El hombre detrás del falso encuentro entre Dickens y Dostoyevski

La siguiente traducción es de una entrevista que realizó Stephen Moss para The Guardian con uno de los personajes más enigmáticos de la academia inglesa y tal vez del mundo. Rechazado por el mismo gremio académico, Harvey, una especie de Pessoa, se vengó (aunque él lo niega) de una manera borgiana: inventó un falso encuentro entre Dickens y Dostoyevsky que por varias décadas fue tomado como un hecho histórico, y además inventó pseudónimos de académicos para corroborar su falsa teoría.


“él alega que todo es una conspiración por parte de académicos historiadores para convertirlo en una no-persona”

Cuando el escritor A. D. Harvey inventó la reunión de 1862 entre Dickens y Dostoyevski, esta fue por muchos años considerada como un acontecimiento real. Pero, ¿por qué lo hizo y por qué creó a la vez una serie de falsas identidades académicas?

Arnold Harvey espera por mí afuera de su departamento con vista al parque Clissold en el norte de Londres. Con barba, cabello gris y lacio, y un gran estómago que podría ser producto de comer demasiada comida frita en el restaurante de al lado, aparece como la versión bucólica de William Golding. Esta es su primer entrevista y se encuentra nervioso, impaciente. Después de toda una vida de lo que él cree ha sido condescendencia académica o, peor aun, conspiración, me observa como una posible fuente de redención. Esto podría tornarse complicado.

Harvey, quien ha firmado la mayor parte de sus libros con las iniciales A. D. en lugar de su primer nombre, Arnold, el cual le desagrada, ha sido señalado en el Suplemento literario del Times de Londres como el creador de múltiples identidades autorales de publicaciones y como una personalidad problemática que, entre otras cosas, inventó la reunión de 1862 entre Dickens y Dostoyevski. Este sorprendente encuentro fue por primera vez documentado por una tal Stephanie Harvey en Dickensian, revista de la Fundación Dikensiana, en el 2002. Rápidamente, se consideró un hecho y fue citado en la biografía de Dickens de Michael Slater en el año 2009 y en la biografía publicada por Claire Tomalin dos años más tarde.

No fue sino hasta la aparición de una reseña de la obra de Tomalin en el New York Times que los especialistas estadounidenses en literatura rusa comenzaron a cuestionarse sobre la veracidad de este encuentro, el cual, de acuerdo a Stephanie Harvey, habría sido documentado por Dostoyevski y aparecido en el Vedomosti Akademii Nauk Kazakskoi (Periódico de la Academia de Ciencias de la Republica Socialista Soviética del Kazakh). ¿En cuál lengua habrían conversado Dickens y Dostoyevski?, se preguntaron los académicos rusos. ¿Por qué la reveladora descripción que Dostoyevski ofreció de Dickens (“habían dos personas en él, me dijo: uno que siente como debe sentir y otro que siente lo opuesto”) no fue incluida en sus obras reunidas?, y ¿por qué nunca habían encontrado a su paso la distinguida publicación Vedomosti Akademii Nauk Kazakskoi?

Las dudas sobre la autenticidad de la reunión entre los escritores se esparcieron, generaron reacciones y el Dickensian hizo el ridículo. Pero fue hasta hace poco que la historia completa de la estafa emergió cuando Eric Naiman, profesor del departamento de lenguas y literaturas eslavas de la Universidad de California, en Berkeley, escribió un extenso y detallado artículo de seis páginas en el Suplemento Literario del Times de Londres (“un trabajo hecho en tres días”, dijo Harvey despectivamente cuando alabé a Naiman por su logro). En éste, Naiman develó los avatares académicos de Harvey, y no solo Stephanie Harvey sino también Graham Headley, Trevor McGovern, John Schellenberger, Leo Bellingham (autor de Oxford: la novela), Michael Lindsay y Ludovico Parra. Naiman siguió la pista de la manera en la que, en lo últimos 30 años, los miembros de este grupo se dedicaron a comentar los trabajos de cada uno de ellos en publicaciones académicas y revistas menores, algunas veces elogiándose entre ellos y en otras señalando sus faltas. “Qué reconfortante,” comentó Naiman con sequedad, “el crear una comunidad de eruditos que puedan analizar, complementar su trabajo y ocasionalmente criticarse con rudeza entre ellos mismos.”

