Nuestra Señora de la Sangre

1. Todo lo marchita el tiempo poderoso

I

La cierva altiva parecía estar mintiendo a primera vista. Vestida con un traje sastre color crema, a pesar de que sus ojillos garzos correteaban como pedigüeños de un interlocutor a otro, en su interior se desgañitaba por derrochar encanto frente al hombre de las gafas negras. Era una chicuela pipirisnáis transformada en apenas veinticinco años en mujer de mundo, una de esas versátiles princesitas que saben codearse con ejecutivos sin entrañas, intelectuales vespertinos de café, tiernos viejitos de asilo o policías tan malencarados como los de Noche de Nuestra Señora.

En realidad, la dependencia policiaca donde ocupaba una silla Enriqueta Saldívar —pues con este nombre había presentado Alondra Guzmán a la cierva altiva— no estaba en aquella ocasión llena de policías malencarados. De los dos que allí se encontraban, sólo uno la miraba con fingida indiferencia en realidad sucia y rijosa: la expresión facial congelada, los ojillos de alimaña sin chispa, fingiendo prestar atención profesional mientras que, con mayor fruición, imaginaba el aroma de aquellas bragas después de una larga jornada de trabajo. La voz grave, viril y mandataria de su capitán vino a distraerlo por unos instantes de su fantasía procaz.

—Para nosotros será un placer ayudarla en la medida de lo posible, ¿no es así, Lucas?

Ya veremos, pensó el hombrecillo diminuto con cara de ratón antes de responder con una afirmación; lo que vino a dar igual, porque la joven ni se tomó la molestia de mirarlo para recibir su respuesta. No se trataba de mirar como Caperucita miró al leñador para que transformase al lobo en hamburguesas para los niños del bosque, sino de mirarlo porque debía mirarlo, porque maldita la gana que tenía el Ratón de permanecer ahí, plantado contra la pared de aquella oficina casi a oscuras, con las persianas bajadas a pesar de ser mediodía de un lunes cualquiera, contemplando a aquella cierva altiva de cabello rubio recogido en un chongo. Sin embargo, ella mantuvo la vista en aquel hombre elevado y corpulento, el mismo que acababa de dirigirse al hombre pequeño y prieto para proporcionarle en su tono y su firmeza la respuesta de su pregunta; un hombre apuesto cuyos rasgos faciales sobresalientes se resumían en un mechón de negra crin caballar que caía por su espaciosa frente hasta alcanzar sus gafas de ciego.

—¡Ya verás que sí, Queta! —intervino Alondra Guzmán tomándole la mano con su característica animosidad—. ¡Ya verás cómo la hacemos!

Entonces se produjo un silencio espeso, y la cierva altiva aprovechó para tomar aire y tragar saliva. No es verdad que verás cómo la hacemos, pensó el Ratón, pero habría que ver qué demonios se traían entre manos. Al fin y al cabo, Alondra Guzmán no estaba en las nubes, y si la secretaria del capitán de policía de la Delegación Liminar presentaba allí a su amiga de los tiempos de estudiantita mantenida de Arte, la cosa podía ocasionar algunos quebraderos de cabeza, o cuanto menos, más trabajo para acabarla de chingar.

—¿Qué tal si nos vamos al principio? —preguntó Caballo Ciego mientras alzaba sus grandes manos hasta el mentón y entrecruzaba los dedos—. Es verdad que Alondra me ha dado algunas referencias vagas, pero la historia es nueva para el teniente Bauer.

La cierva altiva apretó un poco más la blanca mano de Alondra mientras recibía de ésta su sonrisa reconfortante y el destello tranquilizador de sus ojos azules. Volvió la mirada hacia Caballo Ciego y entreabrió sus labios carnosos y apetecibles.

—Alondra ya le habrá comentado que vivo en Calombra, una ciudad fronteriza en el norte de México. Llegué a Puntaloba el sábado a mediodía con una idea muy clara en mente: encontrar a mi padre.

