35 milímetros sobre cuatro ruedas

Esta crónica fue escrita por una alumna de la carrera en Creación Literaria de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Como parte de su formación profesional, los estudiantes cursan un taller de Periodismo Literario que les motiva a la investigación periodística rigurosa, el desarrollo de la sensibilidad y el cultivo de un estilo literario. Los textos son el resultado final del curso correspondiente al año 2013, impartido por Isaí Moreno.


“¡Bienvenidos al Autocinema Coyote! Un lugar donde el cine vuelve a ser toda una experiencia. Puedes hablar lo que quieras, comer como quieras. Ponerte tan cómodo como quieras. Besarte cuanto quieras. Recuerda que tenemos cafetería y deliciosas golosinas disponibles para ti junto a la pantalla. No olvides visitar nuestra tienda de souvenires cerca de la cafetería. ¡Qué disfruten la función!”

Así es la bienvenida al Autocinema Coyote, pero antes de todo eso hay que pasar por algunas peripecias para llegar a la función. Por ejemplo, investigar la cartelera y consultar la disponibilidad de boletos. Algunos prefieren comprarlos por internet con tarjeta de crédito; otros, más pobres pero muy afortunados, resultan ser los dedos más veloces de las redes sociales y se los ganan; por último estamos los osados que se enteran el mero día de la función y se lanzan tres horas antes para comprar los boletos en la taquilla del predio, que actualmente se encuentra cerca de la carretera federal México-Toluca.

No es que no hayamos ido antes, simplemente resultó que no pudimos ganar boletos en las redes sociales como algunas amistades con las que nos encontramos en la función. Las sucursales que supuestamente estaban abiertas para “facilitar la compra de boletos” ya no tenían.

Así que ante la negativa por la vía fácil, tuvimos que aventurarnos a viva México para la función de la trilogía de El Señor de los anillos.

Primero nos citamos con una pareja de amigos a las cuatro de la tarde en la calle Liverpool, cerca de la Glorieta de Insurgentes. Después de recogerlos, fuimos a surtirnos a un supermercado; la falta de dinero nos produjo decidir no gastar en los nada exagerados pero medianamente accesibles precios de la fuente de sodas, y en su lugar llenamos una canastilla de comida chatarra: dulces, aceitunas, papas, palomitas, tres litros de refresco, un litro de agua, bastoncitos de salami y unos chicles pa’ desempanzonar, además de dos pizzas que pasamos a comprar más tarde. Prometía ser una noche larga entre amigos.

Estábamos a la expectativa de no alcanzar boletos y terminar regresando con todos nuestros sagrados alimentos a casa de mi novio; convertir la salida al cine en una reunión nocturna.

Confieso que dar con el Autocinema no fue cosa fácil, porque de la Zona Rosa a la carretera México-Toluca es un trayecto largo y algo complicado. Con canciones viejas, nuevas, fresas y placeres musicales culposos, recorrimos varias avenidas de la ciudad hasta llegar a Paseo de la Reforma. Según un famoso buscador de internet, era todo derecho y, a unos cuantos metros de cruzar el Centro Comercial Lilas, se encontraba nuestro destino. Lo digo de esa manera porque en realidad no es tan sencillo llegar cuando todas las avenidas cercanas y el acceso al recinto están en plena obra.

Cualquiera creería que un grupo de jóvenes universitarios que van a un autocinema cuentan con algún dispositivo electrónico que podría ayudarlos a llegas a su destino. Nuestra realidad  de estudihambres era distinta. Únicamente el dueño del carro y conductor resignado habían estado por esas tierras inhóspitas, pero lamentablemente sólo habían ido para allá en transporte público.

Los kilómetros se marcaban en el tablero, los ánimos aún al tope y las pláticas iban desde nuestras caricaturas favoritas cuando niños hasta la ironía de Another Brick in the Wall y su mala gramática.

