que se centran a su vez en “inicio”, “calidad”, “narrativa”, “interpretación” y “valor”. Hay algunas partes tediosas, como las cuatro páginas que le dedica a una lectura elaborada de la canción infantil “Bee Bee Oveja Negra” con el fin de demostrar por qué esta interpretación no está suficientemente justificada por el texto, pero al final resulta una empresa excesiva. También tiene su encanto saber que Eagleton es una especie de existencialista feliz que encuentra el sustento para tal actitud en la literatura modernista (y proto-posmodernista).  “Obras de ficción como Tristram Shandy, El corazón de las tinieblas, Ulises, La señora Dalloway“, remarca Eagleton con animado optimismo, “pueden servir para liberarnos de ver la vida humana como el camino hacia una meta con un desarrollo lógico y rigurosamente coherente. Tales obras pueden ayudarnos a disfrutar más la vida”.

El capítulo más espinoso del libro es sobre el “valor”. En este, Eagleton menciona diversos criterios sobre lo que podría ser el valor literario y alegremente los derriba todos. ¿Debe la buena literatura ser siempre apabullantemente innovadora? De serlo, Eagleton señala: “nos veríamos obligados a negar el valor de un gran número de obras literarias desde el antiguo misterio pastoral y medieval hasta los sonetos y baladas populares”. ¿Debe la literatura responder a nuestras preocupaciones diarias? Eso es un disparate: “Si nos inspirara sólo la literatura que refleja nuestros intereses, toda lectura se convertiría en una forma de narcisismo. La razón para voltear a Rabelais o Aristófanes es tanto para salir de nuestra cabeza como para internarnos profundamente en ella.”

Como Eagleton lo demuestra incisivamente, no podemos exigir profundidad (“Puede existir un arte excelente que parte de la superficie”) ni coherencia (“muchas obras posmodernas o vanguardista son trabajos efectivos, eclécticos y sin centro”), o riqueza narrativa (ver  Esperando a Godot). Sin embargo, insiste, existen criterios para determinar el valor literario. Los criterios son “públicos” y conforman el conjunto de “prácticas sociales” conocidas como “crítica literaria”. Gracias a esos criterios sentimos la confianza de expresar cosas como: “Dostoievski es mejor que [John] Grisham en el mismo sentido que Tiger Woods es mejor golfista que Lady Gaga”.

Es sólo cuando Eagleton maneja sus propios criterios positivos que las cosas se tornan oblicuas. Sus criterios parecen emerger, sin argumento sustentado, del mismo romanticismo influenciado por la modernidad individualista a la que él mismo se refiere con sarcasmo. Una señal de virtud, parece decirnos, es la espontaneidad. Eagleton reprende un pasaje de John Updike porque “no hay nada espontáneo en él”, y se lamenta de un extracto de William Faulkner que tiene “un aire de espontaneidad que es casi enteramente fabricada”.

Cabe preguntarse cómo para Eagleton un párrafo, compuesto por un escritor serio, podría mostrar una espontaneidad que no sea fabricada. La fabricación es el nombre del juego. Todo aire de espontaneidad, así como cualquier otro efecto literario, tiene que ser maquinado cuidadosamente por su autor. La verdadera escritura “espontánea” debe ser una a la cual el autor no le otorga ningún pensamiento en absoluto, y por lo mismo es seguro que será basura. Es el tipo de creación, tal vez, que los gurús de la escritura piden a sus alumnos que practiquen durante 10 minutos a primera hora de la mañana para limpiar las tuberías mentales, pero que difícilmente está destinada al público. Toda escritura es una máquina para la presentación de un performance en tiempo y espacio diferidos. Entre más espontáneo haya sido el ensamblaje de la máquina, menos fiable será su funcionamiento. Uno debe confiar en la escritura “espontanea” tanto como confiaría en una motocicleta ensamblada espontáneamente.

Las cosas no mejoran mucho cuando Eagleton, al referirse a Evelyn Waugh,  alaba la “honestidad” de su prosa. ¿Qué significa esto en el contexto de personas que fabrican cosas? Y uno podría muy bien compartir el juicio de Eagleton que indica que Waugh es mejor que John Updike (como yo lo comparto), si por un momento suponemos (como Eagleton parece dar a entender) que Waugh de alguna manera se preocupa menos por la elección de las palabras adecuadas y su organización en el orden correcto.

Un neófito en la crítica literaria podría servirse bien del relato de este libro sobre lo que la buena crítica no es, y tal vez encontraría inspiración en la aspereza de sus vislumbres sobre autores canónicos ya muertos. Sería una lástima, sin embargo, si los lectores se sintieran subsecuentemente alentados a juzgar la escritura de acuerdo a las cualidades de “honestidad” y “espontaneidad”. No obstante, algunas de estas sutilezas son probablemente inevitables en cualquier revisión positiva de las virtudes de la literatura. Toda buena escritura es fundamentalmente misteriosa, a pesar de que su esqueleto sea visible.

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