San Cristobal

Mi padre consiguió clientes para vender sus herramientas y los pocos muebles de la casa. No con la intención de juntar dinero que le ayudara a disminuir sus impagables deudas, sino para cubrir la tarifa del viaje. Me despertaron con la orden de vestirme rápido y sin prender las luces. A empujones mi madre me hizo saltar la barda posterior de la casa. Seguimos el cuerpo de papá que nos guió entre las sombras de las calles. Llegamos a la orilla norte del pueblo. Ahí estaba la camioneta. Al subirnos me di cuenta de que mi padre apretaba con su mano derecha una figurilla de San Cristóbal. Salimos de Honduras el diecinueve de enero.

En el camión nos echaron junto a otras personas. Íbamos amontonados en la parte de atrás, porque adelante viajaban cajas de televisores, luego venía una pared falsa de madera. Cada ratito nos turnábamos para estar cerca del orificio más grande, ahí sacábamos la nariz y le metíamos al pulmón el aire que aguantara. Estábamos tan encimados que sólo nuestras cabezas se agitaban en las curvas o los desniveles del camino. En las noches abrían para darnos algo de comer y nos permitían bajar al baño, rápido, a la orilla de la carretera o en lotes baldíos.

La luz nos cegó cuando quitaron el triplay. Tenían tres días sin hacerlo. Yo salí primero, mi padre venía detrás cargando a mi madre que no podía andar. Los polleros se encabronaron, nos regañaron por dejar tan asqueroso el camión. Ninguno de nosotros discutió con ellos, apenas logramos salir con la cabeza agachada. Nos ordenaron llegar a la esquina, dar vuelta y entrar a una casa que tenía una manta colgada con la oración. “Si no enseñas a tus hijos a compartir pan y agua ¿con qué valores vivirán?, solidarízate con el migrante”.

La casa estaba llena de gente y de voces, parecían tranquilos. Eso nos lo fueron contagiando. A nuestro grupo se acercó una muchacha como de mi edad, Gabriela. Ella nos pidió que la siguiéramos a una oficina. Sentado detrás de una mesa de plástico estaba un sacerdote. Nos hizo contarle acerca del pollero que nos había traído hasta acá, se enojó mucho y gritó:

—¡Los estafan!

Salimos a buscar una camioneta que ya iba lejos. Regresamos cruzando la misma manta y de nuevo Gabriela nos llevó a otro cuarto donde nos pudimos bañar por turnos. Nos dijo que estábamos en Córdoba, Veracruz.

Los cuatro días que nos quedamos en el refugio, ella fue amable, pendiente de la gente que necesitaba su ayuda. De a poco me le fui acercando y platicamos. Era sobrina del sacerdote, estaba de vacaciones porque en agosto empezaría el tercero de secundaria, le gustaban las matemáticas, también me repetía lo peligroso que era irse. Contaba historias de personas que como nosotros estaban de paso. Me describió el accidente de un joven de mi edad que se subió a un ferrocarril controlado por unos tipos, le pidieron dinero y como no traía lo arrojaron, cayó tan cerca de la vías que el tren le cortó el brazo. Habló también de las redadas policíacas donde bajan a empujones a las personas, les quitan lo de valor y los llevan a la cárcel. Los golpean, a las mujeres les va peor, decía.

Ella me comprometía a contarle a mi padre todas esas historias para convencerlo de no irnos. Hablábamos mientras la ayudaba con sus tareas. Me di cuenta de que no le gustaba limpiar el baño de los hombres y eso yo lo hacía, tampoco me agradaba, pero me encantaba cuando al terminar de hacerlo ella me sonreía.

Desde el primer día que mi padre salió a la calle me encargó su San Cristóbal. Dijo que era muy peligroso andar de un lado al otro de la colonia Modelo cargando con el santo mientras hacía tratos con los polleros. Le pregunté por qué era tan importante la figura y él me respondió que era nuestro protector, además estaba haciendo una manda, según él: había un pueblito en Los Ángeles que era como el paraíso en donde nos iría de maravilla, el lugar se llamaba también San Cristóbal. Yo lo guardé en la bolsa. La mayoría del tiempo ni me acordaba del santo, sólo hasta en la noche que mi padre llegaba. Me lo pedía, lo tomaba entre las manos y se quedaba dormido, rezando en sueños.

Al otro día le conté a Gabriela que me era imposible platicar con mi padre, de inmediato ella resolvió.

—Se podrían quedar.

Me explicó de algunas familias, muy pocas, no más de diez, que habían decidido no irse. Los que sabían un oficio les iba mejor, pero todos encontraron algún trabajo.

—Vamos a pedirle ayuda al padre, a mí me gustaría —y sonrió.

Yo estaba feliz, le prometí que si nos quedábamos también iba a estudiar. Fui a la cocina a platicarle a mi madre:

—Tu padre decide.

Esa noche, Gabriela y yo fuimos a ver a su tío. Le pidió que convenciera a mi papá, estaba sorprendido: lo comprometió a encontrarnos un cuartito y trabajo.

Lo esperé sentado en la banqueta, estaba ansioso por decirle que el sacerdote lo necesitaba en su oficina. Vi su silueta de lejos, me sorprendió el cansancio de sus pasos. Caminé hacía él aprisa, no se dio cuenta de mi presencia hasta que le pregunté si estaba bien. Mi padre se asustó, luego reconociéndome dijo que sí. Avanzamos sin hablar, sólo hasta llegar a la puerta del refugio y con la ayuda del foco de la entrada, pude observar su cara: me di cuenta de las heridas. Una le cerraba el ojo izquierdo, otra le había sacado sangre de la nariz y el labio superior hinchado. Al ver mi angustia, me ordenó orgulloso:

—Enséñame el San Cristóbal —yo lo saqué del bolsillo, se lo di, dijo: —mientras lo tengamos nos ha de ir bien.

