Snowville, Chih.

Dean sacó otras fotografías. Comprendí que eran las fotos que algún día mirarían asombrados nuestros hijos pensando que sus padres habían vivido unas vidas tranquilas, ordenadas, estables y levantándose por las mañanas a pasear orgullosos por las aceras de la vida […]

Inez gritó festivamente “¡un paquete de Lucky Strike!”. Tomó mi sombrero y me lo aventó a la cara con lo que casi me salgo de la carretera. Es peligroso un objeto volador mientras vas a cien millas por hora. Sólo me desvié un poco. Cuando regresé de nuevo al asfalto, ella me dijo: “¡Vaya estilo!”.

Hacía un calor tremendo aquella tarde de mayo pero había una gran nube en nuestro horizonte. Aunque no pegaba el sol de frente y eso ayudó un poco. Manejaba acompañado de Inez por la infinita carretera americana a lo largo de la Interestatal 10, el mismo y largo camino de la fresca humedad de Lousiana pero esa música de jazz ha desaparecido. Ahora nos encontrábamos con un mundo seco. No había nada que ver allí. Pasábamos a través del gran desierto que es Texas. Inez y yo nos aburríamos.

—¿Qué otros lugares quedan de Texas?, pregunté.

Ella buscó en la parte de atrás del Chevy, entre ropa y cajas, y sacó un mapa. Después de inspeccionarlo me dijo:

—Si ya pasamos Van Horn, sólo queda Socorro y El Paso. Nos estamos acercando Dean. Faltan tres estados más y llegaremos.

Inez casi hace trizas nuestro papiro geográfico de la emoción por iniciar una nueva vida. Era comprensible. Yo golpeé con las dos manos el volante, enfebrecido de la contagiada alegría.

Después de un par de horas de manejo, llegamos debajo de la nube que estaba sobre El Paso, Texas. Nos ahí detuvimos para comer, echar gasolina y seguir el viaje rumbo a San Francisco. Curiosamente sentimos un aire fresco, opuesto al calor que habíamos sentido durante toda la jornada. Mientras comíamos en un drive-in pude ver la frontera y lo que había al sur. Me venían a la mente esos relatos de que era la ciudad del pecado y del alcohol. Vivimos una juventud de juergas y nunca conocimos aquella ciudad.

Volteé a ver a Inez. Le dije que cruzáramos a México. Ella me recordó lo que yo le había contado de Sabinas Hidalgo. Quedé callado y con el rostro sorprendido, el silencio era un escudo que bien podía contar o negar esa historia. Finalmente reí ya que no pensaba que aún recordara eso. Insistí en el viaje: “Desviemos camino de la I-10 y conozcamos esa ciudad mexicana”. Ella me dijo que ni siquiera sabía el nombre de la ciudad. “Ese no es ningún inconveniente”, le dije. Soltó una risita. Accedió. Genial. Pensé que sería como en lo viejos tiempos. Una aventura más.

Después de los deberes de nuestro infatigable, inexorable, e inextricable viaje preguntamos en la estación de gasolina cómo llegar a México. Un joven llenó el carro con combustible y mientras se llenaba el tanque nos dijo que simplemente llegáramos al centro de la ciudad y que todas las señales nos conducirían entre el misterioso y atractivo sur. Seguimos las instrucciones del chico y manejamos hasta que a lo lejos Inez y yo observamos el puente internacional.

Un oficial americano nos cobró un quarter por cruzar el puente sobre el río Grande y nuestras ruedas rodaron sobre suelo oficialmente mexicano, aunque del otro lado un funcionario mexicano nos detuvo y nos pidió que les mostráramos nuestro equipaje. Lo hicimos. No podíamos apartar los ojos del otro lado de la calle. Deseábamos ir allí y perdernos en aquellas recónditas calles. Me parecía la sagrada Lhasa.

Nos apresuramos a presentar nuestros pasaportes. El mexicano registró nuestro equipaje por puro formulismo. No parecía policía. Era lento, casi perezoso y muy amable. No dejaba de mirarlo. Me volví hacia Inez.