Llegamos a la taquilla a eso de las 5:30; claro, después de dar varias vueltas por las laterales de la avenida y un paseo por Bosques del Pedregal para evitar una construcción vial. Pasado el trago amargo de sentirnos perdidos, en algún lugar lejos de la mano de Dios, teníamos que esperar otras dos horas para que abrieran. Eso quizás era lo que menos nos preocupaba; el cuento era saber si alcanzaríamos boleto para la función.

Estábamos estacionados a dos metros de la entrada, cubiertos de polvo, aturdidos por el ruido de los camiones de carga que pasaban junto a nosotros y a la expectativa de no irnos por un hoyo cerca de la entrada del autocinema.

Decidimos comer algo de lo que llevábamos y acomodar el resto entre las numerosas cobijas en la cajuela para no levantar sospechas. La fila de automóviles se comenzó a formar detrás de nosotros. Los trabajadores salían y entraban mirando la enorme fila que crecía conforme pasaban los minutos. A nuestro lado se escuchaba de vez en cuando: “Weeeeeee, allá está el autocinema” o “¡No mames! ¡Ya nos pasamos!”.

Dieron las siete y un chico con chaleco fluorescente se acercó a mi ventanilla, la del copiloto, y preguntó:

—¡Hola! ¿Ya tienen su boleto o apenas lo van a comprar?

—Apenas lo vamos a comprar, queremos saber si todavía tienen para la función de hoy —respondí.

El chico se siguió hasta lo que aparentaba ser el final de la fila y le perdimos la pista. Perocupados de no alcanzar boleto y haber hecho el viaje en balde, los ánimos comenzaron a decaer. Antes de perder las esperanzas, otro joven se nos acercó y preguntó lo mismo, volvió sobre sus pasos, entró por una pequeña puertecita y regresó con un bloc en sus manos.

Las puertas se abrieron. Encendimos el carro y entramos a un terreno aparentemente baldío, pero que tiene una especie de recepción a tres metros del zaguán donde te revisan el boleto, te reciben con una sonrisa y, al tiempo que te entregan la bocina, te dicen las instrucciones de uso para poder escuchar la película.

Nos estacionaron junto a la cabina de proyección en primera fila, cerca de la pantalla. Bajamos en cuanto se apagó el motor del carro. Tomamos algunas fotografías y paseamos un poco por el lugar, que en realidad no deja de ser un estacionamiento amplio adaptado para tener varios carros enfilados frente a una pantalla. Tiene un pequeño mirador por el cual se ven las barrancas de Santa Fe y el llamado edificio Del Pantalón.

A punto de comenzar la función, regresamos al carro, acomodamos las cobijas y reclinamos los asientos hacia el frente para poder ver bien la pantalla. Las rebanadas de pizza volaron; nunca nos dimos cuenta de quién se comió la última. Las papas fritas eran muy escandalosas, tanto que nuestros vecinos del carro izquierdo parecían incómodos. A diferencia de los de la derecha, que algo celebraban, pues antes de terminar la primera película escuchamos el chocar de unas copas. “Disimuladamente”  es una palabra que se puede entender como “de la manera más descarada, volteen” miramos al carro contiguo:

—¡Vino! ¿Quién trae vino al autocinema para ver El Señor de los anillos?

—En todo caso debieron haber traído cerveza o aguamiel —dijo Jorge.

—¿De verdad? ¿Vino? Como que siento que no es algo para traer al autocinema –repeló Gretel.

—Y aceitunas ¿sí? Déjenlos, qué tal si con esta película tienen buenos recuerdos —los defendió Killi.

—Pues pa’l caso me hubieran dicho y traigo el aguarrás —dije yo, que pensaba en una botella de aguardiente que me habían regalado.

—Abril, con eso te quedas ciego. No manches.

—Ay bueno, que diga, aguardiente… Yo qué culpa tengo que todas sean aguas y no sirvan para lo mismo.

Las risas que siguieron a mi comentario tan atinado llamarón la atención de un chico del staff, que se acercó para ver si algo nos ocurría. Claro que ocurría: estábamos muertos de risa tratando de esconder las envolturas de comida y los refrescos, para que no nos pidieran abandonar el recinto por las políticas de la empresa.

