Habedero, por un examigo

Con la aparición de mi más reciente libro, Bisontes (Nitro/press, 2013), algunas personas me han preguntado sobre la existencia real del protagonista, Miguel Habedero, autoproclamado Gurú del underground mexicano, autor de dos clásicos marginales, Walden tres (Joaquín Mortiz, 1968) y Caminos de desolación (Joaquín Mortiz, 1970), entre otros. Como día a día crecen las dudas respecto a la existencia de Habedero, uno de los escritores mexicanos que más admiro —desgraciadamente olvidado por la academia—, me he decidido a publicar este testimonio que grabé hace ya algunos años, cuando comencé a trabajar en la gran obra crítica sobre el también autor de Los caballos están nerviosos John: western existencialista (Joaquín Mortiz, 1966); obra que lamentablemente no verá la luz jamás, pues el archivo me fue sustraído junto con mi computadora y una muda de ropa interior del coche de una amiga, afuera de la cantina La Terminal, en la ciudad de Puebla. Afortunadamente me quedaron algunos testimonios grabados que iré transcribiendo para este blog. El que presento a continuación es de un alto funcionario electoral de mucho peso hoy en día, quien ha querido permanecer en el anonimato, decisión que en Blog Indieo hemos decido respetar, y al que le he puesto el nombre de Stoltz, en homenaje al personaje de una novela que me gusta mucho y que no viene a cuento. 


Fue a principios de los años ochenta cuando comenzó a rumorearse que Miguel Habedero, el autor de Caminos de desolación y Walden tres —a quién muchos creíamos muerto o desaparecido, o exiliado en Cuba—, había regresado a vivir a la Ciudad de México. Alguien juraba haberlo visto en tal café o en tal librería, aunque ese alguien no podía estar seguro del todo, porque se veía muy cambiado, decían. Y esa fue la razón por la que puse un anuncio en El Universal con mi número de teléfono, conociendo la obsesión de mi amigo por leer de manera metódica el periódico todos los días, el Aviso Oportuno incluido.

—Stolz —me dijo por teléfono—, estaba seguro de que aún estabas viviendo con tu madre.

 Nos quedamos de ver en un café de chinos en la calle de Madero. Usaba un corte estilo afro que le sentaba muy bien, una chaqueta de mezclilla y suéter cuello de tortuga, la barba tupida y arremolinada. Yo no lo había visto desde que tuvo que salir del país, perseguido por la policía y acusado de colaborar con la guerrilla. En la ciudad, al menos entre un pequeño grupo de personas, se convirtió en una leyenda. Me contó que había estado viviendo como ilegal en los Estados Unidos, ganándose la vida como barrendero y lavaplatos. Tamborileaba sobre la mesa con una cajetilla de cigarros y miraba hacia todas direcciones, temeroso, pensé, de encontrarse con alguna de las mujeres que había abandonado más de diez años atrás. Encendía un cigarro con la colilla del anterior, sin hacer una pausa para respirar, pendiente de la puerta que daba a la calle, del mostrador donde una china hablaba por teléfono, o de la puerta del baño, e incluso, no podía evitarlo, echaba un par de miradas furtivas debajo de la mesa.

—José Agustín estuvo en la cárcel —le dije.

—¿Por disidente?

—No, lo agarraron con dos kilos de marihuana para consumo personal.

—¿Qué otras noticias ha habido?

—Gustavo Sainz se exilió en Estados Unidos.

—¿Algo más?

—Carlos Monsiváis y Octavio Paz tuvieron una polémica.

—Algo interesante —me dijo, como si pudiera haber algo más interesante que una polémica entre Carlos Monsiváis y Octavio Paz.

—Carlos Fuentes acaba de publicar una novela.

—¿Tiene persecuciones en lancha?

—No.

—En serio, Stoltz, ¿nada interesante?

—Nada —le dije.

Apuré mi taza de chocolate y miré hacia la calle para evitar su mirada de escrutinio, y en ese momento pensé que en efecto así era: no había ocurrido nada interesante para mí porque, desde que Miguel Habedero desapareció, se terminaron las fiestas, las chicas y los viajes alucinógenos.

En aquel entonces todos escribíamos tesis sobre Gramsci y yo tenía cinco años trabajando en la mía. Mi principal dificultad era que aún no existía una teoría gramsciana coherente de la sociología. Miré a Habedero no sin la envidia que siente el teórico frente al revolucionario. Mi generación se había ido a la guerrilla o, como Habedero, había renunciado a los valores de la sociedad burguesa y yo seguía viviendo con mi madre.

—¿Sucedió algo con mi libro? —me preguntó, refiriéndose a Escuela de robinsones, novela publicada unos años antes.

La solapa decía que Miguel Habedero estaba desaparecido, pero que había enviado al editor un manuscrito de ochocientas páginas mecanografiadas en papel reutilizado desde un pueblito de Montana, Estados Unidos. Cuando el detective de la agencia Pinkerton, pagado por una admiradora que quiso permanecer en el anonimato, llegó a la dirección del remitente, encontró un remolque abandonado, una Biblia Gideon, un par de casquillos calibre .22 tirados en el suelo y un cenicero a rebozar de colillas (prueba irrefutable de que Habedero había estado ahí). Todos pensábamos que había muerto. Yo mismo escribí una nota necrológica.

—¿Alguna buena reseña?

—No.

—Alguna mala reseña entonces.

—Tampoco.

Tenía todas las esperanzas puestas en el libro, me dijo, porque había logrado lo que durante tantos años fue su único objetivo.

—¿Y cuál es ese objetivo?

—La destrucción total del lenguaje —me dijo.

Su hígado, sus riñones, sus pulmones habían sufrido también las consecuencias de esta búsqueda: era un hombre enfermo. Sin embargo, parecía que nadie había notado que Miguel Habedero, después de llevar el lenguaje a Mach uno, logró por fin desvalijar lo que él llamaba el origen de todos los males del hombre. Yo personalmente nunca pude pasar de la página diez de Escuela de robinsones. Partes extensas de la novela estaban escritas en endecasílabos, hexámetros y versos yámbicos y ditirámbicos. Él también fue el primero en poner notas al final de sus novelas (como en Walden tres) con fragmentos de las mismas, para demostrar, decía, que la realidad sólo puede representarse de manera fragmentada, puesto que la novela, como obra de arte, es un proceso y no una obra acabada. Miguel Habedero tomaba cerveza o café, nunca lo vi tomar agua. Aunque era una época en la que nadie tomaba agua, eso se puso de moda tiempo después. Y fumaba cigarros franceses, Gauloises.

—Son Gitanes, Stoltz.

—Da lo mismo.

Alquiló un departamento en la colonia Narvarte de donde no pensaba volver a salir nunca, me dijo, su patria, el único espacio físico que reconocía sentimentalmente. Ahí, solitario, en un estrecho y húmedo departamento, con un pequeño baño y una parrilla, un sofá cama y una regadera eléctrica descompuesta, se encerró un par de meses después de su regreso, y sólo a mí me permitió verlo. Yo le llevaba el mandado; puedo constatar que durante ese tiempo Miguel Habedero le demostró a la ciencia que un hombre se puede alimentar de sardinas en lata y galletas saladas. Trabajaba en un libro sobre lo que había visto en los Estados Unidos. El primer relato se llamaba “John Dillinger” y hablaba de un joven aprendiz de escritor que planea asaltar un banco en un pequeño pueblo de Montana. En el relato se explora la figura de John Dillinger, no sólo como el enemigo de la sociedad, sino como rebelde, un iluminado que sueña con una sociedad futura donde hay una distribución de la riqueza más justa para él mismo.

—La utopía comienza por tus propios bolsillos —decía.