–¿Sabes? –dije mientras sacudía discretamente la manga de su suéter–. Esto ya se lo había dicho a Sal: fíjate cómo es la pasma en México.

Al cruzar aminoré la velocidad. Quería pasar e inspeccionar todo, viendo la fachada de ese pueblo. Nos encontramos con una antigua y moderna ciudad en la que yo no sabía siquiera donde estaban los salones de baile. Pero soy un zahorí de la noche. Seguí manejando hacia el sur. Vi casas y negocios, en donde algunas casas parecían negocios. Vi un cine pequeño. Nos detuvimos en el semáforo de la avenida “16 de September”. Cuando prendió el verde pregunté a Inez en qué calle estábamos y ella me respondió que sobre la calle llamada Lordo. Pasamos sobre otro cruce y llegamos a una avenida transitada. Di vuelta hacia la izquierda y a nuestra derecha teníamos un parque con una gran estatua. Supuse sería un gran héroe de la ciudad. Nos estacionamos ahí y pedimos direcciones. Mi español es efectivo pero, aunque pregunté a varias personas, en esta ocasión nadie me entendió. Se acercaba un policía. Me llevé una sorpresa ya que él sí nos ayudaría: dijo que estábamos cerca. Nos dio las señales que regresáramos a la avenida 16 por la calle que teníamos enfrente, y que en aquella gran calle diéramos vuelta a la derecha: una avenida tal y cómo se llamaba precisamente la ciudad: Juárez.

Llegamos hasta ahí con rapidez y vimos un carro que dejaba el espacio libre sobre la avenida y ocupamos su lugar. Pero la puerta de Inez quedaba sobre el tráfico de carros por lo que me apresuré a bajar e ir hasta su lado y caballerosamente abrirle la puerta. Como un viejo y fino amor. Los dos estábamos en un lugar ajeno y mirábamos como turistas el espacio alrededor. ¡Vaya! ¡Vaya! Las personas eran esos mexicanos morenos y hermosos. De los edificios escapaba la música interior que estaban tocando. En el cielo nocturno aún se mantenía esa nube enorme y empezó a sentirse un viento frío. Entramos a un bar que estaba frente a donde aparcamos. Vimos los rostros de los parroquianos y se veían cansados. Hice una seña al mesero y pedí dos cervezas. Fueron servidas en bellos tarros de cristal. Nos mantuvimos bebiendo mientras yo le decía a Inez cosas al oído, de la gente y del agradable lugar. Cuando se movió un grupo de personas, pude ver que había una rocola. Inez también la vio y me llevó hasta ella para curiosear los discos que había. Tristemente, no había ningún artista conocido. Todos eran cantantes mexicanos. Pusimos monedas para escuchar lo que había. Qué sorpresa. Un ritmo de tambores, maracas y trompetas. Inez y yo nos empezamos a mover. Los demás nos vieron. Pregunté en voz alta: “Amigos, ¿cómo bailan esto?” Y algunos dejaron sus charlas y otros se levantaron de sus mesas. Como no conocíamos los pasos bailamos ragtime pero al ver a los demás empezamos a imitarlos. Bailamos con una música mexicana durante mucho tiempo hasta sudar de nuevo. En la pista de baile reíamos con los demás. De entre todos ellos, un amigo bailó con Inez. Yo estaba un poco enojado. Me había quitado a mi chica. Una mano femenina tocó mi hombro y cuando volteé a verla notó mi expresión. «Calma muchacho, él es mi esposo Roberto». Lo repitió en inglés. Me dijo su nombre, María, y me invitó a bailar. Ella lo propuso. Sabía bailar muy bien.