Terminó la primera película y estábamos tullidos. Bajamos a estirar un poco las piernas y ver si encontrábamos algunas sillas vacías en el lounge que hay entre la pantalla y la primera fila de carros. Gretel y yo caminamos hacia unas bancas, pero al ver que otros también iban hacia ellas, nos echamos a correr como si nuestra vida dependiera de esos asientos. Nos sentamos en las sillas mientras los chicos llegaban con las cobijas y algo de botana en una mochila.

La segunda película comenzó cerca de las doce. El clima estaba decente, salvo por las corrientes de aire que de vez en cuando soplaban. Las cobijas nos ayudaban a sobrevivir al frío. Conforme avanzaba la noche, la temperatura bajó, motivo por el cual éramos pocos los que no renunciábamos a quedarnos ahí hasta que concluyera el maratón.

Pensábamos que habría un intermedio entre cada película, pero tal se limitaría a los créditos. Cuando nos enteramos que no habría pausa, cundió el pánico entre nosotros.

—Vean el lado positivo: es una experiencia épica. Cualquiera se pone a ver  El Señor de los anillos, pero muy pocos se la avientan en un autocinema, en temporada de frío —dijo Gretel con emoción.

Jorge agregó una broma haciendo referencia a una serie de televisión:

—Una anécdota para nuestros hijos: chicos, está es la historia de cómo su tía Gretel, su madre y yo estuvimos muriéndonos de frío en el autocinema viendo El Señor de los anillos.

Comenzó la tercera película. Los cuatro nos amontonamos en una banca y nos envolvimos en las cobijas. Nos causó tanta gracia que le pedí a un chico que nos tomara una fotografía. Le hice señas y al parecer pensó que quería ligar con él, pero cuando le pedí el favor hizo un gesto de rareza y se empezó a reír.

—¿Ven? Es una experiencia tan épica que hasta tenemos foto de recuerdo.

Somnolientos y calientitos, para el final de la última hora ya cabeceábamos un poco. Hicimos un magno esfuerzo para llegar al final del maratón. Nos entretuvimos con las bromas que de vez en vez nos decíamos entre los diálogos, botaneando furtivamente, molestando uno al otro porque alguien quería ir al baño y riéndonos de como en las sillas individuales sentíamos morir de frío.

Al final de la función en la pantalla aparecen las indicaciones de cómo salir del autocinema y encontrar los retornos para Bosques y Reforma, pero nadie se fijó en las instrucciones. Pasamos al baño antes de irnos, pues teníamos un largo camino por recorrer y no sabíamos qué tan rápido saldríamos de ahí.

Los autos se marchaban de uno en uno. El terreno se quedó vació salvo por los carros de los empleados y el nuestro. La pantalla se apagó y la música cincuentera con que se despiden dejó de sonar. Nos enfilamos hacia la salida, entregamos la bocina y otra chica del staff se nos acercó con una bolsa de palomitas.

—Como es costumbre, al último en salir le regalamos una bolsa de palomitas. Gracias por venir y esperamos que hayan disfrutado de la función.

—Hizo falta que regalaran playeras con la leyenda: “Yo sobreviví al maratón de El Señor de los anillos en el Autocinema Coyote”—escuchamos que alguien decía.

Salimos del terreno e intentamos seguir las instrucciones que nadie recordaba muy bien. Seguimos de frente sobre la lateral de la carretera, pasamos el primer retorno y después dimos una vuelta equivocada. Ruleteamos por una colonia desconocida hasta que volvimos al punto de partida. Como película de mafiosos, de esos lugares a los que van y avientan basura o muertitos.

—Supongo que si no salimos vivos moriremos felices de haber visto la trilogía —apuntó Jorge.

—Causa de muerte: infarto letal por los caminos mal construidos del Distrito Federal.

Las risas no se hicieron esperar.

MÉXICO D.F., A 16 DE MAYO DE 2013

Abril Jiménez Álvarez

 

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