A. D. Harvey no niega ser el autor de esa comunidad. También indica que existen aun varias identidades que Naiman ha fallado en sacar a la luz: Stephen Harvey, autora del artículo titulado “El esfuerzo de la guerra italiana y el bombardeo estratégico de Italia”, publicado en la revista Historia en 1985; el poeta letón Janis Blodnieks (“Busco pero no puedo encontrar la llave / La que abrirá la brillante puerta/ Al fuego que corre paralelo/ Al mundo en el que estoy atrapado”) y una variedad de personalidades de internet, las cuales prefiere no revelar, ya que, como lo explica, podría no tener un buen resultado para sus intereses. Entonces, ¿quién es el verdadero A. D. Harvey?

Cuando finalmente subimos a su desordenado departamento cubierto de libros e infestado con papeles, comienza a relatarme su historia. Su estilo es insistente, combativo, digresivo y nuestra conversación dura más de cuatro horas. Me dice que no tiene conversaciones inteligentes en estos días y que, en cualquier caso, tenemos el tiempo de toda una vida; la vida que le niega cualquier trabajo académico y le fuerza a vivir en la pobreza como historiador independiente.

Nuestra plática sucede en una mesa junto a una ventana que ofrece una agradable vista al parque. La luz de la tarde es hermosa. Sobre la mesa descansa una pila de libros: La Gran Bretaña a principios del siglo XIX, Poesía inglesa en una sociedad cambiante (1780-1825); Literatura inglesa en la Gran Guerra con Francia; Literatura en la historia; Choque de imperios; El sexo en la Inglaterra georgiana; La musa de fuego; Literatura, arte y guerra; Arnhem, y El cuerpo político. Su obra reunida, apilada, asumo para mi beneficio.

Harvey, quien ahora tiene 65 años, nació en Colchester justo después de la Segunda Guerra Mundial. Su madre fue una judía húngara que escapó de los nazis; su padre fue un leñador con personalidad provinciana más característica de Essex que de Canadá. Perversamente, como lo es todo lo que se relaciona con Harvey, recuerda que su padre era muy agudo. Sus padres se separaron cuando el tenía un año. Él era un chico brillante e inquisitivo que asistió, con algún tipo de ayuda, a lo que él llama una “escuela de paga barata”. Ganó una beca para asistir a la universidad de Oxford en Saint John para luego obtener su doctorado en Cambridge con una tesis sobre Lord Grenville, quien fuera primer ministro de Inglaterra por un breve periodo durante la guerra napoleónica.

Tuvo la intención de ser novelista y se encontraba ya en negociaciones para publicar Oxford: la novela, cuyo primer capítulo ya había sido tomado por una agente literario. Entonces, dice, se enamoró del trabajo de investigación, terminó su trabajo de doctorado en tres años y en 1978 publicó la monografía La Gran Bretaña a principios del siglo XIX. Parecía viajar por el carril de alta velocidad hacia el éxito académico, pero reconoce que estos tempranos triunfos fueron los que sembraron las semillas de su fracaso. “Me pareció lógico que si terminaba el doctorado lo más pronto posible, obtendría un trabajo en la academia en poco tiempo”, comenta, “pero el resultado fue lo opuesto”. Menciona que la facilidad con la que había obtenido su título de doctorado fue utilizado en su contra y las universidades a las que solicitó trabajo en la edad de los veintes, observaban con sospecha que ya tuviera obras publicadas.

Podría haber un tanto de paranoia en todo esto. Podría ser que Harvey es simplemente un tipo sin suerte. De igual manera, escribió al Suplemento sobre Educación Superior del Times y expresó su queja por estar siendo excluido. Fue entonces cuando comenzó su fama de alborotador. También se encontraba inquieto. Pronto adquiría un puesto como profesor adjunto en el Politécnico del Noroeste de Londres a principios de los años ochenta, pero lo dejaría después de un par de años para irse como maestro a Italia. A su regreso en 1986, ya tenía casi cuarenta años y era visto como demasiado viejo para empezar de nuevo: las puertas de la academia le fueron cerradas en la cara.