La música tocó durante horas pero luego de mucho baile casi era hora de cerrar el lugar. María hizo las cuentas y Roberto la ayudaba. Pues sí, trabajaban ahí. Nos dijeron que si queríamos ir, Inez y yo, a su departamento para seguir bebiendo. Dijimos sí y también que los esperaríamos afuera del local. Salimos y sentimos una fría noche. Así son las noches del desierto. Abrí el carro e Inez sacó una gabardina. La gente de la ciudad subía a taxis o se retiraban en parejas en sus autos. La noche estaba iluminada por los carros y las farolas de la avenida. Era una bella imagen. Del bar hicieron un silbido; esperábamos en la acera frente al salón y nos vio María. “¿Qué hacen aquí sentados?”, dijo. “Nuestra casa está en el segundo piso”. Sí, eran los dueños del lugar y vivían ahí. “Vamos”, le dije a Inez.

Era un departamento curiosamente muy norteamericano. Los muebles, el estilo, incluso ellos, con quienes hablábamos en inglés. Ofrecieron whisky. Solamente éramos los cuatro. Aunque no tomamos tanto. Más bien Inez y yo quedamos fascinados con los discos que poco a poco nuestros anfitriones empezaron a sacar, hasta que mi cabeza se conmocionó con uno de Yardbird. Era una leyenda urbana ese vinil que escuchábamos, se consideraba perdido. Le mostré a Inez y le expliqué dónde decían algunos que había sido grabado. Roberto me dijo que mirara la parte de atrás: estaba firmado por Charlie. No podía creerlo. María estaba en la cocina e Inez fue con ella y luego vi que se retiró. Tomé otro sorbo del whisky. Le pregunté a Roberto que dónde estaba el baño. Él me indicó el pasillo. Había muchas puertas. Abrí una por una. En la última, me encontré a Inez, precisamente en el baño, con su lipstick. Le daba vida al color de sus labios. Cerré detrás de mí. Le sonreí. Me acerqué a ella y le besé su cuello. Algo se despertó en nosotros y el baño nos recordó el de Nueva York. You know. El agua corría testigo en el profundo lavabo. Hicimos ruido. Tocaron para ver si todo estaba bien. Teníamos que salir. Roberto nos vio y dijo: “Nunca creí que ese baño tuviera espacio para dos”. Tomó muy bien la situación convirtiéndola en un chiste. Empecé a comprender que era una gran persona.

Cuando estuvimos los tres ahí en el pasillo, Roberto nos dijo que dormiríamos en la sala. María llevó almohadas y frazadas. Los dos nos desearon buena noche; se disculparon que tenían cosas que hacer mañana por la mañana. Se apagaron las luces. Pudimos mantener el jazz. Seguimos escuchando sentados en el sillón de la sala, a oscuras; sirvió como música de fondo a mi plática de los planes que haría en Frisco; le dije a Inez que viviríamos cerca de la playa, yo dije que tendría un trabajo honesto y ella me dijo que trabajaría en una florería, llevando jazmines, gerberas y crisantemos cada noche a la casa. Futuro, futuro: ante nosotros estaba el futuro. Ella empezó a cerrar los ojos: «No creas que no te escucho Dean, sígueme contando cosas». Dos minutos después ya no la escuché darme su “uh-uh” como respuesta; quedó calmadamente dormida con el sonido de mis palabras y el sax proveniente del tocadiscos.

Por la mañana desperté primero que ella y tuve su rostro tan cerca de mí que capturaba su aliento. Me estremecí por contemplar su belleza. Detrás de ella había un reloj que marcaba lo temprano del día. Concebí a Inez en una doble ternura: con sus ojos cerrados tan pacíficamente dormida; con el maquillaje corrido y su rostro cosmético. Las horas. El tiempo. El fluir del tiempo, de la noche al día, impedía que su incontenible energía juvenil se mantuviera. Las cosas ya no son como eran antes.

Aún dormida, saqué mi brazo con cuidado, el que ella tomó durante la noche para acurrucarse. Me levanté y algo, una fuerza o un espíritu, me llevó a ver por la terraza. ¡No puedo creerlo! Me froté los ojos. ¡Debo estar soñando! La nieve cubría toda mi vista.

Maravillosamente, ese día de mayo amaneció nevado.

