El buscador de cabezas recargado: entrevista con Antonio Ortuño

El año 2006 fue uno de esos años en que el tumulto, la decepción social y el infortunio político definieron una vez más el futuro de México. Fue un año de elecciones, de manipulaciones, de sospechas, de crímenes y hasta de fraudes, según otros, pero un clásico año de elecciones para el resto. Pensábamos que la democracia estaba en pleno auge desde el año 2000, cuando el PRI fue derrocado, después de décadas en el poder, por el Partido Acción Nacional, y que una vez más se repetiría el milagro democrático. Andrés Manuel López Obrador, candidato a la Presidencia por el Partido de la Revolución Democrática, aparecía en el panorama político del país tal vez para no irse nunca, el Sub Comandante Marcos inició su “otra campaña” con fines todavía indiscernibles, Felipe Calderón, el candidato del Partido Acción Nacional, ganó las elecciones gracias a una campaña electoral calificada de doble moral y, meses más tarde, el mismo Andrés Manuel impugnó los comicios y se autoproclamó “Presidente legítimo”. Y, no menos importante, también capturaron a Juana Barraza Samperio, alias la “Mataviejitas”, pues cada sexenio tiene un criminal mítico en el cual descansa el morbo y la especulación social.

En ese mismo aciago año, se publicó la primera novela de Antonio Ortuño titulada El buscador de cabezas. Desde su aparición, como apuntó Ortuño en su blog, fue reconocida por la crítica y los medios y ocupó varios casilleros en las listas de mejores libros del 2006; poco después, fue traducida en Francia. Como la novela fue publicada antes del drama electoral, las lecturas que se hacían del libro apuntaban hacia lo profético: narra la historia de Alex Faber, un reportero del periódico El Futuro quien en su juventud perteneció a un grupo de extrema derecha que se ocupaba de aterrorizar a la ciudad con actos vandálicos. La historia abarca las campañas electorales para presidente de la república, el triunfo del partido de ultraderecha encabezado por Guadalupe Garza, y por último la instauración de un régimen represivo similar al que vivimos en los últimos años en México con Felipe Calderón.

Y aquí me gustaría hacer una distinción: Ortuño, como lo explica él mismo, narra la violencia ejercida por el Estado, pero no sobre la violencia del narco, la cual diezmó gravemente la mayoría de las ciudades en el país. En este sentido, la novela es un compendio profético de las acciones que el gobierno llevó a cabo para combatir la inseguridad: opuso directamente la maldad contra el bien en términos casi religiosos; en algunas ciudades, como en Ciudad Juárez, donde he vivido, se sospechaba de una limpia social en las zonas más pobres; y el ejército o la policía violaban los derechos de los civiles igual que cualquier delincuente panzón con metralleta en mano. Por esta razón, me parecía prudente, una vez terminado el infierno calderonista, retomar El buscador de cabezas y dialogar con Antonio sobre esta novela que causó conmoción desde su aparición y que estoy seguro que seguirá hablando del futuro a las próximas generaciones.

Como preámbulo, me gustaría compartir esta cita de Ricardo Piglia que me parece prudente sin caer en lo pretensioso:

“La literatura construye la historia de un mundo perdido. La novela no expresa a ninguna sociedad sino como negación y contrarealidad. La literatura siempre es inactual, dice en otro lugar, a destiempo, la verdadera historia. En el fondo todas las novelas suceden en el futuro”.


FS: Tu novela El buscador de cabezas fue publicada en el 2006, cuando pocos sospechábamos lo que se avecinaba, por lo que resulta en este momento como una profecía más clara de lo que se sospechaba. ¿Cómo te sientes respecto a esto una vez que terminó todo lo que de alguna manera se predice en tu libro? ¿Te sorprendió?

