Un buen elemento

En el mes de abril, subimos un adelanto del primer libro de Fernanda Melchor, Aquí no es Miami (editado por El Salario del Miedo, Almadía y la UANL), el cual recopila relatos periodísticos que tienen como tema central el puerto de Veracruz; el libro ya está a la venta y ha recibido críticas favorables y, para que se animen a comprarlo, aquí otra de las crónicas que lo componen.


Lo primero que uno nota de El Fito es su panza. Y más si va sin camisa. Tiene un vientre descomunal y prieto surcado de cicatrices de navajazos, marcas gordas y encimadas como estrías descoloridas.

Sus ojos son dos rendijas que brillan con la inocencia de las caritas totonacas, igual que su sonrisa llena de pequeños dientes afilados. Lleva el pelo cortado al rape, no porque así lo exijan los patrones, sino porque odia que los compañeros se burlen de sus ricitos.

—No quiero que me digan Kalimba, loco. Yo soy El Fito— explica orgulloso, y se golpea en el pecho con la manaza. Sus dos papadas se sacuden como gelatina.

El Fito nunca soñó con ser narco, aunque en su tiempo fue ratero, asaltante y drogadicto. De eso último le quedó solo el vicio de la marihuana, después de haberse pasado la adolescencia fumando piedra. Las cosas cambiaron cuando supo que su mujer había quedado embarazada de su hija.

—Cómo iba yo a andarle quitando el pan a la niña…

Su hija es una versión a escala de él mismo, igual de oronda y achocolatada, que nos presume sus movimientos reggetoneros, casi tan hábiles como los de las bailarinas profesionales, al ritmo del “Za za zá”. El Fito dice que no le importa fumar marihuana enfrente de ella, que aún está muy chica para darse cuenta de nada, pero no puede ocultar la pena que le embarga cuando, en medio de una nube espesa, la nena se niega a acudir a sus brazos y se oculta llorando en el regazo de su madre.

Porque El Fito hace todo por ellas. O eso es lo que dice. Hace un año estaba sin chamba y sin dinero, sufriendo porque el techo de su casa de interés social se desmoronaba a causa de las lluvias y la indolencia de los constructores. Lo habían corrido de la agencia aduanal donde trabajaba por culpa de la crisis económica; los dueños hicieron un recorte de personal y su carencia de estudios le valió el despido.

Penó por varias oficinas del centro: gordo, sudoroso, con ese rostro de malandro que, cuando serio, provoca temor, y un currículum enteco, con faltas de ortografía.

—Es un buen elemento— comenta El Chilango, ex compañero de la agencia aduanal en la que El Fito trabajaba—. Aquí el vato chambeaba puros rojos. Cuando caía la luz roja en el semáforo de la Aduana, la jefa siempre lo mandaba a llamar al gordo; sabía que se quedaría hasta despachar la mercancía, aún así dieran las tres o cuatro de la madrugada, y que al día siguiente iba a estar a las ocho en la oficina. Y eso que nomás le pagaban como cuatro mil pesos mensuales.

El Chilango suspira. Revuelve el último trago de cerveza en la botella como si se tratara de coñac, antes de dar el último sorbo.

—Ese pinche marrano es bien noble, tiene un corazón de oro: es capaz de quitarse la camiseta por uno. Lástima que ahora ande con esos vatos y no sepamos nada de su vida.

Aquí no es Miami

El Fito ingresó a La Compañía gracias a un viejo amigo que venía del norte. Se encontraron en la calle y quedaron de verse para recodar el pasado. Pocos días después ya estaban fumándose unas motas y cenando en la afamadas tortas El Gallo. El amigo le confesó que trabajaba para Los Zetas; y después de conocer la mala racha por la que pasaba el Fito, lo invitó a solicitar su ingreso a la banda.

Al día siguiente, El Fito se presentó a una entrevista. Eran tres los candidatos. El patrón los golpeó a todos con la cacha de la pistola y amenazó con matarlos si se rajaban.

—¡Aquí nadie se pasa de verga! ¡Aquí vienen a chambear, hijos de la chingada!— bramaba el patrón, gerente de la “plaza” y prófugo reciente del penal de Saltillo: nada más y nada menos que Ezequiel Cárdenas Guillén, mejor conocido como Tony Tormenta.

Pero Fito no rajó. Aguantó los 15 días de secuestro y fue contratado como maquilador, a dos mil quinientos pesos a la semana, más el “bono de lealtad”. Trabajaba dos o tres días seguidos, a veces hasta una semana entera, en una casa de apariencia abandonada a las orillas de la ciudad. Lo sentaban en una mesa y le ponían enfrente un tabique de cocaína: El Fito aprovechaba la agilidad de sus dedos para raspar la coca y confeccionar bolsas de dos gramos que luego se venderían en tiendas abiertas las 24 horas.

Una vez que terminaba con su tanda, El Fito podía relajarse y hasta dormir, o jugar Play Station con los otros maquiladores. No tenía que preocuparse más que por su producción: había una señora que les llegaba a hacer la limpieza y otra que les cocinaba.

Los días más duros eran los de la prueba de calidad. Entonces llegaba el patrón con sus matones y el técnico que comprobaba la calidad de la mercancía con reactivos y pesas, y pobre del maquilador al que le faltara un solo gramo: el ladrón recibía una tunda en las nalgas desnudas con un leño de sesenta centímetros de largo, que se turnaban entre todos para no fatigarse. No había reincidencia porque a la segunda, o desaparecían al infractor o lo “guisaban”, que para el caso es lo mismo.

Ahora El Fito puede comprarse un par de tenis nuevos cada quince días.  Es un buen elemento, con buena estrella, le dicen los patrones; lo han ascendido a otro departamento dentro de La Compañía. Ahora viaja mucho; a veces pasan semanas enteras sin que su mujer sepa de él. Ya acabó de arreglar el techo de su casa y no pasa apuros, aunque ya no puede ver a su familia cuando se le antoja y carga con la cruz de saber que en cualquier momento puede sucederles una desgracia.

Incluso, de vez en cuando, se permite el lujo de enviar mensajes de texto a valedores como El Chilango.  Ya no cuenta detalles y pide siempre que borren su número del aparato, pero al menos así se sabe que El Fito sigue con vida, que su cabeza se halla a salvo y no sobre la plancha del servicio forense o pudriéndose entre las yerbas de un terreno baldío.

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