Tirité. Entró una corriente de aire gélido cuando abrí la puerta de la terraza y, en mangas de camisa, estuve en el balcón extasiado de la blanca lluvia congelada en aquella ciudad. Dejé de contemplar pues escuché ruidos desde el sillón, vi que despertaba. “¡Mira Inez!”, le dije. Estiró sus brazos hacia arriba y pude ver su ombligo coqueto que se asomaba por entre la frazada que la cubría. Dejó el sillón para acercarse al balcón. La recibí abrazando su cintura; ella me abrazó sobre mis hombros y nos dimos un beso de buenos días en el balcón con la hermosa caída de la nieve. A pesar del frío no había necesidad de darnos prisa. Vio todo alrededor. Un copo cayó en su pestaña derecha. Cerró sus ojos y se limpió. No tuvo el mismo entusiasmo que yo. “¿Cómo se llama esta ciudad, cómo?”, le dije. Yo mismo no me acordaba. “¡Snowville!, Snowville!”, grité. Whoeee. Me quité incluso la camisa y la ondeé. Abajo me veían unos transeúntes y sonreía. “¡Snowville!”.

Inez extendió una sonrisa que no entendí. Me respondió: “¿Y? Dean, te emocionas por la nieve como un niño”. Sobre su maquillaje se encendieron sus mejillas en un intenso rosado. “Entra, hace frío”, me dijo. Cerré la puerta después que ella entró. Volvió a sentarse en el sillón, alcanzó de la mesita de centro su paquete de Lucky Strike y encendió uno. Yo tomé otro, cuando pidió que la acompañara, al extenderme la cajetilla. La calmada caída de los copos de nieve se oponía a mis desesperados pies que agitaba intranquilos, deseosos de salir. Apagué el cigarrillo a medio terminar, me puse una chaqueta negra, enfundé mis guantes y le di los suyos, di vuelta a su bufanda dos veces sobre su cuello para luego tomarla de la mano y salir impetuosamente a la calle. Vimos que ya se había despertado Roberto y nos sonrió forzadamente ya que se veía cansado por lo de anoche.

Afuera me di cuenta que Inez había salido tan sólo con un suéter, de cuello alto, pero no dijo nada al respecto. Ella caminaba cuidadosamente por la acera para no resbalar; no sentía la diversión del momento y así, yo no quería estar afuera. Veía meditabundo el cielo y la nieve sobre los autos cuando ese sentir fue golpeado repentinamente en mi nuca con una bola de nieve. Escuché una gran carcajada. Giré perdidamente la cabeza y buscaba detrás de mi espalda dónde había venido el lanzamiento. Vi a Inez. Se agachó. Había tomado un carro como barricada y preparaba un segundo disparo. Siempre sorprendiéndome.

Otra cosa que hicimos fue acostarnos sobre el suelo nevado para hacer ángeles agitando nuestros brazos y piernas. Incluso juntamos la nieve suficiente para hacer un Frosty. Al terminarlo le pusimos mi sombrero sobre su cabeza de nieve y la linda bufanda de Inez de líneas multicolores sobre su cuello; también le pusimos ramas de árboles como manos, piedritas para sus botones, su sonrisa y también una nariz pero no de zanahoria. “Tengo muchísimo frío”, me dijo Inez y entró al departamento. Fue hasta entonces, al ver a Inez regresar al interior, que volteé al segundo piso y me di cuenta que todo lo que habíamos hecho, María lo había fotografiado desde la terraza con su cámara Polaroid. La acompañaba Roberto. Él estaba recargado con sus dos brazos sobre el balcón, desocupado, pero levantó y agitó la mano en un saludo. Las fotos que María tomó fueron muchas y variadas: de Frosty, una foto de un pie (siempre sale una de esas), la foto del cielo nublado, los cerros de la ciudad con sus puntas blancas; otra foto mía mientras me caía nieve de la ventisca sobre el cabello.