 AO: El eje de la novela es la transformación del conservadurismo del occidente de México en fascismo y la elaboración de un escenario (una suerte de distopía o antiutopía) con las consecuencias de una radicalización de esa naturaleza. Había muchas vetas de discurso y concepción de ese conservadurismo “duro” en medio del que he vivido (resido en Guadalajara) que, luego de leer e indagar sobre el tema, me resultaban claras. La primera coincidencia con la realidad política fue que el grupo fascista de mi libro se llamara Manos Limpias y que ese, precisamente, fuera la frase de uno de los lemas de campaña de Felipe Calderón. Había incluso calcomanías de manitas blancas en los autos de sus partidarios. Era, pues, una idea que estaba allí, que flotaba. El autoritarismo del presidente en el discurso sobre seguridad y las acciones policiacas y militares que tomó en el gobierno lo acercaron, sin duda, al discurso de mis fascistas de novela, algo impensable en tiempos de Fox, que era un tibio. También, el escenario de hiperviolencia de la novela, que en un principio hizo que fuera considerada “política ficción”, de pronto se convirtió en la realidad del país. Esos ingredientes estaban en la vida mexicana y resaltaron por las condiciones del momento. Lo de “profeta” no deja de ser chistoso porque los elementos estaban disponibles y eran públicos.

 FS: Parece que entramos en un periodo de recesión existencial, de una resaca política en el país. Nos recetamos un placebo y volvimos a la aparente calma del PRI. Alex Faber, el personaje de la novela, dice: “La mayor parte de los hombres somos pequeños autistas reaccionarios”. ¿Se confirma su teoría?

AO: Si tienes, como es mi caso, seiscientos contactos progres en el tuiter, parece mentira que gran parte de la población votara y apoye a candidatos y políticos conservadores. Pero así es el país y tuiter y las redes sociales son apenas representativas de lo que sucede en ciertas capas ilustradas en unas pocas ciudades. Ahora, también hay gente que se muestra liberal en asuntos sociales pero en cuestiones económicas sigue teniendo una visión consumista, exitista, competitiva. Y en la propia izquierda hay un gran conservadurismo. Mira cómo aplauden la divinización de Chávez. Creo que poca gente se ha liberado a plenitud de la mala herencia del conservadurismo mexicano.

 FS: La profesión de Alex Faber es paradigmática, él es periodista, pero a diferencia de lo que pasó en todo México, donde el gremio sufrió varios golpes (asesinatos, amenazas, desapariciones de fotógrafos y reporteros, atentados contra las instalaciones de los periódicos locales, etcétera), Faber es parte del problema porque trabaja para el régimen represivo. Recordando el papel que jugaron los medios en las elecciones pasadas, ¿cómo pensar los medios ahora a partir de esta cita del mismo Faber: “La ignorancia es su escudo, la malicia es su espada”?

AO: La profesión de periodista ha sido tradicionalmente vista –al menos al interior del gremio- con vetas de apostolado. A la vez, buena parte de la cara más visible del periodismo mexicano –el de la televisión y el de muchos de los “gurús” de la radio- es acrítico o abiertamente alineado con el gobierno en turno, a veces con una abyección grotesca. Por otro lado, el periodista crítico, autónomo, inquisitivo, parece en vías de extinción frente, por un lado, al “trabajador de medios” masivos, al que le pagan por no pensar sino por repetir, y frente al periodista-militante, que no necesita hacer investigaciones ni se toma la molestia de buscar datos porque “sabe” todo y se dedica a hacer columnas de opinión remachando ideas preconcebidas. Un verdadero periodista es incómodo porque cuestiona las ideas fijas y todos los poderes y nunca es un porrista de un gobernante, así sea éste el mismísimo Buda.

FS: En la novela, la diferencia entre el bien y el mal se ha borrado, hay un totalitarismo que recuerda el periodo del expresidente Calderón, la gente en algunas ciudades ya no veía la diferencia entre la las instituciones del Estado (los políticos, el ejército, la policía) o del narco. Faber está atrapado entre ambos mundos, el del bien y el del mal y para sobrevivir negocia con ambos, sin embargo, al final, toma una decisión que es la del bien, la del exilio. ¿Por qué optaste por un final esperanzador para él?

AO: Una primera aclaración es que el narco no es un tema siquiera secundario en la novela. No es algo sobre lo que me interese escribir. La novela aborda, eso sí, la violencia desde el gobierno, la del Estado, y sostiene la idea del Estado no sólo como ente corrupto (pasivo) sino corruptor (activo).

Pero en términos de la realidad mexicana, hay que distinguir entre la acción del gobierno y la del narco. La responsabilidad del gobierno ante la violencia es no haberla prevenido ni haber sido capaz de dar justicia a sus víctimas y de haber provocado, tolerado o sido incapaz de evitar los millones de delitos espantosos contra ciudadanos mexicanos (criminales incluidos) que se han producido en medio de una impunidad casi total. El Estado es culpable de haber enfrentado al crimen organizado con una estrategia virulenta e ineficaz que echó gasolina al fuego, con instituciones y cuerpos de seguridad corrompidos e insensibles.