—¿Cuánto tiempo hace que no lo ve? —preguntó Caballo Ciego.

Enriqueta Saldívar bajó la mirada antes de contestar.

—En realidad —se sintió un poco tonta al reconocerlo—, no lo he visto nunca. Sólo en unas viejas fotos que traje conmigo.

—Y no sólo no lo ha visto nunca, sino que tampoco conoce su dirección, ¿no es eso? —para Caballo Ciego se trataba de la misma y vieja historia, y Enriqueta Saldívar asintió—. Por eso Alondra le recomendó que acudiese a nosotros. Hizo bien.

—Queta y yo somos íntimas amigas desde la Universidad —intervino Alondra.

—Si no sabe su dirección quiere decir que no hay contacto entre ustedes —prosiguió Caballo Ciego—. ¿Por qué piensa que vive en esta ciudad?

—Con franqueza, no sé de cierto que mi padre viva aún en Noche de Nuestra Señora —la cierva altiva se mordió ligeramente su gordezuelo labio inferior antes de continuar— pero sí que hace veinticinco años llegó a este país para rehacer su vida.

—¿Cuál es el nombre completo de tu padre, Queta? —preguntó Alondra.

—Abdul Alire Khlayel.

—El nombre y los apellidos no son de por aquí —sentenció Caballo Ciego. El Ratón vio cómo la cierva altiva asentía.

—Mis abuelos eran inmigrantes de origen libanés.

—¿Por qué para rehacer su vida? ¿Tenía problemas en México? —inquirió Caballo Ciego.

—El ejército lo buscaba… —el Ratón se dio cuenta de que la cierva altiva dudó en terminar la frase, pero al fin se deshizo de su odiosa carga—. El ejército lo buscaba para matarle.

Caballo Ciego enarcó sus espesas cejas negras y volvió la cabeza hacia donde el Ratón estaba apostado. Éste gruñó, y aquel gruñido fue como una llamada de atención que impulsó a Enriqueta Saldívar a bajar otra vez la mirada.

—Él cometió un error imputable a su juventud —comenzó a justificar con una pequeña elevación apasionada del tono de voz, pero sin perder su sabrosa compostura—. Bueno, más bien muchos… Mi padre era en aquel entonces un joven de dieciocho años, un muchacho que quería hacer algo por su país, pero no sabía cómo. Pertenecía al partido comunista. Luego fue captado por un comando de la Liga 6 de Mayo.

—Quiere usted decir… —Caballo Ciego dejó inconclusa la frase, a la espera de que ella acabase de explicarse.

—Sí, me refiero a uno de aquellos comandos que en los setentas operaban en algunas ciudades. Se habían organizado como guerrilla urbana contra fuerzas del ejército y la policía.

En la oficina de Caballo Ciego se hizo una pausa. Alondra abrió su cuaderno taquigráfico y comenzó a tomar notas. Sin perder de vista a la cierva altiva, el Ratón comenzó a jugar billar de bolsillo.

—Curioso planteamiento, ¿no cree? —preguntó Caballo Ciego con ironía— Usted acude a la policía para que nosotros la ayudemos a encontrar a un asesino de policías.

—Él era muy joven —justificó Enriqueta Saldívar— y estaba muy confundido, pero nunca alcanzó a matar a nadie.

—¿Quiere decir que no tuvo tiempo? —preguntó el Ratón con su característica tosquedad, interviniendo casi a fuerzas en la conversación.

—Lo que quiero decir es que no hubiera podido —respondió la cierva altiva dirigiendo al Ratón una mirada levemente ofendida—. Él militaba en el partido comunista, pero necesitaban dinero para imprimir uno de esos pasquines que se entregan en las manifestaciones y se distribuyen por las calles.

Enriqueta Saldívar guardó silencio, pero Alondra la animó a continuar con el gesto solidario de apoyar la mano sobre su rodilla.

 —Lo que pasó después es que un miembro de la Liga le invitó a participar en una operación. En apariencia, no había ningún riesgo y no se cobraría vidas. Se trataba de entrar por la noche en unos almacenes de ropa y llevarse todo el dinero de la caja fuerte.