Como fumaba todo el día, el aire en ese lugar era tan denso que podía cortarse con un cuchillo y repartirse en platitos desechables. Cuando terminó el libro salió a la calle, afeitado, el cabello relamido, con doscientas cuartillas mecanografiadas bajo el brazo, pero la editorial Joaquín Mortiz, donde había publicado sus libros anteriores, rechazó el manuscrito. Estaban en reajuste, eran otros tiempos, le dijeron, casi se habían ido a la quiebra por publicar todas las novelas experimentales de la literatura mexicana, que fueron bastantes, cada una de ellas una intentona para destruir el lenguaje, o al menos maltratarlo un poco. Ahí se entero de que casi todo el tiraje de Escuela de robinsones se fue a saldos. Ya no volvió a encerrarse, se le podía ver en una cantina de la Narvarte todas las tardes con un taco de billar y un cigarro en la boca, y los domingos en el café de una librería con un libro y una taza de café. Lo noté menos dispuesto a comunicarse, introvertido, paranoico en algunas ocasiones. Ya nunca iba a fiestas. Algunas veces creía, me dijo, que lo seguía el FBI, la CIA, la Dirección de Seguridad, el casero. Tenía una obsesión con los caseros. Aunque pagará puntualmente, aunque se hubiera convertido en un hombre pacífico, creía que el casero lo espiaba, que iba a denunciarlo a la policía. Aunque era un espíritu de vanguardia, fue el primero en México en tomar Canderel. Estabas ahí en medio de una platica y él sacaba la cajita del bolsillo de su saco y dejaba caer dos pastillas en la taza de café.  Yo algunas veces temía por su salud mental, sobre todo cuando iba a visitarlo por las mañanas y lo encontraba en pijamas, despeinado, el cuello envuelto en una bufanda, las ventanas cerradas a cal y canto y cierto olor a putrefacción que llegaba desde la cocina donde se amontonaban la bolsas de basura. Padecía de malaria y se duchaba todos los días con agua fría. Contrajo la enfermedad en Nicaragua donde fue a buscar a una mujer, Sarah Kohngold, su pareja sentimental desde los años sesenta, y me relató cómo, a un paso de morir, había tenido una visión, en el techo de una cabaña, enfebrecido, atendido por una mujer desconocida, de fondo los disparos, el cañoneo incesante del mortero. Decía que ahí, donde los elementos se contradicen, donde los objetos no parecen concordar, está la intuición inminente, ininteligible, la estela dejada por el ángel. De esa manera supo que todos sus intentos para destruir el lenguaje eran la necesidad de pulverizar la jaula que lo separaba del rostro de la divinidad.

Yo lo encontraba por las noches, metido en la cama, entre sábanas empapadas, temblando.

—Stoltz, estuve ahí  —decía.

Y alargaba un dedo índice manchado de tabaco hacia su propia Capilla Sixtina: una mancha de humedad en el techo que cada episodio de fiebre adquiría diferentes cualidades. Se arrastraba hasta la regadera y se ponía bajo el agua fría. Sentado en el piso, con la ropa mojada, comenzaba a sentirse un poco mejor y se levantaba para devorar lo que había en la alacena. Una vez lo vi comerse cinco latas de sardinas con los dedos y fumarse cinco cigarros después como si en ello se le fuera la vida; luego sonreía, como si se acordara de un viejo chiste, y preparaba café instantáneo con el Canderel que mandaba importar desde los Estados Unidos para consumo personal.

—Miguel, no puedes seguir así —le dije—, mi madre te envió algo de comer.

Mi madre, como todas las mujeres, tenía una debilidad por Miguel Habedero, y seguía llamándolo “ese muchachito amigo tuyo”.

—Ese muchachito amigo tuyo —decía—, Miguel Habedero, voy a prepararle unos chiles rellenos, está muy flaco.

Era una mujer bastante tradicional, oaxaqueña, católica hasta la médula, una santa, descanse en paz.

—Mi madre dice que debes casarte —le dije.

—Que se joda tu madre.

—Tienes que poner orden en tu vida —le dije—, consíguete un empleo.

Mi amigo no aceptaba que nadie le dijera lo que tenía que hacer.

—Maldito burgués —me dijo.

—¿Burgués, yo?

—Mírate, pasas de los treinta y todavía vives con tu madre.

—No soy un burgués tan sólo porque vivo con mi madre.

—Ningún proletario lleva planchados los pantalones de mezclilla.

—Los burgueses no usan pantalones de mezclilla.

—Entonces eres un pequeño burgués.

Sí, tal vez soy un pequeño burgués, pensé, no es normal que un tipo de treinta años viva con su madre. Mi vida había sido más o menos insulsa hasta ese momento: cotejar las ediciones de los Quaderni, redactar  mi interminable tesis: Hegemonía, poder y cultura nacional en México. Afuera el mundo estallaba en mil pedazos: Angola, Nicaragua, Salvador, Irán. Pensé que a mi vida le había faltado siempre esa visión radical, utópica. Pensé en todas la mujeres que se habían negado a salir conmigo y, sin embargo, preferían a tipos como Miguel Habedero, aunque no se bañaran ni se lavaran los dientes. Cuando regresé a casa, mi madre me tenía preparada la cena: tamales oaxaqueños.

—¿Qué te pasa, mijito? ¿No tienes hambre? —me preguntó—, deberías de comer como ese muchachito amigo tuyo.

Me encerré en el cuarto y arrojé las trescientas páginas de mi tesis al cubo de la basura y les prendí fuego. Mi asesor de tesis y yo nos habíamos hecho muy amigos después de tantos años, era como mi tutor de libertad condicional. Nos veíamos una vez a la semana para discutir los avances de mi investigación, él era uno de los gramscianos más importantes del país.

—Quemé mi tesis —le dije.

—¿Cómo? ¿No pensaste en tu aportación a la teoría gramsciana de la sociología?

—Ni siquiera existe una teoría gramsciana de la sociología —le dije.

—No, nunca más. Estabas a un paso de desarrollarla.

Nos despedimos de una manera fría y cortés, desde entonces no lo he vuelto a ver. Supe que dejó la teoría gramsciana para volverse teórico de la globalización, que ha publicado varios volúmenes en unas de esas editoriales españolas de libros costosos. Me dedicó una última mirada de lástima y lo vi alejarse por la 16 de septiembre con las manos en los bolsillos.

—Imbécil —dije, saboreando la palabra como una corcholata oxidada, y me eché a reír.

Si en ese momento hubiera acudido a una consulta psiquiátrica, habría obtenido una receta o tal vez una estancia de tres meses en una institución mental.

Habedero entendía que el mundo estaba cambiando demasiado, todo por lo que había luchado, la destrucción del lenguaje, la búsqueda interior, no parecía importarle a nadie; lo importante eran las discotecas, ganar dinero, usar ropa deportiva. Atrás habían quedado las fiestas, las drogas, nuestra generación estaba agotada moralmente. Se sentía desilusionado. Comenzó a trabajar en una recopilación de ensayos sobre cultura popular y literatura. Una pequeña editorial le imprimió un tiraje de quinientos ejemplares y ahí mismo, en la presentación, juró ante el pequeño auditorio, unas treinta personas, todos amigos, que no volvería a escribir un libro.

—He dicho todo lo que tenía que decir —dijo.

Y salió a la calle a buscar un trabajo, lo encontrabas en el Vips de Insurgentes con el Aviso Oportuno y una taza de café. Consiguió un puesto mal pagado editando el boletín mensual de la Secretaria de la Reforma Agraria, un día me dijo:

—Voy  a casarme, Stoltz, quiero que seas mi padrino.

Mi amigo había tenido una educación católica tradicional y una crisis religiosa lo devolvió al seno de la Iglesia. Usaba ahora un corte de pelo que hasta entonces sólo habíamos visto en las películas pornográficas italianas, se cortó la barba y se dejó el bigote. Era el camaleón de la literatura mexicana.

—¿Y quién es la novia? —le pregunté.

—Se llama Tatiana —me dijo—, como una princesa rusa. Pertenece a una de las familias más importantes de Chihuahua.

Mi madre lloró cuando le conté que Miguel Habedero pensaba casarse.

—Por fin —dijo, aunque no la invitaron—, deberías aprender.

Después de la boda religiosa, los vecinos le organizaron una fiesta en el patio central del edificio donde Habedero vivía. Tatiana era hermosa y de constitución frágil, sus mejillas se sonrojaban, detrás de sus grandes ojos no había un secreto que esa alma pura fuera capaz de ocultar. Sentí pena por ella. Todos los viejos amigos de Habedero sabíamos que era la doncella sacrificada al monstruo egocéntrico. Los padres de Tatiana, pertenecientes a una de las familias más ilustres de la ciudad de Chihuahua, los Creel, no asistieron a la boda, pero mandaron candelabros de Tiffany’s. Tatiana rebanó el pastel como una vestal, con una corona de flores en la cabeza. Apostaría mi vida a que era virgen en ese momento. Una nueva forma de perversión, pensé: buscarlas vírgenes y casarse con ellas. El punto más bajo del poeta maldito, más exaltado, era hacernos participar de una blasfemia. La boda fue horrible, yo me quedé hasta el final. Ya borracho, vi subir a los novios hasta el departamento y pensé que de un momento a otro Miguel Habedero saldría a la ventana para mostrarnos la sábana nupcial. La conoció en una lectura de poesía. Habedero fue también de los primeros en recitar sus poemas de pie, yevtuchekianamente, como un payaso. Ella se acercó después de que el circo terminó y le dijo que también escribía poesía. Salieron tres o cuatro veces y caminaron por el parque. Habedero le propuso matrimonio, se besaron, como en una novela de Turguéniev, me dijo. Diecinueve años. Se llamaba Tatiana, como una princesa rusa, en efecto, y era rubia y hermosa y cuando llegué a casa, borracho, me encerré en mi cuarto a llorar. No podía dejar de pensar en ella, en el horrendo futuro que le esperaba. Por eso dejé de ver a mi amigo por un tiempo. Me dediqué a vagar por las calles, sin rumbo fijo. Me apliqué de lleno a la vida bohemia. Fumaba cigarros sin filtro. Fui a muchas fiestas. Desprecié la academia con su estúpido sistema de puntuación. Mi madre se dedicó a vender tamales oaxaqueños para sostenernos, mientras yo escribía una estrafalaria tesis sobre la destrucción del lenguaje. Me veías en los cafés con mi manuscrito bajo el brazo. Comencé a leer psicoanálisis. Comencé a leer filósofos franceses. Me volví loco, un paria. Comprendí entonces el significado de las visiones de Miguel Habedero: había que destruirlo todo, la cultura, todo. En realidad mi cerebro había dejado de producir ciertas sustancias: una condición hereditaria; mi padre fue un ciudadano alemán que conoció a mi madre en Oaxaca, y que desapareció en un instituto mental  de regreso a su país.

