Charles Simic, un poeta en la carretera

El pasado mes de abril, Charles Simic colaboró en el clásico blog del New York Review of Books, un espacio donde los autores del suplemento de libros son invitados a escribir un post de vez en cuando. Allí han publicado personajes de las letras de toda índole, como Margaret Atwood, Harold Bloom, Zadie Smith, incluso hasta Roberto Bolaño. En esta su última entrada, el poeta de origen serbio hace memoria de sus viajes por todo Estados Unidos con motivo de lecturas públicas de su trabajo. Dejo aquí una traducción de ese simpático post.


Andando con desenfado, me dirijo hacia el camino abierto,

Robusto y libre, el mundo yace frente a mí

Walt Whitman

Como cualquier otro poeta de mi generación, he dado cientos de lecturas de poesía. En los últimos cuarenta y cinco años, he leído en colegios y universidades, en preparatorias, en librerías y bibliotecas, en escuelas primarias, en bares, en asilos, en clubs de jazz, cafeterías, cines, centros comerciales abandonados, y en lugares que no entran en ninguna de las anteriores categorías, como en el escaparate de una tienda, donde dividí mi paga con un mago y una banda de rock local. El lugar estaba a reventar, recuerdo, con una escandalosa multitud de jóvenes ansiosos por escuchar la banda y que estuvo de acuerdo con que el mago abriera el show, pero que armó un alboroto cuando se enteraron que un poeta daría el segundo acto. Si no entré en pánico y huí, fue porque necesitaba desesperadamente los cien dólares que me iban a pagar y porque ya tenía experiencia ganada con audiencias hostiles siendo un veterano del programa “Poetas en las escuelas” de la ciudad de Nueva York, en donde por lo demás descubrí que el grupo sobre el que los maestros me habían advertido que era lo peor de lo peor tuvo mejor actitud para la poesía moderna que sus contrarios, los que eran superiores tanto en comportamiento como en aprovechamiento académico.

Después de que mi primer libro fuera publicado en 1967 y con una crítica favorable, comencé a recibir llamadas y cartas de escuelas de todo el país invitándome a hacer lecturas. Si la paga era decente, aceptaba. Dependiendo de la distancia, viajaba en avión, en tren, en autobús o incluso en mi propio auto. Así, a lo largo de todos estos años, he dado lecturas en todos los estados de este continental país. Si no fuera por eso, pienso hoy, cómo hubiera conocido Pittsburgh (Kansas), Brookings (en Dakota del Sur), Milledgeville (Georgia), Walla Walla (Washington) y muchos otros lugares remotos. Para ubicarme geográficamente al llegar a algún lugar, siempre preguntaba por la ciudad cercana más grande; las respuestas a veces me desubicaban todavía más. “Denver”, me dijo alguien optimistamente, “está a sólo 350 millas”.

Como tenía un trabajo de tiempo completo, estos viajes no debían durar más de dos días, lo que me obligaba a llegar un día por la tarde y partir al siguiente día muy temprano. En un viaje a Montreal, para darles una idea de cómo funcionaba, dos profesores de la universidad donde habría de leer me recogieron en el aeropuerto, me llevaron a dejar mi maleta al cuarto del Ritz que me habían reservado, y luego me condujeron a un almuerzo en un adorable bistro en un barrio colonial francés, donde nos entretuvimos hasta casi terminar la tercera botella de vino; inmediatamente después, nos dirigimos a la primera clase que visitaría. Terminado esto, tenía concertada una cena con otros miembros de la facultad y después asistí a una fiesta en mi honor que se alargó hasta altas horas de la noche. Llegué a mi hotel pasadas las cuatro de la madrugada, justo a tiempo para rasurarme, cambiarme de camisa y entregar las llaves antes de tomar el primer avión rumbo a Nueva York un poco arrepentido de no haber dormido en mi esplendoroso cuarto y del olor fresco de los croissants que pasaron junto a mí en un carrito mientras salía del hotel para buscar un taxi.

En estos viajes, por su puesto, no siempre mis alojamientos han sido lujosos. Me he quedado en moteles a la orilla de la carretera, en dormitorios para estudiantes, cuartos para niños en casas de personas y en escalofriantes mansiones usadas como clubs universitarios durante el día, donde yo era el único huésped lidiando con sus fantasmas. En la década de 1970, cuando los estados de Ohio, California, Oregon y Connecticut contaban con lo que se conocía como “circuitos poéticos”, que consistían en que una docena o más universidades invitaban a un poeta a leer durante un periodo de dos semanas, me daban un carro rentado y un mapa para ir de pueblo en pueblo, daba una lectura por la tarde y otra por la noche, me quedaba a dormir en donde podía, incluso en el carro cuando el cansancio era mucho. Además de ser cansados, estos viajes eran estimulantes. Escribir poesía es una actividad solitaria: la mayoría de las veces uno no tiene confianza en lo que hace; los poemas, aunque sean publicados en revistas literarias, son leídos por gente que uno no conoce y las lecturas públicas le garantizan al poeta que todavía hay audiencia para la poesía en este país, y que los estadounidenses no sólo le dan sentido a su poesía, sino que también parecen disfrutarla.

Era agradable tener carro y luego desertar una vez que la lectura terminaba. La mayoría de los académicos no son buena compañía para conversar en una cena: su principal tema de conversación, incluso cuando un extraño está presente, son los chismes del departamento donde enseñan. Es mucho mejor charlar con los estudiantes de postgrado, quienes prefieren saber en cuál bar tocan buena música en vivo. Sin embargo, hay muchas otras razones para huir de los lugares. La lectura más corta que he dado en mi vida, sin importar que me hayan contratado para leer por una hora, se debió a factores que estuvieron totalmente fuera de mi control: fue la noche de la final de la NBA entre los Knicks y los Celtics, así que hice mis cálculos para poder llegar a mi habitación de hotel exactamente media hora después del primer cuarto del partido y así poder ver el último cuarto. Y así lo hice, dejando a mi auditorio visiblemente azorado.

De todas mis aventuras en la carretera, tal vez la siguiente sea la más extraña de todas. Había sido invitado a leer en la Universidad Estatal de San José, pero antes del evento hubo una cena en una casa cerca del pueblo. Mis anfitriones, para mi fortuna, resultaron muy fiesteros; la comida y el vino eran excelentes. Pero, abruptamente, alguien gritó advirtiendo a los demás de la hora, por lo que todo mundo saltó de sus lugares y salió de la casa dejando sus platillos en la mesa y se apilaron en dos pequeños autos; me ordenaron seguirlos en el mío. Me fui tras ellos hasta que nos detuvo un embotellamiento en la autopista hacia San José. A los pocos minutos, los perdí de vista, pero continué manejando confiado en que se darían cuenta que yo ya no iba atrás de ellos y que se detendrían a la orilla del camino para esperarme, porque lo único que yo sabía era que no leería en la universidad, sino en alguna iglesia del centro de la ciudad. Hastiado, pasé todas las salidas hacia el centro y las de varios suburbios sin ver a ninguno de mis anfitriones. Al final, viéndome en pleno campo descampado, me dije a la chingada y me dirigí a San Francisco. Como debía volver por el mismo camino, un impulso instantáneo me llevó a tomar una de las salidas al centro para preguntarle a alguien en la calle si sabía algo de la lectura, excepto que no había nadie pasadas las ocho de la noche en ese oscuro vecindario de casas pequeñas con árboles alineados sobre las banquetas. Después de dar varias vueltas, vi a un chino algo viejo caminando pausadamente por la calle. Me orillé y le llamé, consciente de cuán absurdo sonaría, para preguntarle si por causalidad él sabía de una lectura de poesía que se llevaría a cabo en una iglesia. Sí, me dijo, aquí a la vuelta.

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3 Responses to “Charles Simic, un poeta en la carretera”

  1. Luis Andrés Miranda Mendoza

    Hermoso texto. Me alegra mucho haberlo leído. Gracias.

    Responder

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