—Esa no es una operación en apariencia sin riesgo —evaluó Caballo Ciego poniendo énfasis en las cuatro últimas palabras—. Si no se conoce la combinación de la caja es preciso recurrir a lo sucio y escandaloso: explosivos.

—No era necesario. Gustavo…, bueno, el joven que era miembro de la Liga tenía un primo que se había comprometido con la secretaria del dueño de los almacenes. Necesitaban dinero para casarse.

—Poderoso caballero, como decía Espronceda —sentenció Caballo Ciego con indiferencia.

Mientras Alondra Guzmán tomaba nota de la cita literaria, Caballo Ciego se reacomodó en su asiento y volvió la cabeza hacia donde debía hallarse el Ratón.

—Está claro como el agua. La pareja se llevaba una parte del botín por la combinación de la caja, y su padre recibía otra más, más pequeña, por la colaboración. ¿Qué fue lo que salió mal?

doc0002

La cierva altiva, al tener la vista fija en el suelo, no percibió la remarcada sonrisa que se dibujó en la cara de Caballo Ciego, y hacía destacar en ella dos carrillos lozanos y brillantes. El Ratón lo secundó con media sonrisilla irónica.

—La secretaria se comprometió a averiguar la combinación por una suma que les permitiría abrir un negocio en Miami, donde tenía familia que la ayudaba a arreglar papeles; pasó lo que tenía que pasar: el dueño la descubrió, avisó a la Policía y la denunció por intento de robo.

—Ajá —la sonrisa de Caballo Ciego se volvió más marcada, si cabe, y en ese momento Enriqueta Saldívar levantó la vista del embaldosado para mirarlo—. Entonces todas las partes pactaron, ¿no? De ese modo, la policía tenía oportunidad de echar el guante a unos miembros de la guerrilla que podrían dar otros nombres hasta permitir desarticularla del todo. A cambio de no ser denunciada, la secretaria ocultó haber sido descubierta y sólo perdió su trabajo.

—Hasta donde tengo entendido, no perdió el trabajo —explicó Enriqueta Saldívar en un tono opaco—. Llegó a un acuerdo privado con su jefe.

Con una carcajada, Caballo Ciego volvió la cabeza hacia el Ratón.

—No podemos pasar por la vida sin mimar las buenas relaciones, ¿no es así, Lucas?

El Ratón emitió una risilla socarrona y servil, con respecto a la cual —él lo notó a la perfección, pues la miraba a ella— la cierva altiva optó por ser indiferente. Caballo Ciego se aclaró la garganta antes de continuar y Alondra se levantó a por un cono de agua del bebedero.

—¿Qué sucedió aquella noche?

—Mi padre y otros cinco jóvenes irrumpieron en los almacenes tras romper unos ventanales, pero al llegar a la oficina de la caja fuerte se encontraron con que veinte agentes los esperaban en la oscuridad. Fue horrible.

Alondra Guzmán tendió el cono a Enriqueta Saldívar, y ella lo mantuvo en la mano durante unos segundos antes de beberlo y continuar.

—Al prenderse la luz, uno de los miembros de la Liga no se lo pensó dos veces, sacó su arma y dio comienzo a un fuego cruzado en el que murieron tres de los muchachos y un policía. Mi padre y otro de ellos salvaron la vida porque echaron a correr, pero fueron capturados.

—Imagino que pasó un buen tiempo en la cárcel, ¿no es así?

—¿Cárcel? —preguntó Enriqueta imprimiendo en su cara una agria sonrisa— No es como usted piensa, capitán Nebreida. La guerrilla urbana tenía sus métodos, subían a los camiones urbanos a punta de pistola y los secuestraban. Allá donde se topasen con la policía se producía una confrontación sangrienta. No importaba cuántos civiles hubiera en medio, ellos creían hacer la revolución contra un régimen corrupto. Como usted comprenderá, la Policía también tenía sus propios métodos cuando capturaba a un miembro de las ligas. Y entonces, nunca más se volvía a saber de ellos.

