Aspiradora

Hace tiempo, mucho, que no pienso en Marta.
Afuera llueve y a Marta le gustaba —mucho— la lluvia.
Pero no es la lluvia la que me trae a la mente el recuerdo de Marta, sino el cartapacio azul que encontré al fondo de una caja que apenas hoy, años después de nuestra separación, me decidí a abrir.
El cartapacio no contiene más que una hoja solitaria entre sus pastas, el recibo de la aspiradora descompuesta que dejáramos para que la repararan en Casa Andrade, especialistas en electrodomésticos.
Marta la había bautizado Cthulhu, cautivada por su único tentáculo y su poder de succión.
No puedo evitar una carcajada.
Recuerdo el departamento vacío, luego de que Marta se lo llevara todo, incluido mi cepillo de dientes.
Todo menos el recibo de la aspiradora.
Todo menos el recibo de Cthulhu.
Si bien el clima no es benevolente, tomo el paraguas y salgo a la calle.
Apenas pasan taxis y tardo más de media hora en conseguir uno libre.
El conductor es un hombre viejo y de gafas gruesas, empañadas.
Conoce bien nuestro destino, él también es cliente de Casa Andrade y me dedica una amplia sonrisa cuando le digo que allá me lleve.
Nadie conoce mejor su negocio que los de Casa Andrade, me dice y acelera con prisa, sortea los charcos con habilidad, como si lo mío fuera una urgencia, como si me apremiara reclamar a la largamente olvidada Cthulhu, mi aspiradora, la última reliquia de mi vida en pareja.
Algo ha cambiado en la fachada del edificio, pero no logro discernir de qué se trata.
El cartel, oxidado, sigue allí.
Casa Andrade, expertos en electrodomésticos.
Le pago al taxista y abro la portezuela del coche.
Puedo pasar por usted en una hora, si así lo desea, me dice el viejo.
No tardaré más de quince minutos, así que mejor aquí espéreme, tan sólo voy por una aspiradora.
Tan sólo voy por Cthulhu, pienso, bajo del coche.
No sabe lo que dice, amigo, en Casa Andrade uno puede pasar la eternidad entera.
El viejo suena convencido y le digo que sí, que pase por mí en una hora.
Ya encontraré otro taxi en quince minutos, pienso y cierro la portezuela.
Han puesto un foco rojo debajo del cartel oxidado.
Todo lo demás permanece igual, como si el tiempo no hubiera pasado por allí.
Al interior del local, sin embargo, ya no cuelgan los artefactos abandonados que los Andrade empleaban como decoración del establecimiento, parientes todos de Cthulhu y su tentáculo único.
Andrade el viejo, eso sí, me recibe como si yo perteneciera a su familia.
¿En qué puedo servirle, señor M?
Me sorprende que recuerde mi nombre, hace más de un lustro que dejé a Cthulhu, la aspiradora, en sus manos.
Le extiendo el recibo y espero a que lo lea.
Una aspiradora, dice, bien, bien.
Y señala hacia el fondo del local.
Pase por aquí, señor M, si me hace el favor.
Sigo a Andrade el viejo a lo largo de un pasillo estrecho y silencioso, casi tan largo como una cuadra larga, iluminado por focos de muy baja intensidad.
Al fondo se encuentra una puerta blanca que, al abrirla, da a una escalera.
Subimos y, por el número de escalones y de descansos, calculo que llegamos al quinto piso, aunque desde la calle Casa Andrade parece de apenas dos plantas.
Andrade el viejo luce en plena forma, mientras que yo tardo en recuperar el aliento y ya estamos recorriendo otro corredor que se me antoja kilométrico y tanto o más silencioso que el anterior, flanqueado por más puertas blancas, una frente la otra.
Cuento once puertas y Andrade el viejo se detiene, abre la doceava y me cede el paso.
Bienvenido a la habitación 22, me dice Andrade el viejo, póngase cómodo, está usted en su casa.
No tarda en venir, añade, me da las buenas tardes, dice mi nombre y se marcha con permiso.
La habitación es pequeña y no tiene ventanas.
Hay una cama de soltero pegada contra uno de sus muros y un pequeño lavabo en otro, además de un espejo, enmohecido en sus orillas, colocado en el techo.
Es la sala de espera más peculiar que he conocido.
Me siento al borde de la cama y espero.
Espero la llegada de Cthulhu.
Pronto tendré mi aspiradora de vuelta.
Espero.
