Poeta

Comencé a escribir poesía para encontrarle un sentido a lo que estaba pasando a mi alrededor, a los 15 años, después de haber dejado la preparatoria técnica donde trataron de enseñarme los complicados lenguajes de programación que serían obsoletos pocos años después. La edad mínima para trabajar era de 16 años y nadie quería contratarme. La otra opción era esperar un semestre para volver a solicitar lugar en otra preparatoria, pero no podía encontrarle un sentido a la escuela después de que mis padres se separaran de una manera violenta durante la primavera de 1993. Mi padre se fue, y mi madre se fue a vivir, con mi hermano, a casa de la abuela, y yo, durante un breve, pero importante lapso de tiempo, me quedé solo en la casa familiar, incapaz, como era, de cuidarme a mí mismo.

Durante los meses de soledad me dediqué a vagar por la ciudad y comencé a escribir poemas en una máquina electrónica de la marca Cannon, de cintas muy caras (la única disponible), sobre el papel barato, llamado revolución, que compraba con algunas monedas en una papelería del centro llamada Newberry. Por supuesto, en secundaria ya había escrito algunos versos rimados a imitación de la mala literatura de izquierda disponible en casa, una biblioteca de unos mil libros, de los cuales, mi padre se llevó la mayoría de los buenos. Fue éste, al encontrar un poema mío dejado encima de la mesa (a propósito), quien me explicó qué era el verso libre, y me dijo que los poemas ya no se escribían rimados, lo cual fue un alivio para mí.

Volviendo a 1993, los primeros poemas que escribí, como los que les siguieron, eran pueriles, como deben de ser los primeros poemas. No eran viscerales, como sucede a esa edad, y bajo esas condiciones, sino juegos de luz e imágenes que me parecían evocadoras y bellas, y que me transportaban a un mundo de sutilezas (uno propio) más allá del desastre en el que se había convertido mi vida: la tina del fregador llena de trastes sucios, y posteriormente, cuando regresó a casa, el llanto y los reclamos de una madre que no se cansaba de pregonar que me convertiría en un vagabundo.

—¿Qué quieres ser? —me decía, desesperada— ¿Un clochard? ¿Un beatnik?

Nunca le digas eso a tu hijo intoxicado de mala literatura.

No sabía muy bien qué hacer con esos primeros poemas, no estaban dirigidos al público, ni siquiera soñaba con publicarlos. Malos, afectados, pedantes, productos de una idea completamente equivocada de lo que debe ser la literatura, son, de manera paradójica, lo más honesto y desinteresado que he escrito en toda mi vida. Ni siquiera podía leérselos a mi novia, que era lectora de Nervo y el Neruda de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada.

—No entiendo de qué tratan tus poemas —me decía.

Cada noche, el ritual para escribir era prender una vela en mi escritorio (que había sido la mesa de un restaurante, un negocio del abuelo paterno que quebró), poner una vara de incienso, música new age de pretensiones gaélicas, y fumar un cigarro mentolado Benson & Hedges de los que robaba a mi madre. Me gustaba el aspecto de mi habitación a media luz, llena de libros, pues me había apoderado de lo que había sido el cuarto de la saqueada biblioteca familiar en donde sólo quedaban áridos tomos sobre marxismo, dos o tres buenas novelas, enciclopedias y los manuales de electrónica de un curso por correspondencia que tomó mi padre. Las paredes estaban decoradas con caricaturas y consignas del mayo francés que yo había pegado con cinta adhesiva porque me parecían inspiradoras.

Fue un amigo de mis padres quien descubrió al diamante en bruto que era yo y me dijo que mis poemas eran “publicables”, y me mandó a un taller de literatura (una experiencia por la que tristemente todos han pasado) con un hombre al que llamaremos Big Cheese, el cual me hizo leer a Leopardi, Ungaretti, Pessoa y otros. Yo tenía 16 años y estaba en una nueva preparatoria de clase media en la que yo no podía encajar. Eran los noventa, todos estaban locos por la ropa y los zapatos y otras cosas, y yo no tenía dinero para ninguna de ellas. Yo era un casi poeta, y en una pequeña ciudad del norte, donde cualquier conducta que se saliera de la norma era mal vista y perseguida, ser poeta debía ser como el Hombre Araña, una identidad secreta. Volví a dejar la preparatoria y luego otra preparatoria. En ésta última el director, que era amigo de mi padre, me dijo que yo tenía que echarle más ganas, que sabía que estaba pasando por un mal momento a causa del divorcio de mis padres. Para mí esto no significaba nada, como tampoco la escuela, ni siquiera la poesía. Escribía imágenes, apreciaciones líricas, como quien escribe su nombre en un cuaderno, aburrido, en la clase de química. La poesía no era algo que realmente me apasionara, lo que yo quería era escribir historias, pero no sabía cómo. Había escrito dos historias, una a los once años y otra en tercero de secundaria. Comencé a leer (mal) a los primeros poetas que nada tenían que ver con la biblioteca solariega. El García Lorca de Poeta en Nueva York (no el del Romancero gitano de mi madre), Luis Cernuda y Octavio Paz fueron los primeros autores que leí en una búsqueda propia. Ya había escrito varios poemas, unas treinta o cuarenta páginas inconexas, cuando Big Cheese me preguntó si quería publicar un folleto llamado pomposamente plaquette.

