De por qué soy tan reservada

Tenía siete años la primera vez que conté un secreto. O al menos eso pienso ahora, porque a los siete años uno hace las cosas por Primera Vez varias veces. Y no es que supiera muchos secretos, solo de vez en cuando alguna de mis amigas se dignaba a bajar la cabeza y, tras meditarlo mucho, me contaba al oído algo minúsculo, insignificante, que ya le había relatado a todas las demás, meses atrás: yo estaba en el penúltimo peldaño en el escalafón de popularidad —arriba de la niña que siempre olía mal por una enfermedad en la piel, y ya—. Luego, con arrogancia, me advertía que no le dijera a nadie, que si lo hacía ya vería de lo que podían ser capaces las niñas enojadas. Yo le creía y asentía con nerviosismo, para que no dudara y no fuera a pensar que era una mugrosa soplona. Al poco tiempo deduje que ése era el “sistema” para decir algo confidencial: soltar la bomba, dejar que el silencio condujera a la comprensión, y luego amenazar —no demasiado, lo necesario— con ojos inclementes para obtener discreción. No es común que esto funcione. Pero en aquel entonces yo no sabía más que jirones, migajitas que nadie más que yo apetecía: a mí casi nunca me hacían participar del ritual.

Probablemente sucedía porque mi madre, Doña Antonia, era la madre más gruñona de la colonia, pensaba para consolarme. De tanto en tanto, mientras  esperaba el camión de la escuela, comprendía que mis amigas no me contaban nada porque yo no confesaba nada de vuelta, como moneda de cambio, como regalo, como una ofrenda de humillación y solidaridad que dijera: Soy igual que ustedes. Pero cómo empezar si yo ni secretos tengo, solía preguntarme, y nadie, ni siquiera mi mejor amigo de la casa de al lado al que quería tantísimo, el negro gato Aurelio, me revelaría el “sistema”. Nadie. Por qué no tengo hermanos, me lamentaba: todo tendría que aprenderlo por mí misma.

Un día, para practicar, decidí probarme, con la esperanza de que algún día las niñas de la escuela ya no me miraran con tanta frialdad. Se lo conté a mi primo favorito, que vivía a dos calles de distancia de nuestra casa, el más popular de la cuadra, tan encantador y divertido. Como no sabía qué contarle, se me prendió el foco y le solté a mi primo algo que guardaba desde hacía unos meses, y que no le había revelado a nadie más: que mi padre  guardaba unas fotos de unos muchachos en calzones. Nada fuera de lo usual, si no fuese porque las guardaba en un libro con un hueco en el medio, en una caja del último estante del clóset de su cuarto: por eso sabía que era algo confidincial, aseguré ufana de conocer esta palabra. Entonces mi primo favorito —siempre tan guapo, tan sonriente— hizo un gesto de extrañeza, y tras un sonoro golpe de saliva en la garganta entró en la fase del silencio, por lo que supe que habíamos llegado a la comprensión. Y después no me atreví a amenazarlo, como era usual, pensando que como era familia, y yo apenas estaba empezando a practicar el Arte del Secreto, él sabría entenderlo. Luego parecimos olvidarlo todo, y corrimos felices hacia el parque del vecindario, mientras nuestras madres corrían tras nosotros, y la mía me regresaba entre empujones y gritos, y su madre volvía derrotada a casa, sola.

Unas semanas después entendería el verdadero funcionamiento del “sistema”: primero, mis amigas comenzaron a cuchichear cada vez que me veían, naturalmente sin confiarme nada; después, en un dramático giro del destino, mi madre comenzó a estar de peor humor, a regañarme más y a tener la voz más chillona. Mi padre fue enflaqueciendo y adoptó una cara rara, cenicienta, que yo no conocía. Unos cuantos días después, o meses, quién puede decirlo, mi madre decidió hacer tres maletas —una de ellas era mía—. Llegamos al pueblo de la Abuela a las seis de la mañana, y a mi padre volví a verlo treinta años después, cuando estaba tan envejecido y tembloroso que era demasiado tarde para pedirle perdón. Al negro gato Aurelio y a mi primo no volví a verlos jamás. Y jamás, decidí en ese triste pueblo perdido de la sierra, volvería a contar ningún secreto en donde algo de mí estuviera en peligro. Pero ya qué importaba, si en el camino había perdido todo, y nadie nunca, ni mis amigas populares, ni mi primo sonriente, me devolverían los años de infancia, una vida normal o a mi familia completa. Por eso ahora soy tan reservada, y no cuento secretos ni aunque vaya en juego mi vida.

Paula Arizmendi


Paula ArizmendiPaula Arizmendi (Hamilton, Ontario, 1979), canadiense por azar y chilanga por decisión propia, ha compaginado una sólida carrera de filosofía (ahora como doctoranda y becaria en la Universitat de Barcelona) con una necia vocación literaria que la obliga a escribir. Con esporádicas apariciones en blogs y revistas universitarias, Paula tiene tres libros de poesía a la espera de un editor. Actualmente escribe su primera novela.

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