Antes, con los muchachos, de una u otra manera dejábamos nuestros nombres en las ciudades que visitábamos: o impresionábamos a las chicas o empezábamos peleas en salones de baile. Cosas por el estilo. Pero ya no podía hacer eso con Inez a mi lado. Ya no era lo mismo sin los muchachos. En la tranquilidad de aquel día no quedaba más que grabar nuestros nombres en algún lugar. No escribí sobre un árbol, sino que oriné sobre la nieve. Puse “Dean”, “Inez” dentro de un enorme corazón. Caprichosamente yo leía eso. No estaba tan bien escrito. Al salir del departamento con una gabardina, Inez vio lo que hice y frunció su entrecejo de “Dean Roadson you’re such a naughty boy”. Cabizbajo, me puse triste. Cuando contempló la grandiosidad de lo que hice por ella, puso su mano en mi mentón para levantar mi rostro. Sus profundos ojos y la sonrisa que esbozó agradecieron mi acto. Juntos éramos como reyes. Sentí un flash a lo lejos.

María gritó desde lo alto que la esperáramos mientras bajaba de la terraza a la calle. Cuando bajó nos dijo que nos juntáramos para tomarnos una foto. Con una pose, metí las manos en los bolsillos del denim, me puse el sombrero de Frosty y miré muy fijo a la cámara. Inez, desmaquillada, tomó un tono sereno y salió rígidamente de frente con su larga gabardina. En la fotografía salimos serios y separados el uno del otro. María agitó la foto, y al terminar Roberto la observó y luego comentó: “¡Qué irradiante glamour conservan!”.

María y Roberto se convirtieron en uno de los últimos personajes que nos acogieron durante nuestras aventuras. Fueron muy amables por dejarnos dormir en su casa. Roberto había preparado el desayuno. Mientras comíamos les comentamos de nuestros planes de vivir en California. Le conté a ambos intensa y rápidamente de nuestro futuro; parecía como si estuviera en trance. Sonrieron y Roberto nos deseó mucha suerte. Me despedí de él dándole un abrazo efusivo, y tal vez sorprendido de la sinceridad dentro de mí o compartiendo la alegría del momento, se rió fuertemente. Roberto agitó por última vez las fotografías instantáneas, asegurando no perder algún color de aquel día, de aquella ciudad. Me quedé pensando, “¿Qué hay en las polaroid que hace a las fotos en ellas perdurablemente encantadoras? ¿Cómo es posible capturar un momento de intimidad dentro de esos bordes blancos?”.

Orondo, limpié la nieve que estaba sobre los parabrisas del carro para continuar el viaje. Inez esperaba en la banqueta cruzada de brazos, con la cabeza agachada, resguardándose de la brisa polar. Alzó su cabeza, me miró, la miré y sonrió: sonreíamos cómplices. Inez dijo que ella manejaría. Entramos, encendió el carro, salimos y tomamos camino sobre la Avenida Juárez. De nuevo había empezado a nevar. Tuve frío pero abrí la ventana y saqué la cabeza fuera del carro. Sobre mi rostro caían los copos, caían inclinados sobre la ciudad, sus casas, sus farolas y sus personas caminando. Vi sus rostros y no se daban cuenta de qué día tan especial tenían. “¡Adiós amigos!”, grité. Cuando despejé mi pecho, no me quedó más que regresar al asiento y dije entre dientes: “¡Esto es el mundo! ¡Dios mío! ¡Esto es todo un mundo!”. La nieve continuaba y ya estábamos esperando sobre el puente internacional. Cruzamos a Estados Unidos y continuamos hacia nuestro destino.

Ya en la Interestatal 10 Inez me dijo que volteara a ver hacia México. Educado en la dura escuela de la carretera vine al cosmos para verlo. Miré hacia atrás del Chevy con la avidez que un niño puede tener para explorar cada rincón del mundo. En una tierra secreta descendían levemente los copos de nieve y había belleza alrededor. Inez sonrió y puede ser que ella decidiera que fuera su copiloto para que así me dejara observar el último capítulo del nuestro errabundo camino mientras ella empezaba a entonar una lenta y dulce canción de música hilbilly.

Jorge Spinoza


Jorge Spinoza escribe ficciones mientras no enseña, redacta textos por encargo, y busca un reemplazo para Google Reader. Si no te queda otra opción, puedes seguirlo por Twitter (@llorch).

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