En una vida con cuarenta años como escritor, Harvey ha sido asalariado sólo siete años y medio; él calcula que sus libros le han producido ganancias de 45 mil libras. Vivió en una propiedad ocupada ilegalmente en el distrito Swiss Cottage de Londres cuando tenía veinte años; algunas veces ha tenido que depender de apoyos del gobierno para poder sobrevivir. Harvey rápidamente me separa de mi romántica noción de la vida de intelectual independiente. “No soy un académico independiente”, me dice, “soy un académico que no puede conseguir trabajo, un académico rechazado. No fue mi elección ser independiente. El hecho de que yo estuviera produciendo libros y que para 1979 ya tuviera media docena de artículos académicos publicados, la mitad de ellos sobre literatura inglesa y la otra mitad sobre historia, le habría parecido interesante a cualquier otra persona, pero lo que un académico piensa es ‘¿por qué no puedo hace eso yo?’ ‘Este hombre debe de tener algún problema’. Lo que a otras personas les parece interesante, a los académicos les parece desastroso”. Harvey recuerda haber enviado 700 solicitudes infructuosas para puestos académicos.

Entonces, ¿es esta red de avatares académicos y la invención de la reunión entre Dickens y Dostoyevski una venganza contra el mundo que lo rechazó? “No”, responde con énfasis. En resumen, él alega que todo es una conspiración por parte de académicos historiadores para convertirlo en una “no-persona”. Como evidencia cita la manera en la que el boletín anual de la Asociación de Historiadores dejó de incluir referencias a sus publicaciones. También tuvo la impresión de que la publicación trimestral titulada Historia rechazó los artículos que él entregó sólo por ser de su autoría. Para comprobar sus sospechas, les envió su artículo sobre la guerra italiana, investigación que realizó cuando vivía en Italia, firmado con el nombre de Stephen Harvey. “Creo que tenía todo el derecho de hacer esto”, me dice. “Si mi trabajo estaba siendo rechazado por el simple hecho de llevar mi firma, yo tenía el derecho de enviar un texto perfectamente decente firmado con otro nombre”. El artículo fue aceptado y eso alimentó sus sospechas de estar siendo excluido.

Pocos años después, Harvey hizo algo aun más incendiario. Envió a Historia un artículo firmado con el popular nombre de Trevor McGovern (quien, como lo señala Naiman, también es el autor de textos eróticos en internet). El artículo era en realidad el capítulo siete del primer libro de Harvey, La Gran Bretaña a principios del siglo XIX, del cual modificó solo la primera y la última frase. Una vez más Historia lo publicó. “¿Qué les sucedió a los críticos expertos?” pregunta Harvey. Cuando el (auto)plagio fue finalmente expuesto, W. A. Speck, editor de la publicación y ahora profesor emérito de la Universidad de Leeds, presentó su renuncia. La renuncia fue rechazada y la revista publicó un artículo complementario con una solicitud a sus lectores para que condenaran a McGovern.

El incidente “McGovern”, pienso yo, significó el naufragio de Harvey en el mar de la academia. Sin embargo, él asegura que no y menciona que muchas universidades no están al tanto de sus juegos y ajustes de cuentas. Pero su nombre debió verse empañado en varias publicaciones. Además, el asenso de Roger Scruton a editor del conservador Salisbury Review en el 2000 probablemente lo haya marginado aún más.

Harvey continuó produciendo libros ambiciosos: Choque de imperios, Sexo en la Inglaterra georgiana, La musa de fuego. Pero el gremio de historiadores ya no tuvo reparo en ignorarlo. Sembrar la mina del encuentro entre Dickens y Dostoyevski pareciera una revancha, mas él insiste que no lo es. “Has fallado en detectar dos cosas sobre mí”, indica. “Sí, tengo instintos de una persona problemática, pero también soy creativo e inventivo”. “Tú tal vez serías igual si no te hubieras dedicado al periodismo”. [Yo trato de no tomarlo personal]. “Fue un juego del espíritu. Sí, engañé al editor del Dickensian, pero la falta está en el comprador.”