¿Así es como nacen los poetas? Hasta aquí es la historia de cualquier joven poeta de la provincia mexicana, algo que podría ser un lugar común, pero que nadie, hasta donde sé, se ha tomado la molestia de escribir con algo de honestidad. Yo leía más novelas que poesía y me identificaba con el anti héroe de La vida está en otra parte de Milan Kundera, tan de moda a la sazón. Recuerdo que, cuando mi folleto salió de la imprenta y tuve el primer ejemplar en mi mano, no sentí nada. Se organizó una presentación con dos poetas, vino de honor y todas esas cosas, a la que no fui. No podía interesarme algo tan mezquino, no porque me sintiera superior, sino por una incapacidad fisiológica. Entonces no estaba tan de moda en México la flouxetina, si no, habría tomado el tratamiento y no me hubiera puesto a escribir poesía y ahora sería ingeniero, estaría casado, y trabajaría como supervisor en la línea de ensamblaje de una maquiladora, algo que, por lo demás, me parece muy digno. Si alguien me hubiera preguntado cuál era mi verdadera vocación, yo hubiera contestado que la de payaso. Así fue desde un día en que vi en un número de la revista Sputnik, selecciones de la prensa soviética, un artículo sobre la escuela de payasos de Moscú y una entrevista a Oleg Pópov, el que entonces era considerado el mejor payaso del mundo. Me gustaba releer el artículo una y otra vez y ver las fotografías de esos payasos europeos y sofisticados muy diferentes de los que había visto una y otra vez en las fiestas infantiles. En el artículo se hablaba de que ser payaso era un arte muy desarrollado en la Unión Soviética, y ahí estaban Jruchov y Breshnev para demostrarlo.

Más tarde, estaba trabajando ocho horas diarias, seis días a la semana, en un cine multiplex como acomodador. También podía tocarme la mala suerte de ser el que cortaba los boletos a la entrada y pasar la tarde de pie frente al atardecer desolador de la ciudad (lo que más odiaba), o bien limpiar las salas entre una función y otra, o los baños. No me sentía del todo un poeta, pero sentía que estaba destinado a cosas más interesantes. Ahí, entre función y función, comencé a escribir más poemas en papelitos sueltos o libretas y leí a escondidas de mi jefe las Elegías de Duino de Rilke en una mala traducción descosida que compré en una librería de viejo por tres pesos. Tenía 18 años, y aprendí lo que decían los libros de la biblioteca de mi padre, sin haberlos leído, que había algo increíblemente injusto en recibir un sueldo a cambio de mi trabajo, o de mi tiempo.

¿Qué clase de poemas escribía? Eran las variaciones de un mismo estado de ánimo, el que describo ahora, en el que no sólo me encontraba yo, pensaba, sino todo el entorno. Después describí todo esto de una manera más sólida en una novela llamada Autos usados. Eran también poemas sobre la imposibilidad de la plenitud de lo amoroso, porque a los 18 años aún no había conocido esa sensación. Le pedí a mi jefe permiso para utilizar la computadora por las noches, cuando la gerencia cerraba, y pasar las notas que había acumulado durante meses. Mi turno acababa a las diez y media de la noche, pero me quedaba hasta las doce. Así fue como, según yo, pasé en limpio un libro de unas sesenta páginas que mandé a un concurso de poesía joven, y que perdí. Afortunadamente para el dinero de los contribuyentes, y para los bosques tropicales, nunca publiqué el segundo libro, y se perdió. Cuando me despidieron del trabajo me conseguí uno en un laboratorio fotográfico donde yo era el encargado de la reveladora C-41, y de ordenar las impresiones que salían de otra máquina. Había mucho tiempo libre y seguí escribiendo con un marcador en los pedazos sobrantes de papel Kodak.

Un día mi padre vino a verme a la fotográfica, y me dijo que quería que me mudara con él a la ciudad de México, para que yo retomara la preparatoria en un sistema abierto y entrara a la universidad. Le dije que sí, acababa de cumplir los veinte años. Me llevé en la maleta las tiras de papel Kodak con nuevos versos y él me animó para que los pasara en limpio y me corrigió la ortografía. Mejor dicho, me enseñó los rudimentos de la ortografía castellana que yo desconocía por completo, a causa de la deficiente educación pública. La poesía comenzó a tener una especie de sentido para mí, al sentirme apoyado por mi padre, y comencé a trabajar un poco más con el lenguaje y a leer más. Mi padre me animó a pedir una beca al Estado para escribir poesía y me ayudó a redactar la solicitud. Finalmente gané la beca, y creo, no recuerdo, que me sentí feliz con la posibilidad de ganar dinero con algo por lo que, me habían dicho, nadie me pagaría un céntimo.

La sesiones de trabajo con los compañeros de beca fueron decepcionantes. Joven veinteañero busca un vínculo generacional o de cualquier tipo, y no lo encuentra. En vez de eso topa con pared en un escenario donde lo más importante es la reafirmación de la propia vanidad, antes que la poesía, y pronto aprendí a tener la actitud cínica que sólo perjudicó lo que escribí. Las reuniones con estos poetas se trataban de lo mismo, alcohol, cigarrillos y hablar mal de otros poetas que no estaban en esas mismas reuniones.

—¿Qué opinas de mengano?

—Escribe bien, pero se repite mucho.

—¿Y de fulanito?


—No trae nada. Es muy efectista.

Etcétera.

Así fue como aprendí que los poetas hablan mal de otros poetas. 
En una de esas reuniones, me acerqué a un rincón donde dos poetas, uno hembra y otro macho, decían estas mismas frases o sus múltiples variaciones, limitadas en contenido.

—¿De qué hablan? —pregunté.

—De poesía —contestó el poeta hembra, con una sonrisa.


¿Hablar mal de otros es hablar de poesía? Fue quizá en ese momento cuando me di cuenta que yo no podía ser como ellos, porque, a pesar de la depresión juvenil, del desencanto y cinismo que lo permeaba todo en los años noventa, y me influía, había algo de mí que aún estaba vivo.

Un día, mientras viajaba en un autobús, se subieron dos payasos, uno hembra y otro macho, y permanecieron de pie una buena parte del trayecto frente al asiento donde yo estaba. Así fue como me enteré que se dirigían a amenizar una fiesta infantil y me interesé por su charla de payasos. Pese a que en mi infancia me había tocado ver muchos payasos mexicanos borrachos en fiestas infantiles contar chistes soeces a una multitud de niños espantados (nunca pude ver a Oleg Pópov), nada me parecía más misterioso que la vida de uno de ellos.

—¿Y qué opinas de Sonrisitas? —preguntó el payaso hembra.

—Tiene buenas rutinas, pero se repite mucho. Ya debería de cambiar de material —respondió el payaso macho.

—¿Y qué tal Lagrimita?

—No trae nada, es puro disfraz.

—Sí, es muy bueno el disfraz. ¿Sabes donde compra sus zapatos?

Nunca supe cómo se llamaban esos payasos, pero yo los llamé Epifanio y Epifanía.

No sé si yo estaba en una búsqueda poética, propiamente dicha. Me limité a escribir cada noche de una manera automática y a trabajar sobre dos o tres filones: uno, el contraste entre elementos disímiles en una imagen o una metáfora (un vicio de mi generación del que no me enorgullezco); dos, explorar una voz lírica que expresara el sentir de una época confusa en la que todo parecía ir hacia ninguna parte; tres, buscar el momento poético, una imagen sencilla que simbolizara algo imposible de describir lógicamente, un intuición personal.

Nunca logré escribir algo que valiera la pena en el campo de la poesía y afortunadamente me pude dar cuenta a tiempo, a diferencia del noventa por ciento de los miles de poetas que cada año le cuestan al estado mexicano millones de pesos en becas, concursos, publicaciones y festivales.

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2 Responses to “Poeta”

  1. Sonrisitas

    Sería interesante que el estado mexicano apoyara a los payasos para su profesionalización; por lo menos los festivales serían más cómicos (o más dramáticos) que los de poesía. Gran Maestro Oleg Popov.

    Responder

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