Fue Habedero quien me llamó cuando se aburrió de Tatiana.

—Stolz —me dijo—, estaba seguro de que aún estabas viviendo con tu madre. ¿Qué haces mañana?

El lugar tenebroso donde Habedero repasaba sus visiones como el avaro cuenta su dinero, el oscuro departamento lleno de cucarachas, se había convertido en un lugar acogedor con cortinas de moda (no periódicos pegados con cinta adhesiva), plantas de sombra en el corredor y un refrigerador nuevo, grande y reluciente como un automóvil, y sillones funcionales (¡sillones funcionales, yo nunca había visto sillones funcionales!), incluso había un tablero de ajedrez en la mesita de centro y tomos con jugadas que mi amigo repasaba como terapia, para no enloquecer, me dijo.

—Stoltz, eres mi mejor amigo, debo confesarte algo, estoy escribiendo un nuevo libro, es una gran idea —comenzó a decirme.

Era obvio que había olvidado su juramento de no volver a escribir más, y empujó hacia mí, por encima de la mesita de centro, un dispensador de cigarros (¡un dispensador de cigarros!, yo nunca había visto uno) y un encendedor con base de cristal cortado, todos ellos de El Palacio de Hierro (él fue también de los primeros en pagarlo todo a crédito). Los Creel no habían mandado nada fuera de los candelabros de Tiffany’s colocados sobre la chimenea falsa del comedor. Habedero era un burgués. Me sentí decepcionado. Rodeado de tanta limpieza, me percaté de que yo olía mal; de que había pasado la noche tirado en un callejón de Garibaldi abrazado a mi tormento. Noté de reojo que Habedero traía puestos unos pantalones de mezclilla perfectamente planchados.

—¿Qué es esto? —le dije.

Tomé el dispensador y lo arrojé por la ventana.

—Un dispensador de cigarros. Bueno, era un dispensador de cigarros.

 —¡Y para qué madres quieres un dispensador de cigarros!

Tatiana salió de la cocina con un mantel atado a la cintura y en sus delicadas manos un trapo de fregar, a pesar de que era de una de las mejor familias de Chihuahua; ella era la que planchaba los pantalones de su esposo.

—Hola, Stoltz —me dijo, con su linda y alterada vocecilla, tenía los ojos irritados y la nariz hinchada.

Me sentí avergonzado de mí mismo al ver mi estado, de parecer un vagabundo, yo, que había estado a un paso de desarrollar una teoría gramsciana de la sociología. Gramsci, Gramsci, pensé, ¿por qué me has abandonado? Y me fui, sin despedirme. Debieron pensar que yo estaba loco, y así era, me interné voluntariamente durante un tiempo en un hospital psiquiátrico. Cuando salí del hospital, regresé a mi antiguo modo de vida. Intenté redactar otra vez desde el principio mi tesis, pero no pude concentrarme, y nunca la terminé. Conseguí un empleo en la burocracia, que es el único espacio en donde nosotros, los pobres y vejados intelectuales mexicanos, podemos refugiarnos, y le pedí perdón a mi madre por todos aquellos tamales oaxaqueños que tuvo que vender.

—Deberías aprender a ese muchachito amigo tuyo —me recriminó.

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3 Responses to “Habedero, por un examigo”

  1. Rosa Murillo

    Magnífico, me encantó su manera de narrar y la autenticidad del personaje. Cuando tenga dinero compraré su libro.

    Responder
  2. Astrid de la Vega

    Genial el escrito, pero no hay nada que me de más gueva que historias de escritores perdidos y reencontrados, tema más manido que nada

    Responder

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