En cuanto al asunto de Faber, me interesó explorar el discurso del exilio. Y darle al personaje la posibilidad de la redención, relativa, que alcanza al exiliarse. ¿Por qué? Un día leí una buena entrevista con un ex torturador nigeriano que, luego de revolverse contra el gobierno que lo hizo quien era, terminó lavando autos en Estados Unidos, casado con una ex torturada. Me pareció un personaje formidable y quise, con Faber, conseguir algo así, explicar cómo alguien que ha sido un miserable y ha sufrido por ello consigue salir de un laberinto. Aunque, ojo, la redención de Faber no es política. Termina asqueado del fascismo pero principalmente por cuestiones éticas y sentimentales a escala personal.

FS: ¿Cómo llegaste a pensar la historia de la novela? ¿qué viste en la realidad social y política de México que te inspiró a escribirla?

AO: Un día, tal cual, cubrí la nota de unos muchachos de Guadalajara, integrantes de un grupo de oración, que entraron al Museo del Periodismo y destrozaron un cuadro del dibujante Ahumada en el que Juan Diego llevaba en la tilma a Marilyn Monroe desnuda. Me asombró que la policía, siempre brutal, tratara con gran respeto a los detenidos. Y que el Cardenal pagara su fianza. Y que el tema apenas se discutiera en los medios. Todo eso me pareció una irrupción en una realidad aparentemente “liberal” del fascismo más obvio, el de la intolerancia beligerante de los Camisas Negras. Y me puse a imaginar qué pasaría si aquello fuera en aumento, si todos los periodistas fueran Ferriz de Con, si  todos los policías fueran los de Atenco, si todos los políticos fueran como aquellos de la SFP que Reforma reveló como integrantes de grupúsculos neonazis.

FS: ¿Qué autores estabas leyendo en el momento que escribías El buscador?

Hay algunas líneas principales de influencia en lo que hacía entonces: por un lado, dada la naturaleza del tema y la necesidad de crear un personaje y un entorno “facha” leí a muchos escritores de ultraderecha de entreguerras: Celine, Drieu la Rochelle, Junger, Malaparte y hasta a fascistas mexicanos como Salazar Mallén, un autor casi olvidado pero interesante, que compartía en cuanto estética algunas cosas con alguien tan alejado de él políticamente como Revueltas. Por otro lado, la novela tiene, sí, también una tradición de novela negra. Hammet, Chandler, Jim Thompson, son algunos de mis clásicos. Y, finalmente, está el “New Journalism”: me interesaban por entonces Tom Wolfe y Gay Talese.

FS: ¿Es el novelista una especie de periodista metafísico?

AO: Siempre me he desmarcado del periodismo “literario”, que a mi juicio es subjetivo y sobreescrito. No soy un fan del nuevo movimiento de crónica, por ejemplo (aunque respeto mucho a gente como Diego Osorno): prefiero las notas bien informadas, los datos y las reflexiones del periodismo “duro” antes que “las historias humanas”. Por otro lado, también abomino de la literatura que se concibe solamente como un método de documentar asuntos sociales. Pero, en el fondo, sí creo que una visión periodística le sirve a un escritor, particularmente a un narrador. No me interesan, lo siento, los textos sobre el revés de las alfombras, lo mullido de los colchones y el vuelo de la mosca o, peor, de los vampiros. Me interesan, sobre todo, la gente y el lenguaje. Y el periodismo (o la sociología o la filosofía) da herramientas para acercarse desde diferentes ángulos a una y otro.

FS: Si tuvieras que predecir el futuro en otra novela, ¿cómo lo imaginas, qué nos espera o supones que vendrá de acuerdo a las pistas que el presente nos da ahora?

AO: Bueno, tengo una nueva novela que saldrá en unos meses, y aunque no me gusta hablar de libros que aún no han sido publicados, esa novela tiene que ver con un tema cercano, en alguna medida, al de El buscador: aparecen políticos y funcionarios convertidos directamente en delincuentes, justificados por una maquinaria de comunicación social indistinguible de la prensa, en una sociedad casi totalmente acrítica.

Fotografía del autor tomada de esta fuente.
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