Henry Miller y Lawrence Durrell: dos cartas

La iniciación de Lawrence Durrell como escritor comenzó en 1935 en un baño público de Corfú, la isla griega donde vivió casi toda su vida él que, por cortesía, se le llamó inglés, pues nació en la India y nunca obtuvo la ciudadanía de sus padres. Allí, un turista norteamericano, asqueado y ofendido, le regaló una copia de Tropic of Cancer (1934) de Henry Miller. El efecto fue inmediato, la lectura tropical conmovió indeciblemente a Durrell y sintió una necesidad de comunicarlo al mundo, y de comunicarse con Miller. En agosto de ese mismo año, Durrell le escribió la primera carta —de cientos que vendrían más tarde, hasta la muerte de Miller—, donde explica lo que significó la lectura de tan oscuro libro. Ese encuentro por medio de la literatura sería simbólico: Miller, un hombre en sus cuarentas, encontró a un hijo pródigo, y Durrell, apenas de 23 años, un modelo a seguir.

A partir de ese verano de 1935, Durrell se puso a trabajar en una novela bajo el influjo total de Miller —“Un insana influencia es usted, sin importar si es una persona virtuosa”— y que será su primer trabajo como escritor maduro: The Black Book (1938). Cuando finalmente le envía el manuscrito, le pide un favor: “cuando termine de leerlo, arrójelo al río Sena”. Afortunadamente no fue así y la novela de Durrell fue a parar en manos del legendario Jack Kahane, a quien le debemos la publicación de varios libros prohibidos en Obelisk Press, y cuyo hijo, Maurice Girodias —se cambió el apellido paterno—, continuó la empresa en Olympia Press, sello que promovió la literatura vedada principalmente en los países de habla inglesa, como Lolita de Nabokov, The Naked Lunch de Burroughs, e Historia de O.

Dos años después de la primer carta, Durrell visitó a Miller y a Anaïs Nin en 1937 y se unió a la comunidad de artistas en Villa Seurat. Nin tenía 34 años, Miller 45 y Durrell 25: “Yo era un embrión. Era virgen. No sabía escribir. No sabía leer. No sabía cómo hacer el amor”, dijo en una entrevista. A su llegada, la amistad entre los dos escritores fue un mero trámite, hicieron química inmediatamente y convivieron durante 8 meses en París. Escribían, paseaban y sobre todo charlaban por horas interminables. Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial, los tres parten para distintos lugares: Nin va para Londres y luego Nueva York; Miller visita a Durrell en Corfú y después se muda a Big Sur, California; Durrell volvería a su isla, pero se encontrarían en un par de ocasiones más, una en Francia y otra en la costa californiana. El resto de su historia se desenvolvería por correspondencia, de la cual les presento traducidas las dos primeras cartas que intercambiaron y que representan el inicio de su amistad.


Agosto, 1935

Querido señor Miller,

Acabo de leer Trópico de Cáncer por segunda vez y no pude evitar escribirle algunas líneas sobre su libro. Me noqueó como lo pudo haber hecho solamente un trabajo cuya magnitud este siglo puede jactarse de haber producido. Es un aullido triunfal desde el inicio; no es solo un gancho al hígado de cualquiera, también ensucia el papel con la sangre y entrañas de nuestro tiempo. Nunca había leído algo así. De hecho, nunca imaginé que algo así pudiera haberse escrito; y, sin embargo, curiosamente, al leerlo lo reconocí como algo para lo que todos nosotros ya estábamos listos. El terreno ya estaba preparado. Trópico vuelve a la vida nueva desde las entrañas mismas. Pero cualquier elogio para el libro es un cliché, así que por favor no me culpe por sonar como el balido de un viejo reseñista, o como un comercial de maquillaje para mujeres. Lo juro, pienso mucho en mis palabras, pero su maldito libro sobrepasa las mesuras como un terremoto y enturbia todos mis pensamientos y suposiciones. Admiro su audacia. Me encanta ver como el canon de la oblicuidad y las emociones se destila; ver toda la extravagancia y fruslería de sus contemporáneos, desde Eliot a Joyce, estercolarse. Dios nos dios a los jóvenes las pelotas para plantar margaritas y para terminar el trabajo inconcluso.

Trópico es algo que se estuvo intentando hacer desde la guerra: es la versión definitiva de todos esos borradores pálidos y confusos: Chatterley, Ulysses, Tarr, [1] etc. No solamente recupera el pasado (algo que ninguna de esas obras ha hecho), sino que nos trae el futuro también.

Nos muestra la luz al final de la letrina. Y es curioso que nadie haya pensando en sumergirse en ella, todos se fueron por la salida fácil. Saludo a Trópico de Cáncer como el libro de mi generación. Es grande porque se coloca entre los pocos libros (y en realidad son muy pocos) que los hombres han escrito con sus vísceras. Dios me perdone, porque eso suena pomposo, pero, por otro lado, ¿qué más se puede decir?

¡Muerte a los rajuistas! [2] ¡Viva el cambiante fluir!

Sinceramente suyo,

Lawrence Durrell

Miller y Durrell en Corfú, 1939

Miller y Durrell en Corfú, 1939

1 de septiembre, 1935

Querido señor Durrell:

Su carta me impresionó un poco a mí también. Usted es el primer inglés que me escribe una carta inteligente acerca del libro. Es decir, usted es el primero que da en el clavo. Aprecio muchos su carta porque es el tipo de carta que me hubiera escrito a mí mismo si yo no fuera el autor del libro. Y no es mera vanidad ni egotismo. Pero resulta curioso que solo un puñado de gente sepa exactamente qué admirar en el libro.

La frase que más me conmovió de su carta fue esta: “y, sin embargo, curiosamente, al leerlo lo reconocí como algo para lo que todos nosotros ya estábamos listos”. De eso se trata. El mundo está listo para lo diferente, para algo nuevo, pero parece que para reconocerlo necesita una guerra o una desgracia colosal.

Su carta es tan atinada y aguda, que me dio curiosidad por saber si usted no es escritor también. ¿Cómo llegó el libro a sus manos? ¿Por Barclay Hudson?

No sé si leí bien su nombre, ¿es Durrell o Duvvell?

Cordialmente suyo,

Henry Miller.

Notas

1. Lady Chatterley’s Lover (1928), novela de D. H. Lawrence, quien influyó grandemente tanto a Miller como a Durrell; Ulysses (1922) de James Joyce, y Tarr (1918), novela del escritor y artista fundador del vorticismo Wyndham Lewis.

2. De Rajú, dios hindú que provocaba desastres naturales. El editor de las cartas sugiere que con esta referencia Durrell hable tal vez de un cierto tipo de escritores retrogradas o tradicionalistas.

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6 Responses to “Henry Miller y Lawrence Durrell: dos cartas”

  1. Luis Andrés Miranda Mendoza

    Un texto muy interesante. Sorprende la primera carta. Será porque en todo momento exagera. Buen día, gracias por traducir esto.

    Responder

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