—¿Qué sucedió con su padre?

—Por supuesto, nunca existió ningún registro de su detención, pero yo sé por mi madre que él y el otro muchacho fueron conducidos a una casa en las afueras de la ciudad, donde fueron torturados. El otro joven murió sin dar un solo nombre, y la policía —la cierva altiva titubeó—, la policía le enseñó sus ojos a mi padre. ¡Imagínese, le habían arrancado los ojos…!

El rostro de Caballo Ciego, ya blanco por naturaleza, palideció aún más, pero hizo un esfuerzo de autocontrol.

—Qué no le harían… Mi padre insistió en su inocencia, repetía una y otra vez que ni formaba parte de la Liga ni conocía más nombres que el de su amigo muerto en los almacenes; pero ellos no le creyeron. Poco antes de amanecer, lo sacaron de su celda y lo condujeron a un cuarto donde había dos cuerpos atados a una silla, con los ojos vendados, temblorosos de miedo… La policía había invadido su casa en mitad de la noche y habían detenido a mis abuelos. Le comunicaron que si no contaba todo lo que sabía los matarían allí mismo, delante de él, que podían hacerlo como quien aplasta un par de cucarachas, que nadie se iba a preocupar de la desaparición de un par de montoneros que ni siquiera hablaban bien el español. Mi padre rompió a llorar y suplicó que no les hiciesen daño, pero ellos… —el Ratón sintió cómo se le quebraba la voz a la cierva altiva, pero pudo continuar—  ellos les metieron una bala en la sien a cada uno. Ellos eran unas buenas gentes que no se metían con nadie ni hacían mal. Luego, mi padre se desmayó.

A estas alturas del relato, Enriqueta Saldívar ya no buscaba la aquiescencia de nadie y su relato fluía sin timidez, rencor ni vergüenza, de forma helada y serena.

—Nunca supo cuánto tiempo pasó, pero cuando lo despertaron con un chorro de orina en  la cara fue arrastrado fuera de la casa hasta el borde de una fosa donde yacían tres cuerpos semienterrados. Justo en ese momento llegó un camión del ejército y de él descendió un soldado para ordenar a gritos que debían darse prisa, que algo urgente había sucedido y se requería la presencia de todos los elementos. Bastó este segundo de distracción para que mi padre aprovechara para huir a campo abierto bajo el fuego de sus pistolas. Una vez, una sola vez echó la vista atrás para ver si lo seguían, pero en vez de eso vio a los hombres que lo habían torturado subir al camión y partir en dirección contraria. Se les escapó, se les escapó de la muerte y hasta del roce de una bala… Y es entonces cuando mi madre entra en la historia.

—¿Ya estaban casados? —preguntó Caballo Ciego.

—¡Por supuesto que no! —respondió con énfasis, como si la pregunta fuera absurda—. Ella era una estudiante de quince años, una niña con la cabeza llena de pájaros, como mi padre. Él fue a buscarla, llegó casi de noche y le reveló todo lo que había sufrido, lo mismo que yo he contado a ustedes ahorita, y mi padre le rogó que se escapara y lo siguiera, que la policía tenía su ficha y le buscarían para matarle como habían hecho con sus padres. Al principio llegó a creer que todo había sido una farsa, que sus padres no eran sus padres o que sólo querían dar una lección al chico malo… Volvió a casa y la halló del todo destruida.

—¿Y qué hizo su madre?

—¿Qué otra cosa podía hacer salvo decir que no? —hizo un gesto de fatalidad con los labios— A pesar de lo mucho que lo amaba, de los maravillosos momentos juntos, sólo pudo decir que no. El temor a lo desconocido la obligó a decir que no, y en consecuencia él desapareció de su vida para siempre… Bueno, no exactamente…

Enriqueta Saldívar extrajo de su bolso una postal y la depositó con cuidado sobre el escritorio de Caballo Ciego.

