Mientras hacíamos el amor murió Dave Brubeck

“Mientras hacíamos el amor murió Dave Brubeck.” Me dijo por Whatsapp. ¿Dave, qué?, pensé pero no contesté nada. Guardé el teléfono y seguí viendo por la ventana del Metrobús.

Tiene tiempo que quiero terminar con Gerardo, quién sabe por qué no lo hago, dicen que  son puras ganas de no hacer nada, de seguir de mensa, de coger por coger y sentir que tengo a alguien al lado, pero, pues quién sabe, a lo mejor no termino con él porque ya no hay nada qué terminar, a lo mejor sí. ¿Qué saben ellos, que yo no sepa? Se termina cuando se termina y ya.

Pero, sus aires de grandeza me ponen de malas. Tuve ganas de contestarle: “Mientras hacíamos el amor se murieron 1,500 personas en un minuto, nacieron 18,000 y además 34 millones dormían, 345,000 se morían de hambre y 453, 890 cagaban en ese momento”. Pero pues nada, puro silencio. La inercia que le dicen. Borrar su número de teléfono no sirve de nada si él sigue teniendo el mío. La tecnología que le dicen, volví a pensar.

Siempre hay desmadre cerca de Félix Cuevas, las mujeres empiezan a empujarse con más dolo, se arrejuntan la una con la otra en los espacios cercanos a las puertas del metrobús y dejan los pasillos vacíos, como si las que estuviéramos sentadas anduviéramos con la lepra a flor de piel o algo así.  De Félix Cuevas a Indios Verdes el metrobús es el núcleo del odio y la guerra por un espacio a 5 pesos que, más que ayudar, desmadra. Sí, desmadra los huesos, el ánimo, el tiempo, las ganas… yo las ignoro, como ignoramos todos la incomodidad ajena. Me reacomodo en el asiento de plástico, saco mi teléfono, pongo música y miro a la ciudad correr por mi ventana, como si tuviera prisa de ser más rápida y frenética o cosas así.

Luego, otra vez, el sonidito del Whatsapp: “¿Estás bien, en dónde vas, leíste lo que te puse?” Un dedazo, otro dedazo y cierro la pantalla. Me aferro a los covers de Juliana Richer y mantengo la mirada en ningún lado.

¿Qué quiere, demostrarme que no sé quién chingados es ese tal Dave, quiere que lo consuele, quiere qué? Debería de terminar con él, aunque primero tendría que pedirle su teléfono, hacer como que estoy buscando una canción en su reproductor y en realidad borrar mi número de contacto para siempre. Pero nada, que soy cobarde, que me lo aguanto porque tiene muchos premios periodísticos y que a lo mejor sí creo que me va a quitar caché dejar de ser la novia del tipejo ese con el que todas se quieren acostar, aunque no sean ellas las que le tengan que soportar su neurosis, sus datos curiosos y sus inseguridades. Ser novia abnegada cansa, aunque ser novia no abnegada cansa más, lo sé.

Otro mensaje de Whatsapp, en plena estación Nuevo León, una antes de llegar a mi destino: “Mientras hacíamos el amor, murió Dave Brubeck, ¿no te parece romántico?”

Románticos los huevos, sí, los huevos hechos una mañana de sábado como desayuno en la cama, los besos tiernos entre las sábanas sin necesidad de cogerse todo el tiempo, románticas las canciones llenas de guitarrazos que nos excitan y nos dan ganas de hacernos el amor, mientras me restriego a su cuerpo. Románticas las manos agarradas mientras nos decimos algo importante… ¿por qué  es romántico coger mientras se muere un señor que no conozco? No quería contestarle, me aferré al tubo para que la señora de al lado no me tirara en la otra señora que se apretujaba de la otra señora con olor a perfume de Avón y salí como si de ello dependiera mi vida en la siguiente estación, salir casi dando un salto mortal, antes de que las señoras en manada que deseaban entrar meempujaran hacia adentro. Las hazañas citadinas de las que nadie tiene noticia.

Luego las llamadas. ¿No entiende? No, no entiende porque así es el asunto: él dice algo y todos voltean a ver qué dice, porque, claro, es él. El gran periodista de mierda que nunca ama su trabajo, siempre tiene complejos, escribe a las tres de la mañana, se hace idiota todo el día y luego excusa sus entregas a destiempo con el asunto de que la creatividad no tiene horario. Y la gente se lo cree porque la gente se cree todo con tal de no pensar, y se lo cree aunque no se lo crea, porque es más fácil pretender que es cierto en vez de investigar o confrontar, o de plano decir: “No mames, a mí qué, conmigo quedaste tal día”. Pero, pues nada, le perdonan todo, le ajustan todo para que el señor no se sienta mal y ofendido y siga dándoles prestigio en sus revistas poquiteras. Tampoco le contesté. Que se espere, pensé, y seguí caminando hacia mi casa.

Luego Dave Brubeck no sale en los periódicos, ni en los portales de moda, una se entera de quién es cuando ve que los tuiteros de cultura se ponen a decir que sí lo conocen, aunque nomás lo hayan visto en Wikipedia. Entonces di clic en varios links y supe quién era Brubeck.

Sí, Brubeck: Bluette, Thank You, Blue Shadows in the Street… Sí, Brubeck, la música con la que encontramos a mi madre colgada de la regadera, con los ojos desorbitados, la lengua de fuera, la cabeza morada… Sí, Brubeck, la música de todos los domingos mientras ella hacía limpieza en la vitrina llena de vajilla de cristal, carpetas tejidas y muñecas de porcelana… Sí, ese Brubeck que seguía sonando mientras llegaban los agentes del ministerio público a casa y los vecinos se arremolinaban en la entrada por el morbo de ver a una mujer muerta como espectáculo nocturno. Sí, el Brubeck que metimos a cajas de cartón que aún siguen en el armario lleno de polillas de mi padre.

“Hicimos el amor mientras moría Dave Brubeck”, le contesté a ese periodista que tanto odio y tanto quiero, porque me recuerda la neurosis de mi madre y por quien temo un día abrir la puerta de su departamento y encontrarlo cargado de muerte sin que pueda hacer nada, mientras se escucha a Brubeck de fondo, aunque hasta hoy haya sabido su nombre.

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