Nadia Escalante: dos poemas

 FISH & CHIPS

La mesa y nosotros a la luz de la vela; el olor del aceite hacia las paredes como una ola. En la cocina del restaurante, conversación de cuchillos que hacen tiras de carne y verdura —retacería de vidas pasadas, antes cuerpecitos autónomos— todavía sanguinolenta y pintada de tierra con pequeños tumores donde la vida empujaba por nuevos brazos. Pero se lavan y la sangre y la tierra desaparecen en círculos sobre el lavabo metálico. Tan limpio es el metal de los cuchillos y los tenedores con que nos llevamos a la boca trozos de peces de aluminio pulcro, revolcados en harina como en una infantil escaramuza sobre el lodo, y las papas que se hincharon bajo la tierra: nadie quiso sus frutos ni sus ramas ni sus flores. Nadie quiso de los peces los saltos submarinos o el espasmo sobre la arena o sobre la cubierta del barco. Lo verdadero crece desde las profundidades, y ramas y saltos y flores y su menearse con el viento no sirve a nadie, como las hojas del rábano y las cáscaras del huevo. Tampoco precisa la memoria de las hojas ni los tallos, sólo del bulbo que guarda toda posibilidad adentro de lo oscuro. “¿Cuál es tu recuerdo más antiguo?” Y la cabeza es más rápida en moverse o las entrañas que tienden hipotéticos pies en una estampida hacia una escena irrecuperable. Pero tengo una memoria excelente y me sé las líneas generales de cualquier historia que haya pasado por mi cuerpo. “Recuerdo que tenía dos años. Mi madre me bañaba y me di cuenta de que yo no era ella. Y tú, ¿qué recuerdas?” “Una imagen borrosa y oscura de mi padre, a veces, amenazante, el sentimiento de su proximidad, y, cuando no lo tenía cerca, la certeza de saber con exactitud en qué lugar de la casa se encontraba.”

La infancia encierra correspondencias irrepetibles, ritmos de pasos y el rebote de la mirada sobre el pavimento y las banquetas. Nunca las carreras y caídas vuelven a ser tan obedientes a la tierra, ni las piernas tan flexibles en su imantación por el suelo que se conquista a cada paso. Luego son las manos, de adultos, las que nos imantan a la tierra, y las entrañas temerosas las que terminan por resentir más una caída que una rodilla raspada —sangre bicolor hecha lodo con el polvo—, pero también esas manos se entrelazan, y las miradas, de otra forma que tiene que ver con otras desconcertantes atracciones gravitacionales. Pero la memoria deja de ser necesaria mientras comemos, la receta olvidada mientras crujen las papas y el pescado sin huesos. Es un plato muy sencillo, inmediato y transparente: su cubierta, un disfraz muy ingenuo. “¿Cómo habrá sido este pez antes de ser pescado? ¿Qué luminoso recuerdo tiene de su muerte por aire?” Pero nuestras infancias en otras ciudades, otras formas de nombrar las mismas cosas visibles o invisibles, presentes o desaparecidas, aunque tú te sigues llamando como te has llamado siempre.

Todo ha de trozarse —menos nuestro tiempo que es sin cuerpo ni raíces, mar que todo lo revuelve en olas y quietud y abismo y espuma, una presencia inabarcable, no hay principio ni hondura última en el pozo desde donde toda el agua brota— incluso los nombres, mezcla del sonido metálico de los cubiertos y el cristal de las botellas de cerveza, y tu sonrisa de ojos grises también se llena y se vacía, se escinde, y tus palabras se fraccionan, y otras, las otras, las mías, se trozan en una suerte de alimento, y me invitas de tu plato, y yo de mi cerveza, un poco más amarga que la tuya, y mientras masticamos pienso en cómo has de parecerte a tu padre, como siempre dices, aunque no eres para mí en absoluto una imagen borrosa, oscura, amenazante, es sólo que aquí estás y el sentimiento de tu cercanía clara es también una certeza.

 

PUERTO NUEVO

Comimos langosta,

de espaldas al mar,

sobre un tapanco.

(Yo no conocía aquel sitio

ni había comido langosta.)

Éramos los únicos comensales.

Los músicos para turistas se ofrecían.

No quisimos.

Tú no parabas de hablar.

Dividimos la langosta

—una mitad para  cada uno—

y las tortillas de harina

de las que no hacen en el sur.

(Yo nunca había comido esas tortillas.)

Bajamos a la playa;

la brisa acariciaba una herida fresca.

Tirados frente al mar y con los codos en la arena,

nos dividimos la brisa

y la música para turistas a lo lejos;

también dividimos

una separación que se acercaba

—una mitad para cada uno—

y el sonido de las olas

para no tener que hablar.

Nadia Escalante


SONY DSCNadia Escalante nació en Mérida, Yucatán, hace treinta años. Disfruta de (y se dedica a) la literatura, la comida y la danza, entre otras cosas. Adentro no se abre el silencio (colección La Ceibita, FETA, 2010) es su primer trabajo publicado y está disponible en línea. Actualmente es becaria del FONCA en el área de poesía.

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