—Tres meses después —prosiguió— él mandó esta postal desde Noche de Nuestra Señora. Es una foto de las Faces de Piedra, las caras de los sacerdotes esculpidas en la montaña por los cipagios mucho antes de la llegada de los españoles. Durante años he soñado con visitarlas junto a  él, con recorrer las galerías internas de la montaña. En esta postal le contó sus avatares para llegar en una balsa hasta las costas de Puntaloba. Le deseó mucha suerte a mi madre, confesó cuánto la extrañaba y le confirmó que, pues ése había sido su deseo, él salía de su vida para siempre. La postal no tiene remite.

—¿Y luego? —preguntó Caballo Ciego en voz baja.

—Luego… —el Ratón vio que la cierva altiva esbozaba una sonrisa ambigua— La noche en que mi padre fue a buscarla desesperado, mi madre no sabía, porque sólo lo sabría dos meses después, que estaba embarazada. Yo venía en camino.

—Y ahora usted quiere conocer a su padre —concluyó Caballo Ciego.

—Tengo que encontrarlo y hablar con él, no importa cuánto haya cambiado en todo este tiempo. Tengo que contarle que mi madre se casó años después con un hombre que me crió como su hija, pero que ella nunca lo olvidó. No consiguió llegar a salir de su vida, pero sobre todo… —el Ratón advirtió que las pupilas de la cierva altiva se contraían— Sobre todo, tengo que darle la triste noticia de que mi madre ha muerto.

Ricardo Vigueras


Ricardo Vigueras es doctor en Filología Clásica por la Universidad de Murcia, España. Actualmente es profesor de cultura clásica, de latín y griego en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. También imparte clases sobre narrativa gráfica, cine y novela negra. Es autor del libro Breve introducción a la novela policiaca latina (2009) y de la reciente traducción de la Lisístrata (2013) de Aristófanes.

Anuncios

3 Responses to “Nuestra Señora de la Sangre”

  1. La isla en medio del charco: entrevista con Ricardo Vigueras | blog indieo

    […] En su primera novela, Nuestra Señora de la Sangre (2013), Vigueras propone la creación de un espacio mestizo llamado Puntaloba, una isla en el Caribe, y en específico el de su capital, Noche de Nuestra Señora, ciudad cuya geografía es fácil de relacionar con nuestra realidad debido a que su lengua es el español, sus calles están pletóricas de crímenes, de políticos y policías corruptos, de pobreza y marginación, y porque representa esa amalgama que caracteriza nuestra historia hispana a ambos lados del charco. Dividida en tres partes, la novela tiene como personajes principales a dos detectives: Adán Nebreida, el Caballo Ciego, quien funge como capitán de la Delegación, y a Lucas Bauer, alias el Ratón, tal vez el personaje que se perfila como protagonista de esta saga. Ambos resuelven, para bien y mucho para mal, el caso de tres mujeres: el de la hija de un guerrillero comunista miembro de la Liga 6 de Mayo que vuelve a la ciudad en busca de su padre; el de una cabaretera asesinada que narra su desgracia desde ultratumba; y el caso de la hija extraviada de un magnate de Puntaloba, quien esconde un secreto ensordecedor. (Aquí publicamos el primer capítulo de la novela.) […]

    Responder
  2. “Mambo” | blog indieo

    […] Sangre (2013) de Ricardo Vigueras. Pueden leer esta entrevista con el autor aquí y por acá está el primer capítulo que publicamos como avance. Está disponible en Amazon y la próxima semana regalaremos dos […]

    Responder
  3. ¡Otro libro gratis! | blog indieo

    […] tienen las ligas de los capítulos y la entrevista: capítulo 1 – “Todo lo marchita el tiempo poderoso”, capítulo 5 – “Mambo” y la entrevista con el autor, Ricardo Vigueras. Suerte […]

    Responder

Comenta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Basic HTML is allowed. Your email address will not be published.

Subscribe to this comment feed via RSS

A %d blogueros les gusta esto: