Tao Lin y la novela como reality-show

La primera reacción que produce la segunda novela del escritor Tao Lin es ambivalente, se le disfruta, pero con reservas, con cierta culpa, incluso desde antes que empiece la lectura porque es uno de esos escritores a los que se conoce por medio de la promoción y la fama virtual. Llegué a él a través de blogs y entrevistas que en realidad no me entusiasmaban, al contrario, me generaban rechazo. Me parecía una más, de entre los muchas, voces generacionales en el mercado editorial contemporáneo. Compré su novela por impulso, por la portada que la adorna, porque de vez en cuando me doy el lujo de perder tiempo con lecturas entretenidas en la misma medida que prendo el televisor en una aburrida tarde de domingo. De hecho, creo que esta la metáfora perfecta para describir la lectura de Taipei (2013): es como ver un reality-show de MTV cuando no se tiene nada, absolutamente nada mejor que hacer.

Tao Lin se despliega en la historia de Paul (26 años), un joven escritor radicado en Brooklyn (sí, lo revelo sin sorpresa, es hipster) cuya vida no se distingue de cualquier episodio del programa True Life. Paul es un retardado social, no soporta su existencia pura y evita cualquier situación en la que no esté inmiscuida alguna droga. Tiene relaciones amorosas y sexuales con mujeres igual de disfuncionales; sale a fiestas donde se discute cualquier cosa, menos lo mainstream; tuitea; va a openings de exposiciones de arte en Chelsea; explora la Wikipedia en su MacBook; viaja por varias ciudades para presentar su nueva novela; revisa su cuenta de Twitter en su iPhone; escucha a Rilo Kiley; chatea por Gmail o Facebook; compra golosinas orgánicas en Whole Foods; tuitea aun más; y, por supuesto, viaja a Taipéi, donde viven sus padres ya jubilados de la vida norteamericana. Hace todo sin pasar un solo momento drogado. Su repertorio es amplio: Adderall, LSD, Xanax, Oxycodone, clonazepam (Rivotril), Percocet, Ritalin, cocaína, heroína, Ambien, hongos, y su preferida, MDMA (éxtasis). El alcohol no es su fuerte, aunque no desperdicia algunos shots de tequila y una lata de Four Loko, una bebida compuesta de alcohol, taurina, guaraná y cafeína que mezclada con la droga equivocada puede ocasionar un paro cardiaco.

Taipei narra la vida aburrida de un joven común y corriente de cierto estatus social —“I think I was boring. I was like a bored robot”— y lo hace bastante bien, quiero decir, se apega a la superficialidad cotidiana sin ninguna sospecha estética. A Paul no le pasa nada relevante, no hay epifanías, no hay dudas existenciales, no piensa más allá de su situación presente, no hay densidad psicológica. Tao Lin se limita a narrar secamente cada uno de los seis episodios en que se divide la novela y la crítica en inglés lo relaciona en este sentido con Beckett y Hemingway —“filtered through Twitter y Klonopin”. Los pocos momentos que Paul divaga en su interior, sin embargo, son memorables: la tecnología, piensa mientras viaja en un autobús en Taiwan, a la vez que lucha por mantenernos vivos el mayor tiempo posible, convierte toda materia animada e inanimada en materia computarizada, es decir sustituye la funcionalidad de la vida en favor de la funcionalidad tecnológica. Paul llega a esta conclusión, dice el narrador, probablemente por algún artículo que leyó en Wikipedia. Evade cualquier introspección —lo cual, al final, se percibe como un total desperdicio de materia narrable— y prefiere meterse una pastilla antes que pensar en sí mismo o si quiera en su “esposa” Erin, con quien se casa en Las Vegas —“Paul said getting married is like getting a tattoo”— bajo fuertes dosis de MDMA.