“¿Cómo se relacionan la vida que vivimos con las vidas que podríamos o deberíamos haber vivido? pegunta Harvey”

Cuando la primicia de Stephanie Harvey fue finalmente desmentida años después de la publicación de su artículo en Dickensian, el editor Malcolm Andrews buscó a la señorita Harvey para descubrir por qué había cometido tan grande error. Su creador ya poseía una nueva idea. Harvey escribió a Andrews identificándose como la hermana de la autora para informarle que la desafortunada Stephanie había sufrido un serio accidente automovilístico y presentaba daño cerebral. La noticia provocó que Andrews se rehusara a investigar el asunto más a fondo. Sin embargo, Naiman ha demostrado menos sensibilidad al respecto. “Lo que no había tomado en cuenta”, admite Harvey, “era el gran interés que el asunto de Dickens y Dostoyevski provocaría en Estados Unidos. Nadie lo habría notado si no fuera por los norteamericanos.”

Harvey duda si publicará más libros extensos. Menciona que a sus 65 años su ritmo está disminuyendo y es más probable que ahora solo se concentre en escribir artículos. No ayuda el hecho de que no posee una computadora en casa y tiene que acudir a las bibliotecas para consultar el internet. Todo lo escribe a mano y contrata a un mecanógrafo para que lo pase al teclado. Después de haber convivido con él es difícil no reflexionar sobre las evocadoras líneas de Janis Blodnieks: “Busco pero no puedo encontrar la llave/ La que abrirá la brillante puerta/ Al fuego que corre paralelo/ Al mundo en el que estoy atrapado”. Harvey debió haber pasado una gran cantidad de tiempo habitando en esas vidas paralelas, pero su carácter combativo y la creencia de él estar en lo correcto mientras sus cobardes adversarios son corruptos, le hace rehusarse a bajar la guardia o compadecerse.

“¿Cómo se relacionan la vida que vivimos con las vidas que podríamos o deberíamos haber vivido?”, pegunta Harvey retóricamente. “Si hubiera vivido la vida que debí haber vivido, hubiera recibido un apoyo para jóvenes investigadores, después otra beca, luego el matrimonio, el divorcio, el tedio, la frustración; tal vez habría incursionado en la política y me habría convertido en ministro de estado; después más tedio y frustración. El patrón no habría sido muy diferente, en mi opinión”. Una vez, cuando Harvey vivía en Italia, cayó en un barranco durante una excursión, se lastimó una pierna y permaneció extraviado en el bosque durante tres días. “No creí que sobreviviría”, dice. “Desde aquel momento he pensado que ‘ya he vivido mi vida’ y que todo lo que he vivido desde entonces ha sido algo extra”.

Para ser un decepcionado semi-historiador universitario que se siente víctima de una conspiración académica, es el hombre más feliz en la tierra. Espera que los libros que descansan en su sala garanticen su reputación póstuma. Pero aunque no suceda así, es muy probable que los esfuerzos combinados de Stephanie Harvey, Graham Headley, Trevor McGovern, John Schellenberger, Leo Bellingham, Michael Lindsay, Ludovico Parra y, por supuesto, Janis Blodnieks lo harán.

Traducción de Elsa Sánchez

Anuncios

2 Responses to “El hombre detrás del falso encuentro entre Dickens y Dostoyevski”

  1. Daniel Alva León

    A riesgo de sonar como “grammar–nazi”, o mejor dicho, “traductor del método”, hay varias inconsistencias con esta traducción. Ojalá se ponga más atención en las traducciones que usan. En fin, me agrada el blog.

    Saludos.

    Responder
  2. Javier Vargas (@xavierus_)

    Después de haber leído esto, casi que se sigue pensar en el señor Harvey como un personaje salido de alguna novela; y lo mejor de todo es que no es así, que el tipo existe. Cualquiera puede ponerse en la tarea hablar mal de la academia —yo, con apenas unos semestres en la universidad y algo de vergüenza, ya lo hago—, ¿pero quién es capaz de ir más allá y burlarse de ellos con las mismos medios que tanto defienden en un sano pero significativo saboteo? El artículo académico puede ser fácilmente el formato de texto más aburrido que existe, haciendo varias excepciones (los escritos de algún aspirante a escritor, por ejemplo); así que en ese sentido, Harvey puede ser un renovador del “género”. La escritura académica también puede ser divertida es la conclusión. Claro, no sé qué tan de acuerdo podría estar él con lo que acabo de decir, quizá me mandaría a freír espárragos. Yo, por lo pronto, me voy a escribir un paper.

    Responder

Comenta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Basic HTML is allowed. Your email address will not be published.

Subscribe to this comment feed via RSS

A %d blogueros les gusta esto: