Niños en otro planeta

El fraccionamiento “República del Perú” seguía en construcción, pero algunos de sus futuros moradores ya eran moradores presentes. Ahí era la comida. Comida de trabajo o de militantes, no sé. En el departamento había diez o quince personas, y además de mí otro niño; su familia tenía un restorán a unas cuadras de mi casa; ambos tendríamos alrededor de diez años. Él era flaquito, de pelo castaño y ojos estirados. Yo era más o menos como sigo siendo, sin mucho por recordar.

Después de la comida le avisé a mi madre que quería salir a dar una vuelta y detrás de mí salió el otro niño. Estoy seguro de que no se llamaba José pero lo voy a llamar José. Bajamos las escaleras sin necesidad de acordar que íbamos a jugar juntos, siguiendo el contrato infantil que permite juntarse con desconocidos como forma de sobrevivir al aburrimiento. Nos acercamos a uno de los montones de grava y comenzamos a arrojar piedras al azar, a las varillas, a los tabiques, a otro montón de grava. José recogió una botella de Bacardí, la colocó sobre unos tabiques e intentamos romperla a pedradas. A veces le atinábamos pero no la rompíamos.

En eso estábamos cuando se acercó otro niño, se paró un par de metros detrás de nosotros y se nos quedó viendo. Cuando José se volvió a mirarlo el niño, gordito, quizá un año menor que nosotros, le preguntó: “¿Tú no estabas en el equipo de fut del Hidalguense?”. José negó con la cabeza. Luego el niño me señaló a mí, pero sólo por compromiso, ya sin verdaderamente fingir que creía que conocía a uno de los dos. Levantó una piedra y dijo “No sean pendejos, hay que hacerle así”, y la tiró desde la cintura, como si la hubiera desenfundado. Tampoco atinó, pero no hizo ningún esfuerzo para matizar la lección. Un rato después dijo “Está más difícil pegarle a una lagartija”. Y tiró una piedra contra una de las paredes de la construcción. “Le di”, dijo, aunque yo no había visto correr nada por donde pegó su piedra. No lo desmentimos.

Seguimos golpeando la botella irrompible y las lagartijas invisibles por un buen rato, en silencio. Luego José dijo que iba a ir a pedirle a su mamá dinero para un gansito. Ya se iba cuando el gordo dijo “Yo les disparo”. Fuimos con él, y, efectivamente, pagó pingüinos y los gansitos. Dijo que era lo último que le quedaba de unos ochenta pesos (muchísimos, para época pre-devaluatoria y niños pre-consumistas), que se había encontrado debajo de un ladrillo en esa misma construcción donde estábamos. Me pareció una explicación inverosímil, pero ahí estaba, disparándonos la comida chatarra.

“¿En qué te gastaste el resto del dinero?”, preguntó José.

“En lo mismo, cocas, tuinkis, lo dejé ahí debajo de otro ladrillo y nomás venía a sacar cuando se me antojaba algo”.

“Yo me hubiera comprado unos monos de la guerra de las galaxias”, dijo José, lo cual me pareció una excelente idea, y súbitamente vi al gordito bajo la luz de la estupidez. Pero él replicó:

“Se hubieran dado cuenta en mi casa”, lo cual me pareció justo y sabio, y mi admiración por él aumentó cuando dijo “Por eso no guardo el dinero en mi casa, así no me hacen preguntas que de dónde lo saqué”.

“Yo hubiera comprado el mono aunque me descubrieran”, dijo José.

Recuerdo que todavía vino otro niño enviado por padres recién llegados a la comida, y que traía una pelota; recuerdo que jugamos Gol Para, y sobre todo recuerdo como la cosa más importante contra la cual el resto de las cosas se emborronan, el cambio de la luz conforme pasaron las horas, la luz blanca entintándose del sol campechano del atardecer (porque el sol era otra cosa, era otro, iluminaba de otra manera, quién sabe si algún día alguien lo aceptará, pero nos lo han cambiado).

 Fue larguísima aquella tarde, cambiamos de portero entre los dos postes de tabique, mientras el sol iba dejando una estela de carbones en el cielo como un caracol encendido; eran otros tiempos en la historia de la humanidad, cuando no existía la prisa y lo único importante sobre la tierra eran las pelotas y las piedras.

Vi a José un par de veces durante los años siguientes. Una vez nos saludamos sin mayor aspaviento en la calle, de banqueta a banqueta. Y más tarde en una de esas fiestas ridículas y vehementes de cuando uno descubre el alcohol. Ahí sí nos palmeamos la espalda y brindamos y recordamos aquella tarde con algo así: “¿Te acuerdas esa vez que nos conocimos en República del Perú?”, y él o yo “Ey, sí, con los montones de grava ¿no?”, “Ey”. Y nada más.

Luego yo me fui al DF. Volvía mucho a Pachuca y en una de esas ocasiones alguien me contó lo que había sucedido con José.

Que había entrado a la universidad, y que ahí se había hecho de una novia, y que se iban a casar, pero que la novia lo había cortado porque había conocido a  alguien más, y que le había devuelto el anillo; hasta ese detalle supe. Y que entonces José había ido a casa de ella, había tocado a la puerta, y en cuanto abrieron había dado un paso al frente y se había metido un tiro en la cabeza.

Cada tanto me acuerdo de él cuando, cada vez desde más lejos,  vuelvo a Pachuca y paso por República del Perú, donde ya no hay grava pero hay todavía un aire como de cosa sin terminar, o cuando paso frente al restorán de su familia y tengo la tentación de entrar y preguntar “¿Te acuerdas del gordito que traía tanto dinero?”. Pienso en su madre, que nunca he visto aunque seguramente habré visto porque estaba en esa comida (pero que habré visto como los niños a veces ven a los adultos, como una misma silueta indefinida). Y cada que me cuento esta historia o que se la cuento a alguien más pienso que debería ir y decirle algo que no sabe de su hijo, algo importantísimo, de esas horas de piedras y sol. Pero para qué, mejor dejar que aquella tarde siga sucediendo, una y otra vez, como entonces, lejos de los adultos.

Yuri Herrera

Imagen del libro Where the Wild Things Are. © Maurice Sendak, 1963.

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2 Responses to “Niños en otro planeta”

  1. Luis Andrés Miranda Mendoza

    Hay algo que no entiendo: se habla de que José, o el chico al que llama así, es flaco, de pelo castaño y ojos estirados, y al final se habla de él como si fuese el segundo chico, el gordo. ¿Estoy en lo correcto? Está muy bien y bellamente escrito, aunque algunas partes sobran y son totalmente prescindibles. Después, creo, es perfecto. Buen día.

    Responder

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