Tao Lin (Virginia, 1983) se preocupa por registrar a detalle su tiempo —lo cual también, al terminar la lectura, se antoja innecesario— y Paul solamente es un pretexto textual para hablar de sí mismo en tercera persona. Podemos imaginarlo haciendo las mismas cosas que su personaje y, en efecto, las hace: si revisamos su cuenta de Twitter, vemos a qué hora tomó Xanax, cuál libro está leyendo, si le gustó la última película de Sofia Coppola, si visitará una ciudad para presentar algún libro y, como Paul y su novia, graba videos con su MacBook en los que aparece drogado para luego subirlos a Vimeo. Su extremo abuso de drogas es el mismo en su vida cotidiana, de hecho la novela fue escrita completamente bajo la influencia de Adderall y el insomnio, como dijo en una entrevista —en la que acusa a la periodista de robarle su Adderall y luego intenta venderle objetos personales porque necesita 150 dólares—, pero Lin no piensa que su estilo de vida sea más dañino que las cuatro horas que una madre soltera duerme porque debe cuidar a sus hijos, o la persona que bebe y come comida chatarra a diario.

Otro problema de Taipei, y es algo que todas las reseñas que he leído sobre él, no es tanto lo que representa, sino a quién representa. Muchos de nosotros no llevamos una vida distinta a la de Paul, la diferencia tal vez radique en los tipos y dosis de drogas que consumimos, sean legales o ilegales, y las redes sociales a las que estamos suscritos, por lo que cabe preguntarse hasta qué grado seguimos pensando que la literatura debe abordar temas tan presentes y tan poco profundos. Como los amigos de Paul, el Internet ha cambiado nuestra forma de relacionarnos: si queremos saber de alguien, revisamos su perfil de Facebook, revisamos sus fotos y su publicaciones, revisamos las visitas que nuestro blog ha tenido durante la semana, y podemos iniciar o romper una relación de forma virtual. Hay una escena donde Paul y su compañero de drogas, Daniel, son invitados a la fiesta de la novia de un buen amigo suyo y ésta se ofende porque Daniel no conoce ninguno de los artistas que ella menciona; Paul bromea diciendo que Daniel “es muy mainstream para ellos”, pero ella cree que es un sarcasmo hacia su amplio conocimiento del arte. Al siguiente día, Paul se da cuenta que tanto ella como su buen amigo lo han borrado de su lista de Facebook y lo dejaron de seguir en Twitter. El nuevo drama de la sensibilidad social.

T. W. Adorno creía que la novela había perdido la capacidad de representar la realidad debido a que el periodismo y otros géneros de la industria cultural, como el reportaje o el documental, se apoderaron de esa posibilidad; si quería sobrevivir, la novela debía renunciar a su mera capacidad representativa, y en vez ocuparse de los huecos que aquellos géneros eran incapaces de llenar, debía tratar a la realidad no como un fenómeno dado, sino como un estilo. Taipei se ocupa de lo primero y olvida lo segundo: es la novela de un escritor joven y egocéntrico para una manada de lectores jóvenes y egocéntricos, una novela cuyas virtudes, en ciertos momentos, son sus peores fallas. Recomendaría leerla, pero si no tienen tiempo, entonces vean un reality-show norteamericano cualquiera. Al final de cuentas, los dos inspiran el mismo comentario y la misma apatía.

Sin embargo, si pensamos que Tao Lin es sólo un niño rico viviendo en Manhattan, sin ningún respeto por el oficio de escribir, estamos equivocados. Se graduó de New York University y ha dado clases de literatura en varias universidades —como Sarah Lawrence College, una de las instituciones más exclusivas de Estados Unidos—, tiene una editorial indie llamada MuuMuu House —en donde ha lanzado a voces jóvenes cuyas trayectorias van en ascenso— y ha publicado en las revistas más interesantes del ambiente literario anglo, como Believer, Squire, Poetry Foundation y Salon —fue también columnista de Vice por algún tiempo—.  El problema, me lo parece, es que Tao Lin es uno de esos escritores en donde personalidad y obra se complementan debido a la coherencia entre sus historias y su vida propia. Por su puesto, a nosotros nos corresponde denostarlo o amarlo en la misma medida que dejamos de seguir a alguien en Twitter o enviamos una solicitud de amistad en Facebook.

En este link pueden leer un fragmento de Taipei y en español se han traducido varios títulos de Tao Lin tanto en España como en Argentina, algunos son Richard Yates, Robar en American Apparel y el libro de cuentos Hoy el cielo está azul y blanco con manchas azul brillante y una luna pálida y pequeña y voy a destruir nuestra relación hoy. Y una entrevista en español con Tao y su novia Megan Boyle (Erin en la novela) se encuentra aquí.

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5 Responses to “Tao Lin y la novela como reality-show”

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