Hasta que escucho pasos en el corredor, llaman a la puerta y, sin esperar a que yo diga algo, la abren.
Marta entra al cuarto y me mira como si no me conociera, lleva puesta una bata de seda, no podría decir que ha engordado, pero sí se le ve, lo que se dice, rellenita.
Hola, Panqué, le digo, la llamo como en los viejos tiempos, pero Marta parece no reconocer el apodo que usábamos en la intimidad en la que yo era el Bollo.
Mi nombre es Marta, señor M, ¿en qué puedo servirle?
Ya sabes a lo que vine, le contesto, ¿por qué no trajiste a Cthulhu?
Marta sonríe, como si la invocación de Cthulhu la remitiera a los viejos tiempos, cuando aún éramos civiles y nos amábamos con locura y sin reparos.
¿Cthulhu?
Sí, Cthulhu, la aspiradora.
La aspiradora, dice Marta, ya entiendo.
Marta desanuda la bata y la deja caer, se muestra ante mí, completamente desnuda.
Sus pechos han crecido un par de tallas y sus pezones miran al techo, como si buscaran su reflejo.
Lleva el vello púbico rasurado, apenas un hilillo negro como una fila de hormigas que desciende por su monte de Venus y desaparece en el umbral de su sexo.
Lo más sorprendente es su cintura, pareciera que le faltan un par de costillas.
Su cintura y sus nalgas, una grupa generosa que parece vencer la fuerza de la gravedad.
Estás buenísima, Panqué, le digo.
Gracias, señor M, ahora haga el favor de relajarse.
Dime Bollo, Panqué, no hay necesidad de formalismos.
Como quiera, señor M, ¿lo ayudo o usted mismo se desabrocha el pantalón, Bollo?
Como no me muevo, Marta se aproxima a mí, se hinca y me afloja el cinturón.
Un instante después, me encuentro igual de desnudo que ella.
Yo sí he engordado y me da pena que se burle de mi panza, pero Marta no dice nada y comienza a estimularme el pene con los pechos.
No hay necesidad, Panqué, yo solo venía por…
Antes de que diga Cthulhu, Marta engulle mi erección, coloca las manos sobre mi pecho y me obliga a recostarme.
La felación no dura más de un minuto, Marta succiona mi verga con frenesí, como si intentara chuparme las entrañas.
Quiero decir Panqué, llamarla por su nombre, decirle Marta y meterle un dedo por el culo, pero ni siquiera me da tiempo de hacerle la pregunta obligada y me vengo, me desparramo en su boca sin poder controlarme, con la mirada perdida en las bellas nalgas reflejadas en el espejo.
¿Eso es todo, señor M?
La voz de Marta parece desprendida de su cuerpo.
Sí, Marta, eso es todo, le respondo sin mover los labios y no me atrevo a preguntarle una vez más por Cthulhu.
Quédatela si quieres, pienso, quédate con la bendita aspiradora y con todo lo demás, Panqué.
Miro a Marta ponerse la bata y salir del cuarto sin voltear a verme ni despedirse ni nada, allí me deja, en la cama de soltero de la habitación 22 de Casa Andrade, solo y desnudo y abandonado, mientras su baba se enfría sobre mi piel y los testículos se me agazapan.
Me visto y espero.
Espero.
Hasta que escucho pasos en el pasillo, llaman a la puerta, pero no la abren.
La abro yo y me encuentro con la espalda de Andrade el viejo.
¿Todo en orden, señor Muñoz?
Todo en orden, Andrade.
Lo sigo por el corredor, bajamos la escalera, recorremos el otro pasillo y llegamos al local, el frente del establecimiento.
Tendrá que disculparnos, me dice Andrade el viejo, pero ya no se hacen las refacciones para este modelo de aspiradora: ¿se la lleva o nos la deja?
Quédesela, Andrade, le digo.
Quédese con Cthulhu.
Gracias, señor M, que tenga una buena tarde.
Afuera ha dejado de llover y el Sol comienza a morir detrás de los cerros del poniente.
El taxi me espera.
Lo abordo.
Quise ver si era cierto lo de los quince minutos, amigo, me dice el viejo y arranca, acelera, y alcanzo a ver el humo que sale del escape y engulle el viejo cartel oxidado de Casa Andrade, el foco rojo ahora apagado.

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7 Responses to “Aspiradora”

  1. Luis Andrés Miranda Mendoza

    ¡Qué gusto me dio leer este cuento! Aunque hay algunos detalles, pero en general está muy bien escrito y resulta muy interesante. Éxitos y suerte para el futuro…

    Responder

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