Mi madre le lavó la sangre y lo acompañó a la oficina del sacerdote. Yo me quedé en la cama pensando en Gabriela.

Sus pasos me despertaron, mi padre iba a quitarse el pantalón, comencé a interrogarlo. Él respondió:

—Nos tenemos que ir.

Sentí mucho coraje, le reclamé.

Él seguía tranquilo:

—Mijo, a Honduras no podemos regresar. Debo mucho dinero y si me encuentran, me matan. No te hagas ilusiones, aquí no hay futuro. Tenemos que seguir, hay que llegar a San Cristóbal.

—Te acaban de asaltar.

—Sólo fueron unas monedas, allá nos espera el paraíso.

Antes de recostar su cabeza en la almohada y empezar a roncar, mi padre dijo:

—Lo más importante es esto —levantó su puño derecho y me dejó ver a su santo—, con su ayuda llegaremos y allá, en su pueblo, nos irá bien.

De nuevo dormí pensando en Gabriela.

En la mañana me despertó mi padre.

—Lo hago por ti.

Sentí remordimiento, él no suele ser cariñoso.

No quería levantarme de la cama, tenía miedo de ver a Gabriela. Recogí mi sarape hasta a las once y al salir del cuarto la vi. Ella se acercó. Actuaba como si no supiera que me tenía que ir. Como su tío le había dado el día libre me invitó a que fuéramos al zócalo. Durante el camino me fue platicando de un cantante que había visto la noche anterior en la televisión. Llegamos a una banca y sacó una hoja, me dijo que le pusiera mucha atención, comenzó a leer: 1. Si te metes a un vagón o góndola, no lo cierres por completo. 2. Durante los 32 túneles viaja “al pie” del tren (en los estribos), hay más aire para respirar. 3. Para soportar el frío o la lluvia, si no tienes suéter, consigue un nylon y póntelo encima de tu ropa para guardar el calor… Así continuó leyéndome otras veintidós recomendaciones. Me guardó el papel en un bolsillo del pantalón y mirándome a los ojos me dijo:

—Cuídense mucho —también me abrazó.

Me llevó de vuelta al refugio, dijo adiós como si nos fuéramos a ver al día siguiente. La miré alejarse. Tuve ganas de seguirla pero mi papá, que estaba detrás, me ordenó meterme, ya estaba oscuro.

Nos explicó que había conseguido que un pollero le dijera la forma de llegar a Estados Unidos. Casi a la media noche teníamos que tomar un tren que fuera al Distrito Federal, bajarnos en una población llamada Lechería. Caminar a la orilla de ese lugar hasta el cruce de trenes y esperar al de la línea Ferromex, ese nos llevaría a Los Ángeles y de ahí a San Cristóbal. Recogí mi morral y le dimos las gracias al sacerdote. Para tomar el primer tren teníamos que caminar mucho.

Llevábamos horas y no encontrábamos el cruce de vías. Sentí que mis padres iban muy adelante, él me gritó que me apurara. Quise hacerlo pero me tropecé. Maldije sobándome la cara, enojado y recordando a Gabriela. El camino se fue tupiendo de maleza. Me la quité de la cara y escuché gritos de mi madre. Avancé rápido. Vi a mis padres rodeados por varios hombres. Estaba quieto, escondido entre las plantas. A mi papá le exigieron dinero. Él contestó que no tenía. Uno de ellos vino corriendo con un machete en las manos. Mi padre apenas retrocedió unos pasos antes de que el filo le entrara en el pecho. Él gimió tirado en el piso y mi madre forcejeó con cuatro que le comenzaron a quitar la ropa. Quise correr a ayudarlos, alcancé a dar dos pasos, pero mi padre logró ver hacia donde yo estaba y sin enfocarme, me dijo con sus ojos: Quieto.

La angustia que tenía porque yo no diera un paso adelante me paralizó. Él se fue desangrando y mi madre estaba tirada en el suelo; uno de ellos se quitó el cinturón. Quise mirar hacia otro lado o cerrar los ojos, pero no pude. Ella intentó quitarse al hombre que tenía encima, pero fueron varios los que la sujetaron. Mi padre ya no se movía. Ellos intercambiaron posiciones sobre el cuerpo de mi mamá y al final se despidieron de mis padres con un par de balazos. Estaba entumido, tardé mucho en poder acercarme. A mi madre aún le salía sangre de la entrepierna. Mi padre había soltado el San Cristóbal. Me fui agachando hasta que lo levanté, sentí un coraje que me hizo apretar la mano y el yeso se desmoronó. En su lugar quedó un enorme fajo de billetes. Guardé la imagen de ellos tendidos en el suelo y caminé, fui a buscar el paraíso.

Javier Caravantes

Este cuento pertenece al libro Despertar con alacranes (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2012)


serratosEstudió Comunicación en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) y al terminar se marchó al D.F. Ahí cursó el diplomado en creación literaria en la SOGEM y trabajó como corrector y dictaminar para distintas editoriales. A su regreso a Puebla se convirtió en editor de la versión digital de la revista Crítica y obtuvo la beca de Estímulos a la Creación y al Desarrollo de Puebla en 2010 y 2013. Sus cuentos aparecen en antologías como Puebla directo (BUAP, 2010) y Lo que decíamos ayer (Instituto Municipal de Arte y Cultura, 2012). El Fondo Editorial Tierra Adentro publicó su primer libro Despertar con alacranes (2012). Fue considerado por el periódico Reforma como uno de los mejores libros publicados ese año.

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