Pinche Erick

Me contagié el pie de atleta en el baño de Erick, hubiera sido algo menor si no fuera porque a la semana siguiente, el ginecólogo me dijo que tenía tricomoniasis. Pinche Erick, pura infección.

Lo del pie de atleta fue horrible: me sudaban los pies, me olían a queso agrio y se me despellejaba la parte de en medio de los dedos. Esas dos semanas me metía a bañar dos veces al día, lo que me llevaba a dormir menos. Haber estado con Erick me quitaba el sueño, literalmente.

Claro que lo peor fue la infección por tricomoniasis. Al principio creí que era cistitis, me dolía al orinar, pero luego, ¡híjole, la comezón, bendita comezón! Me sentía sarnosa, como los perros callejeros a los que nadie se les quiere acercar.

Hice de todo, metía a lavar mi ropa interior con agua caliente, vinagre, bicarbonato de sodio, ¡lo que hubiera! Luego la hervía y luego la volvía a lavar. Nada. La comezón no me dejaba en paz: ni en la escuela, ni en la casa, ni en ningún lado. ¡Méndiga comezón!

Mis amigas ya me habían dicho que fuera al ginecólogo, o que mínimo me comprara una cajita de esos óvulos que venden sin receta, pero que hiciera algo; incluso la hippie de Mariel me dijo que me pusiera yogurt tres veces al día.

Pero yo no quería ir al doctor, me daba miedo el pato. Me habían dicho que dolía espantosamente y que ni te decían agua va. Me resistí hasta que ya no pude, una tiene sus límites.

Fue Valeria la que me convenció de llevarme con su ginecólogo, me dijo que además de efectivo con las medicinas, era joven, alto, güero. “Hasta te va a gustar, ya verás” y pensé que quizá sí, que a lo mejor de una cosa mala salía una buena y que hasta el corazón roto se me iba a componer, así que fui con la esperanza de una nueva vida.

Valeria tenía razón, el ginecólogo era guapo, muy guapo, como gringo se me hacía —no europeo—, porque era uno de esos güerejos que se les ve rosita la piel cuando se sonrojan. Los europeos son diferentes, más bien pálidos, como lechosos, algo así.

Me acuerdo que luego luego me pidió que me quitara la ropa y yo pensé “ah jijo, me voy a tener que quitar los zapatos, ¡y el pie de atleta, y el olor a queso, y la comezón… y tan guapo y yo tan sarnosa!” Pues ni modo, fui al baño, me quité la ropa, los zapatos, me puse la bata y como pude me recargué en la pared y me traté de oler los pies. ¡Sí me olían, carajo! Pinche Erick.

Mientras estaba sentada con las piernas abiertas ya inventaba excusas: que si había caminado desde la Roma a la Narvarte, y que luego la construcción del metrobus, que así entonces eran más calles. ¡Y el sol! Ese sol que quema y luego yo sin mucho dinero, pues mis zapatos eran chafas. O pensaba decirle que la verdad es que Erick vivía con cuatro tipos que no se bañaban, que eran re-cochinos y nunca lavaban nada. ¡Cómo no me iba yo a contagiar de algo!

Pero el ginecólogo me ignoró por completo. Sacó el pato de su envoltura, me advirtió que dolería, lo metió, lo sacó y luego me ordenó que me vistiera y me dejó en el consultorio. Dos días después me diagnóstico la tricomoniasis esa, y advirtió que era una enfermedad de transmisión sexual, por lo que me recetó metronidazol y me recomendó avisarle a mis parejas sexuales que tenían que tratarse. Por lo demás nada, ahí terminaron mis esperanzas de ligármelo.

Cuando intenté avisarle a Erick, me di cuenta que me bloqueó de su Facebook y de su Twitter. Tardé dos semanas de infección para darme cuenta que iba en serio eso de que habíamos terminado. Ya me había dicho Mariel que lo había visto con una de sexto que tomaba clase conmigo los jueves y que en la fiesta del Piojo lo habían hecho en el baño. Pinche Erick.

Pero yo me sentía con la obligación de decirle que tenía que curarse, apoyarle, no importaba que dijeran que los hombres no sentían nada con la infección. Yo quería ser amable, por los mejores tiempos. Pero él nada, como si el hongo andante fuera yo y no su baño sucio y su prepucio mal lavado. Pinche Erick.

Me cansé de buscarle, total, tampoco es que fuera yo una rogona. Del pie de atleta y la tricomoniasis me deshice más rápido que del orgullo herido. Lo dejé que con su pan se lo comiera. ¿A mí qué?

El otro día vi a Susana, su actual novia, la muy feminista se escondió detrás de la puerta del laboratorio para rascarse, nadie me lo contó, yo la vi. Me sentí vengada pero luego ya no. Así que cuando yo estaba sola en el salón le dejé un condón en su lapicera, total, ¿qué? Los paquetitos traen tres, me quedé con uno, el otro ya lo había usado la noche anterior con el primo de Erick. Pinche Erick, ahora hasta vamos a ser primos.

Imagen del artista